LA PENA DE MUERTE

 

Parece mentira que al final del siglo XIX aún exista en las naciones que se llaman civilizadas la pena de muerte y que acudan las embrutecidas muchedumbres al pie de los patíbulos para ver las últimas gesticulaciones de los reos, poniéndose a la misma altura los que firman las sentencias y los que acuden presurosos a presenciar las ejecuciones. Yo creo que las únicas veces que sería justa la horrible excomunión de la iglesia romana, sería cuando lanzara todos sus espantosos anatemas sobre los que condenan a muerte, y los que se asocian con su presencia al acto más antihumano y más repugnante que puede llevar a cabo un pueblo que se cree civilizado.

Y si dolorosa es la pena de muerte, arrebatando la vida a un criminal sin corazón, que educado y moralizado convenientemente, podría llegar un día que fuera útil a la humanidad, es más espantosa y más injusta todavía cuando la ciega justicia condena a un ser inocente. ¡Qué horror!…

Hace pocos días que recibí una carta de un espiritista de Buenos Aires, y en ella me cuenta lo siguiente:

“Es el caso que a D. José Domingo Briceño se le acusa en Chile de haber dado muerte al policía González, se le procesa, y de una manera horriblemente precipitada se le sentencia a muerte y se le pone en capilla para ser ejecutado tres días después. Pero he aquí que un joven chileno se presenta en Mendoza, ante un escribano público, y en presencia de varios testigos muy respetables de aquella ciudad, se declara autor y único responsable de la muerte del agente, ocurrida en un tumulto producido frente a la Administración de correos de Santiago de Chile, exponiendo que le obligaban a hacer tan terrible declaración, los remordimientos horribles de su conciencia que lo mataban, al ver que un inocente iba a expiar de una manera tan espantosa un delito que ni por la mente se le había pasado el cometer, dado que él y sólo él era el responsable y autor. Se procede al examen de las facultades mentales del joven chileno, dependiente de una tienda de Santiago. Es declarado en el pleno goce de dichas facultades, se levanta un acta en debida forma, interviene la Suprema Corte de Justicia y el Gobierno de la provincia de Mendoza, y se procede a pedir telegráficamente al Gobierno chileno, la suspensión del crimen horrible que la justicia iba a cometer, matando a un inocente padre de seis hijos que ni remotamente había pensado matar a nadie, siendo detenido por asesino cuando se dirigía a su empleo, pensando únicamente, como él decía, en los seis pedazos de su alma que en casa dejaba al cuidado de su esposa idolatrada. La prensa de Buenos Aires grita, la de Montevideo clama por los cielos, la del Paraguay echa chispas contra toda la justicia de la Tierra, las personas más influyentes de todas estas repúblicas, incluso los presidentes, hacen funcionar el telégrafo día y noche pidiendo se detenga la mano criminal de la justicia y no siegue una cabeza inocente, matando un corazón lleno de amor paternal y de nobles sentimientos. Se consigue, por fin, después de miles de telegramas y por temor a que se amotinase el pueblo de Santiago, como amenazaba, suspender a última hora la ejecución, después de hacer pasar al pobre Sr. Briceño por espacio de sesenta y seis horas, todas las espantosas torturas por las que pasa el Espíritu de un reo en la horrible y fatídica capilla. Torturas mil veces más atroces que la nefasta realidad del sacrificio”.

¡A cuántas y cuán amargas consideraciones se presta el anterior relato! ¡Cuántos siglos pasarán aún antes de que en la Tierra la justicia sea una verdad!

