PRUEBAS Y FRACASO

Al hermano Gustavo Rivero, fue recogido en nuestra clínica después de dos años de desencarnación, cuando fue retirado del hogar y de la familia a la que se fijaba en terrible perturbación psíquica.
Nuestro querido Gustavo es el prototipo de individuo, que de la vida solamente se atribuye meritos, dominado siempre por elevadas dosis de presunción y rico en cultura vacía. Fue atraído al Espiritismo hace más de veinte años, cuando contaba poco más de treinta y cinco años, portador entonces, de delicado problema de salud, pareció descubrir las respuestas para los enigmas teológicos y existenciales que lo aturdían. De profesión abogado, con una familia construida, abrazó las nuevas ideas, con el entusiasmo que resultaba también de la recuperación de la salud.
Por lo tanto, había en su problema orgánico, una importante contribución espiritual negativa, que lo amenazaba en el transcurso de los días. Lentamente, gracias a los recursos combinados de la ciencia médica y del auxilio espiritual, el amigo recompuso el cuadro de la salud, tornándose un entusiasta simpatizante del Espiritismo. Poseedor de un temperamento fuerte y autoritario, muy pronto comenzó a discordar con la administración de la entidad, presentando sugerencias fuera de propósito y refiriéndose de forma desagradable, con la arrogancia que le era habitual, a algunas actividades que allí se desarrollaban.
Esto ocurre a menudo en los comportamientos humanos, actitudes de esa naturaleza. Los hermanos son atraídos para su renovación y realización, ofreciéndole la oportunidad de emprender el estudio de la doctrina Kardeciana, pero cuando llevan un tiempo, no muy largo, se juzgan que están preparados con suficiente conocimiento y experiencia, concibiéndose que son los portadores del conocimiento pleno, y lo único que manifiestan es, inmadurez e ignorancia. En vez de auxiliar sin imposiciones, corregir, cuando es necesario, tener la confianza del grupo dando prueba de sinceridad, de lealtad al deber, actúan de manera inversa, cuidando más de los privilegios de ego que la edificación de todos. Nuestro hermano, era muy severo con los demás y muy susceptible, sintiéndose enfadado por cualquier cosa o por el simple hecho de no ser aceptadas sus ideas extravagantes.

Al no ser atendido, como realmente el creía que debería de ser, frente a sus ilógicas exigencias, abandonó la institución donde se había beneficiado y comenzó una nueva peregrinación para encontrar una que fuese modelo, es decir, dentro de los ángulos estrechos de su convicción. Pasó a estudiar la doctrina y muy pronto comenzó a detectar errores y conceptos que atribuía que ya estaban superados, preocupándose en corregir lo que ignoraba, en vez de auto corregirse, lo que es, ciertamente, más difícil.
No demoró mucho tiempo y se transformó en lo que se denominaba como espírita de laboratorio, es decir, haciendo experimentos absurdos, un experto ambiguo bien elaborado para justificar la pereza, la inutilidad personal, distanciándose del trabajo y quedándose en la posición de criticador y arrojador de piedras. Se unió a la falange de espíritus de las pasiones materiales y egoístas egocéntricos. Su familia no recibió de él la orientación espiritual conveniente, los hijos crecieron sin formación religiosa y sin la necesaria existencia paterna en razón de las dificultades que tenía para relacionarse, en ese tiempo, fue asaltado por una pertinaz enfermedad que lo consumió lentamente. En ese entonces, buscó apoyo espiritual en la antigua institución donde anteriormente se había beneficiado, pero no obstante la dedicación de los trabajadores de buena voluntad, el proceso cancerígeno prostático era irreversible y el querido compañero desencarnó en una situación penosa, sintiendo en su ser una rebeldía contra la vida…
De esta forma de actuar, observamos que somos lo que cultivamos en nuestro pensamiento. Sembramos vientos mentales y cosechamos tempestades morales avasalladoras. En cuento no corrijamos y solucionemos los problemas íntimos, transformando nuestra conducta mental, alcanzando una lúcida comprensión de las leyes de Dios para vivenciarlas, estaremos cercados por los tesoros de la infelicidad, debatiéndonos por los lugares donde nos encontramos.
Su fe no fue trabajada en la razón y en el sentimiento, olvidó, que la vida es del espíritu y no del cuerpo transitorio, y que la función de la doctrina espírita es preparar al ser humano para la compresión de su inmortalidad, jamás para ayudarlo a conquistar cosas y posiciones terrenales que le destacan en el grupo social, pero que no lo honran ni lo engrandecen moralmente.
Aún permanece en muchos simpatizantes del pensamiento espírita la falsa idea de recoger beneficios personales y sociales, cuando abrazan los postulados Kardecianos, modificando su vida para más placer y mayor suma de comodidades. Otros, igualmente mantiene con respecto al Espiritismo la falsa idea mitológica en torno de las entidades nobles, que deberán estar a sus órdenes solucionándoles los problemas que engendran, atendiéndolos en sus ínfimas cuestiones y necesidades del proceso evolutivo.
El amigo Gustavo es un náufrago más, que tuvo oportunidad de encontrar la embarcación segura, la brújula para conducirlo en el océano inmenso, el timón del equilibrio y no obstante, resolvió guiarse por los instrumentos equivocados de las propias pasiones.

