!AYER Y HOY!

Siguiendo mis estudios en la gran Biblia de la humanidad, encuentro a veces seres que despiertan en mi un interés vivísimo; los miro, los contemplo, trato de intimar con ellos, hasta que consigo que me cuenten una parte de su historia, y digo entre mi: no me había engañado, este Ser es un volumen preciosísimo, se puede aprender escuchando sus relatos. En efecto, no hay mejor libro que el hombre, y quien dice el hombre dice la mujer, porque, como dijo no sé quien, la realidad supera a todas las ficciones de la fantasía; el mejor novelista no llegará nunca a despertar el interés que despierta un episodio de la vida real.

Hace algún tiempo que me presentaron a una mujer de mediana edad, distinguida, elegante sin afectación, delgada, pálida, con ojos tristes y expresivos; se lee en aquellos ojos todo un pasado de lágrimas. Cecilia es viuda, tiene una hija casada y un hijo adoptivo de unos doce años, al que quiere con delirio y el niño le corresponde, teniendo sobrados motivos para quererla, porque a los quince días de haber nacido se quedó sin padre ni madre, y Cecilia, que vivía poco menos que en la miseria, no titubeó ni un segundo en quedarse con él, a pesar que su familia le decía:

-¿Tú estás loca? Si no tienes para ti ni para tu hija, ¿cómo vas a criar a ese infeliz?

-Dios es muy grande -contestó Cecilia-, mi hija lo quiere y, queriéndolo ella, ya tengo yo bastante.

-Si, si, mamá, decía Amparo, besando al huerfanito. Será mi hermano; se llamará Enrique; yo no quiero separarme de él.

Y Cecilia, Amparo y Enrique formaron la más hermosa trinidad y el niño creció entre caricias, sin conocer la orfandad.

Pasaron los años y Amparo se casó cuando la vistieron de largo. Enrique creyó volverse loco de alegria cuando Amparo fue madre de un precioso niño; su júbilo no tuvo límites: para la recién nacida fueron todas sus caricias, todos sus halagos, y soñaba con ser hombre para ganar mucho dinero y comprarle a la pequeña Luisita trajes de terciopelo y collares de perlas; la niña correspondió a su cariño de tal modo que, cuando comenzó a balbucear sus primeras palabras, en lugar de decir como dicen todos los niños, papá y mamá, ella sólo decia Quique, diminutivo de Enrique que ella inventó, y tan grabada tenia en su mente la figura del niño, que cuando se separó de él, porque sus padres se fueron muy lejos, decía Luisita a su madre en cuanto veía un niño: -Mamá, ahí va Quique. Y Enrique, a su vez, cuando veía a una niña blanca y rubia, gritaba alborozado: -Mamá, mira a Luisita.

Cuando Cecilia me contó estos detalles, sentí en todo mi ser una gran sacudida, y dije entre mi: ¿qué habrá entre estos dos niños? En la tierra no se acostumbra a querer tanto; los niños más tiempo emplean en pegarse y en disputarse un juguete que en acariciarse y en recordarse.

Un niño, por regla general, a la primera que llama es a su madre, y Luisita llamó a Quique.

¿Lo conoció antes? ¿Lo amó con toda su alma? ¡Quién sabe!

No por curiosidad, sino por estudio, pregunté al guia de mis trabajos si efectivamente se habían conocido antes Luisa y Enrique, y el Espíritu me dijo asi:

No te has engañado en tus suposiciones. Cecilia, su hija Amparo, su nieta y Enrique han estado unidos por los lazos carnales más fuertes que se conocen en la Tierra. Cecilia y Enrique han sido madre e hijo en varias existencias, los dos han tenido vidas accidentadas, y en su antepenúltima encarnación Cecilia cometió un crimen para ocultar la deshonra de su hija, la que en aquella época era una joven encantadora y apasionada perteneciente a una gran familia con muchos pergaminos, escudos de nobleza y castillos señoriales, y que no era otra que el hoy llamado Enrique.

Cecilia, la mujer que hoy ves tan modesta, tan sufrida, tan resignada con las múltiples adversidades de su expiación, era entonces una altiva castellana que no creía que los plebeyos fueran hijos de Dios. Entre ella y el pueblo había, según su entender, una distancia tan inmensa, que nada ni nadie podía acortar. Así es que su asombro y su dolor fueron espantosos cuando escuchó de labios de su hija la más horrible confesión: ¡estaba deshonrada! y su deshonra no podía ocultarse porque se agitaba en sus entrañas el fruto de sus vergonzosos amores; amaba a un hombre del pueblo, a un trovador sin fortuna, que lo mismo cantaba las bellezas de la Naturaleza que las trasladaba al lienzo su mágico pincel. Pero era un artista vagabundo que iba de castillo en castillo ofreciendo sus trovas y sus paisajes; no había conocido a sus padres, ¡no tenía apellido!, le llamaban Iván a secas… ¡qué oprobio!… y aquel perdido, aquel ser abandonado, muy hermoso de cuerpo, pero usando una ropilla muy deteriorada, sin un mal escudo en sus bolsillos, se había atrevido a seducir a la rica heredera de cien duques, con la esperanza de unirse a ella cuando su madre conociera su deshonra. Mas ¡ay! el artista sabía leer en el gran libro de la Naturaleza, pero no en el corazón de una mujer orgullosa, y Cecilia entonces no podía creer que el amor es el gran igualitario del Universo; prefería mil veces ver a su hija muerta que unida a un hombre sin ningún título de nobleza y, sigilosamente, sin dar a comprender a su pobre hija sus inicuas intenciones, hizo prender a Iván acusándole de agitador del pueblo. Lo embarcaron y fue deportado muy lejos de sus lares, en tanto que su amada daba a luz un niño que, recogido por su abuela, desapareció para siempre. Muerto el niño y deportado su padre, la honra de la nieta de cien duques quedó sin mancha; nadie sospechó lo ocurrido; pero la joven madre no pudo resistir la separación del amado de su corazón y del tierno ser que llevó en sus entrañas; no murmuró una queja; comprendió que su madre había obrado dominada por el orgullo de raza; la perdonó porque la amaba mucho, y lentamente se fue marchitando su espléndida belleza, muriendo en brazos de su madre, diciéndole: -¡Te perdono!…