¡Qué horribles expiaciones, Dios mío! Qué raza la nuestra tan desgraciada todavía cuando tenemos que sufrir la peor de las crueldades, la que se hace respetar en nombre de la ley. ¡Qué hombre no es falible!… Qué mirada humana no se equivoca contemplando a un criminal, sondear una conciencia es más difícil que encontrar el secreto de la navegación aérea, para llegar a todos los puertos de los mundos que el hombre alcanza a ver, valiéndose de los más potentes y perfeccionados telescopios.
Saber fijamente por qué dio el primer paso el criminal en su espinosa senda, leer en su pensamiento si tiene propósitos de enmienda, o sueña con adquirir una triste celebridad, porque es un alma degradada y envilecida, sorda a todos los ruegos y amonestaciones; es poco menos que imposible. Yo creo que la carrera jurídica debe ser una verdadera expiación para el Espíritu, porque… ¡Cuántos pasos dará en falso!…

“No lo sabes bien (dice una voz en mi oído), tiempo hace que deseo encontrar un ser de la Tierra a quien comunicar una mínima parte de mis sufrimientos, ¡Padezco tanto!… ¡Qué horrible me parece la mansión terrenal! Es un lugar habitado por ciegos, se mira y nada se ve, cada ser va envuelto en un velo de negro crespón y a través de aquel tejido es imposible mirar el fondo de las almas. Yo me pasé toda una existencia mirando el insondable abismo de las conciencias, y cuantas sentencias de muerte firmé fue para condenar a inocentes o a débiles culpables.
¡Dios mío! ¡Cuánto ciega el orgullo y el afán insaciable de riquezas!”
“Desde muy niño demostré afición decidida a juzgar a los otros sin compasión, mis compañeros de la infancia todos sufrieron los efectos de mi monomanía infantil. Yo siempre mandaba, y ya fuera rey o papa o generalísimo o juez implacable, mi gran placer era abrumar a preguntas a los que aparecían como mis inferiores, y jugando descubría muchas veces sus más recónditos secretos. Mi padre, que era un magistrado de gran nombradía, al ver mis notables disposiciones me dio su misma carrera jurídica, todos mis parientes incluso mi buena madre halagaron mi desmedida vanidad con sus continuos elogios, que a veces el cariño ciega, y ciegos estuvieron todos los que me rodearon, creyendo que yo era verdaderamente una notabilidad, y bien considerado sólo era un Espíritu presuntuoso, enorgullecido con mis fáciles triunfos universitarios, no todos debidos a mi pasmosa facilidad de retener en mi memoria cuanto oía en la cátedra, sino a la poderosísima influencia que ejercía mi familia, compuesta toda de distinguidos magistrados, pero que si se hubiesen tomado el trabajo de examinarme detenidamente, hubieran visto que en vez de ser una notabilidad, era mucho menos que una vulgar medianía, por cuanto no había en mí más que memoria, pero no criterio propio, no estudio profundo de las cosas”.

“La prueba del orgullo, de la vanidad, y del envanecimiento que se apodera del Espíritu al verse adulado por todas partes, ¡Cuán peligrosa es! Es tan difícil resistir a las continuas alabanzas, que el más fuerte se rinde y se entrega en brazos de una falsa convicción creyéndose que no hay otro que le iguale en saber”.
“Yo así lo hice, desde niño me persuadí de que era un ser superior a los demás, todos se hacían lenguas de la terrible fijeza de mis escrutadoras miradas, cuando entraba en las prisiones, sus desgraciados habitantes inclinaban la cabeza escondiendo la barba en el pecho huyendo de mis ojos, que eran para ellos terribles acusadores”.
“En mi hogar sucedía lo mismo, cuando me creé nueva familia, mi esposa y mis hijos me miraban siempre con recelo, así es que llegué a creerme infalible en mis juicios.

¡Cuánta ceguedad!”

