José AniorteEl nacimiento de Jesús fue el fruto de un matrimonio contraído entre José y María. José era viudo y padre de cinco hijos cuando se casó con María. Estos hijos pasaron a ser ante la historia falseada, primos de Jesús. María era hija de Joaquín y de Ana, de la ciudad de Jericó, y no tenía más que un hermano llamado Jaime, dos años menor que ella.

Jesús nació en Belén, sus padres habían viajado hasta allí por asuntos particulares, con el objeto de reanudar relaciones comerciales; ésta es la verdadera historia sobre el nacimiento de Jesús en Belén.
Los primeros años de Jesús transcurrieron como los de todos los niños, hijo de un artesano acomodado. Era de un carácter tímido y de una inteligencia avanzada.

Era costumbre de los habitantes de Nazaret encaminarse hacia Jerusalén unos días antes de la Pascua, que se celebraba en el mes de Marzo Jesús tenía en esa época 12 años y acompañó a su madre y a su hermano mayor que tenía 22 años, con el cual le unía un especial cariño.
Allí conoció Jesús a José de Arimatea, buen amigo de José, su padre. José de Arimatea era un hombre bueno, rico y poderoso, muy respetado porque trataba de igual manera al rico y al pobre.
Desde el primer momento José de Arimatea se interesó mucho por Jesús, así que habló con su padre para que lo dejara a su cargo, para instruirlo y prepararlo en condiciones, para ser un buen defensor de la religión de Israel.

Cuando murió José, Jesús tenía 23 años y entonces se fue a vivir con José de Arimatea, quien lo acogió como a un hijo.
Desde este momento empezó a comprender Jesús la misión que tenía que desempeñar y el camino que debía seguir. Jesús recibía la grandeza de la nueva luz, de la ley que él traía por inspiración Divina, que significaba la renuncia y el sacrificio con el amor recíproco que lo elevaron fuertemente hacia la comunión universal, hacia la comunión con Dios.
Su sacrificio fue de amor en su más intensa expresión, amor hacia la humanidad, inspirado por Dios que sostiene al Espíritu en sus debilidades humanas, en el sacrificio y en la muerte.
Jesús fue paciente, amoroso, tolerante, comprensivo y humilde con todos los que sufren, con los enfermos, con los desheredados, con los pecadores y con las rameras, pero fue enérgico con los mercaderes del templo, con los poderosos y con los sacerdotes religiosos, que los acusó y desenmascaró sus
mentiras, y finalmente fue valiente enfrentando la muerte.

Él fue el Cristo y el Cristianismo empieza con Él; para ser cristiano hay que divulgar sus enseñamientos y cumplirlos.
Fundó la Religión Universal que es la religión del amor, y Pedro apóstol fue nombrado jefe de ella, Pedro fue la piedra angular de esta religión, sin ninguna ortodoxia ni dogmatismo fanatizado.

Su doctrina es bien fácil y clara: “Ama al prójimo como a ti mismo, y no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”.
“Descubrir el vicio y desenmascarar la impostura. Tomadme como ejemplo; soy pobre, permaneced pobres; soy perseguido, sufrid persecución; yo os digo: Que el Espíritu pertenece a Dios y que el hijo debe abandonar al padre y a la madre antes de infligir los mandamientos de Dios”.

Cierto día Gandhi hablando con un sacerdote inglés, amigo suyo, le dijo: “yo he leído vuestra Biblia y lo más hermoso que he leído en mi vida es el Sermón de la Montaña. Si los que se dicen cristianos lo cumplieran yo también me haría cristiano, pero no es así; y acabó diciendo: Siento un profundo respeto y admiración por vuestro Cristo”.

Muchas personas me han preguntado en diversas ocasiones qué religión era la mía y yo les he contestado; soy cristiano, ellos sonriendo me han dicho: igual que nosotros, somos católicos, yo les he dicho que no es lo mismo, ¿Qué diferencia hay? Me han preguntado; y yo les he dicho: sólo una, el Cristianismo es la verdad (…).

