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Amalia Domingo Soler

Amalia Domingo Soler

LA CIENCIA Y EL ESPIRITISMO

Siendo Dios la causa primera de todas las cosas, el punto de partida de todo, el fundamento cardinal sobre el que descansa el edificio de la Creación, es también el asunto que debemos estudiar en primer lugar para entendernos.

Es un axioma elemental que se juzgue la causa por sus efectos, aun cuando la causa no sea visible.

La ciencia va más allá todavía; calcula la potencia de la causa por la potencia del efecto y aún puede determinar la naturaleza de ella.

Así es como la Astronomía, por ejemplo, en conocimiento de las leyes que rigen el Universo ha supuesto la existencia de planetas en ciertas regiones del espacio: se han buscado, se han encontrado los planetas indicados de ese modo, y se puede decir que se han descubierto en realidad antes de haber sido vistos.

En otro orden de hechos más vulgares; quien se encuentra envuelto por una densa niebla, juzga que el Sol ha salido por la claridad difusa que la penetra. Si un ave que se mece en los aires es mortalmente herida, y por consecuencia cae como un cuerpo inerte, se supone que un hábil tirador a quien no se ha visto ni se ve, le ha acertado con su arma mortífera. No siempre es necesario haber visto una cosa para saber que existe, y en todo, por la observación de los efectos se llega al conocimiento de las causas.

Otro principio elemental como el anterior y que pasa por axioma a fuerza de ser evidente, es que todo efecto ordenado debe proceder de una causa inteligente.

Si se pregunta quien es el inventor de tal ingenioso mecanismo, el arquitecto de tal monumento, el escultor de tal estatua o el pintor de tal cuadro, ¿Qué se diría del que contestase que se había hecho solo? Cuando se ve una obra maestra de arte o de industria, se dice que debe ser producto de un hombre de genio, porque sólo una alta concepción puede haber precedido a su confección, se supone sin embargo, que un hombre lo ha hecho, porque se sabe que la cosa no es superior a la capacidad humana; pero a nadie se le ocurrirá el pensamiento de que puede ser producto de la cabeza de un idiota o de un ignorante, y aún menos, que sea el trabajo de un animal o el producto de la casualidad.

En todas partes se reconoce la presencia del hombre por sus obras.

Si se llega a un país desconocido, aunque desierto, si se descubre el menor vestigio de obras humanas, se deduce que está o ha estado habitado por hombres. La existencia de los hombres antidiluvianos no se probaría sólo por la presencia en los terrenos de aquella época de fósiles humanos; sino también, y no, con menor certidumbre, por la de objetos trabajados por los hombres.

Un fragmento de vaso, una piedra tallada, un arma, un ladrillo, bastarían para atestiguar su existencia. Por lo grosero o acabado del trabajo, se reconocería el grado de inteligencia y adelantamiento de los que lo habían hecho.

Si, pues, se encontrase en un país, sólo habitado por salvajes, una estatua digna del cincel de Phidias, no se vacilaría en decir que, siendo incapaces los salvajes, en producir tal maravilla de arte, debía ser obra de una inteligencia superior a la de los salvajes.

Pues bien; mirando cada cual en torno sobre las obras de la naturaleza; al observar la previsión, la sabiduría, la armonía que presiden a todas, se reconoce que no hay ninguna que no sea superior al más alto alcance de la inteligencia humana, puesto que el mayor genio conocido en la Tierra sería incapaz de producir una sola hoja de la hierba más humilde.

Y puesto que la inteligencia humana no puede producirlas, es forzoso que sea el producto de una inteligencia superior a la del hombre. Esta armonía y esta sabiduría que se extiende desde el grano de arena hasta los astros innumerables y de tamaño inconmensurable que circulan en el espacio, hay que deducir que esta inteligencia abraza lo infinito, a menos de admitir que hay efectos sin causa.

La existencia de Dios es por lo tanto un hecho demostrable, no sólo por la revelación, sino también por la evidencia material de los hechos. Los pueblos más salvajes no han tenido revelación, y sin embargo creen instintivamente en la existencia de un poder sobrehumano, porque los salvajes más rudos tienen los elementos del raciocinio que pueden sustraerse a las consecuencias de la lógica; ven cosas superiores a la capacidad de la inteligencia humana y deducen que proceden de un ser superior a la humanidad.

No es dado al hombre sondear la naturaleza íntima de Dios. Temerario empeño sería el de quien pretendiera levantar el velo que le oculta a nuestra vista: nos falta aún el sentido necesario para ello, el cual no se adquiere sino con la completa purificación del Espíritu.

Pero si no puede penetrar su conciencia, dada su existencia con premisas, se puede por el raciocinio, llegar al conocimiento de sus atributos necesarios, porque viendo lo que no puede ser sin dejar de ser Dios, se deduce lo que debe ser.

Sin conocer los atributos de Dios sería imposible comprender la obra de la creación.

Es el punto de partida de todas las creencias religiosas; y por no haberse referido a ellas como el faro que podía dirigirlas, es por lo que la mayor parte de las religiones han errado en sus dogmas.

Las que no han atribuido a Dios la omnipotencia, han imaginado diferentes dioses; y las que no han atribuido la soberana bondad, han hecho de Él un Dios celoso, colérico, parcial, y vengativo.

Dios es la suprema y la soberana inteligencia.

La inteligencia del hombre es limitada, puesto que no puede hacer ni comprender todo lo que existe.

La de Dios que abraza el infinito, tiene que ser infinita. Si fuese limitada en un punto cualquiera, se podría concebir un ser aún más inteligente, capaz de hacer y comprender lo que el otro no hiciera, y así hasta lo infinito.

Dios es eterno; es decir, que no ha tenido principio ni tendrá fin.

Si hubiera tenido principio, es que habría salido de la nada; pero esta nada, que es una pura abstracción del entendimiento, nada puede producir; o bien habría sido creado por otro ser anterior, y entonces este otro ser sería Dios. Si se le supusiera un principio o fin, se podría concebir otro que hubiera existido antes que Él o que pudiese existir después de Él, y así siguiendo hasta lo infinito.

Dios es inmutable.

Si estuviese sujeto a mudanzas, las leyes que gobiernan el Universo no tendrían estabilidad alguna.

Dios es inmaterial.

Es decir, que su naturaleza es diferente de todo lo que nosotros llamamos materia: de otro modo no sería inmutable, porque estaría sujeto a las transformaciones o mudanzas de la materia.

Dios no tiene forma apreciable por nuestros sentidos, pues sin eso sería materia.

Nosotros decimos: la mano de Dios, el ojo de Dios, la boca de Dios, porque el hombre que no conoce cosa superior a Él, se toma punto de comparación de todo lo que no comprende.

Esas imágenes en que se representa a Dios bajo la figura de un anciano de larga barba y cubierto con un manto, son ridículas. Tiene el inconveniente de reducir al Ser Supremo a las mezquinas proporciones de la humanidad: desde lo cual, a prestarle las pasiones de la humanidad y hacer de Él un Dios colérico y vengativo, no hay más que un paso.

Dios es omnipotente.

Si así no fuera, podría concebirse un ser más poderoso, y así siguiendo hasta que se encontrara al ser a quien no se pudiese exceder en potencia, y ése sería el verdadero Dios. No habría hecho las cosas, y las que Él no hubiera hecho serían producto de otro Dios.

Dios es soberanamente justo y bueno.

La sabiduría de las leyes divinas se revela así en las cosas más pequeñas como en las más grandes, y esta sabiduría no permite dudar de su justicia ni de su bondad.

Estas dos cualidades suponen todas las demás: si se las supusiera limitadas, aunque no fuese sino en un punto, se podría concebir un ser que las poseyera en alto grado, y que por tanto sería superior a Él.

Lo infinito de una cualidad excluye la posibilidad de la existencia de una cualidad contraria que la aminoraría o la anularía.

Un ser infinitamente bueno, no puede tener la menor sombra de malignidad, ni ser infinitamente malo, del mismo modo que un objeto no puede ser de un negro absoluto con el viso de blanco, ni un blanco absoluto con el menor viso negro.

Dios no podría ser al mismo tiempo bueno y malo, porque no poseyendo una ni otra cualidad en grado absoluto, no sería Dios; todo estaría sujeto al capricho y no habría estabilidad en nada.

No podría ser por tanto, sino infinitamente bueno o infinitamente malo: siendo infinitamente malo, no podría hacer nada bueno, y como sus obras dan testimonio de su sabiduría, de su bondad y de su próvido amor, hay que deducir que no pudiendo ser a un mismo tiempo bueno y malo, sin dejar de ser Dios, debe ser infinitamente bueno.

La soberana bondad supone la soberana justicia; porque si se tratara injustamente o con parcialidad en una sola circunstancia, o respecto a una sola de sus criaturas, no sería soberanamente justo, y por consecuencia no sería soberanamente bueno.

Dios es infinitamente perfecto.

Imposible es concebir a Dios sin lo infinito de las perfecciones; sin esto no seria Dios, porque se podría concebir un ser que poseyera lo que a Él le faltase; y así para que ninguno le supere, es preciso que sea infinito en todo.

Siendo los atributos de Dios infinitos, no son susceptibles ni de aumento ni de disminución, pues sin eso serían finitos y Dios imperfecto.

Suprímase por el pensamiento una partícula de uno solo de sus atributos y ya no sería Dios, puesto que podría concebirse un ser más perfecto.

Dios es único.

La unidad de Dios es la consecuencia de lo infinito de sus perfecciones.

No podría existir otro Dios sino a condición de ser igualmente infinito en todo; pues de haber entre ellos la más pequeña diferencia, el uno sería inferior estaría subordinado al superior, y éste solo sería Dios.

Si hubiera entre ellos igualdad absoluta, sería desde toda la eternidad un mismo pensamiento, una misma voluntad, un mismo poder; y confundida así su identidad no sería en realidad sino un solo Dios. Si cada cual tuviese atributos especiales, el uno haría lo que el otro no hiciese; y no habría entre ellos igualdad perfecta puesto que ni uno ni el otro tendrían el soberano poder.

La ignorancia del principio de lo infinito de las perfecciones de Dios, es la que ha engendrado el politeísmo, culto de todos los pueblos primitivos, que atribuían a la divinidad todo poder que les parecía superior al de la humanidad.

Más tarde, los progresos de la razón han conducido a confundir todos estos poderes en uno solo; y luego, a medida que los hombres han comprendido la esencia de los atributos divinos, han suprimido de sus símbolos las creencias que envolvían su negación.

En resumen,

Dios no puede ser Dios, sino a condición de no ser aventajado en nada por ningún otro ser; porque el ser que fuera superior a Dios en cualquier cosa que fuese, aunque no montase el grueso de un cabello, ése sería el verdadero Dios, por eso es preciso que sea infinito en todo.

Así es como, comprobada la existencia de Dios por sus obras, se llega por simple inducción lógica a determinar los atributos que le caracterizan.

Dios es, pues la soberana y suprema inteligencia: único, eterno, inmutable, inmaterial, omnipotente, soberanamente justo y bueno, e infinito en todas sus perfecciones, y no puede ser otra cosa.

Tal es el fundamento en que descansa el edificio universal, es el faro cuyos rayos se extienden por el Universo entero, y el único que puede guiar al hombre en la investigación de la verdad. Siguiéndole nunca se extravía, y tantas veces que se ha extraviado, es por no haber seguido el camino que le estaba indicado.

Este es también el criterio infalible de todas las doctrinas filosóficas y religiosas.

El hombre tiene que juzgarlas con una medida rigurosamente exacta en los atributos de Dios; y puede decirse con certidumbre que toda teoría, todo principio, todo dogma, toda creencia, toda práctica que esté en contradicción con uno solo de estos atributos, que tendiera no ya a anularlos, sino a disminuirlos, es un error, está fuera de la verdad.

En filosofía, en psicología, en moral, en religión, sólo es verdad lo que no se aparta un ápice de las cualidades esenciales de la divinidad. La religión perfecta sería aquella cuyos artículos de fe estuvieran de todo punto en consonancia con esas cualidades; cuyos dogmas pudieran sufrir las pruebas de esa confrontación sin menoscabo alguno.

La escuela que reconoce a Dios como causa primera, y admite el progreso indefinido del Espíritu, no pertenece a los sistemas impíos, ni a las científicas aberraciones.

La ciencia está con todos los hombres de buena voluntad. No es la iglesia católica la privilegiada, no; porque para Dios no hay privilegiados.

Todo hombre que le ame en Espíritu y en verdad, todo aquel que cumpla fielmente con su santa ley, y busque en la caridad y en la ciencia el progreso eterno de su alma, ése será siempre grato a los ojos de Dios, sea cual sea la religión que profese.

¡La ciencia es la herencia de Dios, y todos los hombres son sus herederos!

¡La ciencia no posee ni ésta ni aquélla religión, porque llegará a ser un día el patrimonio de la humanidad; y en la sublimidad de la ciencia, está la divinidad de la religión!

Amalia Domingo Soler

La Luz de la Verdad

Amalia Domingo Soler

ESPAÑA

Reflexionemos, sí; detengámonos un momento, y dirijamos una mirada al año 1880 que ha ido a perderse en ese abismo insondable llamado eternidad.

¿Qué ha hecho durante este periodo la raza humana? Lo de siempre, progresar, porque la humanidad siempre progresa; y aunque en pequeñas localidades parece que se estaciona, como para la vida de un planeta el estacionamiento de una nación es una cosa muy insignificante, nada importa que España se quede un poco rezagada, porque como en ella hace mucho tiempo que en sus dominios se puso el sol, y no está llamada a llevar la batuta en la orquesta política del mundo, su atraso no influirá ni poco ni mucho en la marcha ascendente de la humanidad.

Las cuestiones religiosas son sin duda alguna, el barómetro que marca el grado de la civilización de los pueblos, y España en ese sentido siempre ha estado en última línea, porque siempre ha preferido ante todo ser católica romana.

En todas partes hay clero, en todas partes los ministros de Dios pronuncian desde la cátedra del Espíritu Santo, elocuentes discursos; y sólo en España es donde los vicarios de Cristo se presentan más intolerantes, tratando siempre de restringir las modernas libertades; y para demostrar que lo que decimos es cierto, copiaremos algunas palabras del Padre Monsabré y del Padre Almonacid.

El primero ha dicho en París, que la libertad religiosa es la salvaguardia y el coronamiento sagrado de todas las libertades; y el segundo ha dicho en Barcelona, que la gloria de España es la unidad católica y la intolerancia de la Iglesia.

El Padre Dibón dijo en París que el templo no debe pertenecer a ningún partido político; que es de todo el mundo y que cada cual puede arrodillarse en él libremente.

Y un Obispo español el Señor Urquinaona dijo en Tarrasa, que los disidentes de la iglesia católica romana están excluidos de la felicidad eterna, no teniendo otra esperanza que las tinieblas y la condenación.

Ungidos del Señor son los de allá, y ungidos del Señor son los de aquí; pero se conoce que los españoles deberemos llevar el estacionamiento en la masa de la sangre como diría el vulgo; porque hasta nuestros hombres políticos, cuan distintos son de los de la vecina República.

Hagamos comparación entre algunos párrafos de dos célebres discursos, pronunciados el uno por Castelar, y el otro por Víctor Hugo; dice el primero refiriéndose a la conciliación política religiosa a que aspira el pontificado del papa actual:

pues bien; hay que atraerla para nosotros, hay que buscarla con perseverancia porque no conseguiremos poco, si consiguiéramos calmar ciertas inquietudes religiosas y traer la parte más ilustrada del clero, si no a la democracia y a la libertad, a un desistimiento de toda tendencia política y a un espiritualismo capaz de levantar consoladores ideales, sobre las inclinaciones demasiado positivistas de nuestro siglo, que peca cual la civilización romana en sus últimos tiempos de economistas y utilitarios.

De todas suertes el actual momento es el menos oportuno, para reñir con la Iglesia. El sentido que hoy domina en los asuntos religiosos de Francia, me asusta por su carácter Jacobino.

Nosotros no caímos del poder, como todos lo saben, por el nombramiento de Obispos, no renegaremos de nuestras gubernamentales tradiciones, ni desmentiremos las solemnes palabras dichas en nombre de nuestro partido allá en las Cortes, por el más joven y más elocuente de los demócratas históricos.