“Cuando estaba en el llano de mis triunfos recibí una carta fechada en la Habana de una joven, pariente lejana de mi esposa. En ella me suplicaba Katy, que la dejase venir a mi hogar, por haber perdido a su padre y encontrarse sin más familia que su nodriza y un hijo de ésta, rogándome que yo fuese su tutor, pues éste había sido siempre el deseo de su padre, que por haber muerto repentinamente nada dejó dispuesto y se necesitaba una persona experta para dirigir y manejar sus cuantiosos bienes hasta que tomase nuevo estado”.
“Mi esposa, que era tan ambiciosa como yo, vio el cielo abierto con la llegada de Katy, que se presentó acompañada de su nodriza, la fiel Nicanora, y su hijo Tomás de 22 años, de gran inteligencia, que no tendía su vuelo por vivir en la humillante condición de esclavo, y aunque Katy le había dado la libertad lo mismo que a su nodriza, madre e hijo la querían con tal delirio que por nada del mundo se hubieran separado de ella, su niña era su Dios en la Tierra”.
“Con la llegada de Katy aumentó nuestro fausto, la joven huérfana hizo entrega a mi esposa de todas sus joyas de familia y a mí de su fortuna en metálico y en escrituras de valiosas fincas”.
“Al principio todo marchó perfectamente. Katy encontró en Felisa (que así se llamaba mi esposa) una segunda madre, ella vino a llenar el vacío que había en mi casa, pues todos mis hijos eran varones y se necesitaba una joven que con sus gracias y su hermosura diese tintes más suaves a aquel cuadro algo sombrío y Katy era amable, risueña, alma ingenua llena de luz e inocente alegría”.
“Nicanora y Tomás se multiplicaban en sus trabajos para tener contentos a sus nuevos señores y no separarse de su niña, de su ídolo, y tener dos negros en casa satisfacía nuestro orgullo y necia vanidad”.
“Un día me llamó Felisa, y me dijo gravemente: “He pensado casar a Katy con nuestro hijo mayor, ¿Qué te parece?
“-No es mal plan, pero falta saber si simpatizan, pues más bien veo que ella se inclina por mi hermano, que varias veces los he visto hablando en el jardín muy entusiasmados”.
“-Tu hermano es viejo y ella es casi una niña”.
“-Dicen que para el amor no hay edades, basta querer para convertir en luz todas las sombras”.
“-Déjame hacer, que para esto las mujeres servimos mucho mejor que los hombres”.
“No me preocupó lo más leve la confidencia de Felisa, porque yo me creé familia para tener más representación social, no porque me atrajeran los goces tranquilos del hogar, así es que no me inquietaba por el porvenir de mis siete hijos, les daba carrera sin interesarme ni poco ni mucho la mujer que pudieran elegir, seguro como estaba de que siendo como eran ambiciosos (como sus padres) no unirían su destino sino a ricas herederas”.
“Katy mientras tanto seguía muy enamorada de mi hermano Luis, hombre de mediana edad, muy distinguido, enemigo del matrimonio, que nunca se había separado de mí. Médico mimado de la aristocracia, vivía muy satisfecho de su suerte, pero al verse tan halagado por Katy, que era una joven bellísima, se decidió a cambiar de estado, pidiéndome solemnemente la mano de la niña, la que a su vez suplicó que yo fuese el padrino de su boda”.
“Felisa no llevó a bien tal enlace, y trabajó con gran diplomacia para disuadir a Katy de su intento, pero ésta, aunque era muy dócil hasta ser humilde, no se dejó convencer porque amaba a Luis con toda su alma, y no hubo más remedio que ceder a su amoroso deseo y a toda prisa se arreglaron los papeles y las galas de la novia para celebrar cuanto antes la boda”.
“Nicanora, la fiel nodriza, estaba contentísima con el casamiento de su niña, en cambio observé que Tomás estaba muy pensativo y meditabundo. Era tan listo y tan hábil para el manejo de los papeles, escribía tan correctamente y con tan asombrosa rapidez, que me había acostumbrado a dictarle mi correspondencia particular y llegué a tener con él esa intimidad condescendiente que a veces suele reinar entre el amo y el siervo. La víspera del casamiento de Katy, me pareció más triste y más sombrío el semblante de Tomás, sus grandes ojos estaban llenos de lágrimas, las que por un esfuerzo admirable de su voluntad no rodaban por sus negras mejillas”.
“-¿Estás enfermo? (le pregunté con algún interés)”.
“-No señor, pero siento en todo mi ser una sensación muy extraña, que cuando la experimento siempre sucede una desgracia cerca de mí. Dos Días antes de morir mi señor, el padre de la niña, sentí lo mismo que siento hoy, cuando murió mi padre, y eso que yo era muy niño, recuerdo perfectamente que también sentí una pena muy grande y lloré sin consuelo tres días antes de morir el autor de mis días”.
“-Pues hoy todo respira alegría en esta casa”.
“-Alegría para todos menos para mí… -y Tomás se cubrió el rostro con las manos, y no pudiendo resistir, rompió a llorar con la mayor angustia”.