Ni Jesús ni sus apóstoles escribieron ningún evangelio, se fueron transmitiendo relatos sobre su vida y sus palabras durante varios siglos, y finalmente se fueron escribiendo en tal cantidad que según algunos historiadores llegaron a existir hasta sesenta y seis evangelios. Debo decir que, a pesar de la diversidad de ellos, la moral, la elevación y penetración del mensaje del Maestro, nunca pudieron ser alteradas, hasta hoy se manifiesta en todos ellos porque es un mensaje Divino y siempre será un camino de luz para que lo siga la humanidad.

Todas las religiones son necesarias, todas han tenido su época de esplendor; en un principio yo tengo que decir que no soy antirreligioso, soy creyente y quiero decir de buena fe a todos los responsables religiosos que dogmatizarse en el pasado es la muerte.

Todas las religiones tienen un principio de verdad y esa verdad hay que revelarla de acuerdo con el progreso de la humanidad. Yo no estoy en contra de ninguna religión, sino en contra de los que las manipulan y las utilizan para sacar provecho de ellas en beneficio propio.

La religión católica ha tenido en el pasado algunos periodos positivos, ha tenido en sus filas espíritus de gran relevancia, como Francisco de Asís, Teresa de Jesús, Joanna de Ángelis, Teresa de Calcuta y otros miles de misioneros, hombres y mujeres, que han dado su vida por amor a sus semejantes, siguiendo el ejemplo de Jesús. A todos estos hermanos hay que respetarlos y rendirles homenaje, porque nos sirven de ejemplo como verdaderos cristianos al servicio de Dios y de Jesús.
Yo digo como dijo Gandhi; si todos los católicos fueran así, yo sería el más ferviente servidor del catolicismo.

Jesús fue el fundador de la Religión Universal, la religión del amor, del sacrificio y la renuncia, no fue el fundador de la religión de la intolerancia, de las prisiones, de las hogueras y de las guerras.

Jesús dijo a Cephas: no te preocupes por los cuidados que son necesarios para la grandeza futura de nuestra empresa.
Ahora descansa sobre el Maestro y después descansará sobre ti que eres la piedra fundamental de nuestro edificio. Cephas le contestó radiante: “Maestro bendice la piedra fundamental y jamás se vendrá abajo el edificio”.

Jamás salió de los labios de Jesús el mezquino juego de palabras que se atribuyó a este hecho. El origen del nombre de Pedro fue debido a la facilidad de comparación que proporcionó en aquel momento, y seguidamente fue conocido como Pedro el Apóstol de Jesús, fundador de la Religión Universal, ésta materialmente pobre, resplandeciente de riquezas por sus aspiraciones dulces y caritativas, fuerte y majestuosa, tierna y paciente con todos, devota y responsable con todos sus deberes, invencible por su elevación espiritual y eterna por sus ejemplos de virtud.

Jesús les recomendó: “Depositad las ofrendas que os hagan en los pobres, y sacudid el polvo de vuestro calzado para no llevar nada de ellas a vuestra habitación”.
“La Religión Universal se manifiesta con la elevación del pensamiento y el deseo de perfección. Las religiones humanas exigen la fe, sin proporcionar el sentimiento de ésta, y contribuyen para convertir al hombre en fanático e incrédulo”.

Después de la muerte de Pedro la persecución cristiana fue disminuyendo; en pocos años se formaron comunidades, agrupaciones e iglesias, que hacían diferentes interpretaciones de la vida y enseñamientos de Jesús. En todas las provincias del Imperio Romano había iglesias con sus respectivos obispos.

En Roma ya tenían un papa: San Silvestre I. La ambición de los obispos era tan grande que estaban a punto de un peligroso enfrentamiento. Entonces se decidió hacer el concilio de Nicea en el año 325. Fue convocado por el papa San Silvestre y bajo la ejecutora del mismo emperador Constantino. Este concilio condenó la “herejía” de Arrio, éste negaba la divinidad de Jesucristo y su consustancialidad con Dios.