Iremos a la separación de la Iglesia y del Estado; pero con medida y con seriedad.

Conservaremos el patronato y el presupuesto eclesiástico, si volvemos al poder; y en nombre de la libertad religiosa, en nombre del derecho individual, en nombre del respeto al principio de asociación, dejaremos que los seres tristes, desengañados del mundo y poseídos del deseo de la muerte, se abracen, si quieren a la cruz del Salvador como la hiedra al árbol, y aguarden la hora del último juicio envueltos en el sayal del monacato y tendidos sobre las frías lozas del claustro hasta evaporar su vida como una nube de incienso en la inmensidad de los cielos.

Esto dice Castelar en su notable discurso de Alcira, y veamos lo que dice Víctor Hugo hablando sobre la enseñanza clerical:

¡Ah! ¡Ya os conocemos!

Ya conocemos al partido clerical, partido veterano que ya tiene hojas de servicios. Él es el que monta la guardia en la puerta de la ortodoxia, el que ha encontrado para la verdad esos dos cables, la ignorancia y el error; el que ha prohibido al genio y a la ciencia, ir mas allá del misal, y el que quiere enclaustrar el pensamiento en el dogma.

Cuantos pasos ha dado la inteligencia europea, los ha dado a su pesar; su historia está escrita en la historia del progreso humano, pero escrita al revés; él se ha opuesto a todo.

Él es el que ha hecho azotar a Prineli, por haber dicho que no caerían las estrellas, el que ha aplicado siete veces el tormento a Campanella por haber afirmado que el número de los mundos era infinito, entreviendo el secreto de la Creación; el que ha perseguido a William Harvey por haber probado que circulaba la sangre.

Con el testimonio de Josué prendió a Galileo, con el de San Pablo, aprisionó a Cristóbal Colón; descubrir la ley del cielo era una impiedad; encontrar un mundo una herejía.

Él fue el que anatematizó a Pascal en nombre de la religión; a Montaigne en nombre de la moral y de la religión.

¡Oh! Sí, no hay que dudarlo cualesquiera que seáis ya os llaméis del partido católico, ya seáis del partido clerical, os conocemos, ya hace mucho tiempo que la conciencia humana se revela contra vosotros y os pregunta: ¿Qué queréis de mí? Ya hace mucho tiempo que procuráis poner una mordaza al Espíritu humano.

¡Y vosotros queréis haceros dueños de la enseñanza!

Y no queréis aceptar ni a un solo poeta, ni a un escritor, ni a un filósofo, ni a un pensador, y rechazáis cuanto se ha escrito, descubierto, soñado, deducido, iluminado, imaginado, inventado por los genios; el tesoro de la civilización, la herencia secular de las generaciones es patrimonio común de las inteligencias.

Si el cerebro de la humanidad estuviese a vuestra disposición como las páginas de un libro, lo llenaríais de borrones; tenéis que convenir en esto.

En fin, hay un libro que desde la primera letra hasta la última es una emanación superior, un libro que es para el Universo lo que el Corán para el islamismo; lo que los Vedas para la India; un libro que contiene toda la sabiduría humana iluminada por toda la sabiduría Divina; un libro cual la veneración de los pueblos ha llamado la Biblia.

Pues bien, vuestra censura ha llegado hasta este libro. ¡Cosa inaudita! ¡Los papas han proscrito la Biblia! ¡Cómo deben admirarse los sabios, cómo deben espantarse los corazones sencillos al ver el índice de Roma sobre el libro de Dios!

Y con todo, reclamáis la libertad de enseñanza. Seamos sinceros, entendámonos acerca del género de la libertad que queréis.

Esta libertad es la de no enseñar.

¡Ah! ¡Queréis que os entreguen los pueblos para instruirlos! Está bien; pero veamos, veamos vuestros discípulos, veamos vuestros productos, ¿Qué habéis hecho de Italia? ¿Qué habéis hecho de España? Diez siglos que tenéis en vuestras manos, y en vuestras direcciones, en vuestras escuelas, bajo vuestra férula a esas dos grandes naciones, ilustres entre los ilustres; pues bien, ¿Qué habéis hecho de ellas?.

Voy a decíroslo: gracias a vosotros, la Italia cuyo nombre nadie que piense puede pronunciar sin un inefable dolor filial. La Italia, esa madre de los ingenios y de las naciones, que ha esparcido por el Universo las más brillantes maravillas del arte y de la poesía; la Italia que ha enseñado a leer al género humano, hoy no sabe leer. Sí, la Italia es de entre todos los estados de Europa aquel en que existen menos naturales que sepan leer.

La España magníficamente dotada, la España que había recibido de los romanos su primera civilización, de los árabes su segunda y de la Providencia, a pesar de vosotros, un mundo, la América: la España ha perdido gracias a vosotros, gracias a vuestro yugo de embrutecimiento, que es también yugo que degrada y que aminora, la España, digo, ha perdido el secreto del poder que había tomado de los romanos, el genio de las artes que le inspiraban los árabes y el mundo que le había regalado Dios, recibiendo la inquisición de vuestras manos a trueque de todo aquello que le habéis hecho perder.

La inquisición, que ciertos hombres de partido procuran rehabilitar hoy con cierta timidez pública que yo les aplaudo.

¡La inquisición que ha quemado a cinco millones!

Leed la historia: la inquisición exhumaba los muertos para quemarlos como a herejes, testigo de ello es Urgel, Arnauld y el Conde de Focalquier; la inquisición que declaraba a los hijos de los herejes hasta la segunda generación, infames e incapaces de honores públicos, exceptuando sólo aquellos, que hubieran denunciado a sus padres, la inquisición que en este momento mismo tiene aún sellados con el sello del índice en la biblioteca papal los manuscritos de Galileo.

¡Pero con todo para consolar a la España de lo que le quitábais, le regalábais el sobrenombre de católica!.

¿Queréis saberlo?

Vosotros habéis arrancado a uno de sus más grandes hombres, ese doloroso grito que es vuestra mayor acusación: prefiero que sea la grande a que se llame la católica.

Aquí tenéis vuestras obras maestras: habéis apagado ese foco que se llama Italia; y habéis minado ese coloso que se llama España; ceniza es la una, y la otra escombros.

Ved lo que habéis hecho de esos dos grandes pueblos. Ahora bien, ¿Qué es lo que queréis hacer de la Francia?

¡Que diferencia entre Castelar y Víctor Hurgo!

Son quizás los dos hombres más grandes de nuestra época por su maravillosa elocuencia, por su genio sin rival, pero el tribuno español aún no quiere separarse de las sacristías, en tanto que el primer poeta de Francia lamenta la ruina de España y no quiere para su patria tan triste porvenir.

Como se ve los españoles no lo podemos remediar; somos un pueblo estacionado, y nuestros oradores políticos y religiosos no quieren salir del estrecho círculo de la ortodoxia.

Ciertamente se debe respetar la oración espontánea y a la verdadera piedad; pero la penitencia es indigna si es mentida, y es inútil y aunque buenamente se haga; porque el hombre que se entrega a la penitencia es un suicida, el Espíritu progresa en el movimiento de la vida, no en la inercia de la muerte; se debe respetar lo que es digno de respeto, y por triste experiencia sabemos los españoles lo que es la dominación de esos seres tristes, desengañados del mundo y poseídos del deseo de la muerte.

Cierto que desean la muerte, pero es la muerte del progreso lo que ellos desean, y aunque deben respetarse todos los ideales, pero como es obra de misericordia, enseñar al que no sabe, creemos que los libres pensadores debemos decir cual es la verdadera religión, que es amar a Dios sobre todas las cosas, y a toda la humanidad sin distinción de razas ni colores, y para practicar esta religión no es necesario éxtasis ni penitencias; esta religión la describe muy bien Víctor Hugo diciendo:

es la hermana de la Caridad a la cabecera del moribundo;

es el hermano de la Merced rescatando al cautivo;

es Vicente de Paul recogiendo al niño expósito;

es el obispo de Marsella en medio de los apestados;

es el arzobispo de París adelantándose con la sonrisa en los labios hasta el formidable arrabal de San Antonio, levantando su crucifijo por encima de la guerra civil, enfrentando la muerte para conseguir la paz.

Esa es, la verdadera enseñanza religiosa real, profunda, eficaz y popular:

la que felizmente para la religión y para la humanidad conquista para el cristianismo más corazones, que los que aleja de él la conducta de la generalidad de los iniciados en los misterios de la religión.

Nosotros que somos muy amantes del progreso lamentamos de veras el estacionamiento de España; porque esto impedirá por algún tiempo el natural desarrollo que debía tener en el suelo español, la escuela filosófica espiritista racionalista; mas si por un momento una nube de tristeza envuelve nuestra mente, pronto se disipa, porque reflexionamos y decimos:

¿Qué es un grano de arena ante millares de mundos?

¿Qué es un punto negro ante millares de soles?

¿Qué es España con su fanatismo religioso ante el progreso universal?

¡Menos que el grano de arena ante los mundos!

¡Menos que el punto negro ante los soles!

¿Qué es una fracción de la humanidad alucinada durante algunos siglos? Si en la eterna supervivencia del Espíritu éste ha de progresar, si no de grado por fuerza.

Porque si le falta iniciativa las circunstancias de su época le empujan y lo hacen entrar en nuevos senderos quiera o no quiera, y cuantas veces vemos a algunos hombres apegados a las rancias costumbres, y sin embargo obedeciendo a un algo superior a su voluntad, son apóstoles de una idea nueva, y durante cierto tiempo es suficiente para dejar sembrada la semilla del adelanto.

A veces retroceden a su estacionamiento, pero como la luz difundida ya no la pueden oscurecer, el bien y el progreso que han proporcionado a los demás sirve de provecho a los que lo han recibido y aquel adelanto colectivo se refleja siempre sobre su individualidad; y a pesar suyo, los espíritus reacios, los que están adheridos a los terruños de la ignorancia oyen de vez en cuando la voz del Señor que les dice:

¡Despertad! Seguid el movimiento armónico de la Creación.

Nada hay inamovible en la naturaleza, vosotros no podéis oponeros al cumplimiento de mis eternas leyes.

Si libre albedrío os concedí dentro de la esfera de una vida lógica y racional, no lo tenéis para permanecer eternamente en el mal.

¡Libres sois para escalar los cielos!

¡Libres sois para pedir a la ciencia los secretos del infinito!

Pero no sois libres para descender a los abismos de la ignorancia mil y mil veces.

¡Para el progreso no tenéis límites! ¡Mi creación es vuestra!

Pero para el mal mis propias leyes detendrán vuestro paso.

Así es, considerando el progreso como la ley inmutable de la naturaleza no nos apesadumbra el estacionamiento de algunos pueblos, mucho más, que nosotros no consideramos patria éste o aquel rincón de la Tierra, nuestra patria no es este Planeta, es más bien el Infinito.

Nuestro único deseo es buscar la luz de la razón.

Encontramos a Dios en la caridad y en la vivencia, y tratamos de progresar porque verdad no hay más que una:

Dios dando vida a la naturaleza por medio de su amor, y los hombres deben amarse porque la atracción es la ley universal.

El amor es la atracción de las almas y la atracción es el amor de los cuerpos o como dice Flammarion:

el amor debe sentirse por todo lo creado, demostrándose por esa protección mutua que debe establecerse entre los hombres, que el fuerte sea la sombra del débil, y muchos débiles el sostén del fuerte.

Queremos la fraternidad universal porque sin ella la civilización es un mito; pero tenemos completa confianza en el porvenir; y mientras más reflexionamos más nos convencemos de que el mañana es espléndido.

Las viejas sociedades heridas de muerte luchan en el estertor de la agonía, al fin exhalarán su último suspiro y en sus tumbas, las modernas sociedades dirán:

¡Dormid en paz, espectros de otros siglos!

¡Piérdanse en el olvido vuestro consejo y tradiciones!

¡Húndanse vuestros vetustos templos!

¡Que con las catedrales de la naturaleza tienen los hombres bastante para elevar a Dios sus plegarias!

Sí, sí; ¡El porvenir de la humanidad es una eterna sonrisa!

El hombre nunca es huérfano ni desheredado; ¡Dios es su padre! ¡El trabajo es su patrimonio! ¡El progreso su gloria! ¡La inmortalidad su vida! Con esos bienes imperecederos nadie puede llamarse desgraciado.

Reflexionemos dijimos al principio de nuestro artículo; y hemos reflexionado, y la nube de tristeza que envolvía nuestra mente se ha disipado como se disipan las nubes ante los rayos del sol.

¿Qué es el estacionamiento de un pueblo ante la eterna vida de los mundos?

¿Qué es el atraso de unos pocos ante el adelanto de muchos?

¡Progreso indefinido! ¡Redención por medio del trabajo!

¡Tú!…¡ Tú eres el porvenir de la humanidad!

Amalia Domingo Soler

La Luz de la Verdad

Amalia Domingo Soler

TODO SE PAGA

Un lecho de flores

Desde que estudiamos el Espiritismo, nos hemos convencido de que ningún delito queda impune, que se paga ojo por ojo, y diente por diente; ley justa como todas las leyes que de Dios emana; por que en Él, es tan inmensa la justicia, como su amor, son las dos líneas paralelas que ha recorrido, recorre y recorrerá eternamente.

Quien tal hizo que tal pague, a cada uno según sus obras, lo que no se gana no se obtiene, quien siembra vientos recoge tempestades; aforismos son estos que siempre nos han impresionado, porque hemos visto que eran la síntesis de la verdad suprema; y este conocimiento se ha aumentado conforme hemos ido estudiando las comunicaciones de los espíritus que tanta luz arrojan sobre determinadas historias; y en prueba de que es cierto lo que decimos, vamos a ocuparnos de la vida de un hombre que paga en esta existencia los crímenes que cometió en una de sus encarnaciones pasadas; pero antes de referirlos leamos una carta de una hermana de este desgraciado, que por Mayo último nos escribió diciéndonos entre otras cosas lo siguiente:

Toda mi familia ha sido de ideas avanzadas: mi abuelo murió a manos de los enemigos de la luz; mi padre también estuvo prisionero sufriendo todas las iniquidades de los secuaces del oscurantismo, mi hermano peleó defendiendo la libertad de su patria, luego le acusaron de haber cometido una muerte, y en prisión preventiva estuvo más de seis años, dos testigos le reconocieron inocente, y estos mismos sobornados y pagados por el verdadero asesino declararon después bajo juramento solemne que mi hermano era culpable; y este infeliz ha sido condenado a diecisiete años, seis meses y un día de prisión mayor, y hoy ya está en uno de los peores presidios de España confundido entre delincuentes sin corazón y entre criminales sin conciencia, siendo él, inocente por completo.

Cuando se despidió de mí, pronunció las blasfemias más terribles, negó la existencia de Dios, y añadió que si existía, sancionaba las más horribles injusticias; mas yo que miro las cosas y los acontecimientos bajo otro prisma, creo que Dios es justo, y que mi hermano, si bien ahora es inocente, otros crímenes habrá cometido en anteriores encarnaciones, que hoy paga, en cumplimiento de una ley desconocida para muchos, pero no para mí.

Quisiera ser médium para preguntar a los espíritus la causa de la expiación que hoy sufre mi desgraciado hermano, cuya vida actual, créame Vd. amiga mía, ha sido humilde y honrado, completamente inofensivo, y de esto están convencidos todos los de nuestro pueblo, donde nació y vivió mi infeliz hermano, (digno de mejor suerte).

Yo le ruego, amiga mía, que pregunte a algún Espíritu a ver que le dice, porque temo que mi hermano pierda la razón, si el Espiritismo no tiende sobre él sus alas benéficas.

Está completamente desesperado; yo le envío libros y periódicos espiritistas, y con esto he conseguido que se calme a intervalos; a ver si Vd. puede averiguar sobre este asunto para tranquilizar en lo posible a un ser inmensamente desgraciado.

