Para empezar, una pequeña reflexión sobre las curaciones de Lourdes:

El conocimiento de la ciencia moderna demuestra que el ser humano puede despertar y acumular fuerzas vitales en sí mismo, cuando confía, tiene fe y se somete incondicionalmente a una voluntad insuperable que promete curarle todos  sus males.

Es lo que sucede comúnmente con ciertos enfermos que llegan a la fuente milagrosa de Lourdes, pues la fe les activa el cosmos orgánico vital alcanzando curas sorprendentes. Otros enfermos de menor gravedad, al ser pesimistas y esclavos de su desequilibrio espiritual, terminan por anular el flujo vital de sus reservas corpóreas, regresando sin obtener la mejoría deseada.

Todos los enfermos no tienen la misma disposición para ser curados. El enfermo debe ir al encuentro del curador y ser dócil a la cura ya sea sometiéndose a la terapéutica de los encarnados o desencarnados, pues de ello depende la mayor o menor eclosión de las energías de ambos – enfermo y curador-.

Cuando la fuente que emite los fluidos es bastante enérgica, como en el caso de Jesús, el enfermo se cura rápidamente, sin convalecencia; pero cuando el curador es débil de potencial, entonces es necesario que el enfermo coopere con la fuerza de su fe centuplicando la energía indispensable de los fluidos curativos.

Ese fenómeno se procesa con más propiedad en el plano espiritual y no en el carnal, en una especie de automatismo desconocido para la conciencia física, cuya actitud positiva de esa fe que “transporta montañas” es la “llave” que abre las compuertas de las energías, que se hallan latentes en el alma humana.

La cura rápida e incomún no es un milagro, ni misterio, es el fruto de una serie de circunstancias de carácter moral y espiritual, cuyo suceso depende mucho del amor sincero y desinteresado.

Además, el hombre moderno está viciado e intoxicado con remedios violentos que oprimen sus energías magnéticas mediante el bombardeo de la química moderna, a través de los productos de laboratorios farmacéuticos. El enfermo actual se parece a una probeta de prueba, puesto que es el receptáculo vivo de las dosis que contienen las jeringas hipodérmicas, que introducen en su delicado sistema orgánico el contenido de sales minerales heterogéneas y sustancias agresivas, causándole más tarde graves consecuencias, afectándole la salud.

¡Cuántas veces, el enfermo en vez de morir por motivos de la molestia, su deceso se acelera por medio de la “cura”!

La gran ignorancia que existe sobre el mundo espiritual genera el miedo a la muerte e induce al hombre a intentar una retirada angustiosa, ante el primer síntoma de enfermedad. Entonces se transforma en un foco permanente de molestias, que aparecen y desaparecen sustituyéndose continuamente, hasta verse indefenso en la cama víctima de la intoxicación medicamentosa. El dolor, que es la señal roja de peligro para la salud del cuerpo, se trata de eliminar prontamente con el bombardeo de sedativos y anestésicos.

Las personas parecen ignorar del poder maravilloso de la naturaleza, que actúa desde lo íntimo del alma y produce verdaderos milagros. Solo pide, que se le dé algún tiempo para corregir y restaurar los órganos y sistemas lesionados. La salud no es el producto de las tisanas, comprimidos y del uso imprudente de las inyecciones; primero, para higienizar el alma debe establecerse el equilibrio psico-físico mediante la educación en los principios espirituales que mejoran las relaciones cristianas entre las criaturas, la comprensión sobre los deberes humanos y la consecuente reducción de las enfermedades de la llamada “civilización”.

Está comprobado, que los salvajes se enferman gravemente después que toman contacto y adoptan las costumbres de los civilizados, inclusive con los alimentos y el uso de las bebidas alcohólicas. (Es el caso de los indios de América cuando llegó el hombre blanco).

La ausencia del sentimiento por falta de espiritualidad, la negación del joven moderno en ser religioso, tolerante, obediente, resignado, sincero y pacífico, hacen crecer el índice de las enfermedades, pues la hipocresía, el odio, la venganza, la violencia, la irascibilidad, la ambición, el orgullo y otras cualidades anticrísticas provocan las enfermedades en el alma, que repercuten en el cuerpo, perjudicando la salud.