“Me sorprendió aquella profunda aflicción y hasta respeté aquel dolor, pues compasivamente lo dejé solo: pero como todo lo que eran intimidades del hogar me preocupaban tan poco, al salir de mi despacho particular se borró de mi memoria lo ocurrido y me ocupé de otros asuntos mucho más importantes para mí”.
“Aquella noche Katy se quejó de un dolor de cabeza, retirándose muy temprano a su aposento para hacer examen de conciencia, pues se había de confesar antes de casarse y tenía que levantarse muy temprano”.
“Katy dormía sola en su habitación y Nicanora en un aposento contiguo al suyo, mas aquella noche mi esposa no quiso separarse de ella hasta dejarla dormida”.
“A la mañana siguiente muy temprano oí gritos confusos y sentí muchos pasos acelerados, que no me sorprendieron, pues sabía que Katy, con Felisa, su nodriza, y otras jóvenes, había de salir para confesar en el templo cercano, cuando de pronto vi entrar a mi hermano Luis, que se abrazó a mí llorando como un niño sin poder pronunciar una palabra. Tras de él entró Felisa con el espanto pintado en su semblante, y la fiel Nicanora gritando: ¡Venganza, señor! ¡Venganza!… Y arrancándome del lecho me arrastró tras sí, llevándome a viva fuerza al cuarto de su niña”.
“Katy estaba en su lecho, Tomás, arrodillado ante ella, tenía cogida la diestra de la joven, que tenía los ojos muy abiertos pero inmóviles, porque la muerte le había arrebatado su dulcísima expresión, el semblante de la difunta tenía la blancura inmaculada de la nieve, que hacía resaltar mejor algunas manchitas azuladas tanto en el rostro como en los hombros y en los níveos brazos. ¡La habían envenenado! ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quién? He aquí el problema”.
“Katy, que era un ángel, se había hecho querer de toda mi familia y de la servidumbre, y todos ante la niña muerta gritaban: ¡Venganza, señor!… ¡Venganza!”
“En aquellos momentos mi mente estaba tan ofuscada, me sorprendió de tal modo aquella catástrofe, hacía un contraste tan doloroso ver sobre los divanes las galas de la desposada, tules, cintas, túnicas blancas y ella muerta y el negro Tomás con la diestra de Katy entre sus manos, mudo, inmóvil, arrodillado ante su ídolo, que miré maquinalmente a todos lados buscando al asesino y no lo encontré. Retrocedí espantado, salí del aposento mortuorio y al cruzar un pasillo sentí que me cogían por el brazo. Era mi esposa, que me dijo cautelosamente: Tomás: ¡La amaba!… Y ha tenido celos y… ¡La mató!, yo exclamé dando un grito de feroz alegría, porque ya el juez había encontrado al criminal. Y acto seguido me acerqué nuevamente al lecho de Katy y tirando violentamente de Tomás lo puse en pie diciéndole: ¡Asesino! ¡Ya sé tu crimen!… El infeliz me miró espantado, y tanto daño le hicieron mis palabras y tanto le atemorizó la expresión de mis ojos, que no encontró palabras para defenderse, lo único que hizo fue volverse a abrazar a Katy con todas sus fuerzas. Su madre, al oír la acusación, cayó como herida de un rayo diciendo. ¡Jesús!…”
“Al ver a Tomás abrazado a la muerta recordé su tristeza del día anterior. ¡Todo lo comprendí!… ¡Todo! La amaba, tuvo celos, nada más natural queriéndola como él la quería, y la mató. Ya que no podía ser suya, que no fuera de otro. ¡Ésta era la consecuencia de un amor ardiente, frenético, desesperado!”
“Me encerré en mi despacho y escribí una acusación admirable. Tomás, por su parte, nada dijo en su defensa, y en cambio no faltaron numerosos testigos que contaron (los mismos criados), que muchas noches habían visto a Tomás al pie del balcón del cuarto de la niña que daba al jardín y que ella se asomaba y hablaban largo rato, y él subía a un árbol y le ofrecía guirnaldas de jazmines que ella aceptaba. Otros le vieron a la puerta de su habitación tendido en el suelo como si fuera un perro. Todos le acusaron y nadie le defendió porque su madre estaba loca… y Katy… muerta”.
“Tomás se quedó como alelado y marchó al cadalso sin pronunciar una sola palabra, no hubo sacerdote que le hiciera confesar”.
“La sentencia y la ejecución fueron un nuevo triunfo para mí. La inmensa fortuna de Katy la heredó Felisa porque no había otro heredero más que ella. En memoria de la inocente víctima, Felisa fundó un asilo para niñas huérfanas (que aún existe). Pasaron algunos años y murió mi hermano Luis, quedándose Felisa inconsolable. Yo no extrañé su pena porque siempre había vivido en la más envidiable armonía, siendo mi casa un modelo de paz doméstica, respecto a la consideración que teníamos los unos con los otros”.
