LLEGÓ LA HORA

LLEGÓ LA HORA

Vuelvo a deciros lo que os dije antes, preciso es el progreso la buena nueva; que han llegado los críticos instantes de una terrible y espantosa prueba.
Los odios con los odios se combaten, la venganza se agita enloquecida; los corazones angustiados laten y más de un pobre loco es fratricida.
Los de arriba, castigan iracundos, los de abajo, preparan emboscadas; catástrofes se esperan por segundos y el miedo reina en todas las moradas.
¿Qué nos va a suceder? ¿Quién de la nave manejará el timón, y en rumbo cierto en situación tan crítica y tan grave nos podrá señalar seguro puerto?
¿Qué religión nos trazará el camino? ¿Qué escuela nos dará mejor sendero? ¿Qué ideal nos hará ver nuestro destino? Yo en el Espiritismo solo espero.
No hay religión de la razón impere, solo, el racionalismo, no consuela; porque el materialista, cree que muere con el hombre, su afán y cuanto anhela.
Los cielos que nos dan las religiones son por los pensadores rechazados; de la ciencia, sin Dios, las negaciones ningún consuelo dan a los cuitados.
Pero el convencimiento de otra vida, la actividad sin tregua, el adelanto, el trabajo y el tiempo sin medida: saber que tiene un término el quebranto.
Que no hay desheredados, ni elegidos, que no hay genios del mal por siempre impuros, ni débiles esclavos sometidos a obedecer mandatos y conjuros.
Qué no hay más que una raza perfectible, la raza humana siempre progresando: hoy más buena que ayer y más sensible y mañana en las ciencias avanzando.
Que no hay mundo feliz, que no hay morada que no se pueda conquistar un día; porque la humanidad perfeccionada será su ley la ciencia y la armonía.
Esperando vivir eternamente y sabiendo que nadie nos ultraja, que nuestro ayer, es base del presente, y que según del modo que trabaja.
El espíritu, alcanza de la gloria el lauro apetecido, o se encalla; que él sólo escribe el libro de su historia, que él sólo lucha en perenal batalla.
Que él sólo puede conquistar un cielo si practica gozoso las virtudes, o vivir en terrible desconsuelo si da a beber la hiel de ingratitudes.
Por obtusa que sea una inteligencia con el Espiritismo se engrandece; que habla el Espiritismo a la conciencia y a cada cual le da lo que merece.
La voz de los espíritus resuena en todo corazón atribulado; en su enseñanza racional y buena, porque cuenta la historia del pasado.
Vuelvo a deciros lo que os dije antes, preciso es propagar la buena nueva; que han llegado los críticos instantes de una terrible y espantosa prueba.
Cumplamos como es justo, trabajemos en difundir la luz y del abismo a los que están dementes separemos, haciendo siempre el bien, por el bien mismo.
Con palabras, con hechos, no dejando ni un segundo tan notable propaganda; la verdad de la vida demostrando que la eterna justicia nos lo manda.
¡Escuchadme! ¡Atendedme!… ¡Oíd mis ruegos!… ¡Hay tanto desdichados que maldicen!…. ¡Hay tantos infelices que están ciegos… y que hablan, sin saber lo que se dicen!…
¡Podemos realizar tan buenas obras!… ¡Adelante falange espiritista! La humanidad naufraga entre zozobras: que sea su redención nuestra conquista!
La velada celebrada en el Centro Barcelonés fue una verdadera protesta contra la pena de muerte. Sigan los espiritistas por tan buen camino, que nadie mejor que nosotros sabe lo ineficaz y lo perjudicial que es hacer morir violentamente a un desgraciado ¿Cuántos que gimen en los manicomios son infelices obsesados por espíritus que dejaron su organismo en el patíbulo ¡ Que la luz del Espiritismo irradie sobre el haz de la Tierra para que en lugar donde se alzan hoy los cadalsos, se levanten observatorios astronómicos y desde ellos miren el infinito los que hoy se condenan a muerte.

Amalia Domingo Soler 1894

EL PECECITO ROJO

                                          ANTE LAS PUERTAS LIBRES

Ante las puertas libres de acceso al trabajo cristiano y al conocimiento saludable que André Luiz va impartiendo, nos acordamos de la antigua leyenda egipcia del pececito rojo.

En el centro de un hermoso jardín, había un gran lago adornado de ladrillos azul turquesa.
Alimentado por un diminuto canal de piedra, traía las aguas del otro lado, a través de una reja muy estrecha.

En ese reducto acogedor, vivía toda una comunidad de peces rollizos y satisfechos, en complicadas cuevas frescas y sombrías.
Eligieron a uno de los conciudadanos de grandes aletas para el cargo de rey, y vivían allí, plenamente despreocupados, entre la gula y la pereza.
Entretanto, junto a ellos, había un pececito, menospreciado de todos.
No conseguía pescar la más leve larva, ni refugiarse en los nichos de barro.
Los otros, voraces y gordiflones, arrebataban para sí todas las larvas y ocupaban, displicentes, todos los lugares consagrados al descanso.
El pececito rojo nadaba y sufría. Por eso mismo era visto, en correría constante, perseguido por la canícula o atormentado de hambre.
No encontrando ninguna estancia en el amplio domicilio, el pobrecito no disponía de tiempo para mucho ocio y comenzó a estudiar con bastante interés.
Hizo el inventario de todos los ladrillos que adornaban los bordes del pozo, registró todos los huecos existentes en él, y sabía, con precisión, donde se reuniría la mayor masa de lodo cuando llovía.
Después de mucho tiempo, a costa de largas investigaciones, encontró la reja del desagüe.
Frente a la imprevista oportunidad de aventura, se dijo a sí mismo:
–“¿No será mejor investigar la vida y conocer otros lugares? ”Optó por la investigación.
A pesar de su delgadez por la mala alimentación, perdió varias escamas, con gran sufrimiento, para poder atravesar el pasaje estrechísimo.
Pronunciando votos renovadores, avanzó, optimista, por la corriente de agua , encantado con los nuevos paisajes, ricos en flores y el sol que tenía ante sí, y siguió, embriagado de esperanza…
Pronto alcanzó un gran río, e hizo innumerables conocimientos. Encontró peces de muchas familias diferentes, que simpatizaron con él, instruyéndole en cuanto a las dificultades de la marcha y revelándole caminos más fáciles.
Embebido contempló, en las márgenes, hombres y animales, embarcaciones y puentes, palacios y vehículos, cabañas y arboledas.
Habituado a tener poco, vivía con extrema simplicidad, sin perder jamás la ligereza y la agilidad naturales.
Consiguió, de ese modo, alcanzar el océano, ebrio de novedad y sediento de estudio.
Mientras, fascinado por la pasión de observar, se aproximó a una ballena para quien toda el agua del lago, en el que viviera, no sería más que una diminuta ración; impresionado con el espectáculo, se acercó a ella más de lo que debía y fue tragado con los elementos que constituían la primera comida del día.
En apuros, el pececito afligido oró al Dios de los peces, rogando protección en las fauces del monstruo y, a pesar de las tinieblas en que pedía salvamento, su oración fue oída, porque el cetáceo comenzó a sollozar y vomitó, restituyéndole a las corrientes marinas.
El pequeño viajero, agradecido y feliz, buscó compañías más simpáticas y aprendió a evitar los peligros y tentaciones.
Plenamente transformado en sus concepciones del mundo, pasó a observar las infinitas riquezas de la vida. Encontró plantas luminosas, animales extraños, estrellas móviles y flores diferentes en el seno de las aguas. Sobre todo, descubrió la existencia de muchos pececitos estudiosos y delgados, tanto como él, junto a los cuales se sentía maravillosamente feliz.
Vivía, ahora, sonriente y en calma, en el Palacio de Coral que eligiera, con centenares de amigos, para residencia dichosa, cuando al contar su laborioso pasado, vino a saber que solamente en el mar las criaturas acuáticas disponían de sólida garantía, ya que, cuando el estío se hiciese más arrasador, las aguas de otra altitud continuarían corriendo hacia el océano.
El pececito pensó, pensó…y sintiendo inmensa compasión de aquellos con quienes había convivido en la infancia, decidió consagrarse a la obra de su progreso y salvación.
¿No sería justo regresar y anunciarles la verdad? ¿No sería noble ampararles prestándoles, a tiempo, valiosas informaciones? No lo dudó.
Fortalecido por la generosidad de los hermanos benefactores que vivían con él en el Palacio de Coral, emprendió el largo viaje de vuelta.
Volvió al río, del río se dirigió a los regatos y de los regatos se encaminó a los canales que le condujeron al primitivo hogar.
Esbelto y satisfecho como siempre, por la vida de estudio y servicio a la que se consagraba, paró en la reja y buscó, ansiosamente, a los viejos compañeros.
Estimulado por la proeza de amor que efectuaba, supuso que su regreso iba a causar sorpresa y entusiasmo general. Seguramente, la colectividad entera celebraría el hecho, pero, pronto verificó que nadie se movía en ese sentido.
Todos los peces continuaban pesados y ociosos, hartos en los mismos nidos lodosos, protegidos por flores de lotos, de donde salían apenas para disputar larvas, moscas o lombrices despreciables.
Gritó que había vuelto a casa, pero no hubo quien le prestase atención ya que nadie había notado allí su ausencia.
Apesadumbrado buscó, entonces, al rey de enormes agallas y le comunicó la reveladora aventura.
El soberano, algo entorpecido por la manía de grandeza, reunió al pueblo y permitió que el mensajero se explicase.
El benefactor despreciado, aprovechando la ocasión, aclaró, con énfasis, que había otro mundo líquido, glorioso y sin fin.
Aquel pozo era una insignificancia que podía desaparecer, de un momento para otro. Más allá del desagüe próximo, se desarrollaba otra vida y otra experiencia. Allá afuera, corrían regatos ornados de flores, ríos caudalosos repletos de seres diferentes y, por fin, el mar donde la vida aparece cada vez más rica y más sorprendente. Describió la s clases de tencas y salmones, de truchas y escualos. Describió al pez luna, el pez conejo y el gallo del mar. Contó que había
visto el cielo repleto de astros sublimes y que descubrió árboles gigantescos, barcos inmensos, ciudades playeras, monstruos temibles, jardines sumergidos, estrellas del océano y se ofreció para conducirles al Palacio de Coral, donde vivirían todos, prósperos y tranquilos. Finalmente, les informó que semejante felicidad tenía igualmente su precio. Todos deberían adelgazar, convenientemente, absteniéndose de devorar tanta larva y tanto gusano, en las grutas oscuras, y aprendiendo a trabajar y estudiar tanto como fuese necesario para la venturosa jornada.
Tan pronto terminó, escuchó un coro de carcajadas estridentes. Ninguno creyó en él.
Algunos oradores tomaron la palabra y afirmaron, solemnes, que el pececito rojo deliraba, que otra vida más allá del pozo era francamente imposible, que aquella historia de riachuelos, ríos y océanos era simple fantasía de cerebro demente, y algunos llegaron a declarar que hablaban en nombre del Dios de los peces, que traía los ojos vueltos hacia ellos únicamente.
El soberano de la comunidad, para ironizar mejor al pececito, se dirigió, en compañía de él, hasta la reja del desagüe y exclamó:
–“¿No ves que no cabe aquí ni una sola de mis aletas? ¡Gran tonto! ¡Vete de aquí! no perturbes nuestro bienestar…
Nuestro lago es el centro del Universo.
¡Nadie posee vida igual a la nuestra!
Expulsado a golpes de sarcasmo, el pececito realizó el viaje de retorno y se instaló, definitivamente, en el Palacio de Coral, a guardando el tiempo.
Después de algunos años apareció una pavorosa y devastadora sequía.
Las aguas descendieron de nivel. Y el pozo donde vivían los peces, panzudos y vanidosos, se secó, llevando a la comunidad entera a perecer, atorada en el lodo.

