LA CIENCIA Y LA RELIGIÓN

 

En Dios todo es inmutable. En Él no hay nada sujeto a mudanza; su poder y su soberanía son la fuerza eterna que sostiene el admirable equilibrio de los mundos de la órbita que cada globo se traza en su rotación alrededor del Sol.
Y esa causa primera; ese principio de todo lo existente, ese motor que hace funcionar todas las leyes de la naturaleza; ese corazón inmenso que palpita en la creación; ese algo que sentimos que admiramos, pero que en realidad aún no comprendemos ¿Es posible que las religiones lo reduzcan a proporciones verdaderamente microscópicas, y le den la forma de un ser como un simple mortal, ¡No!.
¡Esto bien considerado, es un absurdo teológico de primera magnitud! ¡Y luego quieren asegurar que las religiones se apoyan en la ciencia! Si en la ciencia se apoyaran, algo lógico serían sus argumentos, algo más razonables sus proposiciones, algo más grande y más sublime sus aspiraciones, y más elevado y desmaterializado el ideal de su fe.
Las religiones han creado sus dioses, pero están muy lejos de poder definir lo que es Dios. Por desgracia de la humanidad, la religión y la ciencia no han mantenido buenas relaciones, las dos han sido adversarios, la una de la otra, aunque en el fondo muchas veces las dos han hecho la misma negación; porque las religiones han forjado sus dioses desconociendo a Dios, y la ciencia ha querido en diversas ocasiones decir la última palabra sin recordar en su arrogancia, que la sabiduría en absoluto, sólo la posee Dios.
En nuestra época, afortunadamente, es cuando parece que se han aliado la ciencia y la religión, y comienzan a verse los resultados de esa unión necesaria para el progreso: dice Kardec sobre la alianza de la ciencia y la religión en su Evangelio según El Espiritismo. Capítulo 1, párrafo 8 y sucesivos.
“La ciencia y la religión son las dos palancas de la inteligencia humana; la una revela las leyes del mundo material, y la otra las leyes del mundo moral; pero teniendo una y otra el mismo principio, que es Dios, no pueden contradecirse; si una es la negación de la otra, una tiene necesariamente razón y la otra no, porque Dios no puede querer destruir su propia obra. La incompatibilidad que se ha creído ver entre estas dos órdenes de ideas, se debe a una falta de observación y el sobrado exclusivismo de una y otra parte; de esto se ha seguido un conflicto, del que han nacido la incredulidad y la intolerancia”.

“Han llegado los tiempos en que las enseñanzas de Cristo deben recibir su complemento; el velo echado a propósito sobre algunas partes de esas enseñanzas, debe levantarse; en que la ciencia cesando de ser exclusivamente materialista debe tomar en cuenta el elemento espiritual; y en que la religión, cesando de desconocer la leyes orgánicas e inmutables de la materia, apoyándose la una en la otra y marchándose estas dos fuerzas de concierto, se prestan mutuo apoyo. Entonces la religión, no siendo ya desmentida por la ciencia, adquirirá un poder indiscutible, porque estará conforme con la razón y porque no podrá oponérsele la irresistible lógica de los hechos”.

“La ciencia y la religión no han podido entenderse hasta hoy, porque mirando las cosas desde su punto de vista exclusivo, se rechazaban mutuamente. Faltaba algo para llenar el vacío que las separaba, un lazo que las aproximase; este lazo consiste en el conocimiento de las leyes que rigen el mundo espiritual y sus relaciones con el mundo corporal, leyes tan inmutables como las que regulan el movimiento de los astros y la existencia de los seres. Una vez patentizadas estas relaciones por la experiencia, se hace una nueva luz; la fe se ha dirigido a la razón, la razón no ha encontrado nada ilógico en la fe y el materialismo ha sido vencido. Pero en esto como en todo, hay personas que se quedan rezagadas, hasta que son arrastradas por el movimiento general que les aplasta, si quieren resistir en vez de entregarse a él”.

“Es una verdadera revolución moral la que se opera en estos momentos y en ella trabajan los espíritus; después de haberse elaborado durante más de dieciocho siglos, toca a su cumplimiento y va a marcar una nueva era para la humanidad. Las consecuencias de esta revolución son fáciles de prever; deben de introducir en las relaciones sociales, inevitables modificaciones y no está en el poder de nadie el oponerse a ellas, porque entran en los designios del Todopoderoso y son consecuencias de la ley del progreso que es una ley de Dios”.

“La revolución que se prepara es más bien moral que material; los grandes espíritus, mensajeros divinos, inspiran la fe para que todos vosotros, operarios esclarecidos y ardientes, hagáis oír vuestra humilde voz; porque vosotros sois el grano de arena, y sin granos de arena no habría montañas. Así pues, que esta expresión:

“Somos pequeños”, no tenga sentido para vosotros. A cada uno su misión, a cada uno su trabajo. ¿No constituye la hormiga el edificio de su república y los animalitos imperceptibles no levantan acaso continentes? La nueva cruzada ha empezado; apóstoles de una paz universal y no de guerra, San Bernardos modernos, mirad y marchad adelante: la ley de los mundos es la ley del progreso”.