Allí, en este concilio se aprobó el dogma: “Creemos en un solo Dios, Padre todo poderoso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles, y en un solo Señor Jesucristo, el unigénito del Padre, esto es, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero, engendrado pero no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho, en el Cielo y en la Tierra, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo, se encarnó y se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos y volverá para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”.

Aquellos que dicen, hubo un tiempo en que Él no existía, y Él no existía antes de ser engendrado, la Iglesia Católica los anatematiza.
La adhesión fue general y entusiasta. Todos los obispos, excepto cinco, se declararon prestos a suscribir dicha formula, convencidos de que contenía la verdadera fe de la Iglesia Apostólica. Los oponentes quedaron reducidos a dos; Teón de Marmárica y Segundo de Tolomeo, que fueron exiliados y anatematizados. Arrio y sus escritos fueron también marcados con el anatema, sus libros fueron arrojados al fuego y él fue exiliado a Llíria.

Las comunidades cristianas que seguían los enseñamientos del Maestro; compartían sus bienes y trabajaban la tierra para conseguir su alimento, todas sus puertas estaban abiertas para el viajero que necesitaba un techo para dormir y un pedazo de pan para cenar. Vivían como hermanos y cuidaban de los enfermos.
Por las noches comentaban los enseñamientos de Jesús y confiaban en él. Estas comunidades, declaradas en herejía, fueron perseguidas y exterminadas y los que pudieron salvarse se refugiaron en las montañas.

Antes de seguir adelante quiero aclarar y descubrir una gran confusión que ha utilizado la Iglesia Católica hasta hoy, sobre el origen de Jesús y su familia.
Débora, hija de Alfeo, fue la primera mujer de José, con la cual tuvo cinco hijos que se llamaron: Cleophas, Eleazar, Cleofe, Matías y Débora.
En segundo matrimonio se casó con María y tuvo siete hijos más, que se llamaron: el primero, Jesús y seguidamente, Efraín, José, Elisabeta, Andrea, Ana y Jaime.
Esta es la verdad sobre la familia de Jesús y su nacimiento, y esta verdad no lo desmerece en nada, por el contrario, tiene mucho más mérito porque su elevación la ha conseguido con su propio esfuerzo.

No es Dios, porque Dios es inmaterial y no puede materializarse, pero es Jesús quien lo representa aquí en nuestro mundo; para nosotros es como si fuese Dios. Él es el sublime peregrino que reencarnó en la Tierra, no para salvarnos porque nuestra salvación depende de cada uno, pero sí se sometió a una vida de sufrimientos en un mundo tan primitivo como el nuestro, para enseñarnos el camino de nuestra salvación, el camino de la verdad y de la vida.

También es necesario hacer una aclaración sobre la muerte de Jesús, que también fue manipulada y revelada de manera diferente:
La muerte de Jesús levantó muchas expectativas porque se había corrido el rumor de que a los tres días iba a resucitar. Esto hoy está desmentido científicamente, un cuerpo muerto jamás puede tener vida, aunque se produjese un milagro, algo que tampoco es posible.

Jesús dijo: “Yo no he venido para alterar la ley, sino para cumplirla”.
Este asunto preocupaba mucho a Pedro y a José de Arimatea, temían que el populacho fuese a la tumba, sacaran el cuerpo y lo profanaran. Así decidieron abrir la tumba durante la noche y sacar el cuerpo y enterrarlo en un sepulcro distante de allí, que había sido abandonado por sus propietarios.
Al día siguiente fue María a visitar la tumba y con asombro vio que estaba abierta y el cuerpo había desaparecido.
Triste y llorosa regresaba, cuando vio ante ella a Jesús, en Espíritu totalmente materializado. Ella lo reconoció y emocionada de rodillas le dice: ¡Maestro! Él le da su mano la levanta y le dice: María ve y cuenta lo que has visto.
María presurosa llegó al tabernáculo donde estaban todos los apóstoles reunidos, y gritando con alegría les dice: he visto al Maestro, ¡está vivo! Todos escuchaban con asombro y no podían creer lo que María estaba diciendo. José de Arimatea y Pedro que estaban allí se miraron significativamente, como diciendo es mejor aceptar esta mentira que revelar la verdad. Y así pasó a la historia.
Después cada uno lo ha utilizado de acuerdo con sus intereses o convicciones.

