SE DEBE ENTRAR POR LA PUERTA, PERO NO POR LA VENTANA

Dije hace mucho tiempo que, de cien centros espiritistas, si me fuera posible haría cerrar gubernativamente noventa y nueve; y recuerdo que el general D. Pascual de Lacalle, espiritista de muy buena fe, al que yo llamaba el aristócrata del presente y demócrata del porvenir –alma de niño, vestida de soldado-, vino a verme diciéndome que parecía mentira que yo hubiese escrito semejante barbaridad, cuando los centros espiritistas eran el refugio de los desventurados, de los afligidos, de los vencidos en el rudo combate de la vida, y cuando yo le debía al Espiritismo el no haber ingresado en algún asilo benéfico, habiendo adquirido entre los espiritistas una familia numerosa que se interesaba por mi presente y mi porvenir. Yo le dejé hablar cuanto quiso, porque le quería, le respetaba y admiraba por su inmensa fe, y cuando concluyó de reconvenirme y de hacerme cargos muy severos, acusándome de desagradecida, entonces le dije:

-Pues mira lo que son las cosas, por lo mismo que si no hubiera sido por el estudio del Espiritismo yo hubiera apelado al suicidio antes que vivir recluida en un asilo benéfico, por lo mismo que he adquirido una familia cariñosa compuesta por todos los espiritistas que hablan la lengua de Cervantes, por lo mismo que en las comunicaciones de los espíritus he encontrado la explicación de las anomalías y de las aparentes injusticias que se observan en cuanto nos rodea, por lo mismo que he hallado la esplendente luz de la verdad y con ella la íntima convicción de que Dios existe y que su ley es la justicia en acción, por eso mismo mi Espíritu se subleva cuando veo que a la sombra del Espiritismo se cometen verdaderas infamias, fingiendo comunicaciones de espíritus familiares que piden a los suyos misas y responsos y cantidades más o menos importantes para suprimir los sufrimientos de un Espíritu.

-Eso no puede ser –me contestó Lacalle- yo no puedo creerlo.

-Pues desgraciadamente es verdad. Él trató de convencerme de que yo no estaba en lo cierto, pero no lo consiguió, porque yo sabía de muy buena tinta que a la sombra de los espíritus se engañaba miserablemente a personas ignorantes e impacientes que entraban a la escuela espiritista no por la puerta del estudio, sino por la ventana de la curiosidad, y nada más imprudente y de peores resultados, que pedir comunicaciones a médiums de oficio que mienten descaradamente, unas veces los espíritus y otras los mismos médiums.

Por lo mismo que el Espiritismo es la ampliación del Cristianismo y sus enseñanzas no pueden ser más morales y consoladoras, por eso son más lamentables los inicuos abusos que se cometen a su sombra.

Han pasado los años y he ido adquiriendo la tristísima experiencia, de que yo estaba en lo cierto al desear la supresión de la mayoría de los centros espiritistas, pues muchos de ellos son semilleros de obsesiones y otros a semejanza de árboles cuyas raíces sobresalen a la superficie de la tierra, formándose con esas raíces grupos familiares, donde corren parejas la audacia de los médiums y la ignorancia de los concurrentes que, de buenas a primeras, quieren comunicarse con toda su parentela sin haberse tomado el trabajo de leer un libro espiritista, y estos desgraciados que entran por la ventana de la curiosidad en la escuela espiritista son las víctimas de los explotadores del Espiritismo, inventando comunicaciones y ofreciendo mediumnidades a los incautos que, con sobrada ignorancia y buena fe, se perjudican ellos mismos y perjudican a los demás, pues como decía el Espíritu del Padre Germán, “aquel que tolera y consiente el abuso, es tan culpable como el abusador”.

Estas reflexiones se me ocurren por haber hablado con una buena señora a quien, para su desgracia, alguien le habló de Espiritismo, y ella, cuya mirada demuestra que tiene sed de infinito y quizá algunas mediumnidades en germen, acudió a uno de esos antros donde se roba a los incautos sin riesgo alguno, y allí la supieron embaucar de tal manera que para comprar el perdón de un Espíritu que la atormentaba desde el Espacio por el odio que le profesaba, la cuitada entregó doscientos duros, menudeando después otras cantidades menores para quedarse libre de enemigos espirituales. Resumiendo: la engañada ha entregado más de quinientos duros para adquirir todas las mediumnidades habidas y por haber, pero, en honor a la verdad, lo que ha conseguido es una gran excitación nerviosa, no encontrando reposo en ninguna parte.

Me cabe la satisfacción de haber hecho en su favor todo cuanto he podido para hacerle comprender lo que es el Espiritismo; ha comprado las obras de Allan Kardec y va estudiando la Filosofía Espiritista con el mayor deseo de conocer la verdad.

¡Qué lástima me daba al oír sus cuitas! No es una mujer completamente ignorante, sabe apreciar lo que oye; si escucha una buena comunicación se conmueve extraordinariamente y llora lamentando su torpeza. Revela buenos sentimientos y escucha mis consejos atentamente, sorprendiéndole muchísimo que yo le dijera: no siempre lo bueno es bueno, no siempre las comunicaciones de los espíritus iluminan nuestra inteligencia; antes de relacionarnos con ellos, debemos prepararnos para no caer en las garras de los explotadores de aquí y de los mal intencionados de allá.

El estudio razonado del Espiritismo es la luz, es la vida, es acercarse a las fuentes del saber y de la virtud; el verdadero espiritista sabe sufrir, sabe esperar, distinguir con su claro y educado entendimiento el oro del oropel: no se impacienta, no se desanima, no se desespera ni apela a la violencia del suicidio en un caso extremo, como tampoco hace proyectos de venganza para martirizar a sus enemigos, no; el verdadero espiritista vive plenamente convencido de que cuanto le acontece, sea próspero o adverso, es obra de sí mismo, pues nadie, absolutamente nadie ha echado leña en la hoguera donde se consume a fuego lento su dolorosa existencia; él, y sólo él, es el que sembró en su escabroso camino las punzantes espinas que hoy le hieren sin piedad sus ensangrentados pies, ya que nadie le empujó al abismo del crimen; él fue quien descendió por la resbaladiza pendiente de los vicios hasta caer en el pozo sin fondo de la degradación, olvidando lo que el hombre se debe a sí mismo.

El Espiritismo rompe los múltiples velos que cubren nuestro pasado; es el potente telescopio con el cual se miran a través de los siglos nuestros hechos punibles y es el perfeccionado microscopio con el cual vemos lo infinitamente pequeño de nuestros innumerables defectos, de esos defectos que son como los infusorios que a simple vista no los vemos, pero que sin embargo existen, como existen en una gota de agua millares de diminutos seres a los cuales ni remotamente observamos con nuestros ojos materiales, lo cual no es muy ventajoso para vivir en este mundo, pues basta con recordar lo que decía Bartrina: “Si quieres ser feliz como me dices, no analices muchacho, no analices”. Si nos viéramos tal como somos, ¡Cuántos moriríamos de vergüenza! Por eso los impacientes del Espiritismo que preguntan a los espíritus lo que han sido ayer, en el pecado llevan la penitencia. Nuestro afán en todo sólo debe ser uno: entrar por la puerta, jamás por la ventana.

Amalia Domingo Soler

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