LA MITOLOGÍA PAGANA ES ESTUDIO ALEGÓRICO

Toda la mitología pagana es en realidad un extenso estudio alegórico de las diversas fases buenas y malas de la humanidad. Para quien sabe desentrañar su Espíritu, es un curso completo de la más alta filosofía, como lo son por su estilo las fábulas modernas. Lo absurdo era tomar la forma por el fondo. Pero los sacerdotes paganos no enseñaban más que la forma, sea que algunos no supiesen más, o sea que tuviesen interés en mantener a los pueblos en creencias que favoreciendo su dominación, les era más productivo que la filosofía. La veneración del pueblo a la forma, era una fuente inagotable de riquezas, por los donativos acumulados en los templos, las ofrendas y sacrificios hechos a los dioses, en provecho de sus representantes o ministros. Un pueblo menos crédulo hubiera dado menos a las imágenes, a las estatuas, a los emblemas y a los oráculos. Y Sócrates fue condenado como impío a beber la cicuta; por haber querido secar esa fuente, poniendo la verdad en lugar del error.
A la sazón no estaba aún en uso el quemar vivos a los herejes, pero quinientos años después, Cristo fue condenado a infamante muerte como impío, porque como Sócrates, quiso sustituir el espíritu a la letra y porque su doctrina esencialmente espiritual, destruía a la supremacía de los escribas, fariseos y doctores de la ley.
Lo mismo sucede con el Génesis, en el cual hay grandes verdades morales bajo figuras materiales, que tomadas a la letra, serían tan absurdas como si en nuestras fábulas se tomaran al pie de la letra las escenas y los diálogos que se atribuyen a los animales.
Adán es la personificación de la humanidad; su falta individualiza, la debilidad del hombre, en quien predominan los instintos materiales a los que no sabe resistir.
El árbol, como árbol de la vida, es el emblema de la vida espiritual; como árbol de la ciencia, es el de la conciencia del hombre que adquiere el conocimiento del bien y del mal por el desarrollo de su inteligencia y del libre albedrío, en virtud del cual escoge entre ambos; indica el estado aquel en que el hombre, dejando de ser guiado sólo por el instinto, toma posesión de su libertad y contrae la responsabilidad de sus actos.
El fruto del árbol es el emblema del objetivo de los deseos materiales del hombre; es la alegoría de todo apetito desordenado; resume bajo una misma figura los motivos de inclinación al mal; y comer de él, es sucumbir a la tentación. Crece en medio del jardín de las delicias, para dar a entender que la seducción está en el fondo mismo del placer, y recordar al mismo tiempo que si el hombre da la preferencia a los goces materiales, se apega a la Tierra y se aparta del camino de su destino espiritual.
La muerte con que se le amenaza si infringe la prohibición que se le hace, es un aviso de las consecuencias inevitables, tanto físicas como morales, que acarrea la violación de las leyes divinas grabadas en su conciencia. Es evidente que no se trata aquí de la muerte corporal, puesto que, después de su pecado, Adán vivió aún mucho tiempo; sino de la muerte espiritual, es decir, de la pérdida de los bienes que resultan del adelantamiento moral, de cuya pérdida es imagen la inmediata expulsión del jardín de las delicias.
La serpiente está lejos de representar hoy el tipo de la astucia. Es, pues, en este pasaje con relación a su forma, más que su carácter, una alusión a la perfidia de los malos consejos que se arrastran como la serpiente y de los cuales muchas veces, por esta razón, se desconfía. Por otra parte si la serpiente fue condenada a arrastrarse sobre su vientre, por haber engañado a la mujer, se deduciría que antes tendría piernas, en cuyo caso no sería serpiente.
¿A qué imponer la credulidad sencilla de los niños como verdades, alegorías tan evidentes, y que falseando su juicio, le hace luego mirar los libros sagrados como un tejido de fábulas absurdas? Si el pecado de Adán no fue otro que el haber comido un fruto, no puede justificar por su índole casi pueril, el rigor con que fue castigado.
Tampoco se puede racionalmente admitir que consistió en el hecho que generalmente se supone; porque considerándolo como crimen indigno de perdón, Dios habría condenado su propia obra, puesto que no habría creado al hombre para procreación. Si Adán hubiese entendido en este sentido la prohibición de tocar el fruto del árbol, y se hubiese conformado con ella ¿Dónde estaría la humanidad, y qué habría sido de los designios del Creador? Dios habría creado el inmenso aparato del universo para dos solos individuos y la humanidad habría venido contra su voluntad y sus previsiones.
Dios no creó a Adán y Eva para estar solos en la Tierra, y la prueba la tenemos en las palabras mismas que le dirigió inmediatamente después de su formación cuando estaban aún en el paraíso terrestre… Y bendíjolos Dios, y dijo: creced y multiplicaos, y henchid la Tierra y sojuzgarla… Puesto que la multiplicación del hombre era la ley desde el paraíso terrestre, su explicación no puede tener por causa el hecho que se supone.
¿Cuál es entonces ese enorme pecado que ha podido dar lugar a la reprobación sempiterna de todos los descendientes del que la ha cometido? Caín el fraticida, no fue tratado con tanta severidad. Ningún teólogo ha podido explicar ese punto lógico y racionalmente, porque ateniéndonos todos a la letra, han girado siempre en un círculo vicioso.
Al decir a Adán que sacara su alimento de la tierra con el sudor de su frente, simboliza Dios la obligación de trabajar.
Pero, ¿Por qué hace del trabajo un castigo?
¿Qué sería de la inteligencia humana si no la desarrollara con el trabajo? ¿Y qué sería la Tierra si no fuera fecundada, transformada y zanjada por el trabajo inteligente del hombre?
¿Por qué dijo a la mujer que, a causa de su pecado, pariría con dolores? ¿Cómo los dolores del parto pueden ser un castigo puesto que es una consecuencia del organismo, y que está probado fisiológicamente que el dolor es necesario? ¿Cómo una cosa que está conforme con las leyes de la naturaleza, puede ser un castigo? He aquí lo que los teólogos no han podido aún ni podrán explicar, hasta que salgan del punto de vista en que se han colocado; y sin embargo, estas palabras que parecen tan contradictorias, pueden justificarse y conciliarse fácilmente.