EL RAMO DE VIOLETAS



EL RAMO DE VIOLETAS
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Entre los amigos que dejé en Madrid, se cuentan Don Andrés del Valle y su esposa, Cristina Ruiz: son dos seres unidos por verdadero cariño.
Una tarde fui con ellos a un lindo huerto de su propiedad, que cultiva Andrés con mucho esmero. Me llamó la atención los muchos cuadros que había de violetas.
-¡Qué delirio tenéis por esta flor humilde! –Dije a mis amigos.
-Lo que es Andrés -contestó Cristina-, se vuelve loco por las violetas, y por darle gusto en todo, tengo yo el cuidado de que el jardinero las cuide esmeradamente, y eso… que no debía hacerlo.
-¿Por qué? –pregunté.
-Bien sabe él porqué.
Andrés se sonrió y me dijo al oído con misterio:
-Cristina tiene razón; las violetas me recuerdan una afección que tuve en mi vida, grande, profunda, inmensa, que si la muerte no se hubiese puesto por medio, ¡Quién sabe a dónde hubiera yo ido a parar!
-Ya ves, ya ves cómo se explica
–replicó Cristina riéndose alegremente-, y esa pasión la sintió después de casado.
-¿Sí?… ¿Es posible?
-Y tan posible, hija, y tan posible.
-Parece mentira; nadie diría que Andrés ha roto un plato en toda su vida…
Sí, fíate en la Virgen y no corras; ya tuve entonces mis disgustillos, pero, vamos, una vez, creo que hasta los santos pecan, y es preciso tener indulgencia.
-Tenga usted entendido, Amalia –dijo Andrés con gravedad-, que en cierto modo yo no le falté a mi esposa: fue un amor puramente platónico, fue un afecto que no nació en este mundo.
-¡A mí con esas! –Arguyó Cristina, dando cariñosos golpecitos en el hombro de su marido-. Yo lo que sé es que tú la querías, y que aquella temporada de todo te ocupabas menos de mí.
-¿Y qué fue ello? ¿Se puede saber?
-Sí, sí, anda, cuéntale a Amalia tus amores, y así te distraerás mientras yo voy a preparar la merienda.
Cuando estuvimos solos, le dije a Andrés:
-¿Conque también tiene usted su historia?
-¿Quién no la tiene, amiga mía? Sólo que unos la cuentan y otros se la callan. La mía no cuenta más que un episodio; pero ese, crea usted que no lo olvidaré en mi vida.
Lo que voy a contar me sucedió hace veinte años, y hacía diez que estaba casado con Cristina.
Yo me casé convencido de que quería mucho a mi esposa. Vivíamos tranquilamente, como nos ve usted ahora: ella entregada a sus costumbres católicas, y yo a mis libros y a mis experimentos químicos. Murió mi padre, y tuvimos que ir a Sevilla para arreglar los asuntos familiares. Una tarde que salí con Cristina, la dejé en la Catedral, y yo me fui a dar un paseo por las calles. El azar me llevó a la calle de San Fernando. Iba mirando distraídamente, cuando acerté a fijar mis ojos en una ventana baja, donde había sentada una niña que apenas contaría catorce años. Era blanca, blanquísima, pero con la palidez del marfil; de ojos grandes, muy grandes, tristes, extremadamente tristes. Tenía la cabeza reclinada sobre la reja, y una de sus rubias trenzas tocaba en la acera, su cabello era magnífico, mirarla y estremecerme, fue todo uno. Me miró ella a su vez, y noté, no sin sorpresa, que se ruborizó, y se levantó mirándome fijamente; parecía que sus ojos me interrogaban diciéndome: ¿Quién eres?
Seguí mi camino, y en toda la tarde no pude olvidar la figura de aquella niña, que sin tener nada de particular, me impresionó tanto. Nada dije a Cristina. A la tarde siguiente, volví a pasar; vi otra vez a la niña, y… ¿Para qué repetirle lo mismo? La miré, me miró; la seguí viendo todos los días más de una vez, y comprendí con profundo sentimiento que la pobre niña era sordomuda. Algunas veces había un niño junto a ella, y los dos se hablaban por medio de signos.
Me inspiró tanta compasión… Sus ojos me hablaban con tal elocuencia, que una tarde compré un precioso ramo de violetas, y al pasar se lo dejé en la ventana. Lo tomó y se sonrió; pero tan tristemente, que me pareció escuchar un gemido. No sé lo que me inspiraba aquella criatura, yo no veía en ella a la mujer, porque era una niña demacrada, escuálida; parecía más bien un cadáver embalsamado, que una persona viva. Sólo sus ojos tenían reflejos de vida, pero de una vida amarga, dolorosa… Yo sufría al verla; parecía que me trituraban el corazón, pero adoraba aquel sufrimiento. Dos meses la estuve viendo diariamente. Un día pasé como de costumbre y hallé la ventana errada.
Decirle lo que sufrí, me es imposible; a mí mismo me asustaba la intensidad de mi dolor. Durante ocho días, no viví, y como yo respetaba mi posición, no quise preguntar a ninguno de los criados que veía salir de la casa; tuve fuerza de voluntad bastante para ser discreto. ¿Qué era yo para aquella niña? ¡Nada! ¡Nada podía ser!… Y sin embargo, yo sabía que ella me amaba, y yo sentía por ella lo que no se siente más que una vez en la eterna vida del Espíritu.
Al noveno día, al llegar cerca de la casa, vi la ventana abierta: ahogué un grito de alegría, y atravesé la calle para acercarme a la ventana. ¿Qué vi, que me agarré a la reja como un loco? En el fondo de la habitación un altar con muchas luces, y en el suelo, sobre almohadas de raso azul, estaba colocado el cadáver de la pobre niña.
¿Qué le diré, qué le diré? Quedé petrificado, no sabiendo lo que pasaba por mí.
A pesar de mi turbación, reparé que entraban muchas mujeres a ver a la difunta, y las seguí. Al entrar en la sala mortuoria, yo que nunca me había arrodillado, me hinqué de rodillas junto al cadáver, y entonces vi que sobre su pecho había un ramo de flores secas; me incliné más y reconocí el ramillete de violetas que yo le había dado, quince días antes de su muerte. ¿Cuánto tiempo estuve allí? Lo ignoro.
Cuando me di cuenta de que existía, me encontré en mi lecho, rodeado de mi familia. A mis preguntas de lo sucedido, me dijo mi esposa que había sufrido un gran trastorno viendo a una niña muerta.
Alguien me reconoció, haciéndome transportar a mi casa. Quince días estuve delirando y hablando inconexamente de un ramo de violetas y de una niña.
Al oír esto, estreché las manos de Cristina, diciéndole:
-Perdóname; cuando esté bien ya te lo contaré todo, no me juzgues sin oírme.
Mi esposa, modelo de discreción, nada me contestó.
La primera vez que salí de casa apoyado en el brazo de Cristina, ésta me llevó a pasear por la calle de mis sueños. Ella leyó en mi pensamiento y me dijo sonriéndome:
-¡Tranquilízate, no te fatigues, todo lo sé!
-¿Todo?
-¡Sí, todo!… Vamos a sentarnos a los jardines, y hablaremos.
Mi esposa me contó entonces:
-La doncella de la niña que ha muerto es sobrina del ama de llaves de tu hermana, y durante tu enfermedad, la pobre muchacha ha venido a pasar algunos días con su tía.