Mucho nos impresionó la lectura del anterior fragmento, pues si bien se considera, debe ser horrible, (siendo inocente) verse condenado a vivir entre criminales gran número de años, sufriendo todas las vejaciones y los insultos que prodigan los seres sin sentimientos y sin educación, condenado a trabajos superiores a sus fuerzas y sobre todo, considerarse deshonrado ante la sociedad sin haber dado motivo para ello ni en pensamiento ni en obra; esto deberá exasperar tanto, amontonará tantas nubes cargadas de electricidad sobre el cerebro, que éste deberá funcionar con rapidez tan inusitada que concluirá por romperse, o quedará inútil para raciocinar, proviniendo la locura como justa consecuencia de una lucha superior a las débiles fuerzas humanas.

¡Verse separado del hogar paterno donde era amado y considerado, porque era comprendido, renunciar a las dulces satisfacciones de la vida, a esos goces más o menos fugaces que nos brindan la amistad y el amor, dar un adiós a todo lo bello, a todo lo risueño y halagador, para hundirse en el caos, en el abismo más insondable, ¿Y todo por qué? Por la torpeza de los jueces de la Tierra, por la infamia de unos calumniadores pagados a buen precio, verse condenado un inocente a aparecer como un miserable, sin que ya pueda nunca borrarse de su frente el estigma infamante del presidiario…!

¿Qué hombre honrado no enloquece en semejante situación? Se necesita una gran fuerza de voluntad y un íntimo convencimiento de la vida de ultratumba para no atentar contra sus días el que es víctima de jueces ineptos y de tristísimas apariencias.

Convencidos de que haríamos un gran bien a un desgraciado, tratando de saber la causa de su martirio, hicimos presente al Espíritu que nos guía en nuestro trabajo la anterior historia, rogándole que no para satisfacer curiosidad, sino para consolar a un infortunado, le pedíamos que nos dijera, si le era posible, el porqué de tan inmensa desventura, y el Espíritu, compasivo y complaciente, nos contestó lo que a continuación insertamos:

“Cuando las peticiones son justas, tenemos los desencarnados una sagrada obligación en contestaros y en haceros ver la innegable justicia de Dios; que muchas veces se desconoce en la Tierra porque es necesario que así sea; pero como a todo aquel que llama a la puerta de lo desconocido, se le franquea la entrada, como a todo el que pide luz, se le conduce al centro del sol de la verdad, por eso yo no titubeo en darte algunos pormenores sobre la vida pasada de ese infeliz que hoy gime en una prisión porque es el único lugar que le pertenece, puesto que vino a la Tierra con el firme propósito de pagar una de sus deudas.

El que en esta existencia ha ocupado siempre una modesta posición social, fue en una de sus encarnaciones pasadas un juez de gran nombradía, D. Álvaro de Zúñiga. Era un perfecto caballero de gentil postura, modales distinguidos, finísimo trato, y al parecer de tan recta conciencia, que era el llamado y el elegido para sentenciar las causas más difíciles, y los jueces más probos y más entendidos sometían a su examen los fallos de sus pleitos, de sus defensas y acusaciones; y lo que él sancionaba era admitido sin apelación.

La vida de D. Álvaro de Zúñiga era ejemplar, jamás la calumnia había podido mancharle con su aliento, modelo de buenísimas costumbres, nadie podía tildarle en lo más leve, generoso con los pobres, no se desdeñaba en atenderles y aconsejarles y de hacerles ganar en sus litigios; así es que su fama y renombre era universal. Enemigo al parecer de las riquezas, vivía modestamente, pero en el fondo de su conciencia era ambicioso de bienes terrenales y de consideración social, envidiaba a los próceres sus palacios de mármol, sus títulos y condecoraciones.

La duquesa viuda de San Lorenzo le encargó el arreglo de su testamentaria distinguiéndole con las más delicadas atenciones, colmándole de valiosísimos presentes, confiándole sus más íntimos secretos y encargándole además de la dirección de sus hijos.

Cuando D. Álvaro salía del palacio de la duquesa se sentía trastornado. Aquella numerosa servidumbre que a su paso se descubría respetuosamente le halagaba muchísimo, aquel lujo deslumbrador, aquellas comodidades sibaríticas, aquellas inmensas riquezas que pasaban por sus manos representadas por los títulos de propiedad de pueblos enteros, le hacían pensar y decir: ¡Todo esto puede ser mío! La duquesa me admira, de la admiración al amor no hay más que un paso; esta mujer es la que me corresponde, no la que tengo sencilla y humilde que nunca me ha comprendido, y que por lo tanto si no me ha hecho desgraciado, tampoco me ha hecho feliz; gran parte de mi vida he vivido para los otros, justo es que algunos años viva para mí; y siguiendo el curso de sus ideas pensó deshacerse de su esposa, cuanto antes mejor.

Entre los muchos que frecuentaban su casa iba un sobrino de su esposa, el aturdido Tristán, joven un tanto libertino que más de una vez había sido reprendido duramente por D. Álvaro, pero gracias al parentesco político que los enlazaba, no por ello se alteraban las buenas relaciones que los unían; mucho más que Teresa esposa de D. Álvaro y tía, de Tristán, intercedía siempre por el joven calavera que, aparte de sus locuras, tenía un gran corazón.

Poseía D. Álvaro una quinta donde su esposa pasaba largas temporadas por ser muy endeble su salud y necesitar de los aires del campo. Su marido la visitaba a menudo, y una mañana que muy temprano regresaba a la ciudad, se vió detenido por un criado que corría presuroso para decirle que su esposa se había puesto repentinamente enferma; volvió a la quinta y efectivamente encontró moribunda a la infeliz Teresa, gracias a la eficacia del veneno que él había dado en una empanada la noche anterior.

La pobre mártir murió en sus brazos, cuidando D. Álvaro de estar solo con ella en sus últimos momentos, llamando después a los criados, y en presencia de ellos registró un armario de su esposa donde encontró un paquete de cartas amorosas firmadas por Tristán que aconsejaba a su tía que se fugase con él, y que de no hacerlo, se vengaría de sus desvíos cortando el hilo de sus días, mostrando D. Álvaro la declaración que su esposa hizo por escrito, poco antes de morir, en la cual decía: Muero envenenada por mi sobrino Tristán.

Álvaro de Zúñiga era de estos seres que pasan por impecables en el mundo, y en cambio Tristán era un libertino que pasaba parte de su vida en garitos y lupanares, así es, que nadie llegó a sospechar ni por un segundo que fuera D. Álvaro el verdadero asesino, y la opinión pública acusó a Tristán que estaba inocente de semejante delito, y que nunca había mirado a Teresa con impuros deseos, y sí únicamente con el respeto y cariño que se mira a una madre tolerante y condescendiente como era Teresa para su sobrino Tristán.

Las cartas las escribió D. Álvaro con letra tan admirablemente falsificada que no dejaba lugar a la duda, y la acusación plena cayó sobre Tristán que creyó volverse loco, y que por más que hizo no pudo probar su inocencia y fue condenado a galeras por toda su vida, mientras D. Álvaro que asesinó villanamente a su esposa, y que guió su mano en los postreros momentos haciéndole escribir lo que él mismo trazaba ahogando sus gritos con su férrea mano, aparentó sentir el pesar más profundo, su luto no tenía término, yendo muy a menudo al cementerio donde rezaba fervorosamente, hablando de continuo a la duquesa de su inolvidable compañera.

La noble dama cayó en la red que tan astutamente le tendió D. Álvaro que permaneció dos años viudo, casándose después con la duquesa de San Lorenzo que confiada y sencilla, encumbró a las altas esferas del poder a un miserable asesino, que no tuvo el menor remordimiento de su crimen. Estaba tan satisfecho de sí mismo, se creía tan superior a los demás, que nunca consagró un recuerdo compasivo al inocente que vivía en galeras; creía por el contrario que había librado a la sociedad de un perdido, y en cuanto a su esposa, siempre enferma y además estéril, creía que era un ente inútil, una rama seca del árbol social, que nada se había perdido con desprenderla del tronco de la vida.

Jamás turbó su sueño un recuerdo penoso, se creyó grande entre los grandes, su ambición no tuvo límites, se creyó tan superior a sus contemporáneos, que todos los altos puestos que ocupó le parecían pequeños. Desplegó gran inteligencia desde las altísimas esferas del poder, supo ocultar su desmedida ambición apareciendo ante el mundo como un ser casi perfecto, y murió rodeado de todos los honores que proporciona en la Tierra una inmensa riqueza y un profundo talento.

Pudo engañar al mundo, y engañarse a sí mismo mientras estuvo en un planeta donde el engaño impera; pero en el espacio caen todas las vendas, y ¡El asesino escucha una voz fatídica que murmura constantemente a su oído ¡Asesino!… ¡Asesino!… D. Álvaro la escuchó vio a Teresa y a Tristán erguidos y amenazadores, vió la espantosa realidad; no había hecho una sola obra buena, así es, que no pudo encontrar espíritus agradecidos, porque si muchas veces obró en justicia, no la hacía pensando en el bien ajeno, sino en el suyo propio; amparó a los pobres en sus cuitas para que estos le dieran popularidad, sólo trabajó para sí, por eso se encontró solo, y sólo sus víctimas mudas e implacables le acompañaban de continuo.

Deshecho por la realidad su castillo de naipes, se avergonzó de sí mismo, y se dispuso a pagar ojo por ojo, y diente por diente, y cuando se encontró dispuesto a sufrir la expiación que hoy sufre, cargó sobre sus hombros la cruz que hoy le abruma con su peso, y azarosa será toda su existencia, porque es preciso que pague hasta el último cuadrante.

Leo en tu pensamiento la pregunta que quieres hacerme: Si todo es efecto de una sabia ley, no existe la injusticia.

En realidad no existe, pero como nadie sabe ni su vida pasada, ni la de otros, se hace cada cual responsable de sus actos, que nadie es necesario para castigar a otro; cada uno se basta para castigarse a sí mismo; se castigan los suicidas, los que nacen imperfectos, los que pierden la razón, los que se apartan del trato social y viven cenobíticamente, los que se martirizan con ayunos y maceraciones, todos esos se proporcionan dolores que en justa reparación les pertenecen, y ha habido casos de cometerse un asesinato y no encontrar al asesino y presentarse un inocente a la justicia declarándose culpable, pidiendo la muerte para libertarse de horribles remordimientos y dejar de ver sombras amenazadoras.

Nadie está obligado por fatalismo a ser el verdugo de otro, la eterna justicia no necesita de instrumentos inocentes.

Dios tiene  el tiempo y el progreso indefinido del Espíritu, que cuanto más avanza, hila más delgada la tela de sus actos, y, te lo repito, él mismo se juzga y se condena: lo que hace ese Espíritu es buscar su centro de atracción, y así como entre vosotros los sabios se desdeñan de tratar con ignorantes, y las mujeres honradas huyen del contacto de las rameras, buscando cada cual sus espíritus simpáticos; así el Espíritu para pagar sus deudas busca planetas habitados por seres miserables donde las injusticias son la moneda corriente, pero el Espíritu decidido a progresar se salva de todas las impurezas que le circundan y se eleva como la columna de humo para no mancharse con el cieno que le rodea.

El obrar mal no es necesario en ningún planeta, el Espíritu tiene libre albedrío para desarrollarse dentro de la esfera que él mismo se ha formado, así es, que todo criminal es responsable de sus actos, aun cuando con ellos castigue a un delincuente, él no sabe que castiga a otro, él no ve más sino que hunde en la desesperación a un inocente.

Cuando te pregunten los impacientes

¿Y por qué no se recuerda lo que uno ha sido en sus pasadas encarnaciones?

Contéstales que sería imposible el curso tranquilo de la vida, que si se vieran cara a cara y frente a frente todos los enemigos que se han causado graves perjuicios y pérdidas considerables; los padres morirían asesinados por sus hijos y éstos en ocasión serian devorados por sus madres, pues la prueba se tiene bien clara que aún sin conocerse, ignorando unos y otros el daño que se han causado, ¡Cuántos crímenes se cometen! ¡Cuántos gozan y disfrutan, mientras otros por su causa gimen en el cautiverio!.

Tu pregunta mental me ha separado algún tanto del objeto que me propuse al contarte la causa que ha producido el castigo que hoy deplora ese infortunado; dile pues para su tranquilidad, que todo es justo; que los grandes dolores, que esas existencias condenadas a horribles sufrimientos, son el resultado de múltiples abusos, las consecuencias de bastardas ambiciones, el fruto sazonado del más refinado egoísmo; que el que al vivir no piensa más que en sí mismo amontona sobre su cabeza espantosas tempestades, y atrae el rayo destructor que concluye con su existencia o le arrebata su dulce reposo, lo que es aún mucho peor.

Mucho más pudiera decirte, pero basta con lo dicho para hacerle comprender a ese desgraciado que no sufre ninguna injusticia, y paga por el contrario una de las grandes deudas que ha contraído su Espíritu en la serie de encarnaciones que ha habitado en la Tierra y en otros mundos de análogas condiciones.

Adiós.

He aquí una comunicación que da una útil enseñanza, no sólo al interesado que la ha pedido, sino a todos aquellos que sean víctimas de sus pasados errores.

Procuremos en cuanto nos sea posible no adquirir responsabilidades, para evitarnos esas expiaciones que no por ser merecidas dejan de ser ¡Verdaderamente horribles!.

No edifiquemos la casa de nuestra dicha sobre el dolor ajeno, no tratemos de aparentar lo que no somos, porque los engañados seremos nosotros.

Es indudable que la vida es eterna, que todos nuestros hechos componen nuestro patrimonio. Feliz aquel que al penetrar en el espacio, puede decir mirando a su pasado y contemplando su porvenir.

Ayer a nadie hice sufrir; mañana seré feliz en los mundos de la eterna luz.

Amalia Domingo Soler

La Luz del Camino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Amalia Domingo Soler

LAS DOS GOTAS DE AGUA

Hemos conocido casi simultáneamente a dos niñas que tienen con pequeña diferencia la misma edad y bastante parecido en su bella figura, llevando las dos el nombre de Mercedes.

Las dos son blancas, rubias y delicadas; las dos tienen el rostro que parece una verdadera miniatura, tan menuditas y bien delineadas son sus facciones; y sin embargo de haber entre las dos tal semejanza

¡Qué distinto es su destino en la actualidad!

Hemos visitado la casa de ambas, y a cuantas consideraciones se presta el contraste que forman el palacio de la una y el tugurio de la otra; hasta la hora de nuestra visita guardó armonía con la distinta morada que visitamos.

En una hermosa mañana de estío, después de recorrer una gran distancia, bajamos ante una iglesia situada en las afueras de Barcelona, seguimos una carretera sombreada por copados árboles, convertida, puede decirse, en calle céntrica por las muchas casas de campo, torres o quintas que a porfía ofrecen a la vista del viajero, jardines a la inglesa, bosquecillos y cenadores cubiertos de verdes y floridas enredaderas; en una de estas torres vive Mercedes B. que ha visto florecer los almendros seis o siete veces; nada más risueño ni más alegre que aquella casa rodeada de acacias, de árboles frutales, huerto, con una hermosa fuente en medio de un canastillo de flores, cenador espacioso con vistas al camino, todo lo necesario en fin, para recrear y esparcir el ánimo, y allí acompañada de unos padres amorosísimos, de hermanos complacientes y de fieles servidores, vive Mercedes B. corriendo, saltando y jugando, recibiendo continuamente caricias de unos y de otros, prodigándolas ella a los gatos y conejillos que reciben el alimento de sus pequeñas manos, formando con ella familia aparte; pues para dejarla disfrutar, come ella sola en el piso bajo en una pequeña y rústica mesita a la que siempre tiene por convidados uno o dos gatitos; sumamente sensible, incapaz de hacer daño a una hormiga, amantísima de las muñecas, sin lamentar la menor contrariedad, sin ver en torno suyo más que dulces sonrisas, la vida de Mercedes en la actualidad es un idilio encantador, sus lindos ojos revelan una perfecta satisfacción, para ella son desconocidos todos los dolores, sólo piensa en jugar, en correr, en acariciar a sus muñecas y a sus gatos, y en pedirle a su padre todos los juguetes que sueña su infantil deseo.

Al anochecer de un día de otoño, después de cruzar calles y callejones de la parte antigua de Barcelona entramos en un callejón hediondo cuyas casuchas con puertas bajas y estrechas, presentan el aspecto más pobre y más repulsivo por la oscuridad que reina en sus escaleras de caracol y el hedor que exhalan, pues cada portal o zaguán es un depósito de inmundicias.