Quiero acabar este capítulo con el diamante más preciado del Cristianismo:

EL SERMÓN DE LA MONTAÑA
SAN MATEO V, 1-48

1 Viendo las gentes, subió al monte; y sentándose, se llegaron a él sus discípulos.
2 Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
5 Bienaventurados los mansos; porque ellos recibirán la tierra por heredad.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia; porque ellos serán hartos.
7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Bienaventurados los pacificadores; porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia; porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados sois cuando os vituperen y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo.
12 Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos; que así persiguieron a los profetas que fueron antes que vosotros.
13 Vosotros sois la sal de la tierra; y si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No vale más para nada sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
14 Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.
15 Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud sino sobre un candelero y alumbra a todos los que están en casa.
16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
17 No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.
18 Porque de cierto os digo que hasta que perezca el Cielo y la Tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas.
19 De manera que cualquiera que infringiere uno de estos mandamientos, y así enseñare a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que hiciere y enseñare, éste será llamado grande en el reino de los cielos.
20 Porque os digo que vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y de los fariseos, no entrareis en el reino de los cielos.
21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; más cualquiera que matare, será culpado de juicio.
22 Mas yo os digo, que cualquiera que se enojase locamente con su hermano, será culpado del juicio, y cualquiera que dijere a su hermano, Raca, será culpado del consejo; y cualquiera que dijere fatuo, será culpado del infierno del fuego.
23 Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti.
24 Deja allí tu presente delante del altar y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente.
25 Concíliate con tu adversario presto, entre tanto que estás con él en el camino; porque no acontezca que el adversario te entregue al juez y el juez te entregue al alguacil, y seas echado en prisión.
26 De cierto te digo, que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.
27 Oísteis que fue dicho: No adulterarás:
28 Mas yo os digo, que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.
29 por tanto, si tu ojo derecho te fuere ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no todo tu cuerpo sea echado al infierno.
30 Y si tu mano derecha te fuere ocasión de caer, córtala, y échala de ti; que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.
31 También fue dicho: Cualquiera que repudiare a su mujer, déle carta de divorcio:
32 Mas yo os digo que el que repudiare a su mujer, fuera de causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casare con la repudiada, comete adulterio.
33 Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás; mas pagarás al Señor tus juramentos.
34 Mas yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios;
35 Ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén porque es la ciudad del gran Rey.
36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer un cabello blanco negro.
37 Mas sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto del mal procede.
38 Oísteis que fue dicho a los antiguos: Ojo por ojo, y diente por diente.
39 Mas yo os digo: No resistáis al mal; ante aquel que te hiere en la mejilla diestra, vuelve también la otra.
40 Y al que quisiere ponerte a pleito y tomarte tu ropa, déjale también la capa.
41 Y a cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos.
42 Al que te pidiere, dale; y al que quisiere tomar de ti prestado, no se lo rehúses.
43 Oíste que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.
45 Para que seas hijo de vuestro Padre que está en los cielos; que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿Qué recompensa tendríais? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?.
47 Si abrazarais a vuestros hermanos solamente ¿Qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?.
48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