Observaremos por de pronto, que si en el momento de la creación de Adán y Eva, su alma acababa de salir de la nada, como se nos enseña, debían ser sencillos e inocentes en todo, y no podían saber lo que era morir; siendo solos en la Tierra, mientras estuvieron en el periodo terrestre no habían visto morir a nadie, ¿Cómo pues, podían comprender en qué consistiría la amenaza de muerte que Dios, les hizo? ¿Cómo Eva habría podido comprender que parir con dolor era un castigo, puesto que acababa de nacer a la vida, nunca había tenido hijos y era la única mujer del mundo?

Las palabras de Dios no debían tener para ellos sentido alguno. Apenas salidos de la nada debían ignorar por qué y cómo habían salido; no podían comprender ni al Creador ni el objeto de la prohibición que les imponía. Sin experiencia alguna de las cosas de la vida, pecaron como niños que obran sin discernimiento; lo cual hace más incomprensible aún la terrible responsabilidad que Dios ha hecho pesar sobre ellos, y sobre la humanidad entera.

Lo que es una dificultad insuperable para la teología, el Espiritismo lo explica sin dificultad alguna, y de un modo racional por la anterioridad del alma, la pluralidad de existencias; ley sin la cual todo es misterioso y anómalo en la vida del hombre. En efecto concedamos que Adán y Eva habían vivido anteriormente, y todo quedará justificado. Dios no les habla ya como niños, sino como a seres en estado de comprender y le comprenden; lo cual sería una prueba evidente que ya sabían de antemano muchas cosas. Admitamos, además que hayan vivido en un mundo más adelantado y menos material que el nuestro donde el trabajo del Espíritu suple al trabajo corporal; que por su rebelión contra la ley de Dios, figurada por la desobediencia, hayan sido expulsados de él y relegados por castigo a la Tierra, donde el hombre a consecuencia de la naturaleza del globo, está obligado al trabajo corporal; Dios en estas circunstancias podría decirles con razón: en el mundo donde vais a vivir en lo sucesivo, cultivaréis la tierra, y sacaréis de ella vuestro alimento con el sudor de vuestra frente. Y a la mujer: parirás con el dolor, porque tal es la condición de ese mundo.
El paraíso terrestre, cuyos rastros se han buscado inútilmente en la Tierra, sería en este caso la figura del mundo feliz donde había vivido Adán, o más bien la raza de espíritus en él personificada. La expulsión del paraíso marca el momento en que estos espíritus han venido a encarnarse entre los habitantes de este mundo, y el cambio de situación que ha sido la consecuencia. El ángel armado con una espada flamígera que prohíbe y defiende la entrada en el paraíso, simboliza la imposibilidad en que están los espíritus de los mundos inferiores de penetrar en los superiores antes de haberlo merecido por su purificación.
¡Cuánto más racional, cuánto más lógica es esta explicación que el paraíso de Moisés con el árbol y el fruto prohibido!.