La literatura médica cita el caso de los paralíticos que mueven sus miembros anquilosados o se curan instantáneamente, por el impacto de las emociones agudas e inesperadas. Son recursos extraños de los que el alma se sirve para producir transformaciones benignas en la intimidad del cuerpo.

En una ciudad norteamericana, hace algunos años, durante el incendio ocurrido en un hospital reservado  para los paralíticos, diecinueve de esos enfermos se recuperaron instantáneamente ante el pavor del fuego y la fuerza mental que dinamizaron para poder huir de la tragedia.

Eso confirma que existen energías fabulosas en lo íntimo de cada ser, que al excitarlas ante un supremo esfuerzo mental o por la fe inquebrantable las unifican súbitamente y provoca lo que el vulgo llama el “milagro”. Son energías que destruyen lesiones, bajan o elevan la temperatura incidiendo sobre los centros térmicos; purifican la linfa y electrifican el corazón.

Son fuerzas acumuladas durante milenios, pues el proceso de la exudación del magnetismo telúrico (terrestre) del orbe, se agrupó a través de la imantación de los minerales, se acumuló en la médula de los vegetales y por último se derramó vigorosamente para estructurar la carne del hombre.

Dieron solidez y cualidades al mineral (por eso cada mineral tiene unas propiedades, oro, hierro, cobre etc.); dieron forma y flexibilidad al vegetal y dieron movimiento e instinto al hombre (bueno al animal, pero a nosotros nos interesa el hombre).

Se agruparon y se concentraron en un dinamismo cada vez más pronunciado en el progreso constante de una forma hacia otra y de especie en especie, dotándolas de un automatismo creador disciplinado y de un instinto que las orienta hacia el punto donde deben construir o restablecer órganos, etc.

El hombre debe disciplinar su vida y sus pasiones, porque esas fuerzas creadoras y poderosas existen en su organización “etéreo-carnal”, en el periespíritu y son servidoras sabias que cooperan en la estructura de la vida.

Esas fuerzas gravitan con relativa libertad en el organismo del hombre, sumisas a su voluntad creadora o destructiva, pueden llevarlo al cielo si se emplea sabiamente su contextura, o conducirlo al infierno, si se invierten los polos energéticos.

Cuando un acontecimiento inesperado o un hecho generan un estado de fe, esas fuerzas se concentran en un solo haz, entonces el comando psíquico y milenario puede desencadenar ese potencial en un punto dado, sea un órgano o sistema del cuerpo, para eliminar lesiones y restablecer la vida anquilosada.

Nos recuerda al recurso empleado por el hombre ingenioso que para mover un pesado bloque de piedra, primero reúne a los caballos, los pone a tiro y en un solo envión de esas fuerzas conjuntas, mueve la piedra. De esa misma forma, el “quantum” de fuerzas reunidas y potenciadas produce la cura instantánea bajo el impacto dinámico del espíritu. Muchas criaturas entorpecen el trabajo inteligente de esas fuerzas, porque las debilitan con su desánimo mental y falta de fe en la vida creadora. A veces es preferible que la persona ignore la naturaleza de su enfermedad, puesto que así se aleja de la desesperación y desánimo que le provoca la “caída” energética de las fuerzas vitales.

Hace algún tiempo, los médicos norteamericanos se sorprendieron al realizar una serie de autopsias en varios indigentes, ajenos al tratamiento de la terapéutica oficial y comprobaron que habían padecido de úlceras gástricas o duodenales, lesiones cardíacas, infecciones peligrosas, tumores cancerosos, quistes y amebiasis (infección intestinal). Sin embargo, su estado patogénico presentaba los vestigios o cicatrices de las molestias curadas por los recursos espontáneos de la naturaleza. Eso prueba una vez más, que en lo íntimo del alma continuamente trabajan las fuerzas creadoras, aunque las personas ignoren su acción.

Lo más importante, es saber reunir esas fuerzas bajo una voluntad disciplinada, o bien, por medio de un estado dinámico, que es la FE.

 

 

Este artículo ha sido extraído del libro “La vida humana y el espíritu inmortal” del espíritu Ramatís.