En una de las casas de más pobre apariencia, vive Mercedes R. que ya ha cumplido seis primaveras: nada más delicado ni más simpático que su figura; cuando llegamos la encontramos en la puerta de su casa, sin zapatos ni medias, con unos cuantos jirones de percal rodeando su esbelto talle, que algún día debieron ser un vestido, con el cabello que lo tiene rubio y muy fino, en completo desorden, sus hermosos ojos miran con ese recelo con que miran los niños pobres que siempre temen ser reñidos o castigados; cuando nos vió oprimió contra su pecho un cestito medio roto, dentro del cual había una taza y una cazuela pequeña; llamó a su madre y se fue corriendo a recoger un poco de sopa en una casa de la misma calle.

La madre de Mercedes nos hizo subir por una estrechísima escalera de caracol, y entramos en un aposento donde la miseria demostraba todos sus horrores; una cama de bancos y tablas con un jergón y una sola sabana, una cuna con un jergoncillo y un pedazo de lienzo moreno, un catre con un jergoncito roto y una manteja de lana oscura, una cómoda vieja, dos o tres sillas desvencijadas y un candil colgado de un clavo completaban aquel típico mueblaje; una mujer joven y enferma con una niña de pocos meses en sus brazos, nos hizo los honores de la casa: era la madre de Mercedes que nos contaba sus cuitas diciendo:

Yo no sé lo que será de mí con tres hijos, ya ha visto Vd. la mayor, tengo otro de cuatro años que vive de milagro porque tiene la solitaria y esta pequeñita.

Yo con una enfermedad incurable; mi marido ya sabe Vd. la muerte que sufrió: primero le tuve medio loco, después le cogió un carro, le cortaron las dos piernas, y al fin murió en el Santo Hospital.

Mi Mercedes me dice que quiere verme contenta porque siempre me está oyendo decir que voy a buscar en la muerte el fin de mis penas, y al oír esto mi Mercedes llora y me dice: Bueno, si tú quieres, nos tiraremos las dos al pozo.

¡Qué diferencia entre estas dos niñas!

Casi de la misma edad, de gran parecido en su figura, del mismo nombre; son dos gotas de agua, la una formada con el rocío de la mañana, la otra con el llanto del dolor.

No se han visto la una a la otra; pero la caridad las ha puesto indirectamente en relación; el padre de Mercedes B. al llegar la fiesta del nombre de su hija, en nombre de ésta ha querido socorrer a una familia pobre; le hablamos de Mercedes R. y por mediación nuestra envió a su infeliz madre veinticinco pesetas.

¡Qué alegría recibió aquella infeliz! Con qué santa satisfacción exclamaba: ¡Ay! Qué contenta se va a poner mi Mercedes; va descalza y le compraré unos zapatos y a su hermano también.

Si viera Vd. qué pena me daba de que llegara el día de la virgen y mi pobre hija no pudiera celebrar su santo… El año pasado ya no pudimos celebrarlo, estaba recién muerto su padre ¡Bendito sea Dios que ha tenido piedad de mí!

Que aspecto tan triste presentaba aquella casa, la infeliz mujer se empeñó en enseñarnos todos sus rincones, y al entrar en la cocina vimos los hornillos apagados, señal indudable de la mayor miseria, ni frutas, ni legumbres, nada revelaba allí el movimiento de la vida.

La pobre mujer comprendió nuestra extrañeza y nos dijo sonriendo tristemente: En mi despensa no se encuentra más que esto (y nos enseñó medio pan) y no siempre, mis hijos tienen tan buen apetito que todo se lo comerían; pero lo escondo y así consigo que dure más tiempo.

Melancólicamente impresionados salimos de aquella pobre morada, y sin podernos explicar la causa, las niñas, las dos Mercedes, viven en nuestra memoria; la una sonriente, cariñosa, confiada, jugando con su gran sombrero de paja, adornado con una escarapela color grana, llevando el cabello cuidadosamente recogido para que no se le enrede, rodeada de árboles, de flores, de luz!… y la otra desnuda, despeinada, mirando recelosamente, oprimiendo contra su pecho un cestito roto, rodeada de casuchas miserables en un callejón hediondo… y estas dos niñas aún no han pecado, aún su pensamiento virgen no ha fraguado la innoble calumnia, son dos ángeles que aún no han perdido sus blancas alas.

¿Porqué la una revolotea entre flores, y la otra abatiendo su vuelo se desliza cautelosamente pisando con sus pies desnudos el inmundo cieno?

¿Qué religión podrá decirnos porqué si las dos nacieron con la misma inocencia, la una es tan dichosa y la otra tan desgraciada? ¿Dónde está aquí la justicia de Dios?

Esa misma pregunta que tú haces, la hice yo muchas veces en la Tierra: (nos dice un Espíritu).

Pertenecí a la última capa social, era hijo de un trapero que más tarde fue asesino; frente a mi humilde morada se alzaba un palacio gigantesco, y en sus espaciosos jardines jugaba alegremente un hermoso niño; tenía mi misma edad e idéntico nombre, y como la niñez es verdaderamente democrática, mi noble vecino no se desdeñaba cuando estaba de buen humor, de hacerme entrar en sus jardines y dejarme jugar con sus arcos, sus caballos y sus coches.

Yo, como es natural, me deleitaba en aquel sitio encantador y siempre estaba deseando que Luis me llamara, el que llegó a tomarme bastante cariño y yo a él; perecíamos hermanos, y a pesar de que mi pobre madre no se cuidaba ni poco ni mucho de mí, mi figura era tan distinguida, que sólo con que me lavase yo mismo y me vistiera de limpio, era tan hermoso como mi aristocrático vecino, el que pasados los primeros años de su infancia, ingresó en un colegio y sólo venía a su casa por las vacaciones.

Yo, mientras tanto, a despecho de mi padre quise aprender un oficio, y entré de aprendiz en una carpintería que había en la misma calle, así es, que mientras trabajaba miraba el palacio de mi amigo Luis, y siempre que podía entraba en los jardines, y como el portero ya me conocía no se cuidaba de mí, mucho más que sus hijos me querían y mi diversión predilecta era irme los días festivos a una pequeña isleta rodeada de un lago donde había peces en abundancia, algunos patos y varios cisnes a los que daba todo el pan de mi merienda; mi padre se enfadaba porque nunca me gustaba ir con él, mi madre que al darme a luz se había quedado como idiota, no se mezclaba en nada, vivía automáticamente.

Mientras yo avanzaba más en años, más afán tenía por estar en casa de Luis, y mi júbilo fue inmenso cuando un día entré con mi maestro en uno de los salones de dicho palacio para componer un mueble.

Tendría yo entonces unos catorce años, y al verme dentro de aquellas lujosas habitaciones experimenté una sensación inexplicable y me quedé atónito contemplando las galerías de retratos de familia, llamándome vivamente la atención el retrato de un apuesto caballero, al que no me cansaba de mirar por estar cubierto con una gasa negra.

¡Quién me dijera entonces que contemplaba mi propio retrato de otra existencia!

Mi padre cometió un crimen y fue castigado con cadena perpetua, pero pudo evadirse y nunca supe más de él; mi madre murió y yo me quedé solo en la Tierra siguiendo mi oficio. Luis todos los años venía a su casa y siempre me hablaba afectuosamente.

Yo, por mi parte, le miraba a veces con dolorosa envidia y decía:

¿Porqué ha de haber esta diferencia entre los dos?

El tan feliz con su padre que es un bravo general, poseyendo títulos antiquísimos de nobleza, su madre tan distinguida y tan amorosa, y yo… yo con la misma belleza física que él, pues cuando niños su misma madre decía que perecíamos dos gotas de agua, tan idéntica era nuestra figura

¡Y qué opuesto nuestro destino!.. Mi padre un ser ignorante, innoble, dominado por las más bajas pasiones, concluyendo sus días Dios sabe donde; mi madre una infeliz idiota que jamás me prodigó una caricia, y yo solo en la Tierra aprendiendo un oficio que encontraba pesado, y tan pesado lo encontré, que decidí seguir la carrera de las armas, porque vi a Luis con su precioso uniforme de guardias del Rey, y aunque le envidiaba, al mismo tiempo le quería; dominaba más en mí el cariño que la envidia, le pedí protección demostrándole mi deseo de servir a sus órdenes: él accedió gustoso y llegué a ser el mejor soldado de su compañía, mi bravura pude demostrarla en varios combates, y a tanto llegó mi heroísmo que en el campo de batalla el general en jefe me nombró oficial y condecoró mi pecho con algunas cruces.

Qué satisfacción tan inmensa recibió mi Espíritu cuando Luis me abrazó diciendo ya nada nos separa, tu valor, tu heroicidad, te han elevado hasta mí, estaba de Dios que nos habíamos de considerar como hermanos, juntos hemos jugado en nuestra niñez, juntos pelearemos por la salvación de nuestra patria, seguiremos siendo como decía mi madre: dos gotas de agua.

Y lo fuimos en realidad, Luis generosamente coadyuvó al perfeccionamiento de mi educación, puesto que sólo sabía leer y mal escribir; Y al poco tiempo adquirí sus finas maneras y su distinción, y cuando fue posible nos concedieron licencia, juntos entramos en su palacio, diciéndole Luis a su madre: Aquí te traigo a mi hermano, ámale porque es un valiente, me ha salvado la vida más de una vez con gran riesgo de perder la suya: si en nuestra infancia nos llamabas las dos gotas de agua, con más motivos puedes decirlo ahora.

Su madre me estrechó en sus brazos y yo me conceptúe completamente feliz.

Un mes permanecimos en el palacio, y muchas veces al declinar la tarde me iba a recordar mi infancia a la pequeña isleta y a contemplar otras generaciones de peces, patos y cisnes que vivían tranquilamente en su pequeño océano; la vieja casucha donde yo nací, había desaparecido, el ornato público había demolido el humilde techo que dió sombra a mi cuna: nada quedaba de mi pasado, y confieso que me alegré vivamente.

Con gran sentimiento de la madre de Luis, abandonamos sus cuidados y sus caricias; la guerra reclamó nuevamente nuestros esfuerzos. Luis y yo luchamos como héroes, los dos estuvimos en peligro de muerte, a él le vi caer, comprendí la intención de nuestros adversarios, y me precipité sobre el enemigo mientras soldados leales rodeaban a mi hermano de armas: herí y me hirieron, caí para no levantarme más, pero mis últimas miradas fueron para Luis, que comprendiendo mi heroico sacrificio, despreciando las balas enemigas recogió mi postrer suspiro y lloró como un niño abrazado a mi cadáver.

Su padre que era el jefe del ejercito, dictó las órdenes convenientes para que con toda pompa fueran trasladados mis restos a su panteón de familia, y el hijo del trapero, ennoblecido por su bravura y su heroísmo, ocupó un puesto en el panteón de una familia nobilísima, que no merecía menos quien con su vida había salvado la del primogénito de los condes de Egara.

Una de las dos gotas de agua se había evaporado, la otra gota aún existe próxima a evaporarse. Luis es hoy un anciano centenario rodeado de un ejercito de nietos, y cuando cuenta sus proezas juveniles dice con entusiasmo: Mi hermano Luis era un valiente, tenía un gran corazón, a él le debo la vida, hijos míos, respetad su memoria.

Él ignora que yo vivo a su lado, que recorro los jardines de su palacio, aún me detengo al borde del lago, y veo como sus nietos hacen lo que yo hacía en mi niñez.

El no sabe que el hijo del trapero, fue en otras existencias miembro de una nobilisima familia que deshonró con sus felonías hasta morir ahorcado como el rufián más despreciable: y justo era que conquistara mi puesto en la familia a fuerza de heroísmo y de abnegación; por eso nací al pie del alcázar de mis mayores, por eso, por lástima me dejaron cruzar sus jardines, por eso miré asombrado mi retrato, el del apuesto caballero cubierto con un negro crespón, y fui conquistando, paso a paso, todo lo que mi infamia me hizo perder.

¡Dios es justo! El niño harapiento guarda una historia, el niño que nada en la abundancia, viene a recoger su herencia; no se la disputéis, aconsejadle únicamente que sea generoso, porque la generosidad aumenta los bienes terrenales y espirituales.

Tus reflexiones sobre dos gotas de agua me interesaron, me atrajeron y me decidieron a contarte un episodio de mi larga historia; respeta siempre lo que encuentres hecho y no dudes ni un segundo que la justicia de Dios da a cada uno según sus obras; bajo este supuesto no te canses nunca de aconsejar que se haga el bien en todos los sentidos, que de esa manera los pobres dejan de gemir en la desesperación y se les ayuda a sostener el peso de su cruz. De pobres desgraciados y desesperados, no esperéis, más que crímenes y horrores.

Quedo muy complacido de ti, no será ésta la última vez que té de mi inspiración.

Adiós.

El anterior relato responde perfectamente a nuestras convicciones: sin un pasado no puede admitirse un presente de angustias y sinsabores en seres inocentes que encuentran al nacer la miseria y la desolación, mientras otros nacen en un nido de plumas y flores.

¡Qué bien se vivirá en un planeta donde no existan seres que tengan que pagar con sus lágrimas sus anteriores desaciertos, donde las gotas de agua tengan la misma procedencia, donde no sucede como en la Tierra, que unas son formadas por el rocío de la aurora y las otras por el llanto del dolor!

¿Por qué nos han impresionado tanto estas dos niñas? ¿Porqué su recuerdo anida en nuestra mente? Porque ellas simbolizan la eterna lucha de la humanidad, los unos pagando sus deudas, los otros recogiendo su herencia de gloria y amor.

¡Qué desdichados son los primeros!

¡Qué felices son los segundos!

¿Cuales son los que están en mejor camino para el progreso? Difícil es de definirlo, pero, por regla general, avanza más el Espíritu que sufre que el que goza; al primero le empuja la necesidad, al segundo se duerme sobre sus laureles; procuremos que unos y otros avancen de la misma manera; los unos resignados con su expiación y haciéndose digno por sus virtudes de recuperar el bien perdido, y los otros privándose de lo superfluo para enjugar el llanto de los desgraciados, celebrándose sus fiestas del modo que lo ha hecho Mercedes B. que ha llevado un momento de solaz a la triste morada de su infantil compañera.

¡Benditos sean los niños ricos que se acuerdan de los niños pobres!

Amalia Domingo Soler

La Luz del Camino

Amalia Domingo Soler

DE UNO A OTRO FANATISMO

Hace algunos años que dijimos en un artículo que, de cien Centros espiritistas suprimiríamos noventa y nueve; si en dichos puntos de reunión en vez de estudiar y de investigar las científicas verdades del Espiritismo sólo se orase y se creyese como artículo de fe cuantos disparates dijesen los médiums, unos falsos y otros obsesados y dominados por espíritus refractarios al progreso en absoluto.

Dicho artículo levantó una polvareda fenomenal, adquirimos algunos enemigos y no faltó quien dijera que éramos un elemento perturbador en las sesiones espiritistas.

Ante tal suposición no nos dimos por ofendidos, porque cuando la conciencia está tranquila ni el aplauso envanece, ni la censura enoja, que nada valen las opiniones de los demás ante la intima convicción de los que creen cumplir fielmente con su deber; y nosotros que si vivimos, que si alentamos que si estamos en relación con la humanidad, se lo debemos todo cuanto valemos al estudio racional del Espiritismo, por lo mismo que sabemos lo que vale, deseamos que la esplendente luz de su verdad, que sus enseñanzas esencialmente racionalistas no sean obscurecidas y prostituidas por vanas fórmulas, por hipócritas oraciones, por santones que se parezcan a los confesores de la iglesia romana y muchedumbres de mansas ovejas como los rústicos rebaños de los creyentes de buena fe, que no piensan, que no discurren, porque tienen a sus padres de almas que piensen por ellos.

No queremos pasar de un fanatismo a otro fanatismo; queremos que los espiritistas estudien, que pongan en tortura su inteligencia, que trabajen con energía para quitar las zarzas espinosas de su escabroso camino y no que se crucen de brazos y pregunten continuamente a los espíritus: ¿Por dónde iré? ¿Qué determinación debo tomar?.

