TODO ES JUSTO

Un amigo nuestro que vive actualmente en Mérida de Yucatán, nos envió un pequeño artículo necrológico que nos impresionó tristemente, hasta el punto que, preguntamos al Espíritu que generalmente nos guía en nuestros trabajos, si podía decirnos algo sobre aquel ser tan profundamente desgraciado, cuya existencia había sido tan horrible. Y nuestro amigo invisible, viendo que nuestra pregunta no llevaba otro móvil que el estudio y el deseo de dar una lección útil, nos dio algunos pormenores que transcribiremos a continuación del citado escrito, que dice así:

Arcadio Góngora
La naturaleza suele usar burlas espantosas con la humanidad.
Ya en el fondo del hogar, o en la plaza pública, el genio del mal suele hacer sangrientos escarnios del hombre, del rey de la Creación, de ese a quien el Supremo Hacedor formó a su hechura y semejanza, según las frases bíblicas. Suele precipitarlo, desde el trono en que le colocó la natura, hasta los últimos y sucios escalones de la degradación.
Se ha visto a individuos de la especie humana, en todas las gradas de la escala
social, proceder como jamás se han conducido los más estúpidos animales.
Pongan ustedes la mano sobre el polluelo de cualquier ave, sobre la cría de cualquier cuadrúpedo, sobre el cachorro de la bestia más feroz, y verán como los padres se abalanzarán sobre ustedes y se desesperarán si se encuentran impotentes para vengar o defender a sus hijos. Y si éstos enferman o se extravían, ¡Con qué cariño o angustia los cuidan y curan o los buscan!
Pues bien, se ha visto padres, y lo que es más monstruoso todavía, madres que permanecen indiferentes y frías ante la agonía o el cadáver de un hijo, o que los abandonan y olvidan hasta el extremo de vivir como si nunca lo hubieran concebido y alimentado en su seno… Se ha visto morir a gentes en tales condiciones pero, afortunadamente, no es eso lo regular en la existencia de las sociedades. Tan sombrías reflexiones, me las sugiere el reciente desenlace de un drama que, no por ser humilde el protagonista, ni por haberse desarrollado la acción en la oscuridad de la pobreza, deja de conmover a todo Espíritu pensador y humanitario.
El 13 del presente mes ha dejado de sufrir para siempre un hombre que en la  villa fue conocido con el nombre de Arcadio Góngora.
Parece que hace unos treinta y dos años perdió completamente la razón, víctima de cierta predisposición orgánica de raza, determinada por no sé qué descalabro amoroso.
Era entonces un arrogante mancebo de dieciocho a veinte años, lleno de vida y de salud. Desgraciadamente, su locura, inofensiva y apacible al principio, se hizo al poco tiempo hostil y peligrosa, hasta el caso de tener que encadenarle a un poste, como a una fiera, para su propia tranquilidad y la de su familia.
Allí se le llevaba su mísero alimento, de allí no se movía jamás, y allí… vivía  como una bestia, y en ocasiones, en peor condición que ésta.
Hace cosa de diez años que yo le conocí. Aún no se ha borrado, ni creo se borre de mi pensamiento, la impresión que entonces produjo en mí su presencia.
