SALDOS DE CUENTAS

Continuamente trae la prensa noticias aterradoras sobre muertes violentas, y no de un solo individuo, sino de familias enteras, dejando aparte los siniestros de incendios, terremotos, naufragios, explosiones en las minas y otras calamidades.
Últimamente me llamó la atención que, en distintas ciudades de España, en pocos días habían muerto asfixiados varios individuos, en un punto, tres hermanos jóvenes que vivían en una casucha ruinosa, en otro lugar dos mujeres ancianas, y en Madrid, cuatro personas, a quienes hallaron muertas por asfixia.
Dice así el telegrama:

ASFIXIADOS. –A las cuatro de la tarde la portera de la casa número 18 de la calle de la Princesa, notó humo en el último piso.
Llamó a la puerta del cuarto que habitaban una madre con dos hijos, de 18 y 19 años respectivamente, y un huésped, no teniendo contestación. Dando parte al juez del hecho, éste ordenó a un cerrajero que abriese la puerta, presentándose ante su vista un tristísimo cuadro.
Todos se hallaban en ropas menores sin dar señales de vida y envueltos en densa humareda.
La madre, llamada Rita Tejero, era cadáver. Estaba tendida en el suelo, sus hijos, Francisco y Miguel, muertos también en sus lechos. El huésped, que también estaba acostado, respiraba aún, pero falleció momentos después.
Las cuatros víctimas se acostaron anoche, y habiéndose producido un pequeño incendio en el fogón, murieron todos asfixiados a causa del humo y las emanaciones de óxido carbónico.
También aparecieron muertos por el mismo efecto, un pájaro y dos gatos.

Al concluir de leer el anterior relato, dije con tristeza: ¿Qué habrán pagado esos cuatro infelices? Diciéndome un Espíritu inmediatamente:

“¿Qué quieres que paguen? Desaciertos de ayer: los que se reúnen para hacer el mal, es muy justo que se reúnan después para saldar sus cuentas, y un saldo de cuentas ha sido la muerte de esos cuatro individuos que han muerto sin ruido, en el mayor silencio, del mismo modo en que ellos cometían sus crímenes en anteriores existencias; no siendo ellos únicamente los que han pagado en estos días su triste tributo a la justicia eterna; otros muchos diseminados por España han terminado su actual existencia muriendo asfixiados, porque todos ellos pertenecieron en otro tiempo, a una cuadrilla de bandidos que durante muchos años fueron el terror de la nación española, quienes escondidos entre las breñas y amparados por el abrupto del terreno, sin vías de comunicación, eran los dueños absolutos de comarcas enteras cuyos habitantes, dominados por el terror, obedecían sus mandatos, plenamente convencidos de que si así no lo hacían, los días de su vida estaban contados. Pero como todo tiene un término, la cuadrilla triunfante fue perdiendo sus miembros más valientes y temerarios, quedando un grupo de forajidos capitaneados por la mujer que ha muerto últimamente asfixiada y la que entonces era un hombre valiente, pero al mismo tiempo reflexivo, el que se convenció de que siguiendo aquella vida concluiría, como sus jefes, muriendo en la horca o en los despeñaderos. Así que propuso a sus compañeros realizar un robo de consideración y embarcarse todos para un punto lejano, donde con el producto de la última hazaña pudieran vivir libres de persecuciones y de continuos sobresaltos y encuentros con la fuerza armada. Unos cuantos de sus compañeros aceptaron su plan, otros siguieron su vida aventurera. Los que se unieron a su capitán, llevaron a cabo el asalto a una casa de campo habitada por un matrimonio anciano y algunos hijos.
Efectuando el saqueo atando fuertemente a los dueños y demás familia, dejando en las habitaciones grandes hornillos repletos de carbón a medio encender, cerraron las puertas y se fueron con su gran botín, consiguiendo escapar a la persecución de la justicia, que días después se enteró de que habían muerto asfixiados los dueños de la casa de campo escondida entre montañas, pues atados como los dejaron tuvieron que sucumbir entre las mayores angustias”.
“Los autores de tan horrendo crimen, se repartieron sus ganancias muy lejos de su patria y algunos vivieron honradamente –como decís vosotros-; sin acordarse de sus últimas víctimas, murieron todos en su lecho sin que la justicia humana tuviera nada que ver con ellos; pero quedaba la eterna justicia, y de común acuerdo, se reunieron para volver a la Tierra y morir del mismo modo que habían hecho morir a una familia numerosa, pues no hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla, muriendo en pocos días asfixiados todos los que tomaron parte en aquella tragedia. No es la casualidad la que une a los hombres para morir de un modo violento, es la ley que los une para que juntos paguen el mal que juntos hicieron”.