Las grandes verdades todas son demostradas, y más que demostradas axiomáticamente; y en la historia sagrada, todo es emblemático y parabólico; y en los tratados religiosos, debían estar sus conceptos al alcance de todas las inteligencias, para que no se tergiversara el significado de sus proposiciones: porque la letra mata, y el espíritu vivifica, la sabiduría no consiste en hablar mucho, y afirmar poco; la verdadera sabiduría se manifiesta con hechos irrefutables y la verdad de los principios que se sustentan.
Dice un gran pensador, que las escuelas pierden todo aquello que quieren perder, y es muy cierto. La escuela ultramontana ella sola se aparta del movimiento científico universal; pues si por una parte se reconcilia con la ciencia, por otra inspira a sus adeptos esa fe ciega que demuestra la pequeñez del Espíritu, y que detiene el vuelo de la inteligencia haciéndola descender desde el espacio infinito a un círculo microscópico.
Nosotros creemos que las manchas del pecado se lavan con las aguas del progreso; y ese Dios que destruye lo que crea, no es el Dios de los racionalistas.
¡Nuestro Dios es más grande! ¡Es más clemente! ¡Es más justo! Tiene el tiempo ante sí y en esa eternidad sin límites se purifican todas las humanidades por medio del trabajo, por medio del estudio y de las investigaciones científicas. Sí, sí, por la ciencia; ¡Océano inmenso donde navega el hombre, buscando el puerto que se llama Dios!
Los teólogos para darle más efecto a sus fábulas religiosas suprimen; o mejor dicho, confunden el diluvio universal, el que marcó el periodo diluviano con el diluvio bíblico, o sea el diluvio asiático. Kardec en su Génesis hace mención de ambos, y encontramos más lógica en sus explicaciones sencillas y naturales que en las fábulas religiosas, en las cuales hay pequeños detalles que hacen sonreír al hombre más grave.
¿Qué es la revelación sin ciencia? Un cúmulo de errores, una serie de fábulas místicas que llenan el ánimo de confusión. La revelación sin la ciencia es una conspiración contra la verdad que ha formado todas las religiones: y que sólo ha conseguido estacionar al hombre limitando sus aspiraciones, sujetando su Espíritu con las férreas cadenas del fanatismo.
¡La ciencia es la primogénita de Dios! ¡Es Dios mismo! Y nosotros decimos refiriéndonos a esa demostración divina lo que decía Plinio hablando del mundo.
Escuchemos al sabio filósofo: “El mundo a lo que también llamamos cielo, que en su anchuroso seno abarca todos los seres, es un Dios eterno, inmenso, que no fue producido nunca ni perecerá jamás. Buscar alguna cosa fuera de Él, es trabajo inútil para el hombre y superior a sus fuerzas. Ese es el Ser verdaderamente sagrado, el Ser eterno, que todo lo encierra y abarca; Él lo es todo y está en todo. Es obra de la naturaleza y la naturaleza misma”.
Nosotros decimos: ¡Dios es la ciencia, y la ciencia es Él! Buscar la verdad fuera de la ciencia es trabajo inútil, superior a las fuerzas del hombre.
Donde falta la ciencia sólo puede vivir el sofismo. La ciencia lo es todo, y está en todo, un sabio afirmaba que la caridad es la palabra del alma, y nosotros decimos que la ciencia es la augusta palabra de Dios.

 

Amalia Domingo Soler

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