La muerte de la niña muda le dejó muy trastornada; y sin saber ella con quién hablaba, refirióme que su señorita había querido tanto a un joven, y nos contó todos los pormenores de tus platónicos galanteos. Esto, como puedes comprender, me hizo sufrir mucho, porque llovía sobre mojado. Tu conducta durante estos dos meses me daba a conocer que en ti pasaba algo extraordinario, y tu enfermedad y tu delirio han venido a demostrar que tu corazón ya no era mío. Al mismo tiempo, cuando la doncella de la muda me contaba lo desgraciada que ha sido esa infeliz, me daba mucha compasión, ¡Pobrecita! Tu ramo de violetas la hizo completamente feliz; ha sido el único obsequio que ha recibido en toda su vida. Desde que se lo diste, no lo separó de su lado, e hizo prometer a su padre que se lo pondrían en el pecho después de muerta. Como tú viste, respetaron su voluntad, y con él ha sido enterrada. ¡Pobre criatura! En su casa, dice la doncella que nadie le hacía caso.
-Pues, ¿Y su madre? –Pregunté a mi esposa.
-No tenía madre. Dicen que murió cuando nació la pobre sordomuda. Ha tenido madrastra y hermanos que se burlaban de ella; se iban de paseo y la dejaban abandonada en poder de los criados. Sin duda tú has sido el único ser que la ha querido en el mundo.
Al oír esto, sentí que el llanto afluía a mis ojos. Cristina exclamó:
-Llora, yo también lloro; los muertos no pueden inspirar celos.
-Si soy culpable, no lo sé –dije mirando a mi esposa-; pero te puedo jurar que en esa niña yo no veía a la mujer; sufría al mirarla.
-Sí, lo comprendo. Su doncella dice que la pobrecita estaba en el último grado de tisis, que parecía un esqueleto, que siempre le faltaba aire para respirar, y aunque sintiera frío, se ponía en la ventana, porque dentro de casa se ahogaba.
-¡Pobre niña! Yo comprendía que agonizaba, y tomaba parte en su agonía.
Restablecido ya, volvimos a Madrid, y entramos en nuestra vida normal.
Siempre hay en mi mente un recuerdo para la niña muda; y en memoria del ramo de violetas que ella tanto amó, tengo un gusto especial en cultivar esas humildes y delicadas flores.
-¿Y no ha sabido usted nada de ella?
-¿Cómo si no he sabido?
-Una persona que no miente, me dijo hace mucho tiempo que usted era espiritista, y que por su esposa lo ocultaba.
-No le han informado mal. Pero esto es un secreto mío de la mayor importancia.
Cristina es católica fanática, y por ningún medio quiero que sepa que me comunico con la niña muda.
No es capaz mi esposa de comprender lo que es un Espíritu. ¡Quién sabe lo que se figuraría!
A usted puedo decirle que en las sesiones espiritistas de un grupo familiar, hablo con la niña de mis amores castos, que es un Espíritu de gran elevación, de gran sentimiento.
-¿Y qué le ha dicho el Espíritu de esa niña?
-Vea usted la última comunicación obtenida:
Y, sacando un papel de su cartera, leyó lo que sigue:
“¡Violetas! ¡Queridas violetas! ¡Humildes flores de la Tierra! ¡Vuestra delicada fragancia embalsamó los últimos días de una pobre muda! ¡Violetas! ¡Flores de mi alma! Vosotras me dijísteis: “Un ser te ama… ¡Te llorará cuando mueras!” ¡Oh!
¡Entonces yo no quería morir, porque había encontrado la realidad de mis sueños!… Yo veía en mi mente, desde muy pequeña, a un hombre, a quien esperaba siempre, ¡Siempre! Cuando te vi exclamé: “¡Ya está aquí!” Sentí una emoción desconocida,dolorosa tal vez, porque mi débil organismo ya no podía sentir sensaciones. ¡Sólo tu ramo de violetas le daba calor a mi corazón! Aquellas flores me decían: “Vete tranquila, él llorará por ti”… ¡Y has llorado! ¡Si tú supieras quién soy!
“Nuestros espíritus hace mucho tiempo que están unidos. Sí, estamos enlazados como el placer y el dolor”.
-Como la luz y la sombra.
-Como la voz y el eco.
-Como la flor y el fruto.
-Como el tronco y las hojas.
-Como la nube y la lluvia.
-¡Cuánto nos hemos querido!
“¡Cultiva, cultiva las violetas! Su perfume te hablará de la pobre muda de la Tierra. ¡Espíritu de larga historia que en todas sus existencias te ha consagrado su profundo amor!”
Decirle a usted, Amalia, lo que yo gozo con estas comunicaciones, es imposible.
Muchas otras guardo de ella, y otro día le contaré algo de nuestra historia. Cristina viene y hago punto final. Digamos como los masones cuando se acerca un profano:
“¡Llueve!”.
¡Cuántos misterios guarda la humanidad!
¡Quién diría, al ver a aquella pobre muda enferma, casi exánime, que era un Espíritu tan lleno de vida, tan ávido de amor!… ¡Un incendio de pasión!… ¡Cuán poco gozó en la Tierra! Sólo un ramo de violetas cifró su felicidad.
Ella también se asemejó a esa delicada flor. Vivió entre las hojas de su infortunio: el perfume de su alma no embalsamó, se disipó en el espacio. ¡Pobre niña! .