¡Qué hermosa ley! Por ella no será un mito la fraternidad universal, por ella se convencerán los hombres que el que rinde culto a la ciencia, se honre a sí mismo.
¿Quién no habrá contemplado los innumerables encantos de la naturaleza? El que no se haya acercado al telescopio para admirar los mundos de nuestro sistema solar, y no haya mirado por el microscopio el mundo de lo infinitamente pequeño, no habrá estudiado el orden admirable, el desarrollo vital de las especies infusorias, no habrá visto germinar la vida en todos los confines del Universo; será un Espíritu que habrá vivido sin vivir, que habrá permanecido estacionado, porque sabiendo mirar en la creación, es imposible que no sienta vibrar intensamente su alma.
¡Cuán dice Allan Kardec en su filosofía, hablando de los atributos de la divinidad!
La inferioridad de las facultades del hombre no le permite comprender la naturaleza íntima de Dios. En la infancia de la humanidad el hombre lo confunde a menudo con la criatura cuyas imperfecciones le atribuyen; pero a medida que se desarrolla en él el sentimiento moral, su pensamiento penetra en el fondo de las cosas, y de ellas se forma una idea más justa y más conforme a la sana razón, aunque siempre incompleta.
Y tan incompleta como es todavía la idea que los hombres se forman de Dios, con especialidad las escuelas puramente religiosas.
Confesamos ingenuamente que ese Dios tan al alcance de nuestros sentidos, lo rechaza nuestra razón, y estamos mucho más conformes con la idea de Dios que tiene formada la escuela espiritista, y su modo de comprender la Providencia lo encontramos muy razonable.
Vemos lo que dice Kardec en su Génesis capítulo II, párrafo 20, y sucesivos:
“Por providencia se entiende el amor de Dios a todas sus criaturas. Dios está en todas partes, lo ve todo, preside a todo, aun a las más pequeñas y al parecer insignificantes cosas. En eso consiste la acción providencial”.
Para abrazar en su amor a todas sus criaturas, no tiene necesidad Dios de bajar sus ojos de lo alto de la inmensidad; para que nuestras preces sean oídas, no es necesario que traspase el espacio ni que sean recitadas en voz sonora; porque estando en nosotros, nuestros pensamientos repercuten en Él, como los sonidos de una campana hacen vibrar todas las moléculas del aire ambiente.
Lejos de nosotros el pensamiento de materializar a la divinidad: la imagen de un fluido inteligente, universal; no es evidentemente más que una comparación que nos parece propia para dar una idea más justa de Dios, que las imágenes que lo representan bajo forma humana, ni tiene otro objeto que el de hacer comprender la posibilidad de que Dios está en todas partes y todo lo ocupa.
Nosotros comprendemos el efecto, y ya es mucho, del efecto subimos a la causa, y juzgamos su grandeza por la del efecto; mas su esencia íntima nos es desconocida, como nos sucede con la causa de multitud de fenómenos. Conocemos los efectos de la electricidad, del calor, de la luz, de la gravitación y los calculamos, aun cuando no conocemos la naturaleza íntima del principio que los produce. ¿Será pues, racional negar el principio divino, porque no lo comprendemos? Nada es óbice a admitir para el principio de la soberana inteligencia, un centro de acción, un foco principal que irradia sin cesar, inundando el Universo con sus efluvios, como el Sol lo inunda con su luz. Pero, ¿Dónde está ese foco? Probable es que no esté fijo en un punto determinado, como no lo está su acción. Si los espíritus tienen el don de ubicuidad, esta facultad en Dios debe ser ilimitada. Llenando Dios el Universo pudiera admitirse a título de hipótesis, que aquel foco no tiene necesidad de transportarse y que se forma en todos los puntos donde su soberana voluntad juzga oportuno producirse, de modo que pudiera decirse que está en todas partes y en ninguna.
Ante estos insondables problemas, nuestra razón debe humillarse. Dios existe, no podemos dudar de ello; es infinitamente justo y bueno, esta es su esencia. Su solicitud se extiende a todo, así lo comprendemos ahora. Sin estar en contacto con nosotros, suplicarle con la certeza de ser oídos; sólo puede querer nuestro bien, y por eso debemos tener confianza en Él. Esto es lo esencial, en cuanto a lo demás, esperamos que seamos dignos de comprenderlo, cultivando sin cesar nuestro entendimiento y practicando todas las virtudes.
Seguramente que la mejor religión, es la que nos induce a ser más virtuosos, y creemos que el hombre se acerca a la mesa del Señor, no precisamente cuando recibe el pan eucarístico, sino cuando ha verificado una buena acción.
El pan divino no está en este templo, ni en aquella iglesia la mesa de Dios; se encuentra en todos los parajes donde puede enjugar una lágrima, y hacer un acto de verdadera caridad. En los hospitales, en las casas de maternidad, en los asilos de los ancianos, en las cárceles, en los presidios, en todos los lugares donde se exhalan gemidos, puede encontrar el hombre el pan del alma, si sabe compadecer y consolar, si une el buen consejo a la generosa dádiva.
En la época actual debe desaparecer el exclusivismo religioso; las religiones deben de dejar el paso libre a la verdadera religiosidad. Hasta ahora ha existido una duda; si el progreso mataría a la tradición, o la tradición al progreso; mas los hechos demuestran claramente, que la tradición es la historia del pasado, pero que nunca será la historia del porvenir.

 

Amalia Domingo Soler

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