Estaba sentado con el codo derecho apoyado en la rodilla, y la mejilla en la palma de la mano, en una pequeña hamaca que era todo el moblaje de la ruinosa, desaseada y desabrigada choza de guano que habitaba, choza triste y aislada de las demás, como la de un paria o la de un apestado… Con un pie estrechamente aprisionado entre un anillo y el extremo de una cadena de hierro fijada en un poste. Los cabellos, las patillas y las barbas incultas y crecidas, cayendo sobre los hombros. Pecho y espalda formando marco a unas facciones que deberían ser buenas, pero que entonces estaban desfiguradas. Sus negros y azorados ojos casi saltando de sus órbitas y su calzón y camisa sucios y rotos, enseñando en diversos lugares su velluda piel. Parecía un salvaje o un anacoreta, perdido en las profundas sociedades de la selva. Hablaba sin cesar, ora alzando, ora bajando la voz, pero en un lenguaje inteligente y rápido.
Al pararme en el dintel de la puerta, levantó los ojos, los fijó en mí con una expresión que me hizo retroceder y los giró alrededor como buscando algún objeto.
De repente se inclinó, echó mano a una piedra y la arrojó violentamente sobre  mí; pero vi el movimiento y me oculté tras la puerta, que recibió el terrible golpe, que de alcanzarme, sin duda me hubiera hecho daño.
Le observé un momento con sincera piedad, y me retiré con el corazón oprimido.
Desde aquel día hasta su muerte, no volví a verle sino dos o tres veces.
Nadie se le podía acercar sin peligro, y su pobre familia, compuesta solamente  de mujeres, sufría crueles penalidades para atender a la subsistencia.
Las ocasiones en que transitaba yo por las inmediaciones de su pequeña choza, escuchaba con emoción su cavernosa y sonora voz, cuyo eco, en las altas y silenciosas horas de la noche, vibraba hasta larga distancia y se cernía sobre la dormida villa, y se elevaba al cielo como una dolorosa protesta contra la sociedad que le abandonaba, o como una misteriosa plegaria impregnada de una tristeza infinita: entonces me preguntaba por qué la justicia divina no devolvía la razón a aquel desdichado, o no hacía cesar para siempre su espantosa desgracia, quitándole la vida, harto pesada para él, por más que no tuviese conciencia de su estado.
Se decía que casi nunca dormía: el aniquilamiento de sus fuerzas le obligaba a callarse y a rendirse a breves instantes de reposo.
En diversas ocasiones, personas caritativas pretendieron enviarlo al hospital  general de Mérida, donde si no se le curaba, siquiera estaría aseado y mejor atendido, pero su familia siempre se opuso y rogó que se le dejase, creyendo que por mal que ella pudiese tratarle, siempre estaría mejor que en manos extrañas.
¡Funesto temor! ¡Fatal equivocación que acaso perjudicó al infeliz demente! Por  último, hace algún tiempo fue atacado de una enfermedad del vientre que lo fue consumiendo lentamente, que agravó su situación hasta ser anticipadamente devorado por los gusanos, parte de su cuerpo: y el 13 del presente mes la Providencia se apiadó de él, poniendo final a sus padecimientos terrenales. Tenía entonces cincuenta y dos años aproximadamente, y estuvo demente treinta y dos. Se cuenta que antes de morir, la fugitiva razón, como esos relámpagos que rasgan fatídicos la profunda oscuridad de una noche tormentosa, centelleó sobre su Espíritu al irse éste a desprender de su mísera cárcel. “¡Ea, hermano! –dicen que exclamaba lastimosamente en lengua maya-, llegó entonces la hora de mi muerte”. Cuando la muerte se presenta bajo esa forma u otra análoga creo que en vez de deplorarla, se debe dar un voto de gracia. En esos casos, la muerte, lejos de ser un mal, debe ser un positivo beneficio.
¡Paz al Espíritu de Arcadio Góngora! Repose en la mansión de los mártires.
F. Pérez Alcalá  Tizimin (Yucatán), 19 de Diciembre de 1882.

