Al final de una noche fría y estrellada, un hombre conduce su coche por las calles de la ciudad.
En el asiento trasero lleva un tesoro: su hijo de 2 años de edad.
Al detenerse en el semáforo, observa que su hijo está con la mirada fija hacia arriba, lejos por la ventana.
Una suave luz azul penetra el auto iluminando el rostro del niño, proporcionando una belleza sin igual para el padre apasionado.
Entonces, con una voz suave, voz de pequeños hallazgos de las primeras palabras, el hijo dice: ¡Luna!
Si, ¡eso mismo! – dice el padre. ¡Es la Luna! ¡Qué hermosa es la luna! ¿Verdad, hijo mío?
El niño no contesta y continúa observando con deleite el satélite natural de la Tierra.
Los niños saben que la belleza debe ser contemplada y cualquier palabra es pequeña e insuficiente para describirla.
Luego, el padre vuelve su mirada hacia afuera y observa la maravilla de una noche de Luna en el otoño.
Entonces se pone a pensar: ¿Cuando dejé de mirar a la Luna?.
Recordó que hacía mucho tiempo desde la última vez que pudo contemplar el deslumbrante brillo de la Luna.
¿Quizás me he olvidado de la Luna?… Seguramente ella no se olvidó de mí, pues hace poco conversaba con mi hijo, en pensamiento.

Los días alborotados, los muchos quehaceres, las preocupaciones. Todo eso puede hacernos perder un poco del contacto con la naturaleza, con las cosas sencillas de la vida.
El año comienza y cuando nos damos cuenta ya estamos en marzo, en junio.

Y por todo ese tiempo – porque es demasiado tiempo – no pudimos mirar el cielo estrellado, una puesta del sol, oír cantar a un pájaro.
Faltó tiempo, decimos, cuando en realidad faltó oportunidad.

¿Y quién es capaz de crear las oportunidades? Solamente somos nosotros, nadie más.
El contacto con la naturaleza renueva nuestras fuerzas, nos ofrece momentos de reflexión, de pensamientos más claros, hasta sencillos.
Todo eso es bueno para el alma y el cuerpo. El ser humano necesita recargar constantemente sus energías y Dios nos ofreció diversas fuentes inagotables de tales recursos.
Una vuelta a paso lento por la cuadra, un día de campo sin tiempo para empezar o terminar, unos minutos de juego con los hijos …
Una cena sorpresa los dos solos; una visita a un ser querido, un fin de semana sin TV o Internet …
No podemos simplemente dejarnos consumir por el mundo moderno y sus neurosis actuales.
La vida es mucho más que levantarse, trabajar, comer, disfrutar de pequeños placeres, dormir…
Estamos aquí en la Tierra con objetivos muy claros y nobles. Estamos aquí para crecer, para transformarnos en personas de bien a través del amor.
Si nos olvidamos de eso, nos convertimos en zombis sociables, ahogados en mil quehaceres, siempre haciendo algo – sin tiempo para nada -sin embargo, vacíos, tristes, depresivos.

Así pues, no dejes de mirar a la Luna, observar las estrellas y maravillarse con ellas.
No dejes de estar de cuerpo y alma con quienes amas; asegúrate de observar la naturaleza y escuchar siempre lo que ella tiene a decirte.

Redacción del Momento Espírita
En 11.02.2011.