EL VESTIDO BLANCO

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EL VESTIDO BLANCO

Estando un verano en una determinada ciudad fui una tarde a pasear por el campo con unas amigas, y Celia nos propuso visitar una quinta habitada por una familia amiga suya. Aceptamos y fuimos a una mansión que parecía un palacio de hadas. Los dueños de la posesión nos recibieron afectuosamente, sin saber por qué, me llamó la atención un hombre, al parecer anciano, que al saludar se inclinaba como las flores marchitas.
Celia le dijo a una de las señoras de la casa, señalando al mencionado caballero:
-¡Qué cambiado encuentro a tu cuñado, Isabel! Al pronto no le conocí. No parece ni su sombra. ¿Ha estado enfermo? -¡Ah! –Contestó Isabel- ahora no es nada, se ha consolado mucho; pero al principio creímos que se iba a quedar idiotizado o loco. La pérdida de su hija Inés le trastornó la cabeza.

Yo escuchaba aquel diálogo, interrumpido por la llegada de una niñita que se abrazó a su madre diciendo:
-Mamá, ¿Verdad que me pondrás el vestido blanco, nuevo?
-No, Elvira –dijo Isabel-, que te pondrás perdida.
-No iré al huerto –dijo la niña.
-Juega, tonta. El vestido blanco es para salir.
-Pues yo me lo quiero poner hoy.
Y Elvira comenzó a llorar con el mayor desconsuelo.
En esto llegó un caballero, y abrazando a la pequeña, le preguntó cariñosamente:
-¿Qué tienes, hija mía? ¿Por qué lloras?
-Porque es una caprichosa –dijo Isabel- quiere ponerse el vestido nuevo para echarlo a perder.
-¿Y por no ajar un vestido dejas llorar a la niña? No quiero que llore; no quiero tener recuerdos ni remordimientos como mi hermano Paco. Corre, hija mía, corre y dile a la abuelita de mi parte que te ponga enseguida el vestido nuevo.
Elvira se fue gritando:
-¡Abuelita!… ¡Abuelita!… Dice papá que me pongas el vestido blanco.
Volvió luego engalanada con sus atavíos de nieve y se abrazó a su madre diciendo:
-¿Verdad, mamá que estoy muy bonita?
Ésta le acarició sus hermosos rizos, y luego, mirando a su marido, le dijo:
-Le dejas hacer todo lo que se le antoje.
-Mira, Isabel, mientras yo viva no quiero ver llorar a mis hijos; te lo repito, acuérdate de Paco.
-Pero, hombre, ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? –Replicó Isabel.
Luego añadió:
-Ya que está vestida, llévatela a pasear.
-Sí, sí –gritó Elvira, radiante de alegría-. Llévame a la playa y luego al café.
-Convenido –dijo su padre.
Y despidiéndose de nosotros, se fue con su hijita, que tendría sólo unos cinco años.

Isabel y Celia me llevaron a pasear por los dilatados jardines que rodeaban la casa, y traté de sondear a Isabel.
-¡Qué bueno parece su esposo! Está loco por sus hijos.
-Lo puede usted asegurar. Los adora, y desde que ocurrió lo de su hermano, más todavía.
-¿Y qué pasó? Cuéntanos –dijo Celia-, es decir, si no soy indiscreta.
-Sí, os lo contaré. Ya sé que Amalia escribe mucho, y esto quizá le podrá servir para trazar algún artículo de duendes y aparecidos. ¿Cree usted en el Espiritismo? –me preguntó Isabel, mirándome fijamente.
-Sí, señora, creo, ¿Y usted?
-Yo no, es decir, no quiero meterme en esas cosas. Me daría miedo hablar con los muertos. Sólo de ver un entierro, me horrorizo… Con que, si hablara con los difuntos… ¡Ni quiero pensarlo!
-Pero si no se les ve, señora; está usted mal informada.
-Usted sí que lo está: mí cuñado Paco los ha visto tan claros como nos vemos nosotros. A su hija le ve casi todos los días.
-¿De veras? –dijo Celia-; pues si yo creía que eso era falso. Que diga Amalia, siempre la sermoneo porque escribe de esas cosas, porque, vamos, para mí los espiritistas de buena fe, o son tontos, o son locos, y los que van con segunda intención, son unos embaucadores, que con la engañifa de los muertos explotan a los vivos.
-Habrá de todo –replicó Isabel-; pero yo puedo asegurarle que mi cuñado no es tonto, ni loco, ni capaz de engañar a nadie. Cree firmemente en los espíritus y en su comunicación, porque ha tenido pruebas. Mi marido también es espiritista convencido.
Yo no, y eso que también he visto algo.
-Entonces usted dice como los cardenales que condenaron a Galileo: “no quiero mirar”.
-Yo no digo nada, pero… ¡Qué quiere usted! Me muero de susto, sólo de pensarlo.
-Pero, ¿Qué pasó? Cuéntanos –exclamó Celia.
-Sí, ya os lo contaré, pero vámonos al otro lado, que no quiero junto al jardín de Paco, porque, según dice, ve a su hija muy a menudo entre las flores.
-No creas esos disparates –dijo Celia-, es imposible; tu cuñado ve visiones.
-No son visiones; que mi marido también ha visto a mi sobrina.
-Si seguís disputando, perderemos el tiempo, vendrá la demás familia y no podrá Isabel contarnos esa historia.