SAN MATEO VI, 1-34
1 Mirad que no hagáis vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis merced de vuestro Padre que está en el cielo.
2 Cuando pues haces limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las plazas, para ser estimados de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
3 Mas cuando tú haces limosna no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha;
4 Para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en secreto, él te recompensará en público.
5 Y cuando oras, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en las sinagogas y en los cantones de las calles en pie, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo, que ya tienen su pago.
6 Mas tú, cuando oras, éntrate en tu cámara, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará en público.
7 Y orando, no seáis prolijos, como los Gentiles; que piensan por su parlería serán oídos.
8 No hagáis, pues, semejante a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.
9 Vosotros, orareis así: Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre,
10 Venga tu reino. Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la Tierra,
11 Danos hoy nuestro cotidiano.
12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal, porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
14 Porque si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial.
15 Mas si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
16 Y cuando ayunéis, no seáis como los hipócritas, austeros; porque ellos demudan sus rostros para parecer a los hombres que ayunan; de cierto os digo, que ya tienen su pago.
17 Mas tú, cuando ayunas, unge tu cabeza y lava tu rostro;
18 Para no parecer a los hombres que ayunan, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto, te recompensará en secreto.
19 No hagáis tesoros en la Tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan;
20 Mas haced tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan:
21 Porque donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón.
22 La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo fuere sincero, todo tu cuerpo será luminoso:
23 Mas si tu ojo fuere malo, todo tu cuerpo será tenebroso. Así que, si la lumbre que en ti hay son tinieblas, ¿cuántas serán las mismas tinieblas?.
24 Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno o menospreciará al otro; no podéis servir a Dios y a Mammón.
25 Por tanto os digo: No os congojéis por vuestra vida, qué habéis de comer o de beber, ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir: ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo que el vestido?.
26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes; y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?.
27 Mas ¿Quién de vosotros podrá congojarse y añadir a su estatura un codo?.
28 Y por el vestido, ¿por qué os congojáis? Reparad los lirios del campo, como crecen; no trabajan ni hilan;
29 Mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria fue vestido así como uno de ellos.
30 Y si la hierba del campo que hoy es y mañana es echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?
31 No os congojéis, pues diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos cubriremos?.
32 Porque los Gentiles buscan todas estas cosas; que vuestro Padre Celestial sabe que de todas estas cosas habéis menester.
33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
34 Así que no os congojéis por el día de mañana; que el día de mañana traerá su fatiga; basta al día su afán.

SAN MATEO VII, 1-29
1 No juzguéis, para que no seáis juzgados,
2 Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; y con la medida con que midáis, os volverán a medir.
3 Y ¿por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu ojo?
4 Cómo dirás a tu hermano: Espera echaré de tu ojo la mota y he aquí la viga en tu ojo?.
5 Hipócrita, echa primero la viga de tu ojo, y entonces mirarás en echar la mota del ojo de tu hermano.
6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, porque no las rehuellen con sus pies y vuelvan y os despedacen.
7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.
8 Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
9 ¿Qué hombre hay de vosotros, a quien si su hijo pidiere pan, le dará una piedra?
10 ¿Y si le pidiera un pez, le dará una serpiente?
11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden?.
12 Así que, todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también hacer vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.
13 Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella.
14 Porque estrecha es la puerta y angosto es el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
15 Y guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros convertidos de ovejas, más de dentro son lobos rapaces.
16 Por su fruto los conoceréis. ¿Cógense uvas de los espinos, o higos de los abrojos?.
17 Así, todo buen árbol lleva buenos frutos; mas el árbol maleado lleva malos frutos.
18 No puede el buen árbol llevar malos frutos, ni el árbol maleado llevar frutos buenos.
19 Todo árbol que no lleva buen fruto, cortase y échese en el fuego.
20 Así que, por su fruto los conoceréis.
21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, más el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre no lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?.
23 Entonces les protestaré: Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de maldad.
24 Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la peña.
25 Y descendió la lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y combatieron aquella casa y no se calló: porque estaba fundada sobre la peña.
26 Y cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;
27 Y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, e hicieron ímpetu en aquella casa; y calló y fue grande su ruina.
28 Y fue que, como Jesús acabó estas palabras, las gentes se admiraban de su doctrina.
29 Porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los Escribas.

 

Josè Aniorte Alcaraz
Las Verdades del Espiritismo