El esfuerzo de André Luiz, buscando encender luz en las tinieblas, es semejante a la misión del pececito rojo.
Encantado con los descubrimientos del camino infinito, realizados después de muchos conflictos en el sufrimiento, vuelve a los cubiles de la corteza terrestre, anunciando a los antiguos compañeros que, más allá de los cubículos en los que se movilizan, resplandece otra vida, más intensa y más bella, exigiendo, sin embargo, cuidadoso perfeccionamiento individual para la travesía del estrecho pasaje de acceso a las claridades de la sublimación.
Habla, informa, prepara, explica…Con todo, hay muchos peces humanos que sonríen y pasan, entre la mordacidad y la indiferencia, buscando grutas pasajeras o peleando por larvas temporales.
Esperan un paraíso gratuito con milagros os deslumbramientos, después de la muerte del cuerpo.
Pero, además de André Luiz y nosotros, humildes servidores de la buena voluntad, no olvidemos que para todos los caminantes de la vida humana pronunció el Pastor Divino las indelebles palabras:
“A cada uno le será dado de acuerdo con sus obras”.
EMMANUEL
Pedro Leopoldo, 22 de Febrero de 1949.

AMALIA Y ALICANTE

LA LUZ DEL PORVENIR
GRACIA 26 DE JULIO 1894

¡ALICANTE!
Que es de la patria el amor
que se recuerda en la vida,
como la marchita flor,
en primavera perdida.
Y en el alma se desliza
en nuestra adversa fortuna,
el canto de la nodriza
que nos mecía en la cuna.
UN POETA.

Tiene razón el poeta, el recuerdo de la patria se parece a la esperanza que nunca abandona al hombre; más yo creo que no es la patria únicamente el lugar donde se nace, y que patria también puede llamarse, el punto, el paraje donde el alma encuentra un mundo de afecciones; y esto me sucede a mí con Alicante. Cuando comencé a leer las obras espiritistas y me habían entusiasmado las sesiones de la Espiritista Española, me trasladé a Alicante temporalmente y allí recibí las primeras pruebas de cariño de mi nueva y dilatada familia. Recuerdo que los espiritistas de Jijona acudieron en gran número para conocerme y nunca olvidaré sus delicadas atenciones.
Para el que ha vivido muchos años pensando en la muerte, como si esta fuera el término de todos los dolores, diciendo con amargura,
“No hay en el mundo más verdad que es esta:
no vale nuestra vida lo que cuesta.”
Cuando se ha envidiado el valor, o la corbardia de los suicidas, y se ha dicho con íntima convicción -donde no hay sensación no hay agonía- al verse de improviso rodeado de seres amigos espiando nuestros menores movimientos para anticiparse y adivinar nuestros deseos, se siente una impresión tan dulce, tan consoladora, tan llena de un encanto indefinible que jamás, jamás se olvida. Ya pueden pasar los años y traer estos en sus muchos días sufrimientos crueles y rápidas e instantáneas alegrías, que las primeras caricias de nuestra nueva familia no pierden nunca el terreno ganado en el campo de nuestro recuerdos; y esto me sucede a mí con Alicante, su órgano en la prensa espiritistas La Revelación fue el primer periódico que admitió mis humildes escritos, y gracias a los sabios consejos del gran espiritista Manuel Ausó y a la constante propaganda del consecuente y malogrado espiritista Antonio del Espino, mi alma adquirió el íntimo y racional convencimiento que el Espiritismo es la verdad; que es la historia del progreso humano, que el Espiritismo es hermoso trabajado, no creído, porque los fanáticos de todas las escuelas, son los asesinos del progreso humano.
¡Ah!… sí; por Ausó y Espino me convencí que las llaves del cielo están en la conciencia de cada uno, que al hombre hay que apreciarle por sus hechos, no por sus pergaminos, que el bien es un campo eterno, que eternamente hay que trabajar en el, que desesperarse es estacionarse. ¿Oh! Sí; ellos me dijeron que se rompe la roca de la ignorancia con el esfuerzo titánico de la ciencia, que ser bueno sin ser sabio, sería ser flor sin aroma. Ellos me demostraron que las oraciones rezadas son palabras muertas y las preguntas científicas son palabras vivas, que el Espiritismo es la voz de la eternidad, porque es el manantial eterno de la vida y que vivir no es más que una liquidación de cuentas perpetuas, y que un Redentor es un espíritu que liquida sus cuentas, llegando a ser un alma que no debe, a un banquero del Universo.
¿Como olvidar lo que ellos me decían?.. ¡Imposible! Si ello me aseguraban, que cada uno, es el piloto de su propia nave, que donde no hay remordimientos no hay tinieblas, y que un alma en paz consigo misma, es un sol de la humanidad, que la mejor venganza es ser útil al enemigo, que no hay quien pueda llamarse ni el primer ignorante ni el primer sabio….
¡Ah!… ¡Cuanto bueno me dijeron Ausó y Espino! Pudiera escribir un libro admirable recordando sus enseñanzas y sus consejos; he aquí la causa por qué en el mundo de mis recuerdos hay un nombre que jamás olvido. ¡¡¡Alicante!!! Por eso al darme cuenta un espiritista alicantino, que el 10 de Junio último se había celebrado una tarde literaria y musical en un Centro Espiritista de Alicante, para conmemorar la fecha de su reciente fundación, me apresuré a pedir los originales de cuanto en dicha fiesta se leyó, escrito por mis hermanas espiritistas las alicantinas, y con el mayor placer insertaré en mi Luz las producciones de tan buenas obreras del progreso, deseando vivamente me envíen algunos trabajos para “LA LUZ”.
La tarde literaria y musical, fue según me dicen una verdadera solemnidad, se leyó una poesía escrita por un ciego y leída por el mismo, pero lo mejor será que copie algunos fragmentos de una carta que me envió, un testigo ocular, que también tomó parte en dicho acto, insertando a continuación un extracto del discurso que pronunció Teresa Bosch de Penalva, la poesía que leyó un ciego del cuerpo, (más no del alma, porque en su mente hay mundos de luz.) Un discurso de Remedios Gonzalez, y unas seguidillas que como débil muestra de mi cariño envié a las espiritistas alicantinas. A algunas de ellas las conocí hace muchos años, otras eran entonces hermosas niñas, que al verlas bebiendo el néctar de la vida en el seno de su madre las besaba diciendo: ¡Benditas seáis, espiritistas del porvenir!..
Tengo un placer inmenso en dedicar un número de mi LUZ a una fiesta celebrada en Alicante (Mi Patria Espiritistas) porque si bien permanecí en dicha ciudad poco tiempo, allí recibí las primeras pruebas de afecto de mi gran familia, allí el árbol de la fraternidad me brindó su sombra, me ofreció sus perfumadas flores y me presentó sus sazonados y sabrosos frutos. Allí dejé amigas y hermanos en creencias, que a pesar de haber transcurrido más de 20 años, aún hoy me dan pruebas innegables de su invariable amistad; por eso en mis horas de recogimiento y de meditación veo en mi mente unas cuantas letras luminosas, que enlazadas dicen: ¡¡¡Alicante!!!. Más dejaré dormir mis recuerdos de ayer y comenzaré a extractar la carta del espiritista alicantino.