“En los terremotos, en las inundaciones, en las explosiones que ocurren en las minas, en los naufragios, en todas esas hecatombes que de vez en cuando llenan de luto a diversos pueblos, siempre –o casi siempre- se salva uno o dos individuos de la muerte, y dice el vulgo en son de mofa: se salvó uno para contarlo, y en realidad se salva el que no está condenado a morir entre tantas angustias, el que no merece dejar la Tierra en medio de tantas maldiciones, como lanzan los que mueren atormentados por el fuego o luchando con las olas. La humanidad terrena tiene su historia escrita con sangre, las guerras religiosas han sido crueles y aún en vuestros días hay matanzas de judíos y cristianos y se atormentan a los hombres que sueñan por la libertad con una crueldad execrable; y tantas infamias cometidas llevan aparejadas las más terribles consecuencias.

Leo en tu pensamiento que razonas, diciendo mentalmente: ¡Dios mío! Entonces no se acabarán nunca los cataclismos en la Tierra, porque si se han de pagar todos los crímenes cometidos por la intolerancia de las religiones, la Tierra será siempre un infierno, porque su historia es horrible, y yo te contesto que el hombre es castigado, no por la destrucción que produce su obcecación e ignorancia, sufre únicamente por el goce que siente viendo agonizar a sus víctimas, por el placer que le proporciona ver una ciudad incendiada, diciendo con orgullo: ¡Qué inmenso es mi poder! ¡Hasta la muerte me obedece! Los que gozan matando son los que luego viven muriendo; pero los ejércitos que destruyen las ciudades, obedeciendo maquinalmente las órdenes de los generales que les llevan al combate, los que matan en defensa propia, porque saben que si no hieren serán heridos, esos no son responsables de sus actos; se adquiere la responsabilidad cuando se goza con el exterminio, cuando se hiere sin compasión al vecino; esos son los verdaderos culpables, esos son los que al llegar al Espacio se deciden a pagar algunas de sus deudas, sufriendo una mínima parte del dolor que causaron a sus inocentes víctimas. La voz de la conciencia le dice al criminal que no tiene derecho a ser dichoso si antes no ha padecido el tormento que a todos hizo sufrir.
Esto no lo quieren admitir ni creer la mayoría de los que os llamáis espiritistas, porque humilla a la certidumbre de la propia inferioridad; pero ¿Qué verdad no ha sido negada y escarnecida? Ninguna. Todos los adelantos científicos han sido ridiculizados por la mayoría de los sabios; ¿Qué extraño es, entonces, que la revolución que producen los espíritus con sus comunicaciones y sus revelaciones de otras existencias, sean rechazadas hasta con indignación por la generalidad y sobre todo que sean culpables de esto quienes se consideran semidioses? Pero la verdad es superior a todas las negaciones, y aunque la humanidad entera niegue la expiación a que están sujetos los terrenales por sus culpas pasadas, ahí están los hechos: en un segundo se hunden las ciudades más florecientes, sucumbiendo entre sus escombros multitudes delirantes, llenas de vida y de juventud, mas ¿Por qué sucumben? He aquí el problema, he aquí el arcano que no se quiere estudiar, más el hecho se ha cumplido, desapareciendo pueblos enteros. ¡Compasión para las víctimas, compasión! Adiós”.

De gran enseñanza es la comunicación que he obtenido, pues ella encierra innegables verdades. La casualidad no existe, la justicia sí; y todo acontecimiento desastroso tiene su origen en la sombra del crimen.

¡Desgraciados de aquellos que tienen que ser los actores en las grandes tragedias, que llenan de espanto a los pueblos y dichosos los que pueden descansar tranquilos en el rincón de su hogar ni envidiados ni envidiosos!

 

Amalia Domingo Soler

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