Nada de ángeles tutelares ni de espíritus convertidos en lazarillos de ciegos, porque entonces la propia iniciativa que es la palanca que debe mover el Espíritu para engrandecerse y salir de la servidumbre de su ignorancia; sería una fuerza muerta, y el hombre se convertiría en máquina como se convierten los adeptos de las religiones que creen de buena fe cuanto les dicen sus pastores.

El estudio racional del Espiritismo viene a rasgar los velos de las tradiciones, de los milagros, de las protecciones celestiales, porque sin el esfuerzo de la inteligencia humana, los espíritus que nos rodean no pueden impulsarnos al trabajo y a los descubrimientos científicos.

Por gracia nada se consigue en el Universo, no hay más que justicia y la justicia es el amor de Dios.

A cada uno según sus obras. Según se siembra así se recoge.

Lo que no se gana no se obtiene. Si no se ama, no se tiene derecho a ser amado.

Si no partimos nuestro pan con el hambriento, cuando tengamos hambre nadie tendrá obligación de sentarnos a su mesa.

No hay más que una medida en la Creación, una sola, por igual mide la justicia divina al vencedor y al vencido.

El que ama encuentra quien le ame.

El que compadece es compadecido.

El que trabaja es ayudado.

El que busca la verdad, la verdad le sale al encuentro.

El estudio del Espiritismo y la comunicación de los espíritus sirve para convencernos de la utilidad que nos reportan todos nuestros esfuerzos, todas nuestras energías, todas nuestras actividades.

No importa morir joven en el momento de haber terminado una honrosa y laboriosa carrera, los conocimientos adquiridos no se pierden, sirven para facilitar los estudios y las investigaciones de otra existencia.

Cuantas virtudes se adquieren son otros tantos puntos luminosos que arrojan en nuestro camino regueros de luz.

No hay pensamientos buenos que no atraigan una simpatía.

No hay un deseo benéfico que no sea recompensado.

El Espíritu es un Propietario eterno del Universo; jamás se arruina, jamás llega a la bancarrota, porque nunca pierde lo que adquiere. Podrás pasar siglos y siglos sin aumentar un solo denario en su capital, pero lo adquirido nadie se lo arrebata.

Podrá un asesino tener sobre su conciencia en peso de cien asesinatos, pero si en medio de sus crímenes ha hecho una obra buena, ésta, convertida en flor inmarchitable exhalará en torno del asesino su delicado perfume.

Será el rayo de sol que penetrará en su oscuro calabozo; será la gota de agua cristalina que calmará su ardiente sed, será el sabroso pan que mitigará su hambre, será la eterna cantidad que dará testimonio de las riquezas que posee en el infinito.

El estudio del Espiritismo deseamos que sirva para ensanchar los estrechos horizontes de la Tierra, no para aumentar sofismas, hipocresías, milagros y mentiras, perjudiciales en absoluto al adelanto da la humanidad.

Lo repetiremos mil y mil veces, no queremos que los espiritistas pasen de uno a otro fanatismo; queremos que de la sombra de la ignorancia pasen a las regiones luminosas de la ciencia.

Queremos que las inteligencias inactivas sean motores de gran potencia.

Queremos humanidades trabajando, no multitudes cruzadas de brazos esperando el maná.

No pasemos los espiritistas de uno a otro fanatismo, pasemos en buena hora de la inercia a la actividad, de la sombra a la luz.

Amalia Domingo Soler

La Luz del Camino

Amalia Domingo Soler

ABUSOS EN LOS MALOS CENTROS ESPÍRITAS

El gran atraso moral e intelectual en que aún se hallan los hombres de la Tierra, y el poco caso que han hecho de las enseñanzas espíritas, contenidas en las obras de Allan Kardec; cuya lectura es tan útil, y su estudio tan indispensable, que sin comprenderlas, sin fijarse detenidamente en ellas, sin analizar y comentar sus conceptos; el que hable de Espiritismo sin una sólida instrucción, adquirida en sus libros fundamentales, tendrá de esta escuela filosófica los mismos conocimientos que tendrá un ciego de nacimiento de la diversidad de colores, y un sordo de la diferencia de los sonidos, ni más ni menos.

Con el transcurso del tiempo vamos conociendo, a muchos que se dicen espiritistas; y cuando les preguntamos ¿Y como conoció Ud. el Espiritismo? Muchos nos contestan en estos parecidos términos: se murió mi padre, o mi hijo, o mi madre, etc. me habló un amigo del Espiritismo, me dijo que yo misma podía comunicarme con el ser querido al que lloraba y me enseñó la invocación que debía hacer, evoqué, y escribí, y han dicho los espíritus que tengo que cumplir una gran misión en la Tierra, que he de escribir tanto y cuanto.

¿Y qué ha leído Ud. de obras espiritistas? Poco, muy poco, casi nada, tengo tanto que hacer…

¿Y por qué no emplea Ud. en leer, el tiempo que se ocupa en escribir? Bueno, como todo mi afán es ver si llego a ser un buen médium

Y tras la dichosa y nunca bien ponderada mediumnidad, centenares de seres pierden horas y horas emborronando papel siendo la mayoría de las veces el juguete de los espíritus burlones que abusan de su ignorancia y su credulidad.

Nos dicen que digamos algo sobre las curaciones que se efectúan, o mejor dicho que se simulan en los malos Centros Espiritistas.

Y a esto decimos nosotros: que si bien queremos denunciar el abuso, no queremos herir a ninguna agrupación, porque el escritor no debe singularizarse, debe hablar con todos, y con ninguno; debe decir los milagros, sin descubrir a los santos.

Nosotros diremos únicamente que el lugar donde se abuse del Espiritismo no es un buen Centro Espiritista, y por consiguiente dicha sociedad debe disolverse aunque la formen personas que parezcan muy autorizadas, y esté protegida por los espíritus de nombres muy retumbantes.

Queremos dar por supuesto que en los malos Centros Espiritistas dominan en muchos de ellos, más la ignorancia, que la mala fe.

Esta última crea los médiums interesados, las comunicaciones dudosas y todos los abusos anexos a la farsa, y a la explotación de una idea; y la ignorancia produce las innumerables obsesiones que dan tan fatales resultados. Los médiums que se obsesan, se conocen al vuelo.

Kardec explica en el libro de los Médiums, cómo se conoce la obsesión en los caracteres siguientes:

1º) Persistencia de un Espíritu en comunicarse contra la voluntad del médium, por la escritura, el oído, la tiptología, etc. oponiéndose a que otros espíritus puedan hacerlo.

2º) Ilusión que, no obstante la inteligencia del médium, le impide reconocer la falsedad y el ridículo de las comunicaciones que recibe.

3º) Creencia en la infalibilidad y en la identidad absoluta de los espíritus que se comunican y que, bajo nombres respetables y venerados, dicen cosas falsas o absurdas.

4º) Confianza del médium en los elogios que hacen de él los espíritus que se comunican.

5º) Propensión a separarse de las personas que puedan darles avisos útiles.

6º) Tomar a mal la crítica con respecto a las comunicaciones que reciben.

7º) Necesidad incesante e importuna de escribir.

8º) Sujeción física, dominando la voluntad de cualquiera y forzándole a obrar o hablar a pesar suyo.

El orgullo se traduce en los médiums por señales inequívocas sobre las cuales es tanto más necesario llamar la atención, cuanto que es una de las extravagancias que más desconfianza deben inspirar sobre la veracidad de sus comunicaciones.

En primer lugar tiene una confianza ciega en la superioridad de estas mismas comunicaciones y en la infalibilidad del Espíritu que se las da; de aquí dimana cierto desdén por todo lo que no viene de ellos porque se creen en posesión del privilegio de la verdad.

El prestigio de los grandes hombres con los cuales se adornan los espíritus para justificar que les protegen, los ofusca; y como su amor propio sufriría confesando que son engañados, rechazan toda clase de consejos; aún los evitan alejándose de sus amigos y de cualquiera que pudiese abrirles los ojos; si son condescendientes en escucharles, no hacen caso de sus avisos, porque dudar de la superioridad de su Espíritu casi es una profanación.

Se ofuscan por la menor contradicción, por una simple observación crítica, y algunas veces llegan hasta aborrecer a las mismas personas que les han hecho favores.

Merced a este aislamiento provocado por los espíritus que no quieren tener contradictores, estos están satisfechos con entretenerles en sus ilusiones, de este modo les hacen aceptar a su gusto los más grandes absurdos por cosas sublimes.

Así pues, confianza absoluta en la superioridad de lo que obtienen, desprecio de aquello que no viene de ellos, importancia irreflexiva dada a los grandes nombres, no admitir consejos, tomar a mal toda crítica, alejamiento de los que pueden darles avisos desinteresados, creencias en su habilidad a pesar de su falta de experiencia; tales son los caracteres de los médiums orgullosos.

Al lado de éste, presentemos a la vista el cuadro del médium verdaderamente bueno, de aquel en que se puede tener confianza.

Supongámosle en primer lugar una facilidad de ejecución bastante grande que permite a los espíritus comunicarse libremente y sin inconvenientes por ninguna dificultad material.

Obtenido esto, lo que más importa tener en cuenta es la naturaleza de los espíritus que habitualmente le asisten, y para esto, no es el nombre al que se debe atender, sino al lenguaje.

Jamás debe de perder de vista que las simpatías que se conciliará entre los espíritus buenos, estarán en razón de lo que hará para alejar a los malos. Persuadidos de que su facultad es un don que le ha sido concedido para el bien, no abuse de él ni se atribuya por ello ningún mérito.

Acepta las comunicaciones buenas que se le den, como una gracia de la que es menester que se esfuerce en hacerse digno por su bondad, por su benevolencia y por su modestia.

El primero se enorgullece por sus relaciones con los espíritus superiores; el segundo se humilla, porque nunca se cree merecedor de este favor.

Es muy cierto lo que dice Kardec, la pintura que hace de los médiums obsesados no puede ser más exacta, y la de los médiums orgullosos es inmejorable; por esto nosotros, cuando nos dicen, escriba Ud. sobre las obsesiones y sobre los abusos de las curaciones simuladas, decimos:

Estúdiese las obras de Kardec, que en ellas se encuentran contestaciones razonadas para todas las preguntas, y aclaraciones para todas las dudas; y aunque se ha escrito mucho, y muy bueno, sobre el Espiritismo, pero ninguno de los libros publicados es tan útil para el estudio del Espiritismo como lo son las obras de Kardec; porque éste no se olvida de los más leves detalles, y en su minuciosidad, en su especialísimo cuidado de fijar toda su atención en las más insignificantes pequeñeces: en esto consiste principalmente, el indispensable mérito de estas obras.

Los demás libros espiritistas están escritos para los sabios exclusivamente, y los de Kardec sirven para los ignorantes y para los instruidos y los primeros son los que realmente necesitan los rudimentos de la enseñanza.

¿Qué es el ignorante? Un niño. ¿Y a los niños qué lectura se les ofrece? Narraciones sencillas, y sobretodo claras, sin silogismos ni figuras hiperbólicas: y los escritos de Kardec reúnen la sencillez del estilo y la inflexible lógica de la verdad.

Nunca nos cansaremos de decir lo mismo, los buenos médiums escasean, por esto en los grupos y Centros Espiritistas deben dedicarse con preferencia a la lectura y al estudio. Que la lectura les aburre a muchos, nos objetan algunos directores; pues los que se aburren que se vayan.

Si los espiritistas no tenemos empeño en adquirir prosélitos, si el Espiritismo no ha de valer por la cantidad de los espiritistas, sino la calidad de los mismos; dice un Espíritu, y dice muy bien: nunca os instaré bastante a que hagáis un Centro formal de vuestras reuniones. Que en otra parte se hagan demostraciones físicas, que allá se vea, que allá se oiga, que entre vosotros se comprenda y se ame.

Este es el quid de la dificultad. Espiritistas amaos, he aquí la primera enseñanza; instruiros, he aquí la segunda.

Esto es lo que debe hacerse en los Centros; procurad ante todo reunir elementos afines; y caminar despacio, que no por mucho madrugar amanece más temprano; y modérese ese afán desmedido que hay en algunas agrupaciones de curar por medio del consejo de los espíritus; que como dice muy bien Kardec: la salud es una condición necesaria para el trabajo que debe realizarse en la Tierra, por eso los espíritus se ocupan de la salud con gusto; pero como entre ellos hay ignorantes y sabios, tanto para estos como para los demás, no conviene dirigirse al primero que se presente.

Cierto que hay médiums curanderos, que ciertas personas poseen el don de curar con el simple tacto, con la mirada, y aún con un ademán sin el socorro de ningún medicamento; pero estos grandes médiums escasean, y por lo mismo que la salud es un tesoro inapreciable, debemos tener un especial cuidado en conservarla y no exponernos a ser víctimas de la ignorancia de los de allá, y de los de acá.

Nos es muy enojoso tratar del asunto de los malos Centros Espiritistas, porque nosotros quisiéramos que cada agrupación fuera un núcleo de unos cuantos hombres dignos, estudiosos, y pensadores, que se distinguieran por su caridad, por su resignación, por su templanza, por su sobriedad; y si bien algún que otro grupo reúne casi todas las condiciones apetecibles, los malos Centros con sus abusos y con sus extravagancias, eclipsan a los buenos, y pagan justos por pecadores.

Un hermano nuestro (verdadero espírita), cuando escribimos que hay espiritistas que ridiculizan el Espiritismo, él sufre, y quisiera que enmudeciéramos, porque le duele en el fondo de su alma que en el campo espírita se extienda la cizaña de la farsa y de la explotación; pero nosotros amantísimos de la verdad, deseando vivamente que el Espiritismo sea estudiado por todas las clases de la sociedad, decimos alto y muy claro que no son espiritistas racionalistas los que acuden a esos Centros donde unos cuantos médiums obsesados, ridiculizan a los más grandes, y lo más sublime: la comunicación ultraterrena de tan trascendentales resultados.

No son tampoco espiritistas cristianos los que acuden a un Centro para hacerle la guerra a ésta o aquélla agrupación, o a la misma que frecuentan. Ayer nos decía un gran pensador:

desengáñese Ud. Amalia, el Espiritismo es hoy como un niño que comienza a andar, y como tal se cae, y se levanta y comete ligerezas, y llega a lo sublime, y desciende hasta el ridículo, pero cuando llegue a su mayor edad, entonces todo irá bien, el sol puede más que las nubes.

Es muy cierto lo que dice nuestro amigo; pero también es verdad que los árboles que se tuercen, desde pequeñitos se comienzan a enderezar; y por esto debemos deslindar los campos, y decir lo que es el Espiritismo racionalista, lo que es el estudio formal de esa escuela filosófica, comparado con el charlatanismo, con las obsesiones, y con el ridículo fanatismo de algunos espíritas ignorantes que tanto daño ocasionan a la doctrina espírita.

El inolvidable Palet consagró las mejores horas de su vida a la observación de los falsos médiums, diciendo en sus penosas declaraciones:

¡Todo por la verdad! Y nosotros, queriendo seguir sus huellas, diremos siempre: el Espiritismo es la vida, y los abusos que en su nombre se cometan deben denunciarse, debe decirse donde está la luz, y donde está la sombra y si los que están en las tinieblas nos miran de reojo, nada nos importa; que habremos cumplido con nuestro deber, con hechos y con palabras demostramos que queremos ir hacia Dios por la Caridad y la Ciencia.

Verdad no hay más que una; así pues que nada nos arredre para decir con noble entusiasmo:

¡Todo! ¡Todo por la verdad!

 

 

Amalia Domingo Soler

La Luz de la Verdad

Amalia Domingo Soler

¿QUÉ DIREMOS HOY?

¿QUÉ DIREMOS HOY? “Que la ciencia es la lumbrera del progreso” y la humanidad para hacerse digna de su preclara estirpe, puesto que es hija de Dios, debe ser buena y debe ser sabia.

Esto es muy fácil de decir, y es muy difícil de conseguir, porque uno de los grandes escollos que encuentra el hombre para su progreso, es el hombre mismo.

Nunca han faltado en la Tierra mensajeros de paz y de amor.

Siempre han encarnado en este planeta espíritus en misión, que han venido de Mundos Superiores para instruir a los terrenales; pero su trabajo lo describe muy bien este antiguo refrán:

“Predicar en desierto, sermón perdido”.