ALICANTE 16 DE JUNIO 1894

“Estimada hermana Amalia: Me dices en la tuya que deseas adquirir algunos datos referente a la tarde literaria del 10 del actual.
“Todo, absolutamente todo, será muy poco lo que le puedo decir de la solemnidad de tan grato recuerdo. El día 9 quedó el espaciosos salón completamente adornado; todas las paredes llenas de colgaduras con trofeos colocados en algunos puntos con máximas del nunca olvidado Victor Hugo con orlamentos de flores y grupos de pequeñas banderolas, el fronterizo de la presidencia, todo tapizado, en los dos ángulos un grupo de banderas de diferentes colores, debajo de éstas dos pilastrones que sostiene dos preciosas estatuas de tamaño medio figurando un símbolo de la luz: en el centro de la misma pared se destacan tres cuadros al óleo, uno es el retrato de Kardec, otro el de Quijano mártir de la Caridad; vino de Gobernador en el año 1854 cuando nos visitó la cólera destructor en esta provincia, este hermano dejó su existencia visitando y socorriendo a los enfermos, en medio de los dos cuadros referidos, está el tercero con una admirable alegoría de un ángel guardián abrazado de una esbelta y gallarda joven que ha dejado la envoltura terrenal y van los dos cruzando los deleitables espacios, al pie de los magníficos lienzos se levanta sobre el piso una plataforma ricamente alfombrada, esta sirve para la presidencia en medio de la misma, una mesa rectangular cubierta con un elegante tapete; en los dos ángulos hay colocados sobre la misma dos candelabros dorados con cinco mecheros cada uno, en la parte anterior y a los lados de la mesa, pilastras que sostienen dos hermosos ramos parecidos a dos diminutos pinos de forma cónica esmaltados de mil colores, regalo de la simpática tesorera de la misma junta, señora de muchísimas virtudes con un corazón lleno de amor a sus semejantes; diciéndote hermana Amalia que reparte todos los meses 150 pesetas más que menos en los necesitados, muchas veces le tengo dicho que viva entre nosotros lo menos diez a doce años más, es un oasis para los pobres y una hermosa sombra para nosotros, pero sigamos en los detalles de la fiesta: en los dos ángulos anteriores de la plataforma, hay otras dos columnas sosteniendo dos macetones de verdes Palmerinas y por último, la bandera blanca símbolo de paz, colocada en el balcón de la misma fachada; no adornamos los balcones con colgaduras, por la razón que en la misma tarde, y a la misma hora pasaba la procesión romana por el encrucijadero de la misma calle.”
“A las cuatro y media, estaba el local completamente lleno, quedé impresionado y conmovido al fijarme en el respetable auditorio, lo componía, diez o doce niñas, ciento sesenta señoras, y unos setenta hombres; quedé mas alegre porque mi discurso lo dedicaba a las Sacerdotisas del Porvenir.”
“Una pieza musical dio principio a la esplendida fiesta, siete respetables y simpáticas señoras con su corazón lleno de caridad, ocupaban la presidencia. Teresa Bosch, presidenta del grupo, abrió la sesión pronunciando un elocuente y correcto discurso alusivo al acto; una tronadora salva de aplausos coronó sus buenos deseos.”
“Nos llamó mucho la atención un ciego, hermano en creencias, llamado Just, maestro de una escuela de ciegos, dio lectura, con el tacto de los dedos, a un trabajito propiamente suyo, escrito con puntos, fue admirable y conmovedor”.
Ya lo creo que lo sería; ¡Bendita sea la ciencia que en medio de la sombra hace surgir la luz!

RESUMEN DEL DISCURSO PRONUCIADO POR LA SRA. DOÑA TERESA BOSCH, PRESIDENTA DE LA SOCIEDAD DE SEÑORAS PARA SOCORRER A LOS NECESITADOS.

Principió, saludando con las más sentidas frases a los queridos oyentes.
Después se felicitó al ver, que, como el pasado año, se encontraba (aunque inmerecidamente), ocupando un lugar digno de otra que por sus dotes de ilustración, de que carecía, y por sus merecimientos, que eran casi nulos, fuese más acreedora a tan señalada distinción.
Por impedírselo la gran emoción de que en aquellos instantes se sentía poseída no pudo, cual era su deseo, extenderse en consideraciones sobre el principalísimo objeto de la reunión, y sobre los móviles de que se sentían poseídas: no obstante, con sin igual elocuencia, hizo a grandes rasgos la apología de la significación que todas, absolutamente todas las solemnidades espiritistas revisten.
Las manifestaciones públicas de nuestros correligionarios, -dijo- tienen por único objetivo el presentar a la faz del mundo entero y sin temor a la luz, las sublimes verdades que en sí extraña la Filosófica, Científica y Consoladora doctrina Espírita: y siendo uno de los mejores medios para lograr que la propaganda de sus redentores ideales sea lo más fructíferos posible, el llevar a la más severa practica sus grandiosas enseñanzas, insiguiendo las huellas de quienes cuya existencia toda ha sido un sacrificio constante y cuya abnegación por la Humanidad entera les ha constituido en Heraldos del Amor y la Virtud; habían fundado una Asociación para perseguir tan altos fines, inspirados en su ejemplo: y si bien esta resulta modestísima en su forma por no poder ensanchar todo lo que deseamos el radio de su acción, no lo es tanto en sus aspiraciones por cuanto el ideal Espírita nos alienta, y hace que el corazón, se sienta inflamado en el amor más puro hacia todos nuestros hermanos, que, en cumplimiento de la ley de perfeccionamiento, no viven, sino vegetan, en este mundo de nuestro espíritu está sufriendo los continuados embates del formidable monstruo de siete cabezas, llamado: ignorancia.
Formuló un sentido ruego, diciendo: que dispensaran toda su indulgencia a los que sin más méritos que su voluntad incontrastable, y sin otro fin que contribuir con su pequeño grano de arena a la construcción del magnífico y soberbio edificio del Progreso; habían sido lo suficientemente osados para tomar parte en un acto que tanta transcendencia reviste.
Dio fin a su brillante oración con las siguientes palabras.
“Permitidme, queridos hermanos, que, al compulsar los levantados sentimientos que sin duda alguna a nuestro ser conmueve en estos momentos, me atreva yo, la última de entre vosotros, a suplicaros que, debiendo estar plenamente convencidos de que los extremos en donde se funden nuestras aspiraciones todas estas están condensadas en el Amor y la Ciencia, y ya que la gran mayoría, en este periodo de nuestra infinita existencia, no somos poseedores de numenes cual los de los seres reputados por verdaderos sabios; principiemos a abrir el camino para alcanzar la felicidad que todos anhelamos, con el surco de nuestros sentimientos, de nuestro amor -que en estado latente todos poseemos y a modo de semilla, sembrémoslo con la caridad, y ¡No hay duda! Al fructificar su fecundante polen iremos entre bellísimas flores y con la bendición de los seres, al seno de amantes brazos a gozar de las tan ansiosas venturas en la paz del sublime Arquitecto del Universo.

CANTO DE AMOR A DIOS

Eterno ser Omnipotente y pio;
Supremo Autor de cuanto existe creado,
a tu morada celestial envío
como el incienso del altar sagrado
esta pobre expresión, que el pecho mio.
Conságrate anhelante ¡Oh Padre Amado!
Y fuera distinción inmerecida
que encontrara en mi Dios buena acogida.
Eterna gratitud de los mortales,
por tu inmensa bondad, Señor, mereces:
Tu escuchas nuestras preces,
y a todos nuestros males
remedio aplicas eficaz, seguro,
si de algún corazón sencillo y puro,
de ambición desprovisto, y de malicia,
un suspiro percibe tu justicia.
Que si grande es Señor tu providencia.
Tu infinita piedad y tu ternura
para la triste, la infeliz criatura,
cuya amarga existencia
por los rigores de su cruel destino
soporta con paciencia,
no es menos infinita tu clemencia,
tu gran misericordia;
sin limites tu hermoso amor divino
incitando a la paz, a la concordia
de esta mundo a los tristes moradores,
Cristianos o judíos,
esclavos o señores.
Más de todos los bienes otorgados
a la afligida humanidad terrena,
ninguno rinde frutos más preciados
que sea fuente de amor que el orbe llena,
Amor tan puro como el mismo Cielo,
que infundiste en nuestra alma, generoso,
para eterno consuelo
del pobre ser que lucha en este suelo
sin tregua de reposo.
Por tí, Señor, la Caridad bendita,
con cielo religioso,
el hambre calma del que se halla hambriento;
la sed apaga del que está sediento;
Viste al desnudo con afán piadoso,
y del bien mensajero, a toda hora
enjuga el llanto del que sufre y llora.
¿Que fuera del mortal, Dios soberano
sin ese amor hermoso,
Esencia de tu Ser, cual tu divino?
¿Que fuera del acusado peregrino;
del naufrago, del ciego, del leproso;
de aquella que perdió a su tierno esposo;
del anciano impotente;
del huérfano inocente;
de todo aquel que el infortunio oprime,
sin esa Caridad que le redime?
¡Gracias, Supremo bien! ¡Gracias, Dios Santo!
¿Como pagarte beneficio tanto?
El más indigno soy, Padre Amoroso;
más si el llanto redime y purifica,
ved brotar de mis ojos a raudales
lágrimas de dolor, y fervoroso,
como el hijo perdido
que vuelve al patrio hogar arrepentido,
elevo a las regiones celestiales
este canto de amor, y a tu clemencia
suplícole me otorgue su indulgencia,
ansiando con afán que llegue el día
en que pueda gozarte el alma mía.

Francisco Just.

