LAS RELIGIONES Y EL ESPIRITISMO

LA FUENTE Y EL MAR

Junto al mar, de un peñasco brotaba
fuente humilde, que en él destilaba
gota a gota, su limpio raudal;
y le dijo la mar espumosa:
¿Quién te manda arrojar, lacrimosa,
en mi seno tu pobre caudal?
Vasto mar, le contestó la fuente,
sin alardes y en mansa corriente,
de mis perlas yo tengo merced,
porque falta en tus olas bravías,
lo que sobra en las lágrimas mías,
una gota que apague la sed.

 Luis Romero Espinosa

 

 

Del apólogo que antecede a estas líneas me impresionó tan profundamente su lectura, que no puedo menos que escribir algunas consideraciones sobre su interesante asunto, comparando las olas del mar con las religiones y las gotas de la fuente con las comunicaciones de los espíritus, que calman la sed de las almas sedientas de consuelo.

Consuelo que no presta ninguna religión a las almas pensadoras. Lo sé por experiencia.

Antes de conocer el Espiritismo yo entraba en las iglesias, miraba las imágenes de las dolientes vírgenes, de los cristos moribundos, de los santos milagrosos. Miraba las reliquias de los mártires y me parecía que pasaba revista a una colección de antigüedades más o menos auténticas, permaneciendo mi alma completamente muda, sin que mis sienes apresurasen los latidos ni mi corazón sintiera la menor agitación. Y no es porque yo mirara con prevención cuanto me rodeaba, muy al contrario, porque yo quería creer para poder esperar. Yo envidiaba a las buenas mujeres que rezaban  fervorosamente al pie de los altares y decía con tristeza: “¿Qué haría yo para creer en los misterios religiosos? ¿Tan mala soy que Dios me arroja de su iglesia?” Y que me arroja es verdad, porque estas imágenes no me inspiran el menor respeto sino maravillas artísticas. Como sean, medianas o menos que medianas, las destruiría a imitación de los iconoclastas del siglo VIII que no querían el culto de las imágenes, y lo peor, todavía, es que me río de las malas esculturas y de los mamarrachos que veo pintados en grandes liencillos, y aunque dicen que la fe salva, no admito en manera alguna que para adorar a Dios se hagan monigotes de barro y se pinten extrañas caricaturas.

Y salía de la iglesia contrariada, porque yo quería creer en algo, ¡Y no podía creer en nada!

Mas no cejaba en mi empeño. Volvía a la carga con nuevos bríos, visitando catedrales y templos de gran lujo, escuchaba a distintos oradores sagrados y al terminar la función religiosa, murmuraba con desaliento recordando la célebre frase de San Agustín: “Vanidad de vanidades y todo vanidad”. En aquellas olas bravías no había una gota de agua que saciara la sed de mi alma.

Muchos años estuve batallando, buscando en las religiones algo que me hablara de Dios. Recuerdo que estando en Madrid, un jueves Santo por la tarde, salí de la fastuosa iglesia de San Sebastián, donde se dan cita todos los ricachos de la calle Atocha, y me dirigí a la humilde calle de Calatrava, donde estaba situada una capilla evangélica. Era un salón grande y destartalado, con las paredes blanqueadas en las que campeaban algunos versículos de la Biblia. Los fieles se sentaban en bancos bien alineados y el pastor dominaba a la multitud subido en un estrado o plataforma, detrás de una mesa cubierta con un tapete encarnado sobre la cual descansaba una gran Biblia.

Aquel decorado tan sencillo me agradó extraordinariamente y dije entre mí: ¡Si encontrase aquí lo que deseo! Al pronto lo creí, pero mi ilusión fue tan breve como la lozanía de las rosas, porque el que creía en Jesús era salvo, pero, ¿Y los millones de individuos que no creen en Jesús? ¿Qué sería de ellos? En resumidas cuentas, me convencí de que todas las religiones son lo mismo, ninguna lleva el consuelo a las almas perniciosas. Los que tienen la perniciosa manía de pensar, no pueden creer en los cuentos de las religiones. Es de todo punto imposible.

Cuando conocí el Espiritismo entonces me puse muy sobre aviso, me volví toda ojos para ver y oídos para oír, porque eso de que todos, absolutamente todos, podían llegar a ser sabios y buenos, si se empeñaban en serlo, era altamente consolador. Eso de que el creyente y el ateo, el fanático y el escéptico, todos podían progresar eternamente, me llenaba de júbilo. Se habían derrumbado los cimientos del cielo y del infierno, no existían más que innumerables mundos donde las humanidades adquirirían conocimientos científicos y dulcificaban sus sentimientos por medio de amorosos sacrificios, y esto se tocaba, se veía, no había lugar a la duda, porque los muertos hablaban. La madre tierna, el padre amoroso, el hijo mimado, el amante arrebatado por la muerte prematura, todos se levantaban de sus tumbas y llamaban a sus deudos produciendo ruidos, traslación de muebles, tirando los unos piedras, los otros flores, aquéllos durmiendo, niñas inocentes que hablaban y decían cosas maravillosas. Y no era una alucinación de unos pocos, era una revolución general en el viejo y nuevo continente. No eran gentes sencillas las que habían visto los extraños fenómenos, eran también los sabios, los reyes, los príncipes, los teólogos. A una hora dada habían hablado en todos los países las lenguas de fuego, cumpliéndose las bíblicas profecías, y las comunicaciones de los espíritus no eran las olas bravías, eran las gotas de la fuente que saciaban la sed de las almas atribuladas y sedientas. ¡Oh, las comunicaciones de los espíritus!… No hay nada más consolador ni más persuasivo, han hecho más bien los médiums parlantes y escribientes que todos los mártires que han muerto por defender su credo religioso. ¡Benditas sean las comunicaciones de los espíritus!…

“¡Oh! ¡Sí, benditas sean! –Me dice un Espíritu-, no sabes tú aún el inmenso consuelo que prestan, porque no te has visto en uno de esos trances horribles en que la justicia humana se apodera de un criminal y le condena a muerte. Yo sí, me he visto en mi última existencia al pie del patíbulo. Maté a un hombre con locura, el odio más feroz levantó mi brazo y herí a fondo, una sola puñalada bastó para matar a mi rival. Mas no esquivé el castigo, yo mismo me entregué a la justicia diciendo: “Lo maté porque quería arrebatarme a la mujer de mis sueños, y si cien veces resucitara, cien veces le mataría.