Y así ha pasado, casi siempre los grandes innovadores, los reformadores de las ideas, han predicado en un desierto, pues de nada sirve un auditorio, que dice con indiferencia:

“Predicadme que por un oído me entra y por el otro me sale”.

El fundador de cualquier escuela, por lo regular, ha sido un modelo de virtudes, o de fuerza, porque se necesita ser superior en algo para imponerse a los demás; los primeros iniciados, ya no han sido tan buenos como el fundador, y así sucesivamente ha quedado el hombre de las escuelas filosóficas y de las religiones positivas, que cual crisoles de los tiempos han ido purificando de sus escorias a la humanidad; pero sus primitivas virtudes, esas se han ido evaporando como frágil columna de impalpable humo.

Gracias que sobre todos los obstáculos levantados por la ignorancia de los hombres dominando en absoluto sus mezquinas aspiraciones, flota sobre la Creación el Espíritu del Progreso: y ante su mágica influencia, las humanidades se sienten impulsadas, y a pesar suyo adelantan moralmente y son hoy menos crueles que lo fueron ayer.

El árbol de la ciencia, como dijo Castelar, sube más allá de las constelaciones del cielo y ahonda en las profundidades del Espíritu, y a su apacible sombra se entregan a contemplar el infinito, los libres pensadores del siglo de la luz.

Aún quedan fracciones en la humanidad, más refractarias al progreso, unas que otras; pero a pesar de todo, el mundo marcha.

No tenemos que registrar la historia, tenemos ante nosotros dos generaciones: los jóvenes de veinte a treinta años, y sus padres de cuarenta a sesenta, y vemos a los primeros aunque sean pobres, instruidos, descifrando problemas, resolviendo tesis, sentando hipótesis, haciendo trabajar a su razón, mientras sus padres los contemplan con sencilla admiración diciendo: ¡Lo que saben estos muchachos!

¡Hay que confesar que ahora las criaturas nacen sabiendo!

Y en parte no dicen más que la verdad, porque los espíritus que van encarnando en la Tierra son mucho más adelantados que los de nuestros abuelos.

Ayer la mujer pobre, particularmente en España, no aprendía a leer, ni a escribir, y hoy se ven multitudes de niñas que acuden a las escuelas gratuitas, y si no aprenden mucho, al menos aprenden algo.

No somos de la escuela pesimista; antes de ser espiritistas sí lo éramos, y lamentábamos el lento desarrollo de la civilización; pero desde que tuvimos la inmensa fortuna de conocer el Espiritismo, comprendimos que no por mucho madrugar amanece más temprano, y que si la tierra no está bien arada, en el surco endurecido no germina el productivo grano.

Los terrenales somos espíritus rebeldes, indómitos, soberbios, orgullosos los unos, y degradados y envilecidos los otros, y con tan pobres elementos no se pueden llevar a cabo grandes empresas.

¿Qué importa que habiten en la Tierra algunos centenares de espíritus adelantados, si la mayoría nos hemos condenado por nuestros crímenes anteriores?

A nosotros si bien nos gusta mucho la lectura, no es en las bibliotecas donde más estudiamos; es en la sociedad, en ese gran libro inédito, es donde leemos con profundísima atención la historia palpitante de la humanidad; y vemos tanta miseria; ¡Tanta hipocresía! ¡Tanta corrupción!… que cuando la prensa deplora los crímenes que se cometen, murmuramos nosotros; lo que es extraño que no se cometan muchísimos más; pero no se efectúan por lo que dijimos anteriormente: porque la ley del progreso se cumple venciendo todas las pasiones del hombre; porque la verdad tiene a su disposición los primeros elementos para vencer en todos los planetas.

Una de las cosas que más ha retardado el perfeccionamiento de los terrenales (perfeccionamiento relativo se entiende), es el completo desconocimiento de su vida futura, pues si bien todos los pueblos han tenido intuición de un Más Allá, pero ha sido de una manera confusa, y las religiones han presentado la eternidad bajo distintas fases, y ninguna de ellas ha satisfecho verdaderamente los deseos del hombre, ni ha podido llenar ese inmenso vacío que ha quedado siempre en la mente del Espíritu pensador; y en la duda, el alma indecisa se ha inclinado casi siempre en lo peor.

Los unos a la negación del todo, al aniquilamiento absoluto del cuerpo, y de la fuerza que lo sostiene; y los otros a una supervivencia del alma inadmisible, a una vida eterna que es la anonadación del Espíritu.

Se necesitaba que luciera en el oriente un nuevo sol, una nueva creencia, una fe y una esperanza que diera fuerzas vitales a la humanidad debilitada por sus desaciertos.

Afortunadamente la Escuela Espiritista levantó su blanca bandera, en la cual leyeron los pueblos: “Sin caridad no hay salvación” y sabido es de todos el rapidísimo desenvolvimiento que ha alcanzado el Espiritismo en todas las naciones, especialmente en América, donde se cuentan por millones los adeptos de esta escuela filosófica que tanto bien le ha hecho a la humanidad; porque el hombre sabe ahora positivamente que vivió ayer, que vive hoy, que vivirá mañana, que su vida tuvo un principio, pero que nunca tendrá fin, que sus sucesivas encarnaciones están íntimamente relacionadas las unas con las otras, siendo simultáneamente causas y efectos, hechos consumados y consecuencias ineludibles; deudas contraidas y cuentas saldadas; y mirando la vida bajo su verdadero punto de vista, el hombre ya no es el ciego que camina a la ventura, ya no peca por ignorancia, ya sabe que su Espíritu es responsable de todos sus actos; y adquiriendo el convencimiento de esa verdad innegable, el hombre progresará con más rapidez, porque sabe que trabaja la tierra de su heredad.

Eso dijimos ayer y lo decimos hoy; aconsejamos a la humanidad el estudio del Espiritismo, porque le es al hombre de suma utilidad saber de donde viene, porqué se encuentra aquí, y deducir de su presente lo que será su porvenir.

El Espiritismo no hace santos; pero induce al hombre a la observancia estricta de todos los deberes de la vida; y en este planeta (que muy bien podremos llamarle un presidio suelto), el conseguir que un hombre cumpla sus deberes en toda la acepción de la palabra, ya es obtener un gran progreso.

Dominar nuestras pasiones (que por regla general siempre queremos lo que más nos perjudica, y lo que más daño hace a los otros), frenar nuestros locos deseos, tomar parte en las penas de los demás, dejar de ser envidiosos y rencorosos, renacer en fin a la vida del trabajo, a la vida del orden, al método de la virtud, esta gran metamorfosis puede operarla en nosotros el Espiritismo; y bien merece ser estudiada una filosofía que con su estudio y su práctica sirve para la regeneración del hombre; por eso nosotros no hemos titubeado, (a pesar de nuestra insuficiencia) en publicar LA LUZ DEL PORVENIR, porque creemos necesario, muy necesario, que el Espiritismo sea conocido por todas las clases sociales.

Hay sí, en abundancia periódicos científicos muy a propósito para los hombres sabios; pero hace falta que el pueblo se instruya, y que las mujeres lean escritos sencillos que recreen su imaginación y despierten su sentimiento, casi siempre inclinado al bien general.

Este es nuestro objeto: entablar un diálogo con la mujer, y con la mujer del pueblo especialmente, y hoy proseguimos nuestra tarea dispuestos a trabajar cuanto nos sea posible en la propaganda del racionalismo religioso, es decir, del cristianismo verdadero.

En esta época de grandes luces, una luz pequeña pasa desapercibida, pero esto no nos arredra. La obligación del hombre es trabajar cada cual en su adelanto.

Encienda el profundo sabio la brillante antorcha que ilumine al mundo, y las humildes inteligencias recojan una de las chispas luminosas que entrega al viento la esplendente antorcha de la ciencia; acerquen a ella pequeñas ramitas que le sirvan de combustible, y quedará formada con un poco de perseverancia una lucecita microscópica; de este modo hemos formado nosotros la pequeñita LUZ DEL PORVENIR.

Amalia Domingo Soler

La Luz de la Verdad

Amalia Domingo Soler

¡VEINTIDÓS AÑOS!

Dice un antiguo refrán que nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena; pues sabido es, según cuenta la tradición, que cuando la tempestad se desencadena, si evoca a dicha santa, el rayo se detiene en su carrera, y a pesar de hacer tan grandiosos beneficios, (según aseguran los creyentes) la humanidad se olvida de su consecuente protectora.

Triste es decirlo, pero la raza humana es tan olvidadiza que todo lo relega al olvido; desde el milagro de la mística fábula, hasta los grandes principios de las escuelas filosóficas, en unión de sus innegables consuelos.

Nosotros somos los primeros que nos acostumbramos como los demás a vivir en medio de la luz, y no apreciamos como deberíamos, el inmenso bien que nos ha proporcionado el conocimiento del Espiritismo, y el que proporciona a los demás; necesitamos ver de muy cerca algún gran infortunio para apreciar todo el horror que hay en la sombra, y toda la felicidad que hay en la luz.

Ayer tuvimos ocasión de bendecir el Espiritismo, porque estuvimos hablando con un ser profundamente desgraciado; es un joven de veintiséis abriles, que hace veintidós inviernos que sufre una penosísima enfermedad.

Es un Espíritu amante del progreso, racionalista por excelencia, en sus ojos irradia el fuego de la juventud, en su frente pensadora se ven prematuras arrugas, la expresión de su semblante es dulce y amarga a la vez: su sonrisa es triste, se ve que es un hombre que piensa, que siente, que quiere; por consiguiente su estado de postración le debe hacer sufrir mucho, porque hay espíritus que la escasez de su inteligencia aminora su padecimiento, porque viven sin aspiraciones; en muchos seres la conformidad no es una virtud, es una costumbre adquirida sin violencia, hay hombres humildes que padecen, pero que inclinan la cabeza diciendo: Dios lo quiere, y ante ese místico e ilógico razonamiento, se cruzan de brazos y se entregan a la inacción sin lucha, sin contrariedad; en cambio hay otros individuos como le sucede al joven de quien nos ocupamos, que no se conforman con morir lentamente, quieren saber la causa de su muerte así es que su vida tiene un fondo muy sombrío.

El hombre pensador dominado por una enfermedad es profundamente desgraciado; y nuestro amigo lo era. Nació fuerte y robusto, y a los cuatro años de estar en este mundo, comenzó a sufrir con un tumor en una cadera, el cual ha tenido tan numerosa descendencia que han pasado veintidós años y aún sus raíces retoñan abriendo hasta once bocas en torno del tumor primitivo, y como es natural, nuestro amigo se ha quedado cojo y todo su ser está medio torcido por una dolorosa contracción; además está bastante sordo, y su crónica enfermedad tiene periodos tan horribles, que en ciertas ocasiones aumenta el dolor de sus llagas, hasta el punto de quedarse postrado en su lecho y tiene que permanecer largas temporadas recostado de un lado sin poder cambiar nunca de posición; temporadas que duran a veces dos años, año y medio, dos meses, un mes, quince días, y en estado normal, cuando puede andar y dedicarse a su trabajo que es sastre, el infeliz tiene que curarse al menos dos veces al día, y cuando sus llagas se cierran, él mismo tiene que abrírselas para que cesen sus agudísimos dolores.

¡Pobre joven! ¡Tan inteligente! ¡Tan afectuoso!… tiene que vivir encerrado dentro de sí mismo, para él está negada la ternura de una esposa, las caricias de inocentes pequeñuelos que trepando por sus rodillas le digan: ¡Padre!… para él no hay más que el aislamiento; monje del infortunio ha tenido que aceptar la soledad íntima sin que una esperanza le sonría, para él no hay más que la tumba, sólo en ella cree lógicamente que dejará de sufrir.

La única dicha que le ha sido concedida a este desgraciado, es tener una madre amorosa que le cuida con la más tierna solicitud, y le rodea de esos amantísimos cuidados que tanto consuelan a un enfermo.

La pobre mujer es muy buena cristiana y cumple fielmente todas las prácticas de la religión romana, ha predicado a su hijo cuanto ha podido, y le ha encomendado siempre que rece a éste y al otro santo para obtener la protección Divina, pero nuestro amigo le decía a su madre:

– Señora, yo no entiendo como es ese Dios de Ud.

¿Qué pecado he cometido para recibir un castigo tan horrible? Si enfermé cuando tenía cuatro años ¿Qué había yo hecho a esa edad? ¿Qué arma homicida había yo levantado contra mi prójimo? ¿Qué calumnia habían proferido mis labios? ¿Qué plan infernal se había urdido en mi mente? ¿Qué guerra de exterminio había yo provocado?

Todo efecto tiene su causa, mi enfermedadno la tiene. Yo tengo hermanos que han estado en el mismo claustro materno que he estado yo, y ellos están buenos y sanos mientras que mi cuerpo es un depósito de podredumbre.

¿Es un mal hereditario? No; mi padre es un hombre robusto, Ud. disfruta de salud, ¿Por qué yo he de ser el desgraciado Job de esta familia?

– Porque Dios quiere probar tu paciencia, le decía su madre.

– Eso es un absurdo, señora; si Dios todo lo ve, si Dios todo lo sabe, si Él no tiene velos para el mañana; comprenderá desde el momento que crea a sus hijos lo que éstos pueden sufrir.

¿Ud. sería capaz de martirizarme para ver hasta donde llegaba mi sufrimiento?

– ¡Ay! No, hijo de mis entrañas, si por quitarte un minuto de penas yo cargaría muy contenta con un siglo de dolores.

– Entonces Ud. es mejor que Dios.

– Calla muchacho, no digas barbaridades, si Dios es el conjunto de todas las perfecciones.

– ¿Pues por qué no amengua mi tormento y Ud. con ser una pobre mujer sufriría gustosa el mal que me aqueja? Desengáñese Ud. señora, Dios no existe, si existiera, yo no estaría sufriendo tan horriblemente; no me venga Ud. con santos ni con letanías: nacemos no sé porqué, vivimos por un misterio, morimos porque las fuerzas se agotan; ¿Cuándo se gastarán las mías?… y en estas disertaciones pasaba nuestro amigo su triste vida.

Así vivió dieciocho años, cuando un anciano, trabajador del muelle de Tarragona le dio un pequeño libro titulado ¿Qué es el Espiritismo? Diciéndole: lee esto muchacho si quieres renacer.

El pobre enfermo devoró aquellas páginas, y en sus admirables diálogos, su alma hambrienta de justicia pudo saciarse con el sano alimento de la verdad, sazonado con la sal de la razón, y desde aquel día aunque él no oye sino con gran trabajo, acude a las sesiones espiritistas y escucha ansioso las comunicaciones de los espíritus, lee periódicos espiritistas y escucha y hace más aún, propaga la buena nueva con sus palabras, con sus buenos hechos, con su resignación; ya no dice que Dios no existe, hoy exclama con íntima satisfacción: ¡Dios es grande! ¡Dios es misericordioso! Porque crea y no destruye.

¡Yo espero! ¡Yo creo! ¡Yo amo la luz! ¡Yo he renacido! Yo le debía a mi padre la vida del cuerpo, pero le debo a Dios la vida del alma, ¡Bendito sea!…

No soy una víctima del capricho de la suerte, no sirvo de experimento a un Dios torpe.

Soy lo que yo he querido ser, pago lo que debo, empleé mal mi tiempo, sembré vientos y recojo tempestades; pero yo dejaré mi harapienta envoltura, mi Espíritu se verá libre de estos miembros corroídos por la putrefacción; ¡Y seré joven! ¡Hermoso! ¡Lleno de virtudes! ¡Amaré a una mujer! ¡Me crearé una familia! ¡Seré grande! ¡Seré un genio! ¡Viviré, porque ahora no vivo!

¡No soy un desheredado! ¡Tengo mi herencia, tengo mi parte en el banquete de la vida! Y en la mirada de nuestro amigo irradia algo divino, algo que no se puede describir ni copiar, que como dijo un sabio, se podrán retratar unos ojos, pero jamás trasladará al lienzo el fuego de una mirada.

Cuando nosotros escuchamos su relato, cuando multiplicamos nuestras preguntas, y le vemos tan resignado, tan racionalmente convencido de que el que mucho paga, mucho debe, entonces decimos:

¡Qué consuelo tan inmenso ha venido a difundir el Espiritismo!