Alicante 10 de Junio 1894

Señoras y Señores:

Siento en el alma que mi pobre inteligencia y humilde palabra, no puedan demostrar la gran emoción que siente mi espíritu al contemplar una vez más los sentimientos de caridad y amor de que estáis animados, base sumamente necesaria para el progreso de nuestros atribulados espíritus. Nada debe arredrarnos ante la manera digna de buscar a Dios ¿Y como se consigue? Practicando la caridad con verdadero amor y sin interés de obtener el premio material. Si hermanos míos, no dejemos de ejercitar la caridad, procurando apartar de nosotros el orgullo, la murmuración, la envidia y los celos que son obstáculos que nos interponen en nuestro camino para apartarnos del progreso y del amor del Padre Universal.
Hermanos y hermanas queridos: no desmayemos en nuestra tan laudable empresa, y ya que nos inspiraron a formar esta benéfica asociación, seamos consecuentes y corramos cual ligeras palomas a consolar al pobre que sufre sin darse cuenta del por qué de sus sufrimientos. -Vayamos sí, a derramar un poco de luz de la que recibimos de los seres de ultra tumba. Tengamos amor y benevolencia, especialmente la mujer hoy llamada para formar un numeroso ejercito de verdadera hermandad, para estudiar y analizar la gran obra de Dios. Hermanas mías, llegó la hora de que la mujer despertase del letargo en que la tenía dormida el fanatismo de la iglesia pequeña: llegó la hora sí, de que la inteligencia de la pobre y débil mujer, se haya desarrollado y cual incansable y estudioso ingeniero, vaya descubriendo y perforando las montañas, para que el rayo del sol del Espiritismo, penetre en todas partes y haga saber que solo hay un Dios sabio, grande, misericordioso y justo. No es la mujer débil, desde el momento que se la ve cariñosa y llena de caridad, correr entre una nube de balas a sostener el vacilante y débil cuerpo del pobre soldado herido en la batalla; ella hace las veces de madre de aquel infeliz que consuela y cuida sus heridas con exquisita ternura y no la vemos temblar delante de cuadro tan aterrador cual es el de la guerra. ¿Por qué pues nos hemos de arredrar y no hemos de cumplir con verdadero valor y resignación la misión nuestra, fruto de las lágrimas que ayer sembramos?
Animo pues hermanas y hermanos mios; amemos a Dios con espíritu y verdad y trabajemos con ahinco y fe en pos de la conciencia, el amor y la caridad. Procuremos imitar a nuestra distinguida hermana Amalia Domingo Soler, que con su trabajo constante recibe brillantes comunicaciones, y sus escritos que hoy llegan hasta las manos del pobre presidiario, consiguiendo que éste se estudie y reconozca a sí mismo y que su prisión la considere como regeneradora de sus errores de ayer: amemos a los niños como elle los ama y pedimos a Dios con fe para que nuestra querida hermana Amalia, tenga fuerzas para luchar contra los azares que ofrezca la vida, y que siga obteniendo tan brillantes comunicaciones, que sean para nosotros torrentes de luz divina.
Dispensad hermanas y hermanos mios si algunas de mis frases os han podido molestar, pues solo son hijas del afán que tengo de que nuestro espíritu vayan buscando a Dios, haciendo una verdadera propaganda y enseñando con humildad las obras de misericordia, el verdadero Evangelio de nuestro hermano y Maestro Jesús.
A la hermana Asunción Lladó, iniciadora de tan bello pensamiento cual es la caridad, solo puedo decirle que sea consecuente y no retroceda en su buena obra. Dando mis plácemes a nuestra dignísima presidenta y hermanos todos, por la actividad y buen uso que tienen para que la caridad en forma de cariñosa y sencilla mujer, acuda a consolar al ser que sufre. Yo como ya os he dicho soy muy pobre de inteligencia, pero tengo en mi corazón un tesoro de gratitud y en mis tristes días, me asocio a vosotros para practicar y bendecir la caridad. -he dicho.

Remedios Gonzalez

A MIS HERMANAS EN CREENCIAS
LAS ESPIRITISTAS ALICANTINAS

!No os conozco!… ¿Qué importa? Libros espiritistas
Para quereros, habéis leído,
y admirar como es justo y vuestro entendimiento
vuestro desvelos. ha comprendido:
que hay otra vida,
Lo merecéis, que el tiempo nadie puede
¿Y cómo no admiraros poner medida.
por lo que hacéis?

De la verdad suprema Que el espíritu lucha
la propaganda, por su progreso,
la hacéis con ardimiento, que no hay limbos un glorias
con cuerpo y alma. ni hondos avernos.
Y con gran tino, no hay mas que mundos,
habéis formado el grupo que son para los hombres
alicantino. Centros de estudio.

Mujeres decididas, ¡Muy bien hermanas mías!
con entusiasmo yo os felicito,
que sacáis a la crédulas porque estudiáis la historia
de su marasmos: del infinito.
Bien merecéis, porque sois buenas,
que se os quiera y admire y queréis de los pobres
por lo que hacéis. calmar sus penas.

¡Tanta mujer inútil Seguir la hermosa senda
fanatizada, del adelanto,
creyendo buenamente enjugad compasivas
que condenada el triste llanto
será algún día: de los que lloran
sino cree en los misterios y solos y angustiados
que hay en Maria! clemencia imploran.

Con su parto anunciado Sed de virtud modelo,
desde la altura, que los que os siguen,
virgen después y antes… vuestro amor y dulzura
¡Sin mancha!… ¡Pura! por siempre admiran.
¡Aún siendo madre!… ¡Hermanas mías!
sin saber de aquel niño atraed con vuestros hechos
quién era el padre!… las simpatías.

Tanta fábula mística De mi vos cariñosa
¿Qué enseña? Nada; guardad el eco;
la inteligencia sombras en vuestros corazones
tan solo halla. Hacedme un hueco.
Y entre tinieblas Y unidas todas,
la humanidad aturdida digamos al Pasado
camina a ciegas. “¡Duerme en la sombra!”

Por eso hermanas mías “Duerman tus tradiciones
os felicito; y tus sofismas;
por que leéis en la historia ¡Paso a la nueva escuela
del infinito. espiritista!
Porque vosotras, ¡Paso al progreso!
no aceptáis religiones calor, aliento y vida
llenas de sombra. del Universo!”

AMALIA DOMINGO SOLER

PRUEBAS Y FRACASO

Al hermano Gustavo Rivero, fue recogido en nuestra clínica después de dos años de desencarnación, cuando fue retirado del hogar y de la familia a la que se fijaba en terrible perturbación psíquica.
Nuestro querido Gustavo es el prototipo de individuo, que de la vida solamente se atribuye meritos, dominado siempre por elevadas dosis de presunción y rico en cultura vacía. Fue atraído al Espiritismo hace más de veinte años, cuando contaba poco más de treinta y cinco años, portador entonces, de delicado problema de salud, pareció descubrir las respuestas para los enigmas teológicos y existenciales que lo aturdían. De profesión abogado, con una familia construida, abrazó las nuevas ideas, con el entusiasmo que resultaba también de la recuperación de la salud.
Por lo tanto, había en su problema orgánico, una importante contribución espiritual negativa, que lo amenazaba en el transcurso de los días. Lentamente, gracias a los recursos combinados de la ciencia médica y del auxilio espiritual, el amigo recompuso el cuadro de la salud, tornándose un entusiasta simpatizante del Espiritismo. Poseedor de un temperamento fuerte y autoritario, muy pronto comenzó a discordar con la administración de la entidad, presentando sugerencias fuera de propósito y refiriéndose de forma desagradable, con la arrogancia que le era habitual, a algunas actividades que allí se desarrollaban.
Esto ocurre a menudo en los comportamientos humanos, actitudes de esa naturaleza. Los hermanos son atraídos para su renovación y realización, ofreciéndole la oportunidad de emprender el estudio de la doctrina Kardeciana, pero cuando llevan un tiempo, no muy largo, se juzgan que están preparados con suficiente conocimiento y experiencia, concibiéndose que son los portadores del conocimiento pleno, y lo único que manifiestan es, inmadurez e ignorancia. En vez de auxiliar sin imposiciones, corregir, cuando es necesario, tener la confianza del grupo dando prueba de sinceridad, de lealtad al deber, actúan de manera inversa, cuidando más de los privilegios de ego que la edificación de todos. Nuestro hermano, era muy severo con los demás y muy susceptible, sintiéndose enfadado por cualquier cosa o por el simple hecho de no ser aceptadas sus ideas extravagantes.

Al no ser atendido, como realmente el creía que debería de ser, frente a sus ilógicas exigencias, abandonó la institución donde se había beneficiado y comenzó una nueva peregrinación para encontrar una que fuese modelo, es decir, dentro de los ángulos estrechos de su convicción. Pasó a estudiar la doctrina y muy pronto comenzó a detectar errores y conceptos que atribuía que ya estaban superados, preocupándose en corregir lo que ignoraba, en vez de auto corregirse, lo que es, ciertamente, más difícil.
No demoró mucho tiempo y se transformó en lo que se denominaba como espírita de laboratorio, es decir, haciendo experimentos absurdos, un experto ambiguo bien elaborado para justificar la pereza, la inutilidad personal, distanciándose del trabajo y quedándose en la posición de criticador y arrojador de piedras. Se unió a la falange de espíritus de las pasiones materiales y egoístas egocéntricos. Su familia no recibió de él la orientación espiritual conveniente, los hijos crecieron sin formación religiosa y sin la necesaria existencia paterna en razón de las dificultades que tenía para relacionarse, en ese tiempo, fue asaltado por una pertinaz enfermedad que lo consumió lentamente. En ese entonces, buscó apoyo espiritual en la antigua institución donde anteriormente se había beneficiado, pero no obstante la dedicación de los trabajadores de buena voluntad, el proceso cancerígeno prostático era irreversible y el querido compañero desencarnó en una situación penosa, sintiendo en su ser una rebeldía contra la vida…
De esta forma de actuar, observamos que somos lo que cultivamos en nuestro pensamiento. Sembramos vientos mentales y cosechamos tempestades morales avasalladoras. En cuento no corrijamos y solucionemos los problemas íntimos, transformando nuestra conducta mental, alcanzando una lúcida comprensión de las leyes de Dios para vivenciarlas, estaremos cercados por los tesoros de la infelicidad, debatiéndonos por los lugares donde nos encontramos.
Su fe no fue trabajada en la razón y en el sentimiento, olvidó, que la vida es del espíritu y no del cuerpo transitorio, y que la función de la doctrina espírita es preparar al ser humano para la compresión de su inmortalidad, jamás para ayudarlo a conquistar cosas y posiciones terrenales que le destacan en el grupo social, pero que no lo honran ni lo engrandecen moralmente.
Aún permanece en muchos simpatizantes del pensamiento espírita la falsa idea de recoger beneficios personales y sociales, cuando abrazan los postulados Kardecianos, modificando su vida para más placer y mayor suma de comodidades. Otros, igualmente mantiene con respecto al Espiritismo la falsa idea mitológica en torno de las entidades nobles, que deberán estar a sus órdenes solucionándoles los problemas que engendran, atendiéndolos en sus ínfimas cuestiones y necesidades del proceso evolutivo.
El amigo Gustavo es un náufrago más, que tuvo oportunidad de encontrar la embarcación segura, la brújula para conducirlo en el océano inmenso, el timón del equilibrio y no obstante, resolvió guiarse por los instrumentos equivocados de las propias pasiones.