Cecilia entonces se horrorizó de su obra, pero al mismo tiempo respiró con más libertad, porque desaparecía la víctima de su orgullo de raza; los muertos no hablan; la joven deshonrada fue vestida de blanco y le colocaron entre sus manos la palma de la virginidad (que era la palma de su martirio) y sobre su blanca frente se marchitaron delicadas rosas; no le faltó ningún atributo de su pureza a la casta virgen; a su madre todas las demostraciones le parecían insuficientes para ocultar su deshonra porque, aunque todos ignoraban lo acontecido, lo sabía ella; y siempre veía la figura de su nieto y escuchaba, temblando, una voz que le decía: ¡Te perdono!

De Iván no volvió a tener noticias: murió en el destierro maldiciendo su infausta suerte, y Cecilia atormentada por el remordimiento y al mismo tiempo satisfecha de su obra, por haber salvado el honor de su opulenta familia, no sobrevivió mucho tiempo a su pobre hija; dejó la Tierra en medio de la mayor turbación, sin poderse dar cuenta de si había cometido un crimen horrible o si había llevado a cabo un acto heroico, sacrificando lo que más amaba para evitar mayor escándalo.

Ahora bien, Cecilia está hoy en la Tierra completamente transformada: su orgullo de raza ha desaparecido. Hoy es humilde, paciente, resignada; hoy sólo sabe amar; el amor es su religión; espíritu enérgico, cuando se dió cuenta del error en que había vivido, con la misma decisión que empleó en hacer el mal se consagró a practicar el bien, y como ella no fue criminal más que a medias, los espíritus, que fueron víctimas de su orgullo de raza, no se han separado de ella, la han perdonado y la acompañan en sus encarnaciones de expiación.

Su hija Amparo es el Espíritu del niño que Cecilia hizo morir al nacer, y su nieta Luisita es el Espíritu de Iván que sigue a Enrique sin dejar de amarle. Por eso, Cuando en su actual existencia comenzó a hablar, le llamó a él, porque es Enrique el amado de su alma; van juntos hace muchos siglos, es decir, juntos no es la frase más apropiada, porque hace mucho tiempo fueron impacientes: cometieron un crimen para unirse más pronto, y desde entonces se encuentran, se aman, luchan por vivir enlazados, y siempre una mano oculta los separa; esa mano oculta es su expiación, dado que la felicidad no puede tener por cimientos sangre y lágrimas.

Estudia bien este verídico relato, porque es de gran enseñanza. Cecilia fue culpable; fuera por su orgullo de raza, por su ignorancia, por la dureza de su corazón, se hizo dueña de la felicidad de tres seres, causando la muerte de su hija, de su nieto y de Iván. Los tres Espíritus la han perdonado; su nieto no pudo ser más generoso eligiéndola para devolverle bien por mal. Su nieta Luisita, que ayer murió en el destierro, maldiciendo la hora en que nació, hoy le reclama sus más dulces caricias, y Enrique adora a su madre adoptiva sin recordar lo pasado. Sus víctimas no sólo la han perdonado sino que la aman con delirio. Entonces, habiendo desaparecido el odio de sus víctimas, ¿no tiene Cecilia derecho a ser dichosa? No, no lo tiene; por eso no lo es, por eso lucha con la miseria, con la humillación; por eso da la vida por la vida; por eso no puede estar con su hija y sus nietos y sólo tiene a su lado a su hijo adoptivo, costándole inmenso sacrificio el poder disfrutar de su compañía, y lógico es que así suceda porque ayer rompió en mil pedazos un nido de amor, su hija murió mártir, Iván desesperado y su nieto no pudo dormir en su cuna de flores. Por eso hoy Cecilia suspira por su hija, por sus nietos y se sacrifica por su Enrique, dándole todo el amor que un día en su locura le negó. Cecilia es un alma redimida: ha visto la luz, en la luz quiere vivir, el amor que siente por su familia es inmenso, daría por ellos su vida con el mayor placer; se ha despertado en ella una sed de amor que nunca ve satisfecha; siempre le parece que ama poco, siempre está descontenta de sí misma. ¡Dichosas las almas que sólo piensan en amar! Cecilia es una de ellas.

Adiós.

Efectivamente que la historia de Cecilia es de gran enseñanza, porque se ve que nadie puede ser dichoso si ha causado la desgracia de sus deudos o de sus servidores. La dicha existe, no cabe la menor duda; es una planta delicadísima que necesita para su florecimiento el agua de la abnegación y del sacrificio. ¡Dichosos los que saben amar!… porque sólo los que aman saben luchar y vencer en la ruda batalla de la vida.

“Hechos que prueban”-Amalia Domingo Soler

 

Deja un comentario