¡Cuantos seres pasan desapercibidos en la Tierra que exhalan el perfume de su sentimiento sin que nadie se fije en ellos!… Elisa fue uno de los muchos proscritos que suspiró toda su vida por su patria perdida, por el cielo que en sus piadosas creencias contempló desde niña en sus místicos y poéticos arrobamientos.
Juntas saltamos de la cuna puede decirse, cercano parentesco nos unió en la Tierra y profunda simpatía enlazó nuestros espíritus.
Elisa perdió a su madre cuando su corta edad no le dejaba comprender el valor de tan inmensa e irreparable perdida y desde entonces, como si la niña presintiera o adivinara que sobre ella pesaba una desgracia terrible, se escondía a menudo en el rincón mas oscuro de su casa, y allí lloraba su dolorosa orfandad. Cuando en tan triste ocupación la sorprendían su padre y sus hermanos y le preguntaban porque se entregaba de aquel modo al desconsuelo, la niña sollozaba y con sus sollozos decía a sus deudos que sufría un tormento superior a sus cortos años.
Para educarla convenientemente la pusieron en un colegio de monjas y allí llegó a la adolescencia revelando muy buenas condiciones para expresar sus sentimientos por escrito: sus cartas eran un modelo de ternura y de buen decir, su imaginación soñadora tendía su vuelo y se iba tan lejos…, tan lejos… que le costaba un gran sacrificio volver a la Tierra y a la prosaica realidad de una vida sin ensueños, sin poesía, sin el ambiente que su alma necesitaba.
Terminada su educación volvió al lado de su familia y volvió a llorar como en su niñez con el más profundo desconsuelo. ¿Qué sentía? ¿Qué deseaba? ¿Qué echaba de menos? -¡Su alma gemela! No le faltaba nada y le faltaba todo; era rica, tenía cubiertas todas las necesidades de la vida, el temible día de mañana no guardaba para ella las angustias de la miseria y el duro lecho de un hospital; jamás sintió el hambre del cuerpo, porque siempre vivió en la abundancia, pero en cambio su alma tuvo hambre y sed de cariño desde que se dio cuenta que animaba un organismo. Vivió rodeada de su numerosa familia y sin embargo, estaba más sola que un cenobita en la cumbre de la más escarpada montaña. El lenguaje de su espíritu no le comprendió ninguno de sus deudos. Elisa vivió completamente aislada, para ella no tuvo este mundo ni una flor, todas fueron pequeñas pero agudas espinas; tímida por naturaleza, sin decisión para hacer buen uso de la libertad honrosa que a la mujer te conceden los años, permaneció al lado de los suyos, como permanece el presidiario condenado a cadena perpetua dentro de su penitenciaria. No vivía bien ¡Qué había de vivir! Pero le asustaba lo desconocido, y los raudales de su ternura los depositaba en las flores, en las avecillas, en todos los seres débiles que necesitaban de su protección y de sus cuidados.
La lucha de mi existencia me separó de ella cuando la juventud aun nos brindaba sus ilusiones, y en transcurso de 33 años nos hemos visto tres veces, y al cambiar nuestras impresiones, siempre decía al separarme de ella: ¡Pobre Elisa! Para tí la Tierra no tiene más que espinas: la ternura de tu alma no has podido repartirla entre tus hijos porque no te has creado familia, tus ideales religiosos flaquean ante el análisis de tu razón, en nadie crees, ni en nada esperas, pero te asusta dar un paso de avance en la senda del progreso, no te atreves a salir de la iglesia donde has rezado años y años sin encontrar la íntima convicción de una creencia racional en armonía con el adelanto de tu espíritu. Cuántas veces me decías, -Yo te envidio Amalia, porque has roto los eslabones de la tradición religiosa, porque te has creado una gran familia y esperas y tienes fe en tu propio esfuerzo en tu firme voluntad. Yo te he visto alejarte de todos nosotros y me alegraba de tu alejamiento, porque te engrandecías luchando por la existencia. ¿Será verdad lo que tú crees? No lo se; yo en nada creo, pero una fuerza invencible me tiene sujeta al potro del estacionamiento. Si es cierto que se viene a la Tierra muchas veces, mi existencia actual, es completamente improductiva; quisiera ser tú, pero… por esta vez mi trabajo se reduce a no tener acción propia. Vivo hastiada de todo, sin valor para preguntar a nadie donde está la verdad; y llorabas ¡Pobre Elisa! Con el más profundo desconsuelo.