“Al poco tiempo de morir mi hermano, cayó gravemente enferma mi esposa y luchó entre la vida y la muerte más de dos años, pues se levantaba hoy, y poseída de frenesí religioso no se daba descanso visitando enfermos, para luego caer rendida de fatiga en su lecho días y más días. En una de estas recaídas, pidió con urgencia hacer confesión general y recibió los últimos sacramentos con toda pompa, dándose a este acto verdadera importancia. Cuando todo pasó, cuando se desmontaron los altares y los cirios se apagaron, al salir su confesor, que la absolvió de todas las culpas, pidió Felisa hablar a solas conmigo. Sin poderme explicar la causa, me senté junto al lecho de mi esposa profundamente contrariado, para mí las intimidades del hogar me eran sumamente enojosas, guardaba a mi familia toda clase de consideraciones. No tuve nunca afición de conquistas fáciles, era tanto mi orgullo y tan refinada mi vanidad que no creía a ninguna mujer digna de que yo diera un sólo paso por ella. Me casé por perpetuar mi nombre, por ser una figura más respetable en la sociedad, fuera de la línea recta que me había trazado me parecía que descendía de mi alto pedestal, así es que fui fiel a mi esposa no por amor, sino por no dar lugar a que ella tuviera derecho a despreciarme. Estando completamente persuadido de la austeridad de sus costumbres, la creía en un todo digna de mí y jamás espié sus acciones. Como yo daba el ejemplo de una rectitud de costumbres a toda prueba, creía que todos en mi casa observaban estrictamente mis preceptos morales, y no me tomaba el trabajo de inquirir nunca lo que hacían los demás. Cuando estaba en mi morada no salía de mi despacho más que para asistir a la comida y ni en los días de recepción me dejaba ver en los salones, siempre ocupado en mis asuntos jurídicos, que eran mi mundo. Así es que cuando Felisa pidió que la dejaran sola conmigo, me contrarió su exigencia, mas supe ocultar el estado de mi ánimo, y sentándome lo más cerca posible de ella le dije:
“-Estoy a tus órdenes”.
“Felisa se incorporó cuanto pudo, se volvió hacia mí, y me dijo con voz conmovida”:
“-Esto se acabó, los médicos, no sabiendo qué darme para aliviar mi cuerpo, me entregaron al médico del alma. Éste me ha dado todo lo que puede dar la religión, los últimos sacramentos, la absolución de mis culpas y todas las misas que tú quieres aplicar a mi eterno descanso, pero esto, para comparecer ante Dios, no es bastante para mí”.
“-¿Pues qué deseas? –le dije muy sorprendido al ver el giro que le daba Felisa a la conversación”.
“-Deseo que me perdone aquel a quien he ofendido”.
“-Pero si tu confesor ya te ha perdonado, que es el juez absoluto en estos casos, no quieras ahora dar un espectáculo que yo no estoy dispuesto a consentir”.
“-Es que el ofendido… ¡Eres tú!”
“-¡Yo!…”
“-Sí, porque si bien nunca me has amado, jamás me has hecho sufrir la menor humillación, yo he sido tu señora, la madre de tus hijos, atendida, considerada y respetada como una reina, me has rodeado de todas las comodidades y superfluidades de la vida, he vivido en medio de la abundancia, mejor dicho, del fausto, pero… me faltaba el amor del cual estaba sedienta mi alma, y amé a un hombre con todo mi corazón. Él no pensaba en mí, pero yo hice que pensara, mas él, que era un ser digno y caballeresco, me hacía presente sus remordimientos y me señalaba el abismo donde los dos caímos”.
“-¿Pues quién era?”
“-Tu hermano Luis”.
“-¿Mi hermano? Tú deliras”.
“No, no, desgraciadamente para mí, no desvarío. Le amé con todo mi corazón, pero él me dijo: “Es preciso que esto acabe, mi hermano me ha servido de padre, me quiere tanto como a sus hijos, nada mejor para terminar este arrebato de locura que casarme con Katy, que me ama como quieren los ángeles”.
Yo fingí acceder a su noble deseo, mas juré ante Satanás que ninguna mujer se haría dueña del hombre que yo quería con delirio, y llevé a cabo mi obra de exterminio envenenando a Katy con pequeñas dosis, hasta que la víspera de su casamiento le di la última toma para que se durmiera mejor según le dije a ella, que se quejaba de constante insomnio”.
“Mas… No me bastaba matar a mi rival, era necesario entregarte el asesino, porque una muerte misteriosa da mucho que hablar, y el pobre Tomás fue la víctima que escogí, las apariencias favorecieron mi plan de un modo admirable, y cuando su cabeza rodó por el cadalso me quedé tranquila, porque tu hermano, abatido por el dolor, se dejó vencer nuevamente por mis halagos, necesitaba consuelo, lo encontró a intervalos en mi cariño porque sostenía lucha tenaz consigo mismo, pero al fin se acalló la voz de su conciencia y se entregó a mi amor. Mientras él vivió, mi pasión, las preocupaciones y el disimulo con que tenía que obrar para que nadie conociera el secreto de mi vida, absorbían mi tiempo de tal modo que no tenía el menor remordimiento, porque todas mis horas eran pocas para evitar la menor indiscreción, pero al morir el hombre que yo amaba fue cuando me horroricé de mí misma, contribuyendo poderosamente a mi terror el ver de noche y de día la sombra amenazadora de Tomás, que me miraba con esa fijeza con que miran los muertos, diciéndome… ¡Maldita seas!”