Estoy satisfecho de mí mismo, no me importa morir”. La madre de mi víctima era una mujer de gran influencia social y trabajó lo indecible para llevarme al cadalso. Pero la familia de mi adorada también era rica y poderosa y empleó todo su valimiento para salvarme la vida. Como luchaban fuerzas iguales el proceso duró largo tiempo, hasta  que por fin me condenaron a muerte. Entonces se estaba en capilla tres días, gran número de sacerdotes me rodeó para obtener mi confesión, pero me negué a confesar y me empeñé en guardar silencio. La segunda noche de estar en la capilla me acosté diciendo que me dejaran solo. Lo conseguí en parte porque mis guardianes se alejaron todo lo posible de mi lecho y a poco vi delante de mí la sombra de mi víctima, no amenazadora y vengativa, sino dulce y sonriente, me quedé asombrado, y más creció mi asombro cuando me dijo muy bajito: “Te van a matar porque me creen muerto y estoy vivo, pero no está vivo mi odio, éste ha muerto. Ya no soy tu rival, lo he sido durante muchos siglos. Los dos hemos querido siempre a una sola mujer, he visto después de mi muerte muchas páginas de nuestra historia y ha llegado el momento de nuestra reconciliación.

He venido para decirte que no morirás en el patíbulo, yo he trabajado para que te indulten de la pena de muerte. Mañana confiésate, muestra arrepentimiento, te conviene hacerlo así. Nos volveremos a ver, no reveles a nadie que me has visto”. Y la sombra se desvaneció”.

“¿Qué sentí entonces? No lo sé, pero no me sorprendí de lo ocurrido. Confesé al día siguiente y supe que se habían puesto en juego las mayores influencias para alcanzar el indulto. Estuve rodeado de muchos sacerdotes y junto a mí vi de nuevo la sombra de mi víctima, que, apoyando el índice en sus labios, me decía claramente con su ademán que me callara. Me callé, y a la mañana siguiente, tranquilo y sereno, subí las gradas del patíbulo. El verdugo y sus ayudantes trabajaban con lentitud y torpeza, la sombra se encargaba de que sus movimientos fueran tardíos. Ya me habían sentado y la sombra seguía junto a mí. De pronto se oyeron gritos: ¡El indulto! ¡El indulto! Y, efectivamente, el obispo de la diócesis, rodeado de un grupo de caballeros, llegó al pie del patíbulo agitando un papel y extendiéndome sus brazos, hacia los cuales me empujó la sombra de mi víctima”…

“Como con el oro todo se consigue, algún tiempo después pude evadirme de la prisión, llegué a Nueva York, y allí me esperaba la mujer de mis sueños. Allí me uní a ella con lazo indisoluble y allí el Espíritu de mi víctima se despidió de nosotros, diciéndonos: “Quered mucho a vuestro primer hijo”.

“Pasó mucho tiempo, mucho, y el niño esperado no venía. Al fin vino, mi esposa y yo le recibimos con palmas y olivo, sostuve sus primeros pasos, escuché sus primeras palabras, asistí a sus primeros juegos. Era un niño de un carácter impetuoso. Tendría unos siete años y ya manejaba admirablemente las armas de fuego. Un día, jugando con una pistola que yo creía descargada, salió el tiro y me atravesó el corazón. Mi esposa creyó volverse loca, pero mi matador era un niño inocente, y aquel niño, ¡Era nuestro hijo!… Aún van a visitar mi tumba. Mi esposa ha vivido consagrada a su hijo, y éste me ha guardado un cariñoso recuerdo. Mi muerte cambió por completo su carácter: de impetuoso se volvió tranquilo, de soberbio en humilde, y yo velo ahora por ellos. Mi hijo era mi rival de ayer, mi muerte fue el punto final de un periodo de nuestra historia. ¡Estudia, estudia el Espiritismo y bendice la hora suprema en que irradió su luz sobre la Tierra!”.

“Adiós”.

Sí que lo estudiaré, mi buen Espíritu, no tengo más sentimiento, sino que mi cuerpo decae y no puedo trabajar todo lo que yo quisiera en la propaganda del Espiritismo, fuente de consuelo cuyas gotas calman la sed de las almas atribuladas.

¡Religiones! Sois olas bravías que no tenéis ni una gota de agua que calme la sed de seres pensantes. ¡Comunicaciones de los espíritus! Vosotros sois la fuente humilde que derrama su limpio raudal en el calabozo del presidio, en el lecho de un hospital, en el tugurio del mendigo, en el tocador de la meretriz, en el palacio de los reyes, en el taller de la obrera, en todas partes. A semejanza del Sol, que ilumina con sus rayos todo el haz de la Tierra, así la voz de los espíritus resuena en todos los ámbitos de este mundo.

¡Benditas sean las comunicaciones de los espíritus, porque ellas son las gotas de agua que calman la sed de las almas enfermas!

Amalia Domingo Soler

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