EL RAMO DE VIOLETAS



EL RAMO DE VIOLETAS
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Entre los amigos que dejé en Madrid, se cuentan Don Andrés del Valle y su esposa, Cristina Ruiz: son dos seres unidos por verdadero cariño.
Una tarde fui con ellos a un lindo huerto de su propiedad, que cultiva Andrés con mucho esmero. Me llamó la atención los muchos cuadros que había de violetas.
-¡Qué delirio tenéis por esta flor humilde! –Dije a mis amigos.
-Lo que es Andrés -contestó Cristina-, se vuelve loco por las violetas, y por darle gusto en todo, tengo yo el cuidado de que el jardinero las cuide esmeradamente, y eso… que no debía hacerlo.
-¿Por qué? –pregunté.
-Bien sabe él porqué.
Andrés se sonrió y me dijo al oído con misterio:
-Cristina tiene razón; las violetas me recuerdan una afección que tuve en mi vida, grande, profunda, inmensa, que si la muerte no se hubiese puesto por medio, ¡Quién sabe a dónde hubiera yo ido a parar!
-Ya ves, ya ves cómo se explica
–replicó Cristina riéndose alegremente-, y esa pasión la sintió después de casado.
-¿Sí?… ¿Es posible?
-Y tan posible, hija, y tan posible.
-Parece mentira; nadie diría que Andrés ha roto un plato en toda su vida…
Sí, fíate en la Virgen y no corras; ya tuve entonces mis disgustillos, pero, vamos, una vez, creo que hasta los santos pecan, y es preciso tener indulgencia.
-Tenga usted entendido, Amalia –dijo Andrés con gravedad-, que en cierto modo yo no le falté a mi esposa: fue un amor puramente platónico, fue un afecto que no nació en este mundo.
-¡A mí con esas! –Arguyó Cristina, dando cariñosos golpecitos en el hombro de su marido-. Yo lo que sé es que tú la querías, y que aquella temporada de todo te ocupabas menos de mí.
-¿Y qué fue ello? ¿Se puede saber?
-Sí, sí, anda, cuéntale a Amalia tus amores, y así te distraerás mientras yo voy a preparar la merienda.
Cuando estuvimos solos, le dije a Andrés:
-¿Conque también tiene usted su historia?
-¿Quién no la tiene, amiga mía? Sólo que unos la cuentan y otros se la callan. La mía no cuenta más que un episodio; pero ese, crea usted que no lo olvidaré en mi vida.
Lo que voy a contar me sucedió hace veinte años, y hacía diez que estaba casado con Cristina.
Yo me casé convencido de que quería mucho a mi esposa. Vivíamos tranquilamente, como nos ve usted ahora: ella entregada a sus costumbres católicas, y yo a mis libros y a mis experimentos químicos. Murió mi padre, y tuvimos que ir a Sevilla para arreglar los asuntos familiares. Una tarde que salí con Cristina, la dejé en la Catedral, y yo me fui a dar un paseo por las calles. El azar me llevó a la calle de San Fernando. Iba mirando distraídamente, cuando acerté a fijar mis ojos en una ventana baja, donde había sentada una niña que apenas contaría catorce años. Era blanca, blanquísima, pero con la palidez del marfil; de ojos grandes, muy grandes, tristes, extremadamente tristes. Tenía la cabeza reclinada sobre la reja, y una de sus rubias trenzas tocaba en la acera, su cabello era magnífico, mirarla y estremecerme, fue todo uno. Me miró ella a su vez, y noté, no sin sorpresa, que se ruborizó, y se levantó mirándome fijamente; parecía que sus ojos me interrogaban diciéndome: ¿Quién eres?
Seguí mi camino, y en toda la tarde no pude olvidar la figura de aquella niña, que sin tener nada de particular, me impresionó tanto. Nada dije a Cristina. A la tarde siguiente, volví a pasar; vi otra vez a la niña, y… ¿Para qué repetirle lo mismo? La miré, me miró; la seguí viendo todos los días más de una vez, y comprendí con profundo sentimiento que la pobre niña era sordomuda. Algunas veces había un niño junto a ella, y los dos se hablaban por medio de signos.
Me inspiró tanta compasión… Sus ojos me hablaban con tal elocuencia, que una tarde compré un precioso ramo de violetas, y al pasar se lo dejé en la ventana. Lo tomó y se sonrió; pero tan tristemente, que me pareció escuchar un gemido. No sé lo que me inspiraba aquella criatura, yo no veía en ella a la mujer, porque era una niña demacrada, escuálida; parecía más bien un cadáver embalsamado, que una persona viva. Sólo sus ojos tenían reflejos de vida, pero de una vida amarga, dolorosa… Yo sufría al verla; parecía que me trituraban el corazón, pero adoraba aquel sufrimiento. Dos meses la estuve viendo diariamente. Un día pasé como de costumbre y hallé la ventana errada.
Decirle lo que sufrí, me es imposible; a mí mismo me asustaba la intensidad de mi dolor. Durante ocho días, no viví, y como yo respetaba mi posición, no quise preguntar a ninguno de los criados que veía salir de la casa; tuve fuerza de voluntad bastante para ser discreto. ¿Qué era yo para aquella niña? ¡Nada! ¡Nada podía ser!… Y sin embargo, yo sabía que ella me amaba, y yo sentía por ella lo que no se siente más que una vez en la eterna vida del Espíritu.
Al noveno día, al llegar cerca de la casa, vi la ventana abierta: ahogué un grito de alegría, y atravesé la calle para acercarme a la ventana. ¿Qué vi, que me agarré a la reja como un loco? En el fondo de la habitación un altar con muchas luces, y en el suelo, sobre almohadas de raso azul, estaba colocado el cadáver de la pobre niña.
¿Qué le diré, qué le diré? Quedé petrificado, no sabiendo lo que pasaba por mí.
A pesar de mi turbación, reparé que entraban muchas mujeres a ver a la difunta, y las seguí. Al entrar en la sala mortuoria, yo que nunca me había arrodillado, me hinqué de rodillas junto al cadáver, y entonces vi que sobre su pecho había un ramo de flores secas; me incliné más y reconocí el ramillete de violetas que yo le había dado, quince días antes de su muerte. ¿Cuánto tiempo estuve allí? Lo ignoro.
Cuando me di cuenta de que existía, me encontré en mi lecho, rodeado de mi familia. A mis preguntas de lo sucedido, me dijo mi esposa que había sufrido un gran trastorno viendo a una niña muerta.
Alguien me reconoció, haciéndome transportar a mi casa. Quince días estuve delirando y hablando inconexamente de un ramo de violetas y de una niña.
Al oír esto, estreché las manos de Cristina, diciéndole:
-Perdóname; cuando esté bien ya te lo contaré todo, no me juzgues sin oírme.
Mi esposa, modelo de discreción, nada me contestó.
La primera vez que salí de casa apoyado en el brazo de Cristina, ésta me llevó a pasear por la calle de mis sueños. Ella leyó en mi pensamiento y me dijo sonriéndome:
-¡Tranquilízate, no te fatigues, todo lo sé!
-¿Todo?
-¡Sí, todo!… Vamos a sentarnos a los jardines, y hablaremos.
Mi esposa me contó entonces:
-La doncella de la niña que ha muerto es sobrina del ama de llaves de tu hermana, y durante tu enfermedad, la pobre muchacha ha venido a pasar algunos días con su tía.