“Para callar sus maldiciones, visitaba a su madre con frecuencia, pero junto a la pobre loca también he visto a Tomás, que señalándome a su madre repetía: ¡Maldita seas! Y esta vida se ha hecho insoportable para mí, si no hubiera venido la muerte a buscarme yo le hubiese salido al encuentro, porque no puedo resistir más el peso de mis remordimientos. Y para que no muera rabiando como un condenado de los que gimen en el infierno, te pido que me perdones, Rafael, porque sufro tanto… ¡Habla, Rafael, habla!…”
“El esfuerzo que había hecho para pronunciar su terrible relato agotó por completo su fuerza vital, comprendí que se moría por momentos y me levanté maquinalmente, abrí la puerta y salí al salón, diciendo a mis hijos: “Vuestra madre se muere, id a cerrar sus ojos”. Toda la familia invadió el cuarto de la moribunda, la que, incorporándose de nuevo, miró a todos lados como si buscara a alguien. Indudablemente me buscaba, pero no me pudo ver porque un cortinaje me ocultaba, se cansó de mirar y gritó ¡Rafael!”
“Aquel ultimo esfuerzo agotó sus fuerzas y murió sin agonía, miré el cuadro que formaban sus hijos llorando sobre el cadáver y murmuré con amarga ironía: “¡Cuánta injusticia!… Esa mujer, por adúltera debía haber muerto en una casa de corrección, y por envenenadora en el patíbulo. No hay justicia en la Tierra”.
“Mis palabras nadie las oyó, y haciéndome dueño de mí mismo, ordené todo lo necesario para que el entierro de mi esposa fuera una manifestación más de mi modo de ser. Cuantas comunidades religiosas había en la ciudad, todas acompañaron el cadáver de la adúltera, de la envenenadora, de la mujer criminal que mató a dos seres inocentes, a la hermosa Katy y al infeliz Tomás. La iglesia elevó sus preces, y el arte levantó una capilla suntuosísima en la cual diariamente el capellán del cementerio celebraba una misa para sufragio del alma de la pecadora, y el mismo disimulo que ella empleó para ocultar su falta, usé yo para alejar toda sospecha, pues todas las miradas de mis parientes y amigos me parecían otras tantas preguntas para inquirir y averiguar el horrible secreto de mi alma. Actor consumado en la eterna comedia de la vida, ni un instante dejé de estudiar mi papel y llegué a una edad muy avanzada teniendo fama de ser el hombre infalible por excelencia que le bastaba mirar a una persona para leer en sus ojos sus más recónditos pensamientos, sus recuerdos del pasado y sus planes del porvenir”.
“¡Qué burla tan horrible! El hombre infalible, el que creía que su esposa le consideraba como un ser superior a los demás y que guardaba con orgullo el brillo de su nombre, no sólo le había sido infiel largos años, sino que eligió por amante al único ser que yo había querido en el mundo, a mi hermano Luis, y cuando bajo mi techo cometió un asesinato, como si esto no fuera bastante, arrojó a mis pies un hombre inocente diciéndome: “Cébate en él”, para que, mientras yo me entretenía con aquel cuerpo, ella tuviera tiempo de serenarse, de cubrirse con negros crespones, y de hacer obras de caridad en nombre de su víctima, y yo… nada vi. Yo, que sabía leer en todas las conciencias, yo, que hablaba diariamente con mi esposa y con mi hermano, nunca la más leve sospecha pasó por mi mente. ¡Qué castigo tan horrible para mi necia presunción e incesante vanidad!”
“Mis últimos años fueron espantosos, cuanto más me aplaudían y me celebraban, más sangre destilaban mis heridas. Todos mis compañeros me ponían por las nubes, y mientras más alto me subían ellos, más descendía mi Espíritu en mi soledad hasta perderme en las profundidades de la Tierra. La sombra de Tomás era mi pesadilla, siempre que entraba en el Palacio de Justicia veía al negro sentado en mi puesto, lo mismo que cuando escribía en mi despacho particular, con su mirada triste y serena y con su melancólica sonrisa”.
“En mis últimos momentos vi muchas sombras amenazadoras, y a Tomás que las separaba de mi lecho y acercaba a Katy para que se inclinara y me diera un beso en la frente. Creí que el cielo me abría sus puertas porque nada más hermoso que aquella aparición. Katy estaba en el centro de un sol, quise mirarla y la muerte cerró mis ojos.
Cuando me di cuenta de mi estado en el espacio, Tomás fue el ángel que me consoló.
Alma generosa desprendida de las miserias terrenales, ha hecho por mí cuanto le ha sido posible hacer, pero su perdón, sus consuelos, sus consejos, no pueden borrar las páginas que he escrito en mi historia, me avergüenzo de mí mismo. La odiosa pena de muerte siempre fue aplicada por mí injustamente, por no querer reconocer la pequeñez de mi inteligencia, por no detenerme a examinar el centro de acción donde se cometían los crímenes, por no apreciar en su inmenso valor todas las circunstancias relacionadas con los hechos punibles.