Como comprenderán nuestros lectores, este tristísimo relato da margen a serias y dolorosas reflexiones, porque si no hay efecto sin causa, la causa de tan deplorable efecto debe ser horrible, espantosa. Y desgraciadamente no nos engañábamos en nuestros cálculos, porque nuestro amigo invisible nos dijo en su comunicación lo siguiente:

“Grandes remordimientos pesan sobre la vieja Europa, que ha conquistado a sangre y fuego los países que llamáis el Nuevo Mundo y otros hermosos continentes; y no pequeña parte tiene España en esas horribles luchas, o mejor dicho, en esas matanzas fraticidas en que sucumbieron tantos caudillos vencidos por el número de los contrarios, pero no por el valor y la nobleza de los conquistadores, que llamándose civilizados fueron más indómitos y más rebeldes que los salvajes, más desnaturalizados y más feroces que las mismas fieras”.

“¡Cuántos crímenes se han cometido en esas para vosotros lejanas tierras, en sus bosques vírgenes! ¡Cuántas víctimas se han sacrificado en aras de las más torpes, desenfrenadas e inmundas pasiones! Causa horror leer la historia de los terrenales que manchados estáis con todos los vicios, hundidos en la concupiscencia y en la iniquidad”.

“Grandes expiaciones estáis sufriendo, pero, creedme, si fuérais a pagar ojo por ojo y diente por diente, se sucederían los siglos como se suceden vuestras vidas y casi llegaríais a creer en la eternidad de las penas, al ver la continuación de vuestros incesantes martirios, a pesar de la Misericordia Divina. Como las leyes de Dios son inmutables y tienen que cumplirse, tenéis necesariamente que sufrir todos los dolores, todas las agonías que habéis hecho padecer a otros, gozándoos en su tormento. La única ventaja de que disfrutáis al expiar, es que a ningún ser de la Creación le falta alguien que le quiera: miente el que dice que está solo, todos estáis acompañados de un alma que se interesa por vosotros, más o menos, relativamente según la enormidad de vuestro delito, y a falta de racionales, tenéis una raza irracional muy amiga del hombre, tenéis al perro, símbolo de la fidelidad, que con una leve caricia os sirve de guía, de compañero, toma parte en vuestras penas y en vuestras alegrías; esto en la parte visible, que fuera del alcance de vuestra vida material, están vuestros Espíritus protectores dándoos aliento y resignación en las horas de cruenta agonía. ¡Ah! Si estuviérais solos como decís, ¿Qué sería de vosotros, infelices? Sí, caeríais anonadados, abrumados ante el terror y la soledad”.

“Si cuando vuestro cuerpo se entrega al descanso, vuestro Espíritu no encontrara una mano amiga que le detuviera y no oyera una voz cariñosa que le preguntara:
¿Dónde vas, pobre desterrado? ¿Creéis que tendría fuerza para reanimar su organismo y comenzar el trabajo de un nuevo día? No. El alma necesita amor como vuestras flores el rocío, como las aves sus alas. Sin ese alimento esencialmente divino no puede vivir; y cuando sus culpas le obligan a carecer de familia, de hogar, de seres afines a él, y tiene que permanecer en una doble prisión, separado de sus semejantes por excelencia, se siente atraído a formar familia, como que es miembro de la familia universal. Recuerda su origen, y sin los lazos del amor, de la amistad, del parentesco, de la simpatía, no puede vivir, y como no puede vivir, por eso no falta quien le quiera, visible o invisible.
Por eso el desgraciado dice muchas veces: quisiera siempre estar durmiendo, porque durmiendo soy más feliz, entonces no me acuerdo de mis desventuras, no es que no se acuerde, al contrario, las ve con más claridad; lo que ocurre es que las ve acompañado de espíritus amigos que le alientan, le fortifican y le ayudan a llevar el peso de su cruz”.

“Todos los que os creéis desheredados en la Tierra, tenéis vuestros tutores en el espacio, quienes cuidan de vuestra herencia y os guardan vuestros tesoros para cuando seáis dignos de poseerlos”.
“Hay algunos espíritus tan depravados, hacen tan mal uso de su libre albedrío,
que a éstos necesariamente les dura más tiempo la orfandad, porque rechazan con sus desmanes todo el amor y la tierna solicitud de las almas que quieren su bien, y a este número pertenece el Espíritu que tanto os ha impresionado con el sufrimiento de su última existencia, pero merecido, porque en la Creación, recordadlo siempre, todo es justo”.

“Ese Espíritu, en una de sus anteriores encarnaciones, fue uno de los aventureros españoles, que fueron en la tierra mexicana a imponer sus tiránicas leyes, reduciendo a la servidumbre a sus guerreras tribus, abusando miserablemente de la inocencia de sus mujeres, enriqueciéndose de un modo fabuloso con la usurpación y el pillaje, cometiendo todo género de atropellos, imponiendo su voluntad soberana sobre pueblos enteros, convirtiéndose en un tirano tan cruel que su crueldad rayaba en lo inverosímil.
Parecía imposible que aquel hombre hubiera recibido la vida del hálito de Dios, porque si pudieran admitirse dos potestades, la una del bien y la otra del mal, se diría que ese desgraciado era el hijo predilecto del príncipe de las tinieblas, tanta era su perversidad.
Brutal y lascivo hasta la exageración, las doncellas más hermosas y los mancebos más arrogantes tenían que acceder a sus impúdicos deseos, su excitación continua era el martirio de sus desgraciados siervos. Valiente y temerario, cometía las más arriesgadas empresas, y sólo le faltaba uncir a su carro triunfal a la hermosísima Azora, virgen mexicana, bella como las huríes del paraíso de Mahoma, casta y pura como las vírgenes del cielo cristiano. Azora era el encanto de su padre y sus hermanos. Su numerosa familia miraba en ella a la elegida del Padre de la Luz, y todos la respetaban como un ser privilegiado, porque sus grandes ojos irradiaban un resplandor celestial, y de su boca salían palabras proféticas que escuchaban con santo recogimiento jóvenes y ancianos”.

