EL SER HUMANO TIENE LIBRE ALBEDRÍO

¿Hay cosa más natural que el hombre progrese por sí mismo? Cuando lleva en sí el germen del progreso indefinido, porque tiene la inteligencia.
¡Diamante de un valor inapreciable!
Cuyo lapidario es la razón; tiene su yo pensante, ¡Ese yo cuya personalidad recorrerá todos los planetas de los universos; y siempre tendrá como elementos de su eterna vida; memoria, entendimiento y voluntad! ¡El hombre! Que tiene libre albedrío, y por patrimonio el tiempo sin límite, el tiempo es la moneda del gran arquitecto; y con ese tesoro que nunca se acaba, la humanidad se enriquece, y deja la mendicidad del cuerpo y la pobreza del alma aunque no quiera dejarla; que el progreso, es el tirano de las malas voluntades.
En la creación todo es perfecto, y el hombre tiene por misión al nacer el adquirir la perfección; el trabajo de su existencia es perfeccionarse.
Al hombre le ha dado Dios la heredad de su vida, ¿Qué cosa más natural que el hombre la cultive? Todos los espíritus fueron creados con las mismas aptitudes. Si a unos hubiera dado más inteligencia que a otros, Dios sería injusto, y como la injusticia no cabe en Dios, hay que aceptar lo que dice Allan Kardec, que hablando del principio espiritual, razona del modo siguiente en su Génesis:

“Admitido el ser espiritual, y no pudiendo tener su origen, en la materia, ¿De dónde procede? ¿Cuál es su punto de partida?”