Dice Castelar, que Dios está sentado en la cúspide de los mundos teniendo en su mano una catarata del río de la vida; el Espiritismo también tiene en sus principios fundamentales, la catarata del río de la esperanza; la fuente del progreso eterno, el raudal inagotable de la razón, el grandioso océano de la verdad.

Nuestro pobre amigo que vive sin vivir, dominado por un dolor continuo, que ni un momento de su vida se ve libre de su penosa mortificación, que de todo dudaba, que esperaba la muerte, el caos, la nada como la única felicidad posible, que destruir su ser y aniquilar su yo, era la sola ilusión que acariciaba su mente… y en un momento renacer, vivir, soñar, presentir, esperar, creer y amar aquel mismo dolor que le tortura, comprendiendo que en ciertos planetas, como dice Villamarín, el sufrimiento es el agente de la mancha del mundo, esta metamorfosis es tan grande, su importancia es tan transcendental, dormir en una tumba y despertar en el infinito, esta transición de la muerte a la vida sólo la puede tener el Espiritismo, las voces de ultratumba que le dicen al desventurado ¡Levántate y anda! Tuya es la Creación con sus mundos de Luz, con su eterna lucha y su eterno progreso:

¡Confía! ¡Espera! ¡Ama! ¡Perdona! ¡Trabaja! ¡Vive!

Porque tu destino es vivir eternamente ¡Oh! Bendita sea la hora que el Espiritismo vino a abolir la esclavitud de los ciegos, de los tullidos, de los huérfanos, de los mártires del infortunio que en las hogueras del dolor sucumben.

Nuestro pobre amigo que lleva veintidós años de sufrimiento, ¡Cuánto le debe al estudio del Espiritismo!

Vosotros los que os reís, los que nos llamáis locos, los que creéis que deliramos, si alguna vez sufrís, si las amarguras de vuestra expiación os hacen caer bajo el peso de la cruz: acordaos entonces del Espiritismo, estudiad sus obras, buscad sus fenómenos, y encontraréis lo que ha encontrado nuestro amigo, la causa de su sufrimiento.

¡Una razón suprema!

¡Una verdad Divina!

¡Un Dios inmutable y eterno!

¡Un porvenir de gloria!

¡Un progreso indefinido!

¡La irradiación de la vida!

¡La vida en toda su grandeza desenvolviendo en el infinito, los raudales de su eterna luz!

¡Salve, verdad augusta!

¡Salve vida sin término!

¡Cuán grande es Dios! ¡Feliz el hombre que en la Tierra vislumbre un reflejo de la espléndida aurora del porvenir!

Amalia Domingo Soler

La Luz de la Verdad

Amalia Domingo Soler

¡REMORDIMIENTOS!

Decía un filósofo que encontrar la felicidad dentro de casa es muy difícil, pero hallarla fuera de casa es totalmente imposible.

Durante la representación del drama, “Vida alegre y Muerte triste”, experimentamos tan dolorosa ansiedad, filosofamos tanto, hicimos tantas reflexiones y éstas fueron tan amargas y tan profundas, que comprendimos perfectamente que un ser de ultratumba deseaba comunicarnos sus impresiones; pues a borbotones arrojaba en nuestro cerebro millones de ideas que en diferentes conceptos todos venían a expresar lo mismo: ¡Remordimientos!… pero remordimientos horribles, remordimientos que no se conciben si no se experimentan, si no se sienten sus agudas espinas que se clavan sin piedad en todo nuestro ser.

Los grandes dolores nos atraen, parece que estamos en nuestro centro cuando conversamos con espíritus que sufren, pero que sufren racionalmente, que exponen su dolor sin destrozar médiums ni hacer violentas contorsiones; por eso aceptamos la inspiración de todos aquellos que nos cuentan sus pesares dentro de los límites racionales, que nunca deben éstos traspasarse, porque al hacerlo se tocan funestísimas consecuencias; en cambio, cuando el Espíritu respeta al médium y éste se ofrece de buena voluntad a trasladar sus pensamientos por medio de la escritura, ¡Qué enseñanzas tan profundas se obtienen, qué ventajas tan inmensas reportan a la humanidad las comunicaciones de los espíritus ¡Cuánto ensanchan los horizontes de la vida! ¡Cuántos desesperados se detienen al borde del abismo! ¡Cuántos odios se reprimen! ¡Cuántas impaciencias desaparecen! ¡Cuántas contrariedades se dulcifican! ¡Cuántos vicios se refrenan!

¡Bendita, bendita mil y mil veces las comunicaciones de los Espíritus!.

Y tú, compañero invisible, que aumentas con tu fluido la agitación de nuestros pensamientos, derrama en nuestro cerebro una parte de tus ideas, que, sean cuales sean tus crímenes, nosotros simpatizamos contigo porque sufres, y deseamos relatar tus sufrimientos, primero porque sirven de enseñanza, segundo porque el que cuenta sus penas queda consolado, y nadie necesita de más consuelo que aquel que ha pecado mucho.

Dices bien, mujer, para curar a los enfermos estudian los médicos, y enfermos son todos aquellos que han perdido centurias de siglos entregados a los más vergonzosos y deplorables desaciertos.

Bien has definido las ventajas que resultan de las comunicaciones de los espíritus, pues ese cambio de impresiones es altamente beneficioso a la humanidad que necesita convencerse que no todo acaba aquí, que hay tras de la vida alegre, una muerte muy triste, y tras de esta muerte una eternidad de dolor, una soledad que nunca se acaba, unos remordimientos que jamás se extinguen, una serie de existencias cada cual más dolorosas, en las cuales se carece de los purísimos afectos del alma, en las que el padre encuentra hijos rebeldes, esposa infiel y amigos ingratos; y la mujer se ve postergada después de haber sido comprada o seducida, sin que la sombra de un hombre le preste amparo, sin que la maternidad le conceda sus santos dolores y sus inefables alegrías.

Todos los seres que no forman familia expían los abusos cometidos con la familia que tuvieron ayer y que no supieron apreciar; y los que tienen deudos ingratos, es porque en realidad no merecen ser amados; y esta certidumbre es necesario, muy necesario que se arraigue en la humanidad, hay que demostrar que no existen los lugares pintados por las religiones, pero sí, la eternidad de la vida con sus inacabables remordimientos, con su interminable soledad, con esa angustia que no tiene nombre en el lenguaje humano.

Yo soy una de esas víctimas de sus propios desaciertos, yo vivo muriendo hace muchos siglos, mas todos mis propósitos de enmienda son nulos cuando en mis sucesivas encarnaciones llego a la hermosa edad de la juventud, cuando mi cuerpo ágil y fuerte, embellecido por la perfección de las formas físicas, reflejando en mis ojos los resplandores de las más vivas y enérgicas pasiones, se siente dominado por una atracción irresistible hacia la mujer, hacia la Venus impersonal.

Para mí no tiene atractivos una mujer, es la mujer, sin reparar para satisfacer mis antojos, que ésta tenga lazos que la separan de la vida pública, mejor dicho, de la vida social. He perseguido a la mujer no porque la amara, no porque me sedujeran los encantos de una más que otra, no; la encontraba en mi camino y la hacía víctima de mi desenfrenado libertinaje y luego era el rechinar de dientes cuando dejaba la Tierra y veía que no había dejado tras de mí, más que las huellas del dolor y del escándalo.

¡Cuántas horas perdidas en las asfixiantes orgías! ¡Cuántas mujeres maldiciendo la hora en que me conocieron! ¡Cuántos niños inocentes abandonados a la caridad pública y a la beneficencia del estado! ¡Cuántas víctimas sacrificadas en aras de mis brutales deseos! Mas esto había de tener un término, alguna vez había de escuchar una voz que me dijera: ¡Detente! Llegó la hora de comenzar a sentir, y en mi última existencia que pertenecía a la clase más alta de la sociedad, siendo yo muy joven, conocí a una mujer hermosísima, y si bello era su rostro más bella aún era su alma. Era el ángel tutelar de su anciano padre que estaba postrado en el lecho del dolor hacía muchos años y Leonor era su providencia.

La vi, y la deseé, comprendí que su padre me estorbaba, compré la conciencia del médico que le asistía, y éste puso fin a la existencia del anciano, y yo vendiendo protección a la pobre huérfana, simulé un casamiento y Leonor fue mía creyendo que llevaba mi nombre.

Al poco tiempo un nuevo deseo me hizo olvidar a la que me decía ruborizada: ¡Conozco que voy a ser madre; esposo mío! Y sin sentir el más leve remordimiento abandoné a Leonor y me marché a lejanas tierras sin acordarme ni por un segundo que había hecho la desgracia de un ángel.

Pasaron 20 años, acontecimientos políticos me tuvieron separado de mi patria, y cuando una amnistía general me permitió volver al solar de mis mayores, el mismo día que llegué al lugar de mi nacimiento, una joven hermosísima atrajo mis miradas y despertó mis ardientes y volcánicos deseos.

Ella también me amó por más que había gran desigualdad en las edades; era huérfana, su madre murió al darla a luz, de su padre nadie le había dado la menor noticia, y en los asilos de beneficencia pasó su infancia y parte de su juventud, pues no tenía familia alguna.

Tan pobre como virtuosa, vivía con el producto de sus labores; hice cuanto fue posible por seducirla.

Todo fue en vano, prefería la muerte a la deshonra. Yo apelé a los inicuos medios que emplean los seductores de oficio, y Juana, la incomparable Juana, fue mía completamente mía narcotizada, y cuando yo ciego, delirante, loco, frenético de placer contemplaba aquella hermosa estatua, ví ante mí, la figura de Leonor que me dijo con amarga y desgarradora ironía:

¡Goza en tu obra desventurado! Has profanado a nuestra propia hija, Espíritu rebelde… despierta al fin para el remordimiento!

Yo no sé lo que experimenté, pero puedo asegurar que mi razón recibió tan ruda y violenta sacudida que enloquecí por completo y pasaba los días arrodillado llamando a mi hija, la que murió, según supe después, sin conocer su deshonra, puesto que no volvió a despertar.

Yo no recobré la razón en la Tierra, siempre me veía perseguido por dos mujeres, me arrodillaba ante ellas y les pedía perdón, ora llamaba a mi hija lanzando gritos aterradores, y aquel hombre apuesto y elegante de ensortijada cabellera negra como las alas del cuervo, de mirada magnética, de fuerza hercúlea, valiente hasta la temeridad, se vió reducido a vivir algunos años del modo más deplorable, atado fuertemente a un anchuroso sillón, con la cabeza rapada, cubierta con un capuchón negro, encogidos todos los miembros, temiendo siempre ver las sombras de Leonor y Juana, a las que de continuo pedía humildemente perdón: sirviendo de befa y escarnio a mis numerosos criados, que se gozaban en atormentarme presentándome una joven diciéndome: vamos, no te desesperes, que aquí está tu adorada Juana; entonces yo me enfurecía, pero todos mis esfuerzos eran vanos, porque fuertes ligaduras me impedían moverme; concluyendo por llorar como un niño suplicando que me encerraran para que nadie entrara en mi aposento: y así viví algunos años, muriendo en una noche de enero abandonando de todos mis servidores, sin que una mano piadosa cerrase mis ojos, sin que unos labios compasivos se posasen en mi frente; sólo un perro, que pertenecía a uno de mis administradores, fue el único que me acompañó en mis últimos momentos, aullando tristemente cuando me vió sin movimiento alguno; cuando con el maravilloso instinto, mejor dicho, inteligencia que distingue a la raza canina, comprendió que mis sufrimientos habían terminado.

¡Qué alegría tuvieron mis parientes al saber mi fallecimiento! Se me hicieron solemnes exequias, ¡Y qué mal contrastaban los negros crespones que pendían de las altas bóvedas del templo con el semblante risueño y satisfecho de mis deudos! ¡Qué amarga irrisión los salmos y lamentaciones con los cálculos de si mi fortuna ascendía a tanto o a cuantos millones!

¡Todo lo vi¡ ¡Todo lo presencié! Era justo que así sucediera, era preciso que comenzara a sentir, y el recuerdo de mi hija mancillada por mi desenfrenado libertinaje ha sido mi terrible pesadilla, Leonor y Juana son las sombras que más me atormentan, puesto que a la primera le asesiné a su padre labrando su desventura, y a la segunda le causé la muerte después de profanarla; nada me dijeron la dulzura de sus grandes ojos, su angelical sonrisa, la suavidad de su voz, la castidad divina de todo su ser, ella me decía: yo te amo, pero mi amor no es como el tuyo, yo velaría tu sueño, yo prevendría tus menores deseos, yo sería feliz viéndote dichoso, yo creo que Dios me ha puesto en tu camino para despertar tus sentimientos sin que por esto saciemos el uno en el otro los apetitos de la carne.

Ámame como yo te amo, como se deben amar los ángeles. Y cuando así hablaba, en lugar de purificarse mis deseos parecía que plomo derretido circulaba por mis venas y más se avivaba mi loca y satánica pasión.

¡Cuán criminal fui y cuán dolorosa es hoy mi existencia! No precisamente porque mis víctimas se levanten amenazadoras, no; todas, me han perdonado; es porque tengo inteligencia suficiente para conocer cuánto me queda que sufrir, ¡Qué serie de encarnaciones me aguardan tan tristes y dolorosas! Yo tendré hijos que sonreirán un momento en mis brazos y luego me dejarán, ora porque sean ingratos o bien porque la muerte me los arrebate, y tendré que morir solo y abandonado como han muerto mis pobres hijos víctimas de mi cruel indiferencia.

Yo seré cien veces engañado porque no soy digno que ninguna mujer respete y honre mi nombre; y tendré que apurar la copa de la amargura cuando mi cruel expiación me obligue a vestir el humilde sayal de la mujer.

¡Oh! Entonces… ¡Cuántas humillaciones! ¡Cuántos desvíos tendré que lamentar! Que lucha tendré que sostener para resistir el impetuoso empuje del infortunio ¡Cuán horrible será mi soledad!.. entonces iré mendigando una caricia de los pequeñitos, grano por grano de arena iré levantando mi pobre cabaña y en ella encerrando las flores marchitas de mis melancólicos recuerdos.

Hay algo mucho peor que una muerte triste, hay la prolongación indefinida del dolor, hay la justa expiación de todos los desaciertos, hay la eterna ley de las compensaciones, hay la cosecha de todo cuanto se ha sembrado; no te canses en repetirlo, mujer; es necesario que la humanidad adquiera la certidumbre y el convencimiento que no quedan impunes los atropellos y los crímenes cometidos para satisfacer torpes pasiones, preciso es poner coto a los desórdenes, porque ¡Ay! dejan una herencia terrible, dejan el patrimonio de los remordimientos.

Mis víctimas me han perdonado, no me faltan espíritus generosos que me alientan, pero me queda mi conciencia, me queda mi razón, y la una me recuerda lo que he sido, y la otra me señala la única senda que puedo seguir, ¡La de la más horrible expiación! Sé que ésta no será eterna, sé que durará lo que dure mi concupiscencia y el saldo de mi larga cuenta.

También habrá para mí días de sol, también hijos amorosos cerrarán mis ojos en la crisis suprema de la muerte, pero antes que esta época llegue ¡Cuántos remordimientos me atormentarán!

No quiero entristecerte más con mis quejas; sigue cumpliendo tu misión pagando tus deudas que muchas trajistes a la Tierra: y no te duela nunca el tiempo que empleas en transmitir el pensamiento de los que sufren, porque estos son los que enseñan el camino de la felicidad.

Jamás hemos sentido relacionarnos con los que padecen, porque estamos plenamente convencidos de lo que dice el Espíritu, que los felices son las páginas en blanco en el libro de la vida, y los que habitamos este planeta necesitamos estudiar y aprender, que por haber sido perezosos nos encontramos sin los títulos necesarios para ocupar los puestos prominentes en los cuales la dicha ofrece sus horas de plácida calma y dulce reposo al Espíritu que merece gozar de tales beneficios.

Creemos así mismo que los remordimientos son las verdaderas penas del infierno, huyamos de ellos no con oraciones rutinarias, sino con firme propósito de enmienda, y conseguiremos no la felicidad absoluta, pero si un bienestar relativo en armonía con nuestras condiciones morales e intelectuales.