“Una tarde reunió a los suyos y les dijo con triste acento: “grandes e invisibles  desgracias van a caer sobre nosotros. Las aves de rapiña extienden sus negras alas y cubren de plomizas brumas nuestros límpidos cielos. Temblad, compañeros, no por nosotros, que seremos las víctimas, sino por los verdugos implacables que desoirán nuestras dolencias. Saldremos purificados por el martirio, mas. ¡Ay de los martirizadores!”

“Azora no se engañaba, aquella noche llegaron al valle un centenar de aventureros capitaneados por Gonzalo, que iba en busca de Azora, cuya peregrina hermosura le habían ponderado, y deseaba que fuese una de sus desgraciadas concubinas. La hermosa joven, para evitar derramamientos de sangre, suplicó a Gonzalo que no levantara sus tiendas, que ella le seguiría, pero que respetara la vida de su padre y de sus hermanos. Y como Azora tenía un ascendiente tan extraordinario sobre todos los seres de la Tierra, Gonzalo también sintió su mágica influencia, y por vez primera obedeció al mandato de una mujer”.

“Azora había tomado sus precauciones y había reunido a todos los suyos en gran consejo, y mientras deliberaban sobre lo que debían hacer, la joven fue al encuentro del enemigo, diciendo a sus deudos que iba a ponerse en oración para atraer sobre sus cabezas los resplandores de la eterna luz, que no turbaran su meditación, y como estaban acostumbrados a sus éxtasis, que duraban algunos días, nada sospecharon, y ella mientras tanto se entregó como víctima expiatoria a su verdugo, imponiendo a la vez condiciones que fueron respetadas”.

“Gonzalo sintió por Azora todo cuanto aquel ser depravado podía sentir, y al querer manchar su frente con sus labios impuros la joven le detenía con un ademán imperioso, y él quedaba como petrificado, causándole inmenso asombro su timidez”.
“Los familiares de Azora, al tener noticia de lo sucedido, juraron morir o vengar  la deshonra de la casta virgen, consagrada al Padre de la Luz. Ellos ignoraban la mágica influencia que había ejercido la joven sobre su raptor. Para ellos estaba profanada la mujer consagrada a los misterios divinos y su furor no tenía límite”.

“Se pusieron en marcha yendo a buscar a la fiera en su guarida. Gonzalo, al verlos sintió renacer todos sus malos instintos, adormecidos momentáneamente por la mágica influencia de Azora. Se rompió el encanto, y auxiliado por sus inicuos secuaces aprisionó a los sitiadores, les amordazó cruelmente, y Azora perdió la razón cuando la llevaron ante su padre, que era un ídolo para ella, y le vio cargado de cadenas, cubierto de insectos voraces que habían arrojado sobre su cuerpo para que lo fueran devorando lentamente, y ante aquel mártir del amor paternal, consumó Gonzalo la acción más infame, la que más podía herir a aquel desgraciado, profanando el cuerpo de la pobre  loca, que cedió a sus impuros deseos cuando se apagó la luz de su clarísima inteligencia; y durante muchos días el padre de Azora sufrió el horrible martirio de ver a su hija en poder de Gonzalo, que se complacía en atormentar a aquel infeliz haciéndole presenciar actos que no se pueden describir”.

“Al fin murió Azora, y Gonzalo siguió insultando a su desgraciado prisionero, arrojando en sus mazmorras la inmundicia de sus caballos, escupiéndole al rostro, cometiendo con aquellos defensores de su honra toda clase de atropellos”.

“Murió el padre de Azora después de crueles sufrimientos. Sus hijos también perecieron; de aquella tribu de valientes no quedó ni uno, todos sucumbieron en poder de Gonzalo, que siguió cometiendo infamia tras infamia hasta que uno de sus esclavos le asesinó mientras dormía en su lecho, rendido por la embriaguez”.

