EL EGOISMO

EL EGOISMO

 

¿Por qué me miraste?

¿Por qué?

Porque tú eres uno de los muchos egoístas que pululan en el mundo y justo es que conozcas lo que se dice de vosotros.

Dices que yo soy egoísta, ¿Y por qué? ¡Porque me gusta divertirme y no me he fijado en nadie! ¡Qué quieres! Cada uno es como Dios le ha hecho.

No creas que Dios se haya parado a modelar figuras tan defectuosas; somos nosotros los que nos revestimos de nuestras buenas o malas cualidades.

¿Y te figuras que yo las tengo malas?

Malas en todas las acepciones de la palabra no, porque no tienes mal corazón; si ves un infortunio lo remedias a la ligera, de pasada, sin llorar por el que sufre, sin detenerte a examinar la desgracia, das la limosna envuelta en el duelo de tu indiferencia, pero al fin la das; mas esto es una generosidad a medias, es una costumbre más que un sentimiento, es una obligación rutinaria, no es un arranque supremo del alma impresionada. Es preciso concederte una virtud incolora, y ya es un paso en la senda del progreso; pero hay en ti un profundo egoísmo, tú no quieres a nadie porque no quieres perder la libertad de satisfacer tus más leves caprichos, y te pasa lo que les sucede a todos los egoístas que se envuelven en sus propias redes: tú por querer gozarlo todo, no gozas de nada, tú no conoces más que la amarga irrisión de la vida.

¡Nada más! Tú deliras, pues si yo estoy muy contenta.

¿Y de qué estás contenta? Nada se une a ti, nada se enlaza a tu existencia; eres un Espíritu estacionado, gastas lo que tienes, no aprendes, no mejoras; lo mismo te encuentro a los treinta años, que cuando tenías diez, ¿Y a eso llamas vivir? Eso es vegetar en la más vergonzosa inacción; hombres amantes te han brindado su amor, tú te has reído de sus juramentos y no has querido unir tu suerte a la suya, ¿Porqué? Por no sufrir las luchas de la vida, porque tú no quieres ocuparte más que de ti misma. ¡Me inspiras lástima! ¡Qué existencia la tuya tan insignificante! Un niño de pocos meses que nada puede hacer es el único que te igualará en progreso; en tus manos no se ve un libro, no haces una labor, vives como los gatos y los perros comiendo y durmiendo ¡Qué días tan insípidos! No comprendes los goces de la existencia; tú rehúyes la dominación de un hombre, y rechazas las leyes de Dios: no digas que vives.

Y si yo quiero vivir así; ¿A quién le hago daño?

¿A quién? A ti misma. No creas tú que basta no hacer el mal, es necesario hacer el bien. Decía Dante que: Nadie sobre mullido lecho o bajo colcha, llega a alcanzar renombre; quien sin él pasa la vida, humo en el aire, espuma en el agua. El renombre no consiste únicamente en la gloria de los héroes, hay otras victorias más escondidas, más humildes, pero no por eso de menos valía. La mujer que consigue con su ternura hacerse la amiga íntima de su marido, la compañera de sus hijos, la que logra reunir entorno suyo el círculo de una familia, la que consigue despertar los más generosos sentimientos, ¿Crees tú que alcanza poco en la Tierra?

No sé lo que se alcanza, pero no quiero tomar esos trabajos, para evitarme los disgustos que trae la familia.

Desengáñate, dice Homero que el trabajo es el centinela de la virtud; a ti, te falta ese centinela, tú no haces nada, vives en la holganza más completa, ¿Qué dejarás en pos de ti?

Mal oír cuando me muera.

Tienes razón; eso únicamente dejarás en la Tierra. ¿Pero qué encontrarás en la eternidad?

Allá veremos; si no me tomo la molestia de enterarme de lo que pasa por aquí,

¿Quieres que me vaya a confundir averiguando lo que sucede por las regiones etéreas?

Cuando llegue a ellas lo veré y negocio terminado.

 

Este diálogo lo tuvimos hace pocos días con una mujer que ya hemos hecho su retrato, transmitiendo sus pensamientos. Es un alma egoísta que ávida de gozar, ella misma se rodea de una muralla inexplicable para nunca conocer lo que es la felicidad.

Miramos con dolorosa extrañeza esos espíritus tan frívolos, tan ligeros que pierden su tiempo tan lastimosamente, y se dejan arrebatar por la corriente de la vida sin darse cuenta de cómo viven.

 

Recordemos una octava de Carolina Coronado que decía así:

¡Ay! Cuánto tiempo consumí de vida

atenta de la fama al vano ruido

cuanto pude gozar y lo he perdido;

hasta que tú naciste hija querida;

mas no de lauro me verás ceñida

porque si algunas hijas he obtenido,

yo ya no quiero para mí ninguna,

todas están para adornar tu cuna.

 

¡Cuán bien pinta la célebre poetisa en pocas palabras, el único goce real de la vida, y ahora que conocemos el Espiritismo, comprendemos mejor la gran misión de la madre y el notable progreso que puede hacer!