-Tiene usted razón, Amalia –Replicó Isabel-: vamos al hecho. Mi cuñado Paco es un hombre bueno, muy caballero, todo lo que se quiera, pero con muy mal genio, es decir, malo precisamente, no, muy raro, amigo de hacer su voluntad y someter a sus caprichos hasta a los gatos.
A su esposa, que era una santa, la hizo mártir, la pobre murió consumida; parecía un esqueleto, y la infeliz murió con el sentimiento de dejar a una niña de tres años, ¡Pobrecita! Angelical criatura que aún me parece que la estoy viendo, tan cariñosa. A mí me quería muchísimo; pero casi nunca venía a mi casa, porque su padre decía que yo no sirvo para contrariar a los niños, y que para educarlos bien, sin pegarles, sin usar la menor violencia, no hay nada mejor que no darles gusto en nada; que si están consentidos en salir, hacerlos quedar en casa; si quieren un manjar, darles de comer de todo menos de aquello que desean, y la pobre Inés, los trece años que estuvo en este mundo, fue víctima de una contrariedad continua: mi marido, que es un ángel, hacía cuanto podía por endulzar la vida de Inés, pero le decía su hermano:
-Para educar a mis hijos no necesito preceptores.
Y mi esposo, para evitar mayores disgustos, se callaba, y a veces venía diciéndome:
-Dios quiera que Inés se muera pronto, porque así dejará de sufrir. Llegó para mi hija Beatriz, el día de su primera comunión, y como Inés tenía la misma edad que mi hija, mi marido insinuó a su hermano que las dos primas deberían ir juntas a confesar y comulgar, y que él se encargaría de regalar el vestido a Inés, para que ambas fueran iguales. Paco convino en ello y dejó venir a Inés a casa, donde yo tenía dos costureras haciendo los trajes de las niñas, que eran de muselina blanca, adornados con plegados de tul, velos de céfiro y coronas de campanillas silvestres.

La víspera del gran día, probaron cada una su vestido, e Inés en particular, estaba encantadora, porque era mucho más bonita que mi hija; y la pobre, que por los caprichos de su padre siempre iba hecha un adefesio, a pesar de ser una rica heredera – pues, sólo por parte de su madre, tenía dos millones de duros-, al verse tan elegante, estaba loca de alegría, se miraba al espejo y decía cortesías, diciéndome:
-¡Ay, tía de mi alma! ¡Parezco otra! ¡Qué bien estoy!
-Es verdad. Pareces un ángel –le decía mi Beatriz-. ¡Como eres tan blanca!
-Pues tú no te puedes quejar –replicaba mi esposo mirando embobado a nuestra hija-; estoy seguro que seréis las dos niñas más hermosas que entrarán en la iglesia.
-Está visto –dijo Paco con sequedad-, que no sabes criar hijos; si Inés estuviera aquí dos días, echabas por tierra todo mi trabajo.
La pobre Inés, en cuanto oyó a su padre, salió temblando de la habitación; mi hija se fue detrás de ella, y mi marido, conociendo el carácter de su hermano, le dijo:
-Paco, no vayas a agriar la fiesta de mañana; te estoy leyendo en los ojos que serás capaz de no dejar a Inés que se ponga el vestido, porque la infeliz ha creído que le iba bien. ¿No ves que es muy natural?
-Tú no conoces a Inés –replicó Paco-; es muy orgullosa, y si yo no humillara su soberbia, sabe Dios dónde llegaría.
-No digas disparates –contesté yo-: si es la criatura más buena que hay en la Tierra: amiga de hacer limosnas, humilde hasta la exageración. Te quejas de vicio, tienes una hija que no te la mereces.
-Bien, bien –replicó él-: más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, hasta mañana.
Y se fue con su hija.

A poco, mandó al aya de la niña y a la doncella, por el vestido de Inés, con el pretexto de que quería que su hija se vistiese en su casa.
Esta nueva disposición nos disgustó muchísimo, porque habíamos quedado en que Inés vendría para que la peinara mi camarera, del mismo modo que a Beatriz; y mi marido decía:
-¡No sé por qué le temo al día de mañana!

No en vano le temía. Al día siguiente vino Paco con su hija, vestida de negro, diciendo que la niña no se encontraba bien, y que por esto no había permitido que se vistiera. Inés, con aquella paciencia de santa, apoyó lo que decía su padre.
-Pues esperamos a otro día que estés buena –dije yo.
-No, no –repitió Paco-; ¡Qué tontería! Nada, nada; una persona ha de saber mirarlo todo con indiferencia.

La pobre Inés, en un momento que pudo hablar a solas conmigo, me dijo:
-Es inútil que esperemos a otro día; no me lo dejará poner; le conozco bien.
Basta que yo tenga un deseo, para que no lo vea cumplido. Ha guardado el vestido en una de sus cómodas, y esta mañana me dijo:
-El día está muy frío; no quiero que estrenes el vestido, que te podrías constipar.
-Entonces no iré –dije yo.
-Sí, sí; para recibir a Dios no se necesita vestirse de blanco, y basta con que esté limpia la conciencia.
-Así es, tía mía, que vamos.