¡Dichosos aquellos que quieren progresar!

 

Amalia Domingo Soler

La Luz del Camino

Amalia Domingo Soler Artículos

NO HAY CASUALIDADES

Un lecho de flores

Hablando una noche con una señora que nos contaba tristes historias de su familia, nos dijo lo siguiente:

Yo creo que pesa sobre mis parientes una maldición, porque llueven sobre ella las desgracias con una profusión aterradora.

¿Y Vd. con su buen talento cree en la eficacia de las maldiciones?

No diré que crea en ellas, pero existen casualidades tan fatales, que sus consecuencias son terribles.

Es que no existe la casualidad.

¿Pues a qué obedecen ciertos sucesos repentinos que no tienen explicación posible? La muerte de mi sobrino Ángel, por ejemplo, que era un muchacho de 18 años, adorado por sus padres, que no sabían qué hacerse con su hijo, el cual vivía muy tranquilo y muy satisfecho cumpliendo con su destino en el escritorio de una casa de comercio, y una mañana salió de su casa tan contento y tan alegre, con un revolver preciosísimo que le había tocado en suerte en una rifa, diciéndole a su madre: Mira, mamá, me llevo el revolver para que lo vean mis compañeros de oficina.

Esto era a las seis, y a las nueve le avisaron a mi cuñado que fuera inmediatamente al escritorio donde trabajaba su hijo y le encontró a éste caído en tierra y el revolver a corta distancia.

Ángel parecía que estaba sonriendo a pesar de haberle entrado una bala por el ojo derecho que le mató instantáneamente, según afirmaron los médicos que reconocieron el cadáver.

Ángel, según contaba el portero de la casa, había entrado en su oficina cantando alegremente su ópera favorita, y antes que nadie entrara en el escritorio se oyó una detonación.

¿Fue suicidio?

No, porque Ángel vivía muy contento de su suerte; luego fue casual que se le disparara el tiro; niégueme usted ahora la casualidad.

Y tanto que se la niego; y a más le aseguro que su sobrino pagó una deuda con esa muerte repentina, no me queda la menor duda.

¿Quiere Vd. decir?… no comprendo, no sé el significado de sus palabras.

La casualidad, se lo repito, no existe, y hecho tan trascendental como es la terminación de una existencia cuando sonríe la juventud, cuando las caricias de una madre amorosísima y los prudentes consejos de un buen padre nos envuelven con su manto de felicidad, cuando la esperanza nos ofrece sus horizontes de color de rosa, cuando la plenitud de la vida nos alienta con su savia generosa, el morir es un mal, y un mal es el resultado de un daño causado a otro.

Pero si mi sobrino era Ángel de nombre y ángel en sus hechos, todo el mundo le quería y envidiaban a sus padres porque le tenían por hijo; ¿Qué daño pudo, pues, causar a nadie? Ninguno, absolutísimamente ninguno.

En esta encarnación convenido; pero en las anteriores, ni Vd. ni yo sabemos lo que hizo.

Eso es verdad ¿Y no podría averiguarse algo?

Según y conforme, si es para satisfacer una pueril curiosidad nada preguntaré a los espíritus.

¡Qué ha de ser por curiosidad! Si mi cuñado y su infeliz esposa están completamente desesperados y buscando consuelo, han hablado con varios espiritistas, y estos les han dicho lo mismo que Vd. me dice; así es que están sedientos de saber algo; pregunte Vd. pues, amiga mía, a ver que le dicen y podría Vd. hacer dos obras buenas a la vez, consolar a unos desdichados y escribir para enseñanza de muchos lo que le dijeran los espíritus.

Ciertamente que ha pensado Vd. bien, y me ha propuesto lo que yo siempre tengo costumbre de hacer, pues nunca pregunto a los espíritus para satisfacer curiosidades de éste o de aquel, sino para dar una lección de la eterna justicia a los muchos que dudan de la sabiduría de Dios.

Yo pregunto a los espíritus para divulgar sus enseñanzas, para difundir la luz de la verdad, y que ésta disipe las densas brumas del error.

Cuando tuvimos ocasión hicimos presente nuestro deseo al Espíritu que guía nuestros trabajos, y éste nos contestó, lo que a continuación copiamos:

“Ya sé que no es tu móvil la curiosidad, por eso siempre que me es posible contesto a tus preguntas, porque sé que mis narraciones te sirven para publicar historias que encierran una útil enseñanza de las que está muy necesitada la humanidad, y es necesario que todos sepan que no hay casualidades, que todo sucede a su tiempo, especialmente cuando llegan esos momentos supremos, esas crisis que deciden el porvenir de un hombre.

Deseas saber porqué un joven que vivía tranquilo y sereno, adorado de su madre, querido y respetado de su padre, satisfecho de sí mismo, porque todo cuanto le rodeaba le brindaba cariño y consideración social; en un momento, cuando estaba más distraído con un juguete mortífero, con una de esas pequeñas máquinas que al funcionar producen la muerte de varios individuos en pocos segundos, cuando veía satisfecho su deseo, de poseer un arma de fuego de las condiciones que él anhelaba, perdió la vida sin saber si fue intencionadamente o por casualidad como decís en la Tierra: y yo te digo que no fue con premeditación, esto es, que no fue suicidio, ni un efecto tampoco de la casualidad.

Él miraba atentamente el cañón de la pistola y se disparó a sí mismo sin saber lo que se hacía, pero al entrarle la bala por el ojo derecho quedó saldada una de sus cuentas; así es, que no fue casual el pago de una deuda; cuando un Espíritu viene dispuesto a cumplir su destino, no necesita que nadie le infiera daño alguno, él mismo se administra justicia, como se la administró el joven de quien me has hablado; el cual, en una de sus anteriores existencias, fue una mujer sin corazón, una cortesana rodeada de galanes que se disputaban sus favores, ofreciéndole en cambio joyas y luises a los cuales Egamina era muy aficionada.

Entre sus adoradores había Leuterio, joven pintor de modesta fortuna, que sintió por la cortesana una pasión tan profunda que le ofreció su corazón, su mano y su humilde y poético hogar.

Egamina se rió de sus proposiciones y le dijo que ella necesitaba de grandes plumas para volar: Leuterio lamentó su negativa sin herirse su dignidad por la burla de que era objeto, y la siguió de lejos consolándose con verla a larga distancia.

El patrimonio de las cortesanas es su belleza física, cuando ésta se agota o se marchita, pasan de un lecho de plumas a un jergón del hospital, y sustituyen a sus galanteadores, por hurañas enfermeras que las desprecian y las acusan por su liviandad.

Egamina, cuando estaba en todo el desarrollo de su espléndida hermosura, la viruela se enseñoreó contra ella con el mayor furor, y a no haber sido por Leuterio la hubieran conducido al hospital; pero éste, en cuanto supo que estaba enferma, se constituyó en su enfermero y no la abandonó ni un segundo.

Egamina estuvo entre la vida y la muerte muchos días, todos la abandonaron, ninguna de sus compañeras de orgía veló su sueño, ninguno de los que compraban sus caricias le dio una limosna, y como las cortesanas viven en un déficit permanente, los acreedores se apoderaron de cuanto poseía y sólo por Leuterio pudo conservar su lecho y los muebles más precisos.

Su convalecencia fue larga y penosa, pues se le complicaron nuevas enfermedades, y Leuterio, antes de verla reducida a la miseria, se hizo criminal hurtando a sus padres los ahorros de veinte años de economías y privaciones; cantidad que en poder de Egamina pronto quedó reducida a la nada, pero duró el tiempo suficiente para reponerse y comprar los aceites necesarios para recuperar su belleza algo ajada y marchita, y cuando se vió hermosa y rejuvenecida, en vez de adorar al hombre que la había salvado de la miseria y que persistía en llamarla su esposa, se entregó de nuevo a sus habituales desórdenes, diciendo a Leuterio que habiendo recobrado sus antiguas alas, ya no necesitaba de padre para tender su vuelo.

Leuterio se quedó como herido del rayo, pero pronto recobró el uso de la palabra y juró a Egamina que se vengaría de ella, ya que por su causa él había sido criminal, robando a sus padres que quedaron reducidos a la miseria y murieron maldiciendo al hijo ingrato que había profanado el santuario del hogar.

Egamina no hizo caso de sus amenazas, siguió su vida de crápula y desorden, cuando una noche al entrar en su alcoba vió a Leuterio sentado junto a su lecho que la esperaba con una pistola en su diestra, y que al verla le dijo: La víctima viene a morir junto a su verdugo; pero antes quiero estrecharte en mis brazos. Egamina creyó que él quería matarla, trató de arrebatarle la pistola y al hacerlo salió una bala penetrando por el ojo derecho de Leuterio que murió instantáneamente.

La cortesana fue reducida a prisión, recobrando pronto la libertad, que ella empleó como siempre en el libertinaje, hasta que murió en un incendio en una noche de orgía.

El crimen que ella cometió con Leuterio tenía que pagarlo, porque de un hombre sencillo y bueno, hizo un criminal, un demente sin corazón que no se compadeció de sus ancianos padres y les dejó morir en el abandono y en la desesperación.

Ella le hizo suicida, porque el infeliz la quería tanto, que quiso morir junto al lecho de Egamina para verla en su agonía, no para matarla como aquella creyó.

Leuterio era un alma buena y ella le precipitó en el abismo por su ingratitud, ella le hizo morir y vivir desesperado, y en la eterna balanza ha sido pesada toda su infamia y pagará hasta el último cuadrante por su inicuo proceder.

Leuterio era una esperanza para su familia y una gloria para su patria, era un genio, era un artista que trasladaba al lienzo las nubes de la tarde y los arreboles de la aurora, el dolor de la madre ante el cadáver de su hijo y la desesperación del réprobo en las mazmorras de la inquisición; y aquella luz portentosa, aquella inspiración celestial, Egamina la redujo a humo, prometió cariño al artista mientras se sintió enferma, le despreció cuando se vió fuerte, y aquel alma de fuego se sintió profundamente herida, prefiriendo la muerte a su espantosa soledad, y todo el daño causado a un ser noble y sencillo, toda la desesperación de los padres de Leuterio al verse saqueados y abandonados por su hijo, y todo el mal que éste hizo y todo ese cúmulo de dolorosos desaciertos pesan sobre el Espíritu de la cortesana, que cuando en el espacio se dió cuenta de todos sus actos, sintió un horror invencible al sexo que había pertenecido manchándole con sus impurezas, y pidió todas las humillaciones que tuviera que pasar, que fueran en el sexo masculino; tenía miedo de volver a caer, Espíritu débil, cuantas veces ha vuelto a la Tierra, ha permanecido corto tiempo, siempre se ha ido joven huyendo de resbalar y caer.

Su arrepentimiento ha sido sincero, y quiere sufrir cuanto le hizo padecer a Leuterio; que sigue sus huellas esperando su regeneración. En su última existencia quiso morir como aquel murió, quiso sentir sus dolores, quiso truncar todas sus ilusiones y sus esperanzas; ya ves como no hay casualidades, no hay más que el cumplimiento de una ley, que nadie puede dejar de sufrir las consecuencias de su inapelable fallo.

Puede el Espíritu elegir tiempo para el pago de sus terribles deudas, pero no lo dudes, el tormento causado y la ofensa nos siguen como la sombra al cuerpo.

Muchas veces habrás visto en familias amorosas dotadas con bienes de fortuna, que uno de sus individuos no puede dar un paso o está ciego o epiléptico, o es sordomudo; y es que aquel Espíritu es cobarde ante la prueba y necesita pagar su deuda rodeado de atenciones amorosas, sin sufrir el hambre y la desnudez; para conseguir esto, ha estado centurias de siglos trabajando lentamente en su progreso.

En cambio, cuando veas a un mendigo con las piernas de palo o encerrado en un carretón rodeado de seres innobles que explotan su desgracia, compadece su expiación y admira su fortaleza, es un Espíritu decidido que al reconocer sus yerros ha dicho.

Quién tal hizo que tal pague, el mal camino debe andarse pronto, ¡Adelante! Y elige una existencia con padres semi-idiotas en la mayor miseria, que le dejan en medio de un camino como una carga inútil, y entre mendigos de profesión o solo en el mayor abandono, llega a sentir la nieve de los años sobre su cabeza que se dobla casi hasta tocar la Tierra. Cuando veas a estos desgraciados, te lo repito, compadéceles y admíralos, que iguala su infamia a su voluntad, su entereza de gigante que dice: “Si me hundo en lodo yo me levantaré, quien supo matar debe saber sufrir, quien en la cumbre de las grandezas humanas fue un bandido sin corazón, en la honda sima de las miserias y humillaciones terrenales, debe ser un modelo de mansedumbre y humildad”.

Fíjate bien en esos tullidos, en esos mudos que a veces encuentras en tu camino, detén tus pasos para dirigirles una mirada de consuelo y una palabra de compasión, que relacionados estáis todos los hombres por vuestros desaciertos de ayer y vuestro arrepentimiento de hoy.

Adiós.

Toda la eternidad que tenemos para progresar indefinidamente nos parece escaso tiempo para demostrar nuestra inmensa gratitud a los buenos espíritus y especialmente al que más nos guía en nuestros trabajos literarios.

Sin los seres de ultratumba hubiéramos sucumbido hace mucho tiempo bajo el enorme peso de nuestra cruz; porque en cumplimiento de una ley justa e inmutable, nuestra expiación nos ha rodeado de esas pequeñas y continuas contrariedades, que son sin disputa más insoportables que una desgracia inesperada, que cae como una bomba sobre la existencia.

Nuestra expiación ha sido la gota de agua horadando la piedra, así es, que hubiéramos llegado a la más completa desesperación, si los espíritus con sus razonados consejos no nos hubieran hecho comprender la admirable justicia de las leyes eternas.

¡Oh! Sí; agradecidísimos estamos a los espíritus por las útiles enseñanzas que nos dan, que no todos los que se comunican con los seres de ultratumba obtienen igual beneficio. Hay muchos médiums que sirven de intérprete a espíritus ligeros y engañadores, cuyas comunicaciones son peligrosas.

Hasta ahora felizmente hemos trasmitido historias y relatos de útil enseñanza moral; no hemos penetrado en el templo de la ciencia porque nuestra expiación nos ha negado la inteligencia suficiente para llegar al puesto que ocupan los grandes sabios; pero los buenos espíritus nos han inculcado los sanos principios de la moral eterna contenidos en estas palabras: No hagas a otro, lo que no quieras para ti.

Ellos nos han dicho así:

Trabajad sin descanso, recupera átomo por átomo todo lo que has perdido cuando despreciasteis la inteligencia adquirida en asíduos trabajos literarios y tu genio arrastró por el fango sus alas de oro.

Trabaja, nosotros te ayudaremos, nada se pierde, todo lo adquiere el Espíritu con aplicación y perseverancia, nosotros no hacemos sabios a los ignorantes, ni evitamos tareas a los indolentes, pero sí ayudamos con nuestros consejos y trabajo a los obreros de buena voluntad.

No respondemos al llamamiento de curiosos impertinentes, pero envolvemos con nuestro fluido a los que nos dicen:

¡Iluminadnos queremos progresar! ¡Decidnos cual es el mejor camino para llegar a la Tierra de promisión!

Esto y mucho más nos han dicho los espíritus; ellos son nuestros más fieles amigos, nada nos une a la Tierra y por ellos amamos a todos los infortunados que pululan en ella, los seres de ultratumba nos han dado una gran familia, por ella trabajamos, por ella pedimos inspiración a nuestros amigos invisibles, para hacerles conocer a los que lloran que ellos son la causa de su llanto, que no existe la injusticia, que cada ser vive en la atmósfera que él mismo se ha creado, que no hay redentores sino que cada hombre es el redentor de sí mismo; que no hay hechos casuales ni providenciales, que no hay fatalismo sobre ésta o aquella raza, no hay más que el trabajo individual de cada Espíritu que a su placer siembra su viña y su huerto y le cultiva con esmero, o deja que las malezas invadan el monte y el llano.

Esta profunda verdad es necesario que sea conocida de todos para que a la vuelta de algunos siglos, no tengan los terrenales que pagar con muertes violentas, las terribles deudas de su ayer.

 

 

Amalia Domingo Soler

La Luz del Camino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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