“Su vida fue un tejido de espantosos crímenes, y como se complacía en el mal,  como no le faltaba inteligencia para conocer que su proceder era inicuo, como encontró en su camino hombres de corazón que se propusieron educarle, y él los despreció, su expiación tiene que igualar a la gravedad de su culpa, y ya se ha encontrado en diferentes ocasiones siendo el infortunio su patrimonio. ¡Ha hecho tanto mal!… Sin que por esto le falte en todas sus existencias alguien que le quiera; y Azora, Espíritu de luz, le alienta en sus penosísimas jornadas. Ella fue a la Tierra la última vez con el propósito noble de comenzar la regeneración de Gonzalo, pero su extremada sensibilidad no pudo resistir el choque violento que recibió al ver a su padre en tan lamentable estado. La prueba fue superior a sus fuerzas, que como sólo Dios es infalible, no siempre los espíritus saben medir la profundidad del abismo donde han de caer”.

“Es muy distinto ver las miserias de la Tierra a gran distancia, a vivir en medio  de ellas, y son muchos los espíritus que sucumben en medio de sus rudas pruebas y de sus expiaciones”.

“Nunca nos cansaremos de deciros que, por criminal que veáis al hombre, no le corrijáis por la violencia, que harta desgracia tiene con la enormidad de sus delitos”.

“¿Dónde hay mayor infortunio que en la criminalidad? ¿Qué infierno puede compararse con la interminable serie de penosísimas encarnaciones, que tiene que sufrir el Espíritu rebelde humillando al alma? En unas la locura, en otras la espantosa deformidad, en aquélla la miseria con todos sus horrores y sus vergonzosas humillaciones y otros sufrimientos que no es posible enumerar, porque para sumar todos los dolores que puede sentir el Espíritu no hay números bastantes en vuestras tablas aritméticas para formar el total; la imaginación se pierde cuando quiere sujetar a una cantidad fija el infinito de la vida que nos envuelve en absoluto”.
“Después de esas encarnaciones horribles, vienen esas existencias lánguidas,  tristes, solitarias, en las cuales la vida es una continua contrariedad. El Espíritu ya se inclina al bien, pero su amor no encuentra recompensa. Almas, al parecer ingratas, miran con indiferencia los primeros pasos de aquel pobre enfermo que quiere amar y no encuentra en quien depositar su cariño, y hasta las flores se marchitan con su aliento antes de ofrecerle su fragancia. Esas existencias son dolorosísimas; expiación que sufre actualmente la mayoría de los terrenales, espíritus de larga historia, sembrada de horrores y de crueldades. En ese periodo es cuando necesita el hombre conocer algo de su vida, porque ya tiene conocimiento suficiente para comprender las ventajas del bien y los perjuicios del mal. Y, como todo llega a su tiempo, por eso hemos llegado nosotros a despertar vuestra atención; por eso las mesas danzaron y los demás muebles cambiaron de lugar. Y resonaron en distintos puntos de la Tierra las voces de los espíritus, porque era necesario que comprendiérais que no estábais solos en el mundo”.

“Muchos suicidios hemos evitado y a muchas almas enfermas les hemos devuelto la salud”.
“A un gran número de sabios orgullosos, les hemos demostrado que la ciencia  humana es un grano de arena en comparación con el infinito, con la ciencia universal. Y una revolución inmensa llevaremos a cabo, porque ha llegado la hora del progreso para las generaciones de este planeta”.

“Comenzáis a conocer la verdad que ahora rechazáis, porque la luz os deslumbra, pero al fin os habituaréis a ella, ensancharéis el círculo de vuestra familia terrenal y miraréis en los espíritus, miembros de vuestra familia universal”.

“Seréis más compasivos con los criminales cuando sepáis que también lo habéis sido vosotros y que quizá mañana volveréis a caer; que al Espíritu apegado al mal le cuesta mucho decidirse hacia el bien. Es como el pequeño que da un paso y retrocede cinco, y anda repetidas veces un mismo camino. Pues de igual modo hacéis vosotros y hemos hecho todos los espíritus de la Creación, con la sola diferencia que unos tienen más decisión que otros y más valor para sufrir la pena que se han impuesto”.