No consiste el egoísmo únicamente en guardar mucho dinero; el egoísmo es un gravísimo defecto que se enlaza a muchas acciones de nuestra vida, cuyas fatales consecuencias nos persiguen durante muchas existencias.

No hace mucho tiempo que oímos una comunicación tristísima, conmovedora, dada por un Espíritu que en su última encarnación murió de espanto. Según se dejaba comprender, bien había sido un ser profundamente egoísta; su egoísmo había superado en todas las ocasiones a su amor, y había sido profundamente desgraciado.

¡Con cuánta amargura se quejaba de su soledad! Con cuánto desconsuelo refería las trágicas escenas de su vida, justo castigo de sus desaciertos. En su antepenúltima encarnación, ella había sido una noble dama, y un hermoso joven le había ofrecido su nombre y su amor; pero ella lo rechazó porque era pobre, porque su Espíritu indómito no quería entrar en la dulce esclavitud de la ternura, pero al encarnar nuevamente, aquellas dos almas se volvieron a encontrar.  El rico, opulento, ella en posición más humilde que él; los dos se amaban, pero ambas familias se rechazaban la una a la otra, y al fin la mujer orgullosa y egoísta de otros tiempos enfermó de amor. Próxima a morir pidió con tanto afán ver al hombre que amaba, que su madre queriendo endulzar la agonía de su hija, pudo obtener de su padre, que le concediera entrar por algunos momentos al joven que la moribunda adoraba, para que ésta muriera más tranquila viéndole al pie de su lecho.

Su padre accedió a lo que le pidieron, con la estricta condición de que no viniera el amado de su hija, hasta que él hubiese abandonado la casa, para que ni un segundo un mismo techo los cobijara; mas ni uno ni el otro supieron medir el tiempo, y al volver el padre a su morada, se encontró en un corredor cercano a la habitación de su hija al hombre que él tanto odiaba, y que aquélla amaba hasta morir por él. Los dos se miraron, y dominados por la ira se acometieron el uno al otro, el joven tuvo más brío y de un pistoletazo dejó muerto al padre de su amada, saltó sobre el cadáver y corrió a estrechar entre sus brazos a la mujer que moría por él, mas ésta al oír la detonación quedó muerta de espanto y él al verla cerró su boca con un beso desesperado; pero ella, su Espíritu lo está viendo todo, y más tarde ha comprendido, que es muy poco una vida de amor, para borrar una eternidad de egoísmo. Se encuentra sola, aislada, recuerda sus anteriores existencias y no encuentra una flor que le brinde su alma. ¡Pobre Espíritu! Dios tenga piedad de él. Por eso nuestra amiga Fany nos inspira profunda compasión porque vemos un presente improductivo, y un porvenir envuelto en sombra.

¿De qué podrá servir una existencia en la cual el Espíritu es tan apático que ni siquiera quiere amar a otro ser? Cuando parece que, el sentimiento es innato hasta en las fieras, y hay seres elevados a la categoría de hombres que lo desconocen; y cuando se les dice, ven a ver la luz, contestan con indiferencia: ¿Y para qué? Si yo me encuentro bien en la sombra. Se les da un libro de filosofía, por ejemplo la de Allan Kardec, lo miran, se sonríen, y exclaman con asombro infantil: ¿Y quién lee esto?… ¡Quién se abisma en pensar cuando hay tantos que piensan por mí! Cuando venga otra vez entonces trabajaré; y pasa un día, y otro día, y un año, y otro año, y un lustro, y otro lustro y siempre lo mismo.

Bien haya el advenimiento del Espiritismo que ha venido a despertar tantas inteligencias; y aunque no le quieran estudiar la mayoría de los hombres, algunos de los que lo conocen se convierten en predicadores; y si bien no todos predican lo que debieran predicar, porque muchos creen que el Espiritismo es no dudar de la existencia de los espíritus, coger un lápiz y evocar y llamar a fulanito y a menganito, y seguir viviendo cada uno con los mismos vicios que tenía.

Mas ¿Qué creencia no ha tenido sus errores? Además léanse las obras espiritistas, en particular las de Kardec, y se verá en las sólidas bases que está cimentada esta doctrina y como afortunadamente entre los propagandistas, hay alguno razonable, éste nos dice que no seamos egoístas, que amemos el trabajo, que no vivamos únicamente para nosotros, esto quisiéramos que hiciera nuestra amiga Fany: que progresara y aprendiera a querer y a sufrir.

La mujer que no ama no es mujer, y así debe ser, cuando dicen que el Espíritu pide la envoltura femenina para aprender a amar y a sufrir.

Mujeres espiritistas, si comprendéis lo que es el Espiritismo amad. No temáis a la carga de la vida, haced progresar a cuantos os rodean; pensad en el mañana, sonreír ante vuestro porvenir, que si cumplís bien vuestra misión será espléndida, rica de la luz del amor.

Huid sobre todo del egoísmo, porque es el peor consejero que podéis elegir; pues de una persona egoísta se puede esperar hasta el crimen.

Si el Satán de los libros sagrados existiera, el egoísmo sería su mensajero.

AMALIA DOMINGO SOLER

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