Salimos; nos reunimos con las demás niñas, todas de blanco, e Inés se vino junto a mí, diciéndome antes de entrar en la iglesia:
-Tía, si viera usted! Esta noche he soñado con mi madre, y ella me decía:
“Alégrate, hija mía, que ya te llega la hora de ponerte tu vestido blanco”. Ya ve usted, no se ha cumplido el sueño.
Isabel calló, oyendo pasos…

En aquel momento fuimos interrumpidos por la avalancha de los visitantes y el marido de Isabel, que nos venían a invitar para tomar el té.
Isabel me dijo al oído:
-Vengase usted mañana con Celia, solas, y les contaré el resto.

Con gran impaciencia esperé al día siguiente, para volver a la magnífica quinta de Isabel, y saber de aquella historia tan interesante del vestido blanco de Inés.

Reunidas en un artístico cenador cubierto de campánulas y follaje, Isabel, Celia y yo, reanudó la primera su narración diciéndonos:
-Ayer quedamos en el momento en que Inés me contó el sueño que había tenido viendo a su madre, que le había dicho: “Alégrate, hija mía, que ya te llega la hora de ponerte tu vestido blanco”.

Al entrar a la iglesia, reparamos que en una capilla había una niña de cuerpo presente, vestida de blanco, y al verla, Inés, con una voz que no olvidaré jamás, murmuró a mi oído:
-Mire usted tía, hasta los muertos son más felices que yo: esta niña está vestida de blanco: si yo me muriera pronto, haga usted todo lo posible porque me pongan mi vestido.
-Calla, hija, calla –le contesté-, no digas esas cosas.
Y se me oprimió el corazón de tal manera, que no pude menos que echarme a llorar.

Terminada la ceremonia, volvimos a casa, y Paco, contra su costumbre, pues
nunca acariciaba a su hija, se acercó a Inés, y dándole un beso en la frente, le dijo:
-Estoy contento de ti: yo te prometo que de hoy en adelante, no tendrás un deseo que no veas cumplido; créeme, todo lo he hecho por tu bien. ¿Quieres quedarte hoy con Beatriz?
-Si usted me lo permite, yo estaría muy contenta –contestó Inés.
-Bueno; puedes quedarte.
Y la pobre niña se quedó en casa todo el día.
Yo no sé por qué, la miraba, y al momento se me llenaron los ojos de lágrimas.

Por la tarde, intuí después de la siesta, que ella y Beatriz se habían quedado dormidas y que habían visto otra vez en sueños a su madre, y oído de sus labios las mismas palabras consabidas.
-Y mira qué cosa tan extraña –agregó mi hija-, yo he visto a Inés en sueños vestida de blanco, pero un traje mucho más bonito que el mío.
-¿Qué será esto? –me preguntaba Inés.
-Nada, hijas mías, nada de particular –contesté yo-; pero al decir esto sentía mi corazón una angustia inexplicable.
-Déjame poner un ratito tu traje –dijo Inés a mi hija.
-Sí, mujer, sí –repliqué yo-; así se cumplirá tu sueño.
Se puso el vestido, y la pobre niña se estuvo mirando al espejo, y repitiendo algunas veces:
-¡Qué lástima no haberme puesto el mío!
-Ya te pondrás otro mejor cuando te cases –le dije, esforzándome en reír-; lo llevarás de raso blanco. Ya sabes que eres la prometida de mi hijo Leopoldo.

Y, por todos los medios posibles, traté de distraer a Inés; mas a pesar de todos mis propósitos, la niña siguió muy preocupada. Luego vinieron otras niñas, amigas de mi hija, merendaron en el jardín, corrieron, jugaron, pero Inés siempre quiso estar junto a mí, y cuando vio a su padre, que venía por ella, me abrazó, diciéndome con ternura:
-Ya sabe usted que la quiero mucho.
-Sí, hija mía, ya lo sé.
Y al besarla noté que su rostro estaba frío como la nieve. Esto me alarmó, y llamando a su padre aparte, le dije:
-Mira que Inés no está buena: la pobre hoy ha sufrido muchísimo. Créeme, has de cambiar de conducta, si no, me parece que el mejor día se quedará muerta como se quedó su madre.
-Te prometo que seré otro –me contestó Paco.
Y se fue con su hija.

Nos acostamos, como de costumbre, a las diez, y a las tres de la madrugada me despertó mi marido diciendo:
-Isabel, vístete, que no sé si hay fuego en casa, oigo mucho ruido.

Y antes que concluyera de hablar, vimos entrar a Paco en la alcoba, con el cabello erizado, los ojos pugnaban por salir de sus órbitas, el rostro más pálido que el de la imagen de la muerte, retorciéndose los brazos como si tuviera una convulsión epiléptica, y gritando con toda su fuerza:
-¡Leopoldo!… ¡Leopoldo!… ¡Mi hija!…
Mi marido se tiró de la cama, se echó una capa, y sin pararse ni a ponerse unos zapatos, cogió a su hermano del brazo, desapareciendo ambos como una exhalación.

Yo, naturalmente, me vestí no sé cómo, y cuando iba a salir, entró en mi aposento el aya de Inés, llorando amargamente.-¿Qué hay? –decía yo-, ¿Qué hay?
-¡Muerta! –Respondía la pobre mujer-. ¡Muerta!… ¡Si no era para la Tierra aquella niña!…

Quise salir, pero mi hijo Leopoldito se puso delante de la puerta y me lo impidió, temeroso de que el dolor me ocasionara algún trastorno. Imposible me es describir la escena de aquella infausta noche. Los criados de mi cuñado y los míos estaban en mi gabinete hablando todos a la par, y todos conformes en que lo ocurrido era obra del diablo. Yo preguntaba a éste y a aquél; pero era una confusión espantosa; mis hijos, que entonces tenía cinco, todos se habían levantado, y lloraban, porque veían llorar, y temblaban de susto por lo que oían. Yo estaba como alocada; no sabía lo que me pasaba. Vino, por fin, mi marido. Procuró que saliesen de mi dormitorio los criados y los niños, y cuando estuvimos solos, prorrumpió en sollozos, hasta que por último, dominando su emoción, me refirió lo que había ocurrido, y que voy ahora a repetir.