“Vosotros, los que buscáis en nuestra comunicación, saludable consejo y útil  enseñanza, aprovechad las instrucciones de ultratumba, siempre que éstas os marquen el sendero de la virtud y no halaguen vuestros vicios, ni patrocinen vuestras debilidades.
Desconfiad siempre de todo Espíritu que os prometa mundos de gloria en cuanto abandonéis la Tierra. Estudiad historia, miraos sin pasión, y os veréis pequeños, pequeñísimos, microscópicos, llenos de innumerables defectos: celosos, vengativos, envidiosos, avaros, muy amigos de vosotros mismos, pero de vuestro prójimo, no. Y con una túnica tan manchada, no esperéis sentaros a la mesa de vuestro Padre, para lo cual precisáis cubriros con vestiduras luminosas y así poder penetrar en las moradas donde la vida está exenta de penalidades, sin que por esto los espíritus dejen de entregarse al cultivo de las ciencias y al nobilísimo trabajo de la investigación, porque siempre tendrán las almas algo más que aprender”.

“Nosotros venimos a demostrar que el alma nunca muere y que el hombre es el que así mismo se premia o se castiga; que las leyes de Dios, que son las que rigen la Naturaleza, son inmutables. Venimos a aconsejaros, a fortaleceros, a enseñaros a conocer la armonía universal, a contaros la historia de vuestros desaciertos de ayer, causa de vuestros infortunios de hoy. Esta es la misión de los espíritus cerca de vosotros, impulsaros al trabajo, al cultivo de vuestra razón, que es la que os ha de conducir al perfecto conocimiento de Dios. Cuando comprendáis que en la Creación todo es justo, entonces será cuando adoréis a Dios en Espíritu y verdad, entonces alabaréis su nombre con el hosanna prometido por las religiones, que aún no se ha cantado en la Tierra por la raza humana; las aves son las únicas que lo entonan cuando saludan al astro del día en su espléndida aparición”.

“Recordad siempre que no hay gemido sin historia, ni buena acción sin recompensa. Trabajad en vuestro progreso, y cuando encontréis uno de esos desgraciados, como el Espíritu que ha dado origen a nuestra comunicación, compadecedle, porque tras de aquel sufrimiento tan horrible, le esperan por razón natural muchas existencias dolorosísimas, en las cuales la soledad será su patrimonio, y aunque como os he dicho antes, el Espíritu nunca está solo, al alma enferma le sucede lo que al hombre cuando sale de una enfermedad gravísima, que en la convalecencia está tan delicado, tan impertinente, tan caprichoso, tan exigente, que toda su familia tiene que mimarlo, acariciarlo y prestarle los más tiernos cuidados; y esto mismo exigen los espíritus cuando salen del caos de los desaciertos y comienzan su rehabilitación; entonces quieren el amor de la familia, la simpatía de los amigos, la consideración social, y como no han ganado lo que desean, como no lo merecen, no lo tienen. Y aunque no les falte un ser que les quiera y les compadezca, eso no es bastante para ellos.
Quieren más, y corren anhelantes tras un fantasma que los hombres llaman felicidad, y como el judío errante de la leyenda, cruzan ese mundo sin encontrar una tienda hospitalaria donde reposar”.

“La mayoría de los seres encarnados en la Tierra, sois enfermos convalecientes, y sólo en los espíritus encontraréis los médicos del alma que calmarán vuestra sed devoradora”.
“Estáis cansados y fatigados, tenéis hambre, tenéis frío; reposad un momento, vuestros amigos de ultratumba quieren hacer menos penosa vuestra jornada, demostrándoos con hechos innegables que en la vida infinita todo es justo”.
¿Qué expresaremos después de lo que nos ha dicho el Espíritu? Que estamos  completamente de acuerdo con sus razonadas consideraciones. Por experiencia harto dolorosa tenemos que concederle la razón y repetir con él que la Tierra es un hospital de generaciones enfermas que están pasando la convalecencia. Sólo los espíritus de buena intención son los que pueden conseguir con sus sanos consejos nuestro alivio y regeneración.

Nosotros, hemos debido al estudio del Espiritismo los goces más puros de nuestra vida. Hemos adquirido una profunda resignación y un íntimo convencimiento de que nadie tiene más de lo que se merece. Esta certidumbre es la verdadera, la única felicidad que puede tener el Espíritu en medio de su expiación.

Nosotros, estudiando la Naturaleza, leyendo en ese libro que nunca tendrá fin, admirando la exactitud matemática que tienen sus leyes, trabajamos cuanto nos es posible en nuestro progreso, y cuando la soledad nos abruma, cuando el desaliento nos domina, miramos al cielo, vemos en él los resplandores de la eterna vida y decimos: ¡En la Creación todo es justo!

Amalia Domingo Soler

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