En este punto faltan absolutamente los medios de investigar como en todo lo que se refiere al origen de las cosas. El hombre no puede comprobar sino lo que existe; sobre todo lo demás no puede formar más que hipótesis, y ya sea que en este punto su inteligencia es insuficiente o que por de pronto este conocimiento le sea perjudicial o inconveniente, Dios no se lo ha dado ni aún por la revelación.
Lo que Dios le hace saber por sus mensajeros, y lo que por otra parte puede él mismo deducir del principio de la soberana justicia, que es uno de los atributos esenciales de la divinidad, es que todos tienen un mismo punto de partida, que todos son creados simples e ignorantes con igual aptitud para progresar mediante su actividad individual; que todos han de alcanzar el grado de perfección compatible con la criatura por sus esfuerzos personales; que siendo todos hijos de un mismo padre, son objeto de igual cariño; que no hay ninguno más favorecido, o mejor dotado que los otros, no dispensando del trabajo impuesto a los demás para lograr su objetivo.
Aun cuando los primeros que vivieron aquí, debiesen ser espíritus poco adelantados, por lo mismo que tuvieron que encarnarse en cuerpos muy imperfectos, debía haber entre ellos diferencias muy notables en caracteres y aptitudes, según el grado de desarrollo moral e intelectual, y los espíritus similares se agruparon naturalmente por analogía y simpatía. La Tierra, pues, se encontraba poblada por diferentes categorías de espíritus más o menos refractarios al progreso. Los cuerpos adquieren naturalmente los aires y formas correspondientes al carácter del Espíritu que los anima, y de estos cuerpos reproduciéndose según el tipo respectivo, han resultado diferentes razas de caracteres físicos y morales. Los espíritus similares que continuaron encarnándose con preferencia entre sus afines, perpetuaron el carácter definitivo físico y moral de las razas y de los pueblos, cuyo carácter no se pierde en el transcurso del tiempo, sino por su fusión y los progresos de los espíritus.
Podrían compararse los espíritus que vinieron a poblar la Tierra, a esas expediciones de emigrantes de diversos países que van a establecerse en un país virgen.
Encuentran maderas, piedras y otros materiales para constituir sus habitaciones, pero cada cual da a la suya un aire y distribución diferentes, según su saber y costumbres; se agrupan por analogía de orígenes y de gustos, y los grupos acaban por formar tribus, y luego pueblos con su carácter y costumbres peculiares.
El progreso no ha sido pues, uniforme en la especie humana, las razas más inteligentes han dejado atrás a las otras, sin contar que espíritus recién nacidos a la vida espiritual han venido a encarnarse en la Tierra, después de sus primeros pobladores, los cuales hacen la diferencia del progreso más sensible. En efecto, no se puede suponer racionalmente igual antigüedad en la creación a los salvajes, los cuales apenas se distinguen de los monos, que a los chinos, y menos aún a los europeos civilizados.
No obstante, estos espíritus de salvajes pertenecen evidentemente a la humanidad; estos llegarán un día al nivel de los que les precedieron, aunque no en los cuerpos de la misma raza física, impropios de cierto desarrollo intelectual y moral.
Cuando el instrumento no esté en relación con su desarrollo, emigrarán de ese lugar para encarnar en un grado superior, y así en lo sucesivo hasta que hayan conquistado todos los grados terrestres; después de lo cual dejarán la Tierra para pasar a mundos más y más adelantados que la Tierra.
Ahora bien; ¿Qué tiene de extraño que el hombre progrese por sí mismo, si el progreso es la ley de Dios? Las humanidades creadas por Él tienen que cumplir esta ley, haciendo de las condiciones que poseen para trabajar su mejoramiento moral e intelectual.
¿Cómo hemos de admitir este dios que no sabe lo que van a hacer sus criaturas, y cuando ve que son incorregibles las ahoga y punto concluido, excepto los amigos de ese dios que en muy escaso número, por cierto, quedaron para poblar de nuevo el globo? Este cuento de niños es inadmisible. Escuchemos a Allan Kardec y veamos qué opina de la relación Mosaica, los comentarios que hace en su Génesis:
“La raza Adámica según la enseñanza de los espíritus, es una de esas grandes inmigraciones, o si se quiere una de esas colonias de espíritus venidos de otras esferas, la que ha dado origen a la raza simbolizada en la persona de Adán, por cuya causa se la designa con el nombre de raza Adámica. A su llegada estaba la Tierra de tiempo inmemorial como lo estaba América a la llegada de los europeos. La raza Adámica, más adelantada que las que le habían precedido en la Tierra es en efecto, más inteligente, y la que impulsa a todas las demás al progreso. El Génesis nos la presenta desde luego industriosa, apta para las artes y las ciencias sin haber pasado por la infancia intelectual, lo que no es propio de las razas primitivas pero que concuerda con la opinión de que ésta se componía de espíritus que ya habían progresado. Todo prueba que no es antigua en la Tierra y nada se opone a que no están sino hace unos cuantos miles de años, puesto que no está en contradicción con los hechos geológicos ni con las observaciones antropológicas, que por el contrario tienden más bien a confirmarlo”.
La doctrina que hace proceder a todo el género humano de una sola pareja desde hace unos seis mil años, no es admisible en el estado actual de nuestros conocimientos.
Las principales consideraciones que la contradicen, sacadas del orden físico y del moral se resumen en los párrafos siguientes:
“Bajo el aspecto filosófico, tenemos ciertas razas que ofrecen tipos particulares, característicos que no permiten asignarle un origen común. Hay diferencias que no son efectos del clima, puesto que los blancos que nacen en los países de los negros no nacen negros, y viceversa. El ardor del Sol a la epidermis da un tinte más oscuro, pero no transforma el blanco en negro, ni aplasta la nariz, ni cambia la forma de las facciones, ni vuelve crespos y lanosos los cabellos lacios y sedosos. Hoy es una cosa sabida que el color del negro procede de un tejido particular subcutáneo, y que es peculiar de la raza negra”.
Hay que considerar las razas negras, mongólicas y caucásicas como autóctonas, es decir, que han tenido su origen propio, y nacido simultánea o sucesivamente en diferentes partes del globo; su cruzamiento ha producido las razas mixtas secundarias.
Los caracteres fisiológicos de las razas primitivas son indicios evidentes de que proceden de tipos especiales. Las mismas consideraciones pueden aplicarse a los animales en cuanto a la pluralidad de sus cepas.
Adán y sus descendientes están representados en el Génesis como hombres especialmente inteligentes, puesto que desde la segunda generación construyen ciudades, cultivan la tierra y trabajan los metales. Sus progresos en las artes y en las ciencias son rápidos y constantemente sostenidos. No se concebiría pues, que de esta cepa hayan salido numerosos pueblos tan atrasados; de inteligencia tan rudimentaria, poco superior aún en nuestros días a la de la animalidad; que habrían perdido todo rastro y hasta el recuerdo tradicional de lo que hacían sus progenitores.
Una diferencia tan radical en las aptitudes intelectuales y en su desarrollo moral, atestigua con no menos evidencia su origen diferente.
Prescindiendo de los hechos geológicos, la prueba de la existencia del hombre en la Tierra en la época fijada por el Génesis, está sacada de la población del globo.
Sin hablar de cronología China, que sube según se dice, a treinta mil años, documentos más auténticos prueban que Egipto, la India y otros países estaban poblados y florecientes tres mil años antes de la era cristiana, y por consecuencia mil años después de la creación del primer hombre, según la cronología bíblica. Documentos y observaciones recientes parece que acreditan sin ningún género de duda, que ha habido relaciones entre la América y los antiguos Egipcios, de donde se deduce que aquel país se hallaba ya poblado en aquella época. Sería necesario, pues, que en mil años la prosperidad de un solo hombre haya podido cubrir la mayor parte de la Tierra, cuya extraordinaria fecundidad sería contraria a todas las leyes antropológicas; y el Génesis mismo no atribuye a los descendientes de Adán una fecundidad anormal, puesto que hace su recuerdo nominal hasta Noé.
La imposibilidad se hace aún más evidente, si se admite en el Génesis que el diluvio destruyó todo género humano a excepción de Noé y de su familia que no era numerosa, el 1656, de la Creación o de 2348 años antes de Jesucristo. No sería pues, sino de Noé desde quien dataría la población del globo, hacia cuya época la historia designa a Menes como Rey de Egipto. Cuando los hebreos se establecieron en aquel país, 642 años después del diluvio, constituía ya un poderoso imperio que habría sido poblado, sin hablar de otros países, en menos de seis siglos por los solos descendientes de Noé, lo cual no es admisible.
Nótese al paso que los egipcios recibieron a los hebreos como extranjeros y sería asombroso que hubieran perdido la memoria de una comunidad de origen tan cercana en un país y entre gentes que conservaban religiosamente los monumentos de su historia.
Una lógica rigurosa, demuestra de la manera más perentoria, que el hombre existe en la Tierra desde un tiempo indeterminado, muy anterior a la época fijada por el Génesis. Lo mismo puede decirse de la diversidad de las razas primitivas, para demostrar la imposibilidad de una proposición, es demostrar implícitamente la proposición contraria. Si la geología descubre vestigios auténticos de la presencia del hombre antes del gran periodo diluviano, la demostración sería más absoluta.
La ciencia indudablemente está llamada a formar la verdadera y única religión; porque las religiones conciben un dios humano materializado, y personal.
Las religiones están en un error gravísimo. Dios es todo amor. El genio de un poeta lo comprendió y lo definió mejor que la teología, pues hablando de Dios, exclamó Marti Folguera: “Difundir el mal no sabes. Tú no das más que cariño. Tú quieres mucho a las aves, a los pobres y a los niños”.
El alma de los mundos no puede hablar por los truenos y mandar por el rayo. Las leyes de la naturaleza, inmutables siguen su curso majestuoso y Dios como esencia de la vida germina en todo lo creado; pero dulce, amoroso, grande, armónico. El dios del terror no es el dios de esta época. Dios ya no manda con el rayo, porque Franklin lo sujetó con su mano. Los fenómenos atmosféricos son ya estudiados y comprendidos por la ciencia; y la ciencia pronuncia un nuevo credo religioso que dice así:
“Creo en Dios Omnipotente y sabio. Creo que la naturaleza es obra suya; laboratorio inmenso donde las humanidades tienen obligación sagrada de trabajar sin descanso. El que trabaja ora, y los hombres sin distinción de razas ni colores, todos deben elevar su plegaria en el anchuroso templo de la ciencia, único templo divino de Dios”.
Con el transcurso de los siglos, se caerán los templos de piedra, envolviendo                                                                                         en sus ruinas a los dioses de las religiones; pero no te asustes, ¡Humanidad! Porque siempre te quedará Dios.

Amalia Domingo Soler

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