La muerte de la niña muda le dejó muy trastornada; y sin saber ella con quién hablaba, refirióme que su señorita había querido tanto a un joven, y nos contó todos los pormenores de tus platónicos galanteos. Esto, como puedes comprender, me hizo sufrir mucho, porque llovía sobre mojado. Tu conducta durante estos dos meses me daba a conocer que en ti pasaba algo extraordinario, y tu enfermedad y tu delirio han venido a demostrar que tu corazón ya no era mío. Al mismo tiempo, cuando la doncella de la muda me contaba lo desgraciada que ha sido esa infeliz, me daba mucha compasión, ¡Pobrecita! Tu ramo de violetas la hizo completamente feliz; ha sido el único obsequio que ha recibido en toda su vida. Desde que se lo diste, no lo separó de su lado, e hizo prometer a su padre que se lo pondrían en el pecho después de muerta. Como tú viste, respetaron su voluntad, y con él ha sido enterrada. ¡Pobre criatura! En su casa, dice la doncella que nadie le hacía caso.
-Pues, ¿Y su madre? –Pregunté a mi esposa.
-No tenía madre. Dicen que murió cuando nació la pobre sordomuda. Ha tenido madrastra y hermanos que se burlaban de ella; se iban de paseo y la dejaban abandonada en poder de los criados. Sin duda tú has sido el único ser que la ha querido en el mundo.
Al oír esto, sentí que el llanto afluía a mis ojos. Cristina exclamó:
-Llora, yo también lloro; los muertos no pueden inspirar celos.
-Si soy culpable, no lo sé –dije mirando a mi esposa-; pero te puedo jurar que en esa niña yo no veía a la mujer; sufría al mirarla.
-Sí, lo comprendo. Su doncella dice que la pobrecita estaba en el último grado de tisis, que parecía un esqueleto, que siempre le faltaba aire para respirar, y aunque sintiera frío, se ponía en la ventana, porque dentro de casa se ahogaba.
-¡Pobre niña! Yo comprendía que agonizaba, y tomaba parte en su agonía.
Restablecido ya, volvimos a Madrid, y entramos en nuestra vida normal.
Siempre hay en mi mente un recuerdo para la niña muda; y en memoria del ramo de violetas que ella tanto amó, tengo un gusto especial en cultivar esas humildes y delicadas flores.
-¿Y no ha sabido usted nada de ella?
-¿Cómo si no he sabido?
-Una persona que no miente, me dijo hace mucho tiempo que usted era espiritista, y que por su esposa lo ocultaba.
-No le han informado mal. Pero esto es un secreto mío de la mayor importancia.
Cristina es católica fanática, y por ningún medio quiero que sepa que me comunico con la niña muda.
No es capaz mi esposa de comprender lo que es un Espíritu. ¡Quién sabe lo que se figuraría!
A usted puedo decirle que en las sesiones espiritistas de un grupo familiar, hablo con la niña de mis amores castos, que es un Espíritu de gran elevación, de gran sentimiento.
-¿Y qué le ha dicho el Espíritu de esa niña?
-Vea usted la última comunicación obtenida:
Y, sacando un papel de su cartera, leyó lo que sigue:
“¡Violetas! ¡Queridas violetas! ¡Humildes flores de la Tierra! ¡Vuestra delicada fragancia embalsamó los últimos días de una pobre muda! ¡Violetas! ¡Flores de mi alma! Vosotras me dijísteis: “Un ser te ama… ¡Te llorará cuando mueras!” ¡Oh!
¡Entonces yo no quería morir, porque había encontrado la realidad de mis sueños!… Yo veía en mi mente, desde muy pequeña, a un hombre, a quien esperaba siempre, ¡Siempre! Cuando te vi exclamé: “¡Ya está aquí!” Sentí una emoción desconocida,dolorosa tal vez, porque mi débil organismo ya no podía sentir sensaciones. ¡Sólo tu ramo de violetas le daba calor a mi corazón! Aquellas flores me decían: “Vete tranquila, él llorará por ti”… ¡Y has llorado! ¡Si tú supieras quién soy!
“Nuestros espíritus hace mucho tiempo que están unidos. Sí, estamos enlazados como el placer y el dolor”.
-Como la luz y la sombra.
-Como la voz y el eco.
-Como la flor y el fruto.
-Como el tronco y las hojas.
-Como la nube y la lluvia.
-¡Cuánto nos hemos querido!
“¡Cultiva, cultiva las violetas! Su perfume te hablará de la pobre muda de la Tierra. ¡Espíritu de larga historia que en todas sus existencias te ha consagrado su profundo amor!”
Decirle a usted, Amalia, lo que yo gozo con estas comunicaciones, es imposible.
Muchas otras guardo de ella, y otro día le contaré algo de nuestra historia. Cristina viene y hago punto final. Digamos como los masones cuando se acerca un profano:
“¡Llueve!”.
¡Cuántos misterios guarda la humanidad!
¡Quién diría, al ver a aquella pobre muda enferma, casi exánime, que era un Espíritu tan lleno de vida, tan ávido de amor!… ¡Un incendio de pasión!… ¡Cuán poco gozó en la Tierra! Sólo un ramo de violetas cifró su felicidad.
Ella también se asemejó a esa delicada flor. Vivió entre las hojas de su infortunio: el perfume de su alma no embalsamó, se disipó en el espacio. ¡Pobre niña! .

EL VESTIDO BLANCO

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EL VESTIDO BLANCO

Estando un verano en una determinada ciudad fui una tarde a pasear por el campo con unas amigas, y Celia nos propuso visitar una quinta habitada por una familia amiga suya. Aceptamos y fuimos a una mansión que parecía un palacio de hadas. Los dueños de la posesión nos recibieron afectuosamente, sin saber por qué, me llamó la atención un hombre, al parecer anciano, que al saludar se inclinaba como las flores marchitas.
Celia le dijo a una de las señoras de la casa, señalando al mencionado caballero:
-¡Qué cambiado encuentro a tu cuñado, Isabel! Al pronto no le conocí. No parece ni su sombra. ¿Ha estado enfermo? -¡Ah! –Contestó Isabel- ahora no es nada, se ha consolado mucho; pero al principio creímos que se iba a quedar idiotizado o loco. La pérdida de su hija Inés le trastornó la cabeza.

Yo escuchaba aquel diálogo, interrumpido por la llegada de una niñita que se abrazó a su madre diciendo:
-Mamá, ¿Verdad que me pondrás el vestido blanco, nuevo?
-No, Elvira –dijo Isabel-, que te pondrás perdida.
-No iré al huerto –dijo la niña.
-Juega, tonta. El vestido blanco es para salir.
-Pues yo me lo quiero poner hoy.
Y Elvira comenzó a llorar con el mayor desconsuelo.
En esto llegó un caballero, y abrazando a la pequeña, le preguntó cariñosamente:
-¿Qué tienes, hija mía? ¿Por qué lloras?
-Porque es una caprichosa –dijo Isabel- quiere ponerse el vestido nuevo para echarlo a perder.
-¿Y por no ajar un vestido dejas llorar a la niña? No quiero que llore; no quiero tener recuerdos ni remordimientos como mi hermano Paco. Corre, hija mía, corre y dile a la abuelita de mi parte que te ponga enseguida el vestido nuevo.
Elvira se fue gritando:
-¡Abuelita!… ¡Abuelita!… Dice papá que me pongas el vestido blanco.
Volvió luego engalanada con sus atavíos de nieve y se abrazó a su madre diciendo:
-¿Verdad, mamá que estoy muy bonita?
Ésta le acarició sus hermosos rizos, y luego, mirando a su marido, le dijo:
-Le dejas hacer todo lo que se le antoje.
-Mira, Isabel, mientras yo viva no quiero ver llorar a mis hijos; te lo repito, acuérdate de Paco.
-Pero, hombre, ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? –Replicó Isabel.
Luego añadió:
-Ya que está vestida, llévatela a pasear.
-Sí, sí –gritó Elvira, radiante de alegría-. Llévame a la playa y luego al café.
-Convenido –dijo su padre.
Y despidiéndose de nosotros, se fue con su hijita, que tendría sólo unos cinco años.

Isabel y Celia me llevaron a pasear por los dilatados jardines que rodeaban la casa, y traté de sondear a Isabel.
-¡Qué bueno parece su esposo! Está loco por sus hijos.
-Lo puede usted asegurar. Los adora, y desde que ocurrió lo de su hermano, más todavía.
-¿Y qué pasó? Cuéntanos –dijo Celia-, es decir, si no soy indiscreta.
-Sí, os lo contaré. Ya sé que Amalia escribe mucho, y esto quizá le podrá servir para trazar algún artículo de duendes y aparecidos. ¿Cree usted en el Espiritismo? –me preguntó Isabel, mirándome fijamente.
-Sí, señora, creo, ¿Y usted?
-Yo no, es decir, no quiero meterme en esas cosas. Me daría miedo hablar con los muertos. Sólo de ver un entierro, me horrorizo… Con que, si hablara con los difuntos… ¡Ni quiero pensarlo!
-Pero si no se les ve, señora; está usted mal informada.
-Usted sí que lo está: mí cuñado Paco los ha visto tan claros como nos vemos nosotros. A su hija le ve casi todos los días.
-¿De veras? –dijo Celia-; pues si yo creía que eso era falso. Que diga Amalia, siempre la sermoneo porque escribe de esas cosas, porque, vamos, para mí los espiritistas de buena fe, o son tontos, o son locos, y los que van con segunda intención, son unos embaucadores, que con la engañifa de los muertos explotan a los vivos.
-Habrá de todo –replicó Isabel-; pero yo puedo asegurarle que mi cuñado no es tonto, ni loco, ni capaz de engañar a nadie. Cree firmemente en los espíritus y en su comunicación, porque ha tenido pruebas. Mi marido también es espiritista convencido.
Yo no, y eso que también he visto algo.
-Entonces usted dice como los cardenales que condenaron a Galileo: “no quiero mirar”.
-Yo no digo nada, pero… ¡Qué quiere usted! Me muero de susto, sólo de pensarlo.
-Pero, ¿Qué pasó? Cuéntanos –exclamó Celia.
-Sí, ya os lo contaré, pero vámonos al otro lado, que no quiero junto al jardín de Paco, porque, según dice, ve a su hija muy a menudo entre las flores.
-No creas esos disparates –dijo Celia-, es imposible; tu cuñado ve visiones.
-No son visiones; que mi marido también ha visto a mi sobrina.
-Si seguís disputando, perderemos el tiempo, vendrá la demás familia y no podrá Isabel contarnos esa historia.

-Tiene usted razón, Amalia –Replicó Isabel-: vamos al hecho. Mi cuñado Paco es un hombre bueno, muy caballero, todo lo que se quiera, pero con muy mal genio, es decir, malo precisamente, no, muy raro, amigo de hacer su voluntad y someter a sus caprichos hasta a los gatos.
A su esposa, que era una santa, la hizo mártir, la pobre murió consumida; parecía un esqueleto, y la infeliz murió con el sentimiento de dejar a una niña de tres años, ¡Pobrecita! Angelical criatura que aún me parece que la estoy viendo, tan cariñosa. A mí me quería muchísimo; pero casi nunca venía a mi casa, porque su padre decía que yo no sirvo para contrariar a los niños, y que para educarlos bien, sin pegarles, sin usar la menor violencia, no hay nada mejor que no darles gusto en nada; que si están consentidos en salir, hacerlos quedar en casa; si quieren un manjar, darles de comer de todo menos de aquello que desean, y la pobre Inés, los trece años que estuvo en este mundo, fue víctima de una contrariedad continua: mi marido, que es un ángel, hacía cuanto podía por endulzar la vida de Inés, pero le decía su hermano:
-Para educar a mis hijos no necesito preceptores.
Y mi esposo, para evitar mayores disgustos, se callaba, y a veces venía diciéndome:
-Dios quiera que Inés se muera pronto, porque así dejará de sufrir. Llegó para mi hija Beatriz, el día de su primera comunión, y como Inés tenía la misma edad que mi hija, mi marido insinuó a su hermano que las dos primas deberían ir juntas a confesar y comulgar, y que él se encargaría de regalar el vestido a Inés, para que ambas fueran iguales. Paco convino en ello y dejó venir a Inés a casa, donde yo tenía dos costureras haciendo los trajes de las niñas, que eran de muselina blanca, adornados con plegados de tul, velos de céfiro y coronas de campanillas silvestres.