¡Cuántas injusticias he cometido!…”

“El día que se borre de vuestros códigos la pena de muerte, que resuene en todos los ámbitos de la Tierra el hosanna al Dios de las alturas, porque la raza humana dejará de adquirir esas responsabilidades horribles que encadenan al Espíritu al potro del tormento miles y miles de siglos. Por mí lo sé, y eso que mis víctimas no me atormentan. Tomás cerca de mí y Katy desde muy lejos apartan compasivo los abrojos que alfombrarán la senda de mis nuevas encarnaciones. Mucho les debo, ellos serán los únicos rayos del sol que iluminarán la sombría noche de mi porvenir, pero irremisiblemente he de pagar mucho de mi última existencia, porque miré con la mayor indiferencia a los criminales, condené por satisfacer mi vanidad, por hacer alarde de mi poder. La clemencia era desconocida para mí, creía que el juez se humillaba perdonando. ¡Cuántos errores, Dios mío!”
“Mucho más diría, pero… No quiero abusar de la condescendencia de la que me sirve de intérprete, y sólo diré para terminar que cuando veáis a un reo camino del cadalso, elevéis vuestras fervientes plegarias, no por el que van a ajusticiar, sino por el Juez que firmó su sentencia de muerte, que si ciego estaba el asesino por la ira, por ignorancia o por bajeza de condición, más ciego estaba el hombre ilustrado, el moralista de oficio, el que tiene obligación de saber mirar y lo ciega su vanidad insensata, su error y su crueldad”.