¡Cuanto has llorado en este mundo! Si el bautismo del llanto purifica, las manchas de tu pasado casi estarían borradas, tanto has llorado y con tan inmensa pena, ¡Pobre Elisa!
Cuando menos lo esperaba recibí la noticia de tu desencarnación y sin el menor esfuerzo lloré tristemente recordando nuestra infancia y nuestra juventud, nuestras confidencias y mutuos desconsuelo y más tarde nuestro desencanto, tu desesperación encubierta y mi lucha por la existencia. ¡Cuántas reflexiones! Y todas ellas de sabor tan amargo!…
Ya has dejado este mundo, cuando te des cuenta que tu espíritu está libre de su pesada envoltura, yo te pido por lo mucho que te he compadecido que te acerques a mí, y me participes (si te es posible) tus impresiones en el espacio y el juicio que has formado de tu última existencia.
No eras un ser vulgar, no eras lo que aparentabas ser, en tí había un mundo de sentimientos, un raudal inagotable de ternura, un buen criterio, pero todo encerrado dentro de tí misma; eras como una caja de caudales de triple cerradura cuya llave se hubiese perdido y solo rompiendo la caja se pudieran sacar las sumas fabulosas que encerrara, de igual modo tu espíritu se había acostumbrado a encubrir sus sentimientos, hasta el punto de perder la noción de su valía ¡Pobre Elisa!
Hubieras podido hacer feliz a un hombre, pero no se acercaron a tí más que libertinos y mercaderes, los primeros deseando tu cuerpo, los segundos tus riquezas y a unos y a otros los miraste con tan profundo desprecio que a pesar suyo comprendieron que los apreciabas en lo que valían.
Pasó tu juventud sintiendo siempre una inexplicable melancolía, y tu edad madura fue triste, muy triste, porque no te ligaban a la Tierra lazos de la maternidad, eras madre sin hijos, si, eras madre, porque tú amabas todo lo indefenso, todo lo débil, todo lo que necesitaba el calor del cariño.
¿Que viniste a expiar?
¿Por qué tu alma nunca sació su sed?
Habla Elisa, acércate a mí, porque yo te he comprendido cuando nadie te comprendía, porque yo te he compadecido cuando los demás creían que eras dichosa satisfaciendo las primeras necesidades materiales de la vida.
Ven Elisa, yo te llamo, y no te llamo para satisfacer pueril curiosidad, te llamo porque te quiero; ven reanudemos nuestras confidencias de ayer, confírmame tus penas y tus alegrías, dime a quien has visto en el espacio, si tus deudos de esta existencia están cerca de tí, o son otros espíritus que han salido a tu encuentro.
Yo bien se que vivías muriendo, no tenía esperanza de volverte a ver en la Tierra, y sin embargo, al saber tu desencarnación he sentido como si me arrancasen algo que tuviese raíces en mi corazón.
Eras quizá la única flor de penetrante aroma que embalsamó mi niñez y mi adolescencia, nos queríamos de veras, deseábamos mutuamente vernos dichosas; fuiste un ser completamente inofensivo, tu despertar no será doloroso.
Ven Elisa, ven, yo te llamo, y te llamo porque te quiero.
El día que te puedas comunicar conmigo, será uno de los días más felices de mi vida.
¡Despierta Elisa! ¡Despierta! Has dejado este mundo después de haber recibido los Santos Sacramentos pero… tú que no creías en nada y que ocultabas tu descreimiento por temor al que dirán, dime que has sentido al desprenderte de tu organismo, dime si has escuchado los salmos funerales que han entonado en la iglesia donde recibiste el agua del bautismo. ¿Se siente compasión por los que quedan? ¿Se recobra nueva vida al desprenderse de la gastada envoltura?
Ven Elisa, ven, yo te llamo, y te llamo porque te quiero, porque estabas unida a mi niñez y a mi adolescencia, porque era algo de mi ayer, algo que me sonreía, algo que me recordaba un cariño verdadero, que nunca me hizo sentir el dado de la ingratitud.
Si los ecos de las voces humanas llegan hasta tí, escucha Elisa el llamamiento de mi alma.
Ven Elisa, ven yo te llamo y te llamo… porque te quiero, porque deseo tu felicidad en el espacio, como la desee en la Tierra. ¡Pobre Elisa! ¡Cuanto sufristes! Ven, yo te llamo, y te llamo porque te quiero.

AMALIA DOMINGO SOLER 1894