La víspera del gran día, probaron cada una su vestido, e Inés en particular, estaba encantadora, porque era mucho más bonita que mi hija; y la pobre, que por los caprichos de su padre siempre iba hecha un adefesio, a pesar de ser una rica heredera – pues, sólo por parte de su madre, tenía dos millones de duros-, al verse tan elegante, estaba loca de alegría, se miraba al espejo y decía cortesías, diciéndome:
-¡Ay, tía de mi alma! ¡Parezco otra! ¡Qué bien estoy!
-Es verdad. Pareces un ángel –le decía mi Beatriz-. ¡Como eres tan blanca!
-Pues tú no te puedes quejar –replicaba mi esposo mirando embobado a nuestra hija-; estoy seguro que seréis las dos niñas más hermosas que entrarán en la iglesia.
-Está visto –dijo Paco con sequedad-, que no sabes criar hijos; si Inés estuviera aquí dos días, echabas por tierra todo mi trabajo.
La pobre Inés, en cuanto oyó a su padre, salió temblando de la habitación; mi hija se fue detrás de ella, y mi marido, conociendo el carácter de su hermano, le dijo:
-Paco, no vayas a agriar la fiesta de mañana; te estoy leyendo en los ojos que serás capaz de no dejar a Inés que se ponga el vestido, porque la infeliz ha creído que le iba bien. ¿No ves que es muy natural?
-Tú no conoces a Inés –replicó Paco-; es muy orgullosa, y si yo no humillara su soberbia, sabe Dios dónde llegaría.
-No digas disparates –contesté yo-: si es la criatura más buena que hay en la Tierra: amiga de hacer limosnas, humilde hasta la exageración. Te quejas de vicio, tienes una hija que no te la mereces.
-Bien, bien –replicó él-: más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, hasta mañana.
Y se fue con su hija.

A poco, mandó al aya de la niña y a la doncella, por el vestido de Inés, con el pretexto de que quería que su hija se vistiese en su casa.
Esta nueva disposición nos disgustó muchísimo, porque habíamos quedado en que Inés vendría para que la peinara mi camarera, del mismo modo que a Beatriz; y mi marido decía:
-¡No sé por qué le temo al día de mañana!

No en vano le temía. Al día siguiente vino Paco con su hija, vestida de negro, diciendo que la niña no se encontraba bien, y que por esto no había permitido que se vistiera. Inés, con aquella paciencia de santa, apoyó lo que decía su padre.
-Pues esperamos a otro día que estés buena –dije yo.
-No, no –repitió Paco-; ¡Qué tontería! Nada, nada; una persona ha de saber mirarlo todo con indiferencia.

La pobre Inés, en un momento que pudo hablar a solas conmigo, me dijo:
-Es inútil que esperemos a otro día; no me lo dejará poner; le conozco bien.
Basta que yo tenga un deseo, para que no lo vea cumplido. Ha guardado el vestido en una de sus cómodas, y esta mañana me dijo:
-El día está muy frío; no quiero que estrenes el vestido, que te podrías constipar.
-Entonces no iré –dije yo.
-Sí, sí; para recibir a Dios no se necesita vestirse de blanco, y basta con que esté limpia la conciencia.
-Así es, tía mía, que vamos.

Salimos; nos reunimos con las demás niñas, todas de blanco, e Inés se vino junto a mí, diciéndome antes de entrar en la iglesia:
-Tía, si viera usted! Esta noche he soñado con mi madre, y ella me decía:
“Alégrate, hija mía, que ya te llega la hora de ponerte tu vestido blanco”. Ya ve usted, no se ha cumplido el sueño.
Isabel calló, oyendo pasos…

En aquel momento fuimos interrumpidos por la avalancha de los visitantes y el marido de Isabel, que nos venían a invitar para tomar el té.
Isabel me dijo al oído:
-Vengase usted mañana con Celia, solas, y les contaré el resto.

Con gran impaciencia esperé al día siguiente, para volver a la magnífica quinta de Isabel, y saber de aquella historia tan interesante del vestido blanco de Inés.

Reunidas en un artístico cenador cubierto de campánulas y follaje, Isabel, Celia y yo, reanudó la primera su narración diciéndonos:
-Ayer quedamos en el momento en que Inés me contó el sueño que había tenido viendo a su madre, que le había dicho: “Alégrate, hija mía, que ya te llega la hora de ponerte tu vestido blanco”.

Al entrar a la iglesia, reparamos que en una capilla había una niña de cuerpo presente, vestida de blanco, y al verla, Inés, con una voz que no olvidaré jamás, murmuró a mi oído:
-Mire usted tía, hasta los muertos son más felices que yo: esta niña está vestida de blanco: si yo me muriera pronto, haga usted todo lo posible porque me pongan mi vestido.
-Calla, hija, calla –le contesté-, no digas esas cosas.
Y se me oprimió el corazón de tal manera, que no pude menos que echarme a llorar.

Terminada la ceremonia, volvimos a casa, y Paco, contra su costumbre, pues
nunca acariciaba a su hija, se acercó a Inés, y dándole un beso en la frente, le dijo:
-Estoy contento de ti: yo te prometo que de hoy en adelante, no tendrás un deseo que no veas cumplido; créeme, todo lo he hecho por tu bien. ¿Quieres quedarte hoy con Beatriz?
-Si usted me lo permite, yo estaría muy contenta –contestó Inés.
-Bueno; puedes quedarte.
Y la pobre niña se quedó en casa todo el día.
Yo no sé por qué, la miraba, y al momento se me llenaron los ojos de lágrimas.

Por la tarde, intuí después de la siesta, que ella y Beatriz se habían quedado dormidas y que habían visto otra vez en sueños a su madre, y oído de sus labios las mismas palabras consabidas.
-Y mira qué cosa tan extraña –agregó mi hija-, yo he visto a Inés en sueños vestida de blanco, pero un traje mucho más bonito que el mío.
-¿Qué será esto? –me preguntaba Inés.
-Nada, hijas mías, nada de particular –contesté yo-; pero al decir esto sentía mi corazón una angustia inexplicable.
-Déjame poner un ratito tu traje –dijo Inés a mi hija.
-Sí, mujer, sí –repliqué yo-; así se cumplirá tu sueño.
Se puso el vestido, y la pobre niña se estuvo mirando al espejo, y repitiendo algunas veces:
-¡Qué lástima no haberme puesto el mío!
-Ya te pondrás otro mejor cuando te cases –le dije, esforzándome en reír-; lo llevarás de raso blanco. Ya sabes que eres la prometida de mi hijo Leopoldo.

Y, por todos los medios posibles, traté de distraer a Inés; mas a pesar de todos mis propósitos, la niña siguió muy preocupada. Luego vinieron otras niñas, amigas de mi hija, merendaron en el jardín, corrieron, jugaron, pero Inés siempre quiso estar junto a mí, y cuando vio a su padre, que venía por ella, me abrazó, diciéndome con ternura:
-Ya sabe usted que la quiero mucho.
-Sí, hija mía, ya lo sé.
Y al besarla noté que su rostro estaba frío como la nieve. Esto me alarmó, y llamando a su padre aparte, le dije:
-Mira que Inés no está buena: la pobre hoy ha sufrido muchísimo. Créeme, has de cambiar de conducta, si no, me parece que el mejor día se quedará muerta como se quedó su madre.
-Te prometo que seré otro –me contestó Paco.
Y se fue con su hija.

Nos acostamos, como de costumbre, a las diez, y a las tres de la madrugada me despertó mi marido diciendo:
-Isabel, vístete, que no sé si hay fuego en casa, oigo mucho ruido.

Y antes que concluyera de hablar, vimos entrar a Paco en la alcoba, con el cabello erizado, los ojos pugnaban por salir de sus órbitas, el rostro más pálido que el de la imagen de la muerte, retorciéndose los brazos como si tuviera una convulsión epiléptica, y gritando con toda su fuerza:
-¡Leopoldo!… ¡Leopoldo!… ¡Mi hija!…
Mi marido se tiró de la cama, se echó una capa, y sin pararse ni a ponerse unos zapatos, cogió a su hermano del brazo, desapareciendo ambos como una exhalación.

Yo, naturalmente, me vestí no sé cómo, y cuando iba a salir, entró en mi aposento el aya de Inés, llorando amargamente.-¿Qué hay? –decía yo-, ¿Qué hay?
-¡Muerta! –Respondía la pobre mujer-. ¡Muerta!… ¡Si no era para la Tierra aquella niña!…

Quise salir, pero mi hijo Leopoldito se puso delante de la puerta y me lo impidió, temeroso de que el dolor me ocasionara algún trastorno. Imposible me es describir la escena de aquella infausta noche. Los criados de mi cuñado y los míos estaban en mi gabinete hablando todos a la par, y todos conformes en que lo ocurrido era obra del diablo. Yo preguntaba a éste y a aquél; pero era una confusión espantosa; mis hijos, que entonces tenía cinco, todos se habían levantado, y lloraban, porque veían llorar, y temblaban de susto por lo que oían. Yo estaba como alocada; no sabía lo que me pasaba. Vino, por fin, mi marido. Procuró que saliesen de mi dormitorio los criados y los niños, y cuando estuvimos solos, prorrumpió en sollozos, hasta que por último, dominando su emoción, me refirió lo que había ocurrido, y que voy ahora a repetir.

Al llegar Inés a su casa, le preguntó su padre si se hallaba bien, y como la niña manifestase que le dolía la cabeza, dispuso que el aya la acostase en una habitación inmediata. El aya, intranquila, estuvo escuchando atentamente, y como observase que Inés daba muchas vueltas en la cama, fue a ver lo que tenía, y se estuvo al lado de la niña hasta que la dejó dormida. Se acostó la buena mujer, y se durmió también. En tanto, Paco no podía dormir. Remordíale la conciencia por no haber dejado a Inés que estrenara su vestido, comprendiendo al fin lo mucho que la pobre niña habría sufrido viendo a todas sus compañeras tan engalanadas, y ella sin poder lucir el deseado traje blanco.