Al llegar Inés a su casa, le preguntó su padre si se hallaba bien, y como la niña manifestase que le dolía la cabeza, dispuso que el aya la acostase en una habitación inmediata. El aya, intranquila, estuvo escuchando atentamente, y como observase que Inés daba muchas vueltas en la cama, fue a ver lo que tenía, y se estuvo al lado de la niña hasta que la dejó dormida. Se acostó la buena mujer, y se durmió también. En tanto, Paco no podía dormir. Remordíale la conciencia por no haber dejado a Inés que estrenara su vestido, comprendiendo al fin lo mucho que la pobre niña habría sufrido viendo a todas sus compañeras tan engalanadas, y ella sin poder lucir el deseado traje blanco.

Así estuvo algún tiempo, hasta que no pudiendo dominar su inquietud, se levantó, y sin darse cuenta de lo que hacía, abrió el cajón de la cómoda donde había guardado el vestido de su hija, y se quedó espantado, sin saber lo que le pasaba, porque el vestido de Inés había desaparecido, y en su lugar había una gruesa capa de ceniza.

¿Cómo habían podido substraerlo? Lo ignoraba, porque él tenía las llaves guardadas, y la cerradura no estaba violentada. Una idea terrible le asaltó, y corrió como un loco al cuarto de su hija. Las cortinas del lecho de Inés estaban corridas, y la lámpara de alabastro que pendía del techo, estaba encendida como de costumbre. Abrir las cortinas y quedar mudo de horror, fue todo una misma cosa. Inés aparecía tendida sobre su lecho, vestida con su traje blanco y su corona de campanillas silvestres, sus manos juntas, los ojos cerrados y cubierto el cadáver con el velo de céfiro que tanto gustaba a la inocente niña. Clavado se quedó el padre ante la cama mortuoria, sin fuerzas, sin acción, sin saber si era víctima de una pesadilla terrible. Al fin se arrojó sobre su hija, le arrancó el velo, la llamó, la besó, le pidió mil perdones; pero la niña estaba muerta.

Entonces fue cuando salió como un demente a buscar a mi marido, y cuando entraron en el cuarto de Inés, encontraron las cortinas del lecho herméticamente cerradas y a la niña cubierta con su velo.
Paco, horrorizado, se agarró a las columnas del lecho, hasta que por fin cayó sin sentido. No había remedio: Inés había muerto, y algo terrible, algo desconocido había pasado allí.
-¿Crees tú que el diablo?… –dije yo.
-No, Isabel –replicó mi marido-, no te hagas eco de simplezas vulgares, el diablo no existe, pero aquí hay algo que yo averiguaré.
Para abreviar, les diré que a fuerza de dinero la iglesia elevó sus preces; los pobres que socorría Inés decían que los ángeles habían bajado a vestir a la santa niña, y unos diciendo que era el diablo, y otros que eran los ángeles, se le hizo un gran entierro.

Mi cuñado quedó como imbécil más de dos años. Mi marido, que siempre ha sido aficionado al estudio, habiendo sabido que había obras espiritistas, en un viaje que hizo a París habló con Allan Kardec, el autor de dichas obras, y las leyó con ansiedad.
-Ya sé quién vistió el cadáver de Inés –me dijo una noche.
-¿Quién? –pregunté yo alarmada.
-Los espíritus.

Y quiso darme explicaciones; pero yo me opuse resueltamente, manifestando que no quería saber de aquello, porque me moriría de miedo. Entonces me dejó y se dirigió a su hermano, el cual le escuchó con sumo interés, siendo el resultado de aquellas conferencias, que Paco estudiase y acabase por aceptar el Espiritismo. Las nuevas creencias lo volvieron otro. Es amable, caritativo; ha fundado un asilo para las niñas huérfanas, en el cual ha empleado toda la fortuna de Inés, dotándole de todo lo necesario para que las niñas reciban una excelente educación. A las maestras les encarga sobre todo que sean muy cariñosas con las niñas, y aún él mismo les lleva dulces y juguetes.
El otro día vino muy contento, diciéndome:
-Mira, Isabel, ya estoy perdonando; me lo dice Inés.
-Déjame, que no quiero saber nada de eso –le repliqué-. Pero él no me hizo caso, y quieras que no, hube de escuchar una comunicación de su hija. Y francamente, cuando la oí, se me fue quitando el miedo, y hasta me atreví a mirar el escrito, en el cual vi una letra muy parecida a la de Inés. Le pedí una copia del escrito, y la conservo con religioso respeto.
-Pues, mira –dijo Celia-, quien ha hecho lo más, que haga lo menos: ¿Quieres leernos la comunicación?
-¿Por qué no? Justamente os la tenía preparada sabiendo que íbais a tener interés en oírla.

