A UN ESPÍRITU QUE HUYE DE LA LUZ

 

 

Mujer, hace algún tiempo que perdiste a una hija adorada, pero su muerte no fue una muerte tranquila; no te puedes acostumbrar a la idea de perderla velándola en sus noches de insomnio y de fiebre. No; fue por el contrario una sorpresa horrible la que recibiste. La niña estaba ante ti risueña y confiada, sonriente como la inocencia, hermosa como la felicidad, cuando ese elemento voraz, esa llama abrasadora que tantas víctimas ha ocasionado en los pasados siglos, esas lenguas de fuego que destruyen cuanto tocan, envolvió a tu hija cuando menos lo esperabas, y en el breve plazo de cinco horas quedó extinguida la savia vital de aquella niña encantadora, que durante diez años fue tu delicia por su gracia, por su donaire y gentileza, por su cariño, por su bondad, por su despejada inteligencia, y sobre todo, por ser tu hija, porque para las madres todos los hijos son dechados de virtudes y modelos de hermosura.
La impresión que debiste recibir fue tan dolorosa, que renunciamos a describirla, porque hay dolores que se profanan si se pretende trazar sus límites. El dolor de una madre ante el cadáver de su hijo, es la esencia de todos los sufrimientos, es el resumen de todas las angustias, es la agonía del alma enloquecida que duda en su delirio si existe Dios.
¡Pobre madre! ¡Pobre Espíritu! ¡Qué larga es tu cuenta cuando aún tienes que pagar tan inmensa cantidad!
“Mujer escúchanos: Tú tienes pruebas innegables de la supervivencia del alma, tú sabes que los espíritus se comunican, porque se han comunicado contigo, porque tú misma inspirada por un Espíritu has escrito tu propia historia; y después de manifestaciones tan evidentes, después de hechos tan irrefutables, después de verte envuelta en los mágicos resplandores de la verdad, tu dualismo te hunde en el caos del error, dudar tú de la supervivencia del alma, nos parece imposible y sin embargo, desgraciadamente es cierto”.
“Tu Espíritu rebelde huye de la luz, y no es ahora solamente, hace muchos siglos que viene huyendo, y por eso tocas tan fatales consecuencias; por eso tus encarnaciones son tan combatidas de violentísimas y desesperadas sensaciones, por eso tienes que llorar a mares, por eso tienes que cubrirte con el sudario del dolor, porque tú misma tejes la tela de la túnica del martirio”.
“¡Pobre Espíritu! Reflexiona, medita, analiza, no niegues lo que has visto, no cierres los ojos del entendimiento para no ver la luz espléndida del luminar de la razón”.
“¡Recuerda tu ayer! Evoca a tus espíritus amigos, pídeles consuelo, luz y verdad; y ellos te darán fortaleza para sufrir las duras pruebas de tu vida”.
“Nos interesamos mucho por ti, porque nos inspiran profunda compasión todos los seres que padecen; y tú has padecido tan horriblemente, te has visto tan sola… ¡Tan abandonada! Que más de una vez has pensado en buscar en la muerte el olvido de tus dolores; mas ¡Ay! Que el suicidio es una playa maldita y en sus agudas rocas se estrellan cuantos buques arrojan el ancla sobre sus piedras”.
“De nada te ha servido tu maravillosa inteligencia, vives hace muchos siglos y tu vida es una agonía sin tregua, ¿Hasta cuándo vas a estar así?”
“¿Por qué te empeñas en estacionarte? ¿Por qué no elevas tu pensamiento? ¿Por qué no engrandeces tu inspiración?”
“¿Por qué dudas de la eterna justicia cuando en las leyes de la creación todo es justo, todo es armonía, todo obedece a la ley de la gravedad, todo se inclina del lado que se debe de inclinar?”
“Tú lamentas la muerte de tu hija y dices: ¡Era un ángel! ¿Por qué murió quemada? ¿Por qué Dios ha permitido esa injusticia? Y esta pregunta en ti es imprudente, es ilógica, porque sabes muy bien, (si te quieres acordar) que el Espíritu es un viajero del infinito que encarna miles de veces en diferentes mundos y en cada existencia se crea compromisos, adquiere responsabilidades, y va formando su historia del modo que le parece, y va sufriendo las consecuencias de todos sus actos cumpliéndose el adagio de que, el que a hierro mata a hierro muere”.
“Que no hay oraciones que valgan, que no hay responsos pagados que salven el alma de sufrir lo que hizo sufrir a otros; porque las oraciones no sirven más que para consolar al Espíritu, para alentarle puesto que aquel recuerdo le dice que en la Tierra no le olvidan, pero no sirven para aplacar la ley divina, porque Dios no está sujeto a las pasiones humanas; no es Dios el que nos castiga, somos nosotros los que nos castigamos, no de buen grado, sino por fuerza; porque en las leyes de la Creación, lo repetimos, todo guarda armonía perfectísima, y el criminal de ayer podrá ser el arrepentido de hoy, pero no le libra el arrepentimiento de sufrir las consecuencias de sus extravíos; y es muy justo que las sufra, porque no tiene derecho a ser feliz, aquel que se ha complacido en el mal de otro”.
Tu triste historia, me hizo preguntar a un ser de ultratumba, cuyas comunicaciones siempre me han dado grandes enseñanzas, qué fatalidad pesaba sobre ti, y él me dijo así:
“La mujer por quien me preguntas, es un Espíritu rebelde, cuya vida es una tragedia continuada; la conocí en Grecia y siempre la he visto luchando contra sí misma.
Es un ser que se empeña en permanecer en la sombra, y permanece, que para eso es dueño de su libre albedrío”.
“La niña que según vuestro lenguaje murió en las llamas, hoy se encuentra en muy buen estado, porque la gran deuda que tenía que pagar, la pagó al dejar la Tierra de un modo tan desastroso; y como cuando el Espíritu tiene que saldar alguna cuenta por medio de un terrible sufrimiento, su Espíritu protector no le abandona ni un segundo, para evitarle en cuanto le es posible la duración de su martirio; los desgraciados que tienen que sujetarse a la cruelísima expiación de disgregar su envoltura por medio de las llamas, que les ocasiona horribles dolores, y una angustia que es necesaria sufrirla para comprenderla; estos seres te repito, tienen tan cerca de sí a su Espíritu protector, que aún no se ha concluido de carbonizar su cuerpo cuando ya se ve en brazos de su guía que les alienta, les anima y les aparta de aquel lugar espantoso donde ha sufrido el dolor más inmenso que puede sufrir la criatura en la Tierra”.
“Morir quemado es ser atormentado por el dolor de los dolores; y el que sufre tal tortura no es por un accidente casual, no es por un descuido imprevisto, es porque tiene que sufrir lo que hizo sufrir a otros. A la Tierra no van ángeles, desengáñate, no van más que los espíritus más o menos culpables, más o menos arrepentidos, más o menos dispuestos al progreso, pero siempre deudores, entiéndelo bien, siempre deudores”.
“Esa niña murió quemada, porque es muy justo pagar lo que se debe, y eligió por madre a la mujer que la llevó en su seno porque este Espíritu turbulento necesita sacudidas terribles; quiere ser hijo de sí mismo”.
“Quiere desconocer la verdad de las leyes eternas. Quiere negar lo que es innegable. Quiere vivir en turbación continua, y según la esfera que uno elige, así son los accidentes de la vida. El que busca con los espinos se hiere; pero el Espíritu siempre está a tiempo de convertirse de oruga en mariposa”.
“La eternidad le brinda su día sin noche: la ciencia con su estudio infinito. La razón con su libre examen, con su sistema operativo y su análisis; y el trabajo con el perfeccionamiento y el progreso indefinido”.
“El Espíritu que se estaciona es porque quiere estacionarse, de esto no tengas la menor duda. No hay circunstancias apremiantes, no hay pasiones volcánicas, no hay miserias desesperantes, no hay nada en los mundos que domine al Espíritu y le haga vivir humillado y envilecido: su voluntad es más fuerte, es más enérgica, es más grande que cuanto le rodea, y cuando quiere ir hacia Dios, va”.
“Ese pobre Espíritu por el que me has preguntado, tiene suficiente inteligencia para habitar en mundos mucho más adelantados que la Tierra, pero él se complace en no salir de su pequeña órbita, y gira en torno a su dualismo sin querer mirar ni ver”.
“La niña que murió en las llamas es un Espíritu de mejores condiciones, pagó su deuda y hoy se encuentra tranquilo dispuesto a seguir su peregrinación, en la cual es casi seguro que no tendrá que sufrir tormentos parecidos al que sufrió últimamente”.
“Alienta a su madre cuanto le es posible; porque su progreso le impulsa a ser muy cariñosa, muy expansiva, dulce y humilde; tiene deseos de perfeccionarse y como el amor es el primer paso que da el Espíritu en la senda del bien, la niña a la que aún llora su madre, ama mucho a los seres que tanto le quisieron en la Tierra y les envuelve con su amoroso fluido procurando tranquilizarlos inspirándoles resignación y esperanza; pero el estado de turbación de su madre hace muchas veces que sus nobles esfuerzos sean infructuosos, porque no hay peor enfermo que aquel que rechaza los remedios”.
¡Mujer! Esto me dijo el ser de ultratumba a quien pregunté por tu hija y por ti.
Por tu bien, por tu tranquilidad, por el progreso de tu Espíritu deja ese fatal dualismo que te estaciona centenares de siglos.
Emplea tu inteligencia en algo más útil y más provechoso para ti, evoca a los buenos espíritus y estos acudirán a tu llamamiento como han hecho otras veces; y escribe, escribe algunas historias de los que se fueron; recrea tu imaginación en los vergeles de la esperanza, en los pasillos de la fe, pero de esa fe augusta, de esa fe sublime, de esa fe inmensa que necesita del infinito para crear.
Da principio a tu manumisión, pobre esclavo de tu rebeldía, haz que brille para ti el sol hermoso de la libertad.
Eleva tus cantares, que ayer se extasió el mundo con tus cantos; instruye, ama, consuela, ¡La mujer puede hacer tanto bien en la Tierra!… ¡Su misión es tan grande!…
¡Puede ser madre de los afligidos!
¡El sostén de los atribulados!
¡Puede ser el ángel de la esperanza! ¡Mujer! renace a la vida, y sé en buena hora en este mundo uno de los ángeles de redención.

 

Amalia Domingo Soler

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