Un Juez de la Tierra

A cuántas y cuán amargas consideraciones se presta la comunicación que ha tenido a bien, darme el Espíritu que ejerció en este mundo el cargo más difícil que puede tener un hombre: el de juzgar a los otros cuando nadie se sabe juzgar a sí mismo, y si uno mira y no se conoce, ¿Cómo es posible conocer a los demás? Por eso la pena de muerte es tan absurda, es tan injusta, es tan cruel, es tan odiosa, es tan execrable, porque con ella se comete el crimen más horrible, se le quita al Espíritu tiempo para rehabilitarle, para curarse de su gravísima enfermedad. Se le arroja al abismo de la turbación más espantosa, se le reaviva la llama de su odio, se le empuja violentamente al crimen, se le hace volver a la Tierra ebrio de ira, loco, perturbado, sediento de sangre.
La pena de muerte detiene la marcha triunfal del Progreso. Cada vez que se levanta el patíbulo se estacionan centenares de espíritus. El reo, sus jueces y tantos cuantos acuden a presenciar las ejecuciones, todos se asocian para un acto infamante y cruel; y mientras se levante el cadalso, la Tierra será un mundo inferior y sus habitantes serán otros tantos penados condenados a sufrir las consecuencias de sus pasadas culpas.
El día que los legisladores de este planeta hagan un auto de fe con los tablados de los patíbulos, el sol del progreso irradiará sobre la faz de la Tierra y la raza humana, redimida por su adelanto, amará a Dios en Espíritu y en verdad.

 

Amalia Domingo Soler

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