Isabel leyó lo siguiente:
“Alienta, pobre ser, alienta, tu expiación termina y tu regeneración comienza.
No estás solo; para que ganes el tiempo perdido, muchos espíritus te ayudan, te fortalecen y te inspiran, especialmente tu esposa y tu hija, que hicieron cuanto pudieron en su última encarnación para regenerarte por medio de sumisión y ternura. Pero tú, Espíritu rebelde, fuiste insensible a su amorosa humildad, y te complaciste en atormentarlas, en particular a tu hija, negándole todo, todo, hasta la sencilla satisfacción de ponerse un traje virginal en su primera comunión. ¡Pobre padre mío! ¡Fue preciso que me perdieras para que me amaras! ¡Pobre ser, que tuviste la miel en los labios y la desechaste, y tuviste luego que beber hiel y vinagre! ¡Pobres espíritus! ¡Cuán dignos sois de compasión los que no podéis vivir entre flores, sino entre abrojos!”…
“¡Todo lo tuviste, todo!… ¡Inteligencia, riqueza, seres que te amaban, y todo fue inútil! ¡Necesitaste, pobre esclavo de tu ignorancia y de tu rebeldía, el látigo del remordimiento, la tortura del espanto, la locura del dolor!”…
“No te quejes, recogiste lo que sembraste; pero hoy renaces a la vida, y mi madre y yo estamos contigo. Yo te amo mucho, padre mío, mi Espíritu sonríe cuando te veo hacer el bien entre los demás”.
“¡Alienta, padre mío, alienta! Trabaja en tu progreso, que tienes, como todos los espíritus, abiertas las avenidas de la felicidad”.

Cuando terminó la lectura Isabel, vi que Celia estaba muy pensativa y que Isabel lloraba, pues apenas pudo acabar las últimas palabras, por la emoción.
-¿Ve usted? –Me dijo esta última-, siempre que leo esta comunicación, lloro, y vamos, que no quiero enterarme de estas cosas…

¡A cuántos comentarios se presta esta verídica historia! He creído conveniente referirla, porque hay sistemas de educación muy erróneos, y creo que el mejor modo de educar los padres a sus hijos, es empleando ese amor sublime, casi divino, superior a todos los amores, el amor paternal, que se complace en complacer, que goza viendo gozar, que sonríe viendo sonreír; ese amor que regenera, que trocaría en paraíso el infierno, si el infierno fuera una realidad y no la negación de todos los amores.

Amalia Domingo Soler

EN UN LECHO DE FLORES

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EN UN LECHO DE FLORES

Cada uno tiene su monomanía, y la mía indudablemente es la de las flores; todas me parecen bellas y encantadoras, causándome mayor ilusión los árboles frutales cuando están floridos, que cuando se inclinan sus ramas al peso del fruto. Mis árboles favoritos son los almendros, que son los primeros en florecer, y siempre han cautivado de tal modo mi atención, que nunca olvidaré un centenar de almendros que vi en Tarrasa, cubiertas sus ramas de blancas florecillas. Al año siguiente volví al mismo lugar y al ver que todos los almendros habían desaparecido sentí un dolor tan agudo en el corazón, como si en aquel punto pensara hallar un ser querido y éste hubiera hecho un viaje a la eternidad; tuve que hacer un gran esfuerzo para no llorar amargamente. Todo el año había soñado con aquel oasis y al encontrar un desierto en vez de un bosque florido, ¡Qué pena tan grande experimenté!. Junto a mi casa hay un jardín que tiene muchos árboles frutales, y cuando están cubiertos de florecillas, paso ratos deliciosos contemplando aquel lecho de flores, pues mirando los árboles floridos desde cierta altura, parece completamente una red de flores sostenida en el aire por hilos invisibles.

Una tarde que miraba fijamente aquel paraíso en miniatura, vi sobre las ramas, cubiertas de florecillas, que se extendía una ligera bruma, ésta se fue condensando y se formó la figura esbelta, de una mujer blanca, vaporosa, ideal; cubierta con una ancha túnica transparente, que dejaba ver un cuerpo luminoso, era una mujer preciosa; su espléndida cabellera tan pronto parecía formada por hilos de plata, como por hilos de oro, era un manto encantador que flotaba, y al flotar aquellos abundantes rizos, parecía que una lluvia de brillantes se desprendía de aquellas hebras luminosas.

Aquella aparición encantadora no se deshizo rápidamente, la vi el tiempo suficiente para que aquella bellísima figura se quedase fotografiada en mi mente, y la viese tanto de noche como de día. La he visto en mi sueño lo mismo que despierta. ¡Qué preciosa es! ¡Su rostro es tan dulce! ¡Tan risueña! No puedo comprender de qué materia se compone su organismo, porque todo su ser se transparenta, lleva dentro de sí una luz suavísima, bajo su epidermis se ve una claridad que cambia de color, tan pronto las delicadas tintas de la rosa esparcen su color de aurora, como reflejos de un pálido celeste, aumentan la belleza de aquella encantadora aparición.

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RECORDACIONES

amalia-gCAPÍTULO XLI
RECORDACIONES
¡Hermosas recordaciones de las noches de mi aldea lejana!… ¡Aún hoy, revuelvo la ceniza de los siglos, para buscar tus reminiscencias, que me llenan el alma de encantamiento y poesía! Noches de primavera, de luna blanquísima, en que yo rociaba con mi llanto las flores del modesto jardín del presbiterio, cuando confiaba a Dios mis oraciones de sacerdote católico, alma exiliada dentro de la vida, ramo fenecido en los vergeles dichosos de los hombres de la Tierra. Dolorosas meditaciones, en las que mi corazón, ávido de cariño y de afecto, interrogaba a la bóveda celeste sobre el porqué de mi sacrificado destino.
¿Por qué el sacerdote no podría amar como las otras criaturas? ¿Por qué todos poseerían la ventura de un hogar risueño, donde brillasen las sonrisas de la esposa y el amor de los hijos, y el hombre que se consagrase a las labores de la iglesia habría de vivir aislado, cuando su corazón deseaba vivir?

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