Así estuvo algún tiempo, hasta que no pudiendo dominar su inquietud, se levantó, y sin darse cuenta de lo que hacía, abrió el cajón de la cómoda donde había guardado el vestido de su hija, y se quedó espantado, sin saber lo que le pasaba, porque el vestido de Inés había desaparecido, y en su lugar había una gruesa capa de ceniza.

¿Cómo habían podido substraerlo? Lo ignoraba, porque él tenía las llaves guardadas, y la cerradura no estaba violentada. Una idea terrible le asaltó, y corrió como un loco al cuarto de su hija. Las cortinas del lecho de Inés estaban corridas, y la lámpara de alabastro que pendía del techo, estaba encendida como de costumbre. Abrir las cortinas y quedar mudo de horror, fue todo una misma cosa. Inés aparecía tendida sobre su lecho, vestida con su traje blanco y su corona de campanillas silvestres, sus manos juntas, los ojos cerrados y cubierto el cadáver con el velo de céfiro que tanto gustaba a la inocente niña. Clavado se quedó el padre ante la cama mortuoria, sin fuerzas, sin acción, sin saber si era víctima de una pesadilla terrible. Al fin se arrojó sobre su hija, le arrancó el velo, la llamó, la besó, le pidió mil perdones; pero la niña estaba muerta.

Entonces fue cuando salió como un demente a buscar a mi marido, y cuando entraron en el cuarto de Inés, encontraron las cortinas del lecho herméticamente cerradas y a la niña cubierta con su velo.
Paco, horrorizado, se agarró a las columnas del lecho, hasta que por fin cayó sin sentido. No había remedio: Inés había muerto, y algo terrible, algo desconocido había pasado allí.
-¿Crees tú que el diablo?… –dije yo.
-No, Isabel –replicó mi marido-, no te hagas eco de simplezas vulgares, el diablo no existe, pero aquí hay algo que yo averiguaré.
Para abreviar, les diré que a fuerza de dinero la iglesia elevó sus preces; los pobres que socorría Inés decían que los ángeles habían bajado a vestir a la santa niña, y unos diciendo que era el diablo, y otros que eran los ángeles, se le hizo un gran entierro.

Mi cuñado quedó como imbécil más de dos años. Mi marido, que siempre ha sido aficionado al estudio, habiendo sabido que había obras espiritistas, en un viaje que hizo a París habló con Allan Kardec, el autor de dichas obras, y las leyó con ansiedad.
-Ya sé quién vistió el cadáver de Inés –me dijo una noche.
-¿Quién? –pregunté yo alarmada.
-Los espíritus.

Y quiso darme explicaciones; pero yo me opuse resueltamente, manifestando que no quería saber de aquello, porque me moriría de miedo. Entonces me dejó y se dirigió a su hermano, el cual le escuchó con sumo interés, siendo el resultado de aquellas conferencias, que Paco estudiase y acabase por aceptar el Espiritismo. Las nuevas creencias lo volvieron otro. Es amable, caritativo; ha fundado un asilo para las niñas huérfanas, en el cual ha empleado toda la fortuna de Inés, dotándole de todo lo necesario para que las niñas reciban una excelente educación. A las maestras les encarga sobre todo que sean muy cariñosas con las niñas, y aún él mismo les lleva dulces y juguetes.
El otro día vino muy contento, diciéndome:
-Mira, Isabel, ya estoy perdonando; me lo dice Inés.
-Déjame, que no quiero saber nada de eso –le repliqué-. Pero él no me hizo caso, y quieras que no, hube de escuchar una comunicación de su hija. Y francamente, cuando la oí, se me fue quitando el miedo, y hasta me atreví a mirar el escrito, en el cual vi una letra muy parecida a la de Inés. Le pedí una copia del escrito, y la conservo con religioso respeto.
-Pues, mira –dijo Celia-, quien ha hecho lo más, que haga lo menos: ¿Quieres leernos la comunicación?
-¿Por qué no? Justamente os la tenía preparada sabiendo que íbais a tener interés en oírla.

Isabel leyó lo siguiente:
“Alienta, pobre ser, alienta, tu expiación termina y tu regeneración comienza.
No estás solo; para que ganes el tiempo perdido, muchos espíritus te ayudan, te fortalecen y te inspiran, especialmente tu esposa y tu hija, que hicieron cuanto pudieron en su última encarnación para regenerarte por medio de sumisión y ternura. Pero tú, Espíritu rebelde, fuiste insensible a su amorosa humildad, y te complaciste en atormentarlas, en particular a tu hija, negándole todo, todo, hasta la sencilla satisfacción de ponerse un traje virginal en su primera comunión. ¡Pobre padre mío! ¡Fue preciso que me perdieras para que me amaras! ¡Pobre ser, que tuviste la miel en los labios y la desechaste, y tuviste luego que beber hiel y vinagre! ¡Pobres espíritus! ¡Cuán dignos sois de compasión los que no podéis vivir entre flores, sino entre abrojos!”…
“¡Todo lo tuviste, todo!… ¡Inteligencia, riqueza, seres que te amaban, y todo fue inútil! ¡Necesitaste, pobre esclavo de tu ignorancia y de tu rebeldía, el látigo del remordimiento, la tortura del espanto, la locura del dolor!”…
“No te quejes, recogiste lo que sembraste; pero hoy renaces a la vida, y mi madre y yo estamos contigo. Yo te amo mucho, padre mío, mi Espíritu sonríe cuando te veo hacer el bien entre los demás”.
“¡Alienta, padre mío, alienta! Trabaja en tu progreso, que tienes, como todos los espíritus, abiertas las avenidas de la felicidad”.

Cuando terminó la lectura Isabel, vi que Celia estaba muy pensativa y que Isabel lloraba, pues apenas pudo acabar las últimas palabras, por la emoción.
-¿Ve usted? –Me dijo esta última-, siempre que leo esta comunicación, lloro, y vamos, que no quiero enterarme de estas cosas…

¡A cuántos comentarios se presta esta verídica historia! He creído conveniente referirla, porque hay sistemas de educación muy erróneos, y creo que el mejor modo de educar los padres a sus hijos, es empleando ese amor sublime, casi divino, superior a todos los amores, el amor paternal, que se complace en complacer, que goza viendo gozar, que sonríe viendo sonreír; ese amor que regenera, que trocaría en paraíso el infierno, si el infierno fuera una realidad y no la negación de todos los amores.

Amalia Domingo Soler

EN UN LECHO DE FLORES

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EN UN LECHO DE FLORES

Cada uno tiene su monomanía, y la mía indudablemente es la de las flores; todas me parecen bellas y encantadoras, causándome mayor ilusión los árboles frutales cuando están floridos, que cuando se inclinan sus ramas al peso del fruto. Mis árboles favoritos son los almendros, que son los primeros en florecer, y siempre han cautivado de tal modo mi atención, que nunca olvidaré un centenar de almendros que vi en Tarrasa, cubiertas sus ramas de blancas florecillas. Al año siguiente volví al mismo lugar y al ver que todos los almendros habían desaparecido sentí un dolor tan agudo en el corazón, como si en aquel punto pensara hallar un ser querido y éste hubiera hecho un viaje a la eternidad; tuve que hacer un gran esfuerzo para no llorar amargamente. Todo el año había soñado con aquel oasis y al encontrar un desierto en vez de un bosque florido, ¡Qué pena tan grande experimenté!. Junto a mi casa hay un jardín que tiene muchos árboles frutales, y cuando están cubiertos de florecillas, paso ratos deliciosos contemplando aquel lecho de flores, pues mirando los árboles floridos desde cierta altura, parece completamente una red de flores sostenida en el aire por hilos invisibles.

Una tarde que miraba fijamente aquel paraíso en miniatura, vi sobre las ramas, cubiertas de florecillas, que se extendía una ligera bruma, ésta se fue condensando y se formó la figura esbelta, de una mujer blanca, vaporosa, ideal; cubierta con una ancha túnica transparente, que dejaba ver un cuerpo luminoso, era una mujer preciosa; su espléndida cabellera tan pronto parecía formada por hilos de plata, como por hilos de oro, era un manto encantador que flotaba, y al flotar aquellos abundantes rizos, parecía que una lluvia de brillantes se desprendía de aquellas hebras luminosas.

Aquella aparición encantadora no se deshizo rápidamente, la vi el tiempo suficiente para que aquella bellísima figura se quedase fotografiada en mi mente, y la viese tanto de noche como de día. La he visto en mi sueño lo mismo que despierta. ¡Qué preciosa es! ¡Su rostro es tan dulce! ¡Tan risueña! No puedo comprender de qué materia se compone su organismo, porque todo su ser se transparenta, lleva dentro de sí una luz suavísima, bajo su epidermis se ve una claridad que cambia de color, tan pronto las delicadas tintas de la rosa esparcen su color de aurora, como reflejos de un pálido celeste, aumentan la belleza de aquella encantadora aparición.

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RECORDACIONES

amalia-gCAPÍTULO XLI
RECORDACIONES
¡Hermosas recordaciones de las noches de mi aldea lejana!… ¡Aún hoy, revuelvo la ceniza de los siglos, para buscar tus reminiscencias, que me llenan el alma de encantamiento y poesía! Noches de primavera, de luna blanquísima, en que yo rociaba con mi llanto las flores del modesto jardín del presbiterio, cuando confiaba a Dios mis oraciones de sacerdote católico, alma exiliada dentro de la vida, ramo fenecido en los vergeles dichosos de los hombres de la Tierra. Dolorosas meditaciones, en las que mi corazón, ávido de cariño y de afecto, interrogaba a la bóveda celeste sobre el porqué de mi sacrificado destino.
¿Por qué el sacerdote no podría amar como las otras criaturas? ¿Por qué todos poseerían la ventura de un hogar risueño, donde brillasen las sonrisas de la esposa y el amor de los hijos, y el hombre que se consagrase a las labores de la iglesia habría de vivir aislado, cuando su corazón deseaba vivir?

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