
I
Desde que el estudio del Espiritismo nos ha convencido de que es una verdad axiomática; que lo que no se gana no se obtiene; cuando vemos un ser abrumado bajo el enorme peso de una expiación horrible, le miramos con profunda compasión y decimos con angustia indefinible:
¿Qué hicistes ayer? ¿A cuántos condenados les trajistes la muerte?¿A cuántas familias dejaste en la miseria? ¿Cuántos años de tu vida consagraste a la consumación de espantosos crímenes?
Grandes debieron ser tus delitos cuando por esta existencia no has conseguido ni un día de reposo, ni una hora de solaz.
Éstas o parecidas reflexiones, hicimos hace algunos días, al visitar por vez primera a una familia que ocupa una buena posición social, que posee bastantes riquezas, y que sin embargo le falta mucho para ser feliz.
Se compone la familia de un matrimonio y tres hijos; el mayor tiene veinte años, es delgado y de mediana estatura, blanco y rubio, cabeza de artista, frente pensadora y ojos que cuentan una historia de lágrimas; la expresión de su rostro es melancólica, cuando está sentado su porte es distinguido, su figura aristocrática, cuando se estrechan sus manos blancas, finas y delicadas parece que se cogen las manos de una niña, tan suave es su tacto; habla muy bien, se expresa con soltura, revela clarísima inteligencia y profundo conocimiento en el arte que inmortalizó a Murillo, Velázquez, Juan de Juanes y Rafael; pero cuando se levanta, al dar los primeros pasos, una extremada debilidad en sus miembros inferiores, le hace doblar las rodillas y le obliga a inclinarse balanceando su cuerpo, perdiendo su simpática figura toda su esbeltez y distinción, pues se asemeja al hombre dominado por la embriaguez que camina torpemente, dando pasos inseguros en opuestas direcciones.
¡Qué impresión tan dolorosa sentimos al contemplarle!
Aumentándose nuestra compasión cuando hablamos con él un largo rato, cuando vemos que posee, (como hemos dicho antes) una buena inteligencia; sintiendo como es normal la influencia de las pasiones juveniles, la vida se desborda en su ser, su voz vibra, su mirada fulgura, su ademán es apasionado y … todo ha de quedar ahogado en sí mismo, su imperfección y su debilidad física le separa de los amores y de las relaciones de la vida; para ser amado en la Tierra, para ser preferido a los demás, no basta poseer un alma grande y apasionada, se necesita tener un cuerpo estéticamente configurado; el jorobado, el manco, el cojo, el epiléptico, el patizambo y todos los que tienen otras mil imperfecciones físicas parece que sólo han venido a la Tierra para inspirar risa a los más y compasión a los menos, y aunque a veces llegan a ser amados; como antes de serlo se han visto desdeñados por la generalidad, este desdén se ha infiltrado en su alma y ha ido formando en su corazón ese depósito de amarga ironía, esa profunda desconfianza que tanto lastima, que tanto hiere, que tanto humilla, que tanto mortifica y que fermentando en su alma como agria levadura, va formando el vacío en torno de aquel que a pesar de ser un genio, que a pesar de ser un hombre grande, huye de la sociedad como si hubiera cometido un crimen; se avergüenza de sí mismo, le inspira repulsión su figura, y tiene que vivir unido a su mayor enemigo, tiene que estar enlazado al instrumento de su tortura, y no un día, un año, un lustro, sino toda la vida
¡Oh eso es horrible, es la cadena perpetua del presidiario! ¡Qué grande debe haber sido el delito cuando es tan terrible la condena!
Esto pensábamos mirando a César después de preguntarle con maternal cariño, cuántas veces había visto florecer los almendros.
Tengo ¡Veinte años señora!… ¡Veinte años! ¡Cuanto dijo en tan pocas palabras!
Nos contó toda su historia, sus ambiciones y sus anhelos, sus desengaños y decepciones, en ellas rebosó la amargura que llena hasta el borde la frágil copa de su existencia.
¡Pobre César! Es inmensamente desgraciado.
Joven, de rostro simpático, de claro talento, de agradable trato, y sin embargo… no tiene amigos, no tiene quien le ame, él no puede correr como sus compañeros de estudio, y estos no tienen paciencia para acompañarle en sus cortos y fatigables paseos.
Él no tiene una ilusión amorosa, no está prometido con ninguna niña encantadora, su familia no ha podido concertar su enlace con ninguna de sus jóvenes parientas, está condenado al celibato a pesar de tener un corazón sensible y un alma apasionada.
Es muy débil su organismo, casi siempre está enfermo, y hasta hace pocos meses ha salido siempre con su ayo.
¡Su niñez, sin un juego!… ¡Su juventud sin amores!
Habiendo en él todos los gérmenes de la vida, pero en estado latente, sin desarrollo; es un Espíritu gigante que sólo puede disponer del organismo de un pigmeo; y para mayor sarcasmo es rico, pero su riqueza no ha sido suficiente para robustecer su cuerpo: el último mendigo de la Tierra es más feliz que él, puesto que sus miembros ágiles le permiten ir a donde desea, mientras que César vive prisionero dentro de sí mismo.
Vivir sin alas el que ha nacido con las del Genio, es un tormento que se comprende algo pero que no se explica, no hay lenguaje que describa finalmente esa continuada agonía; se juzga lo horrible de la causa por sus dolorosos efectos.
Sabíamos antes de conocer a César que éste era incrédulo en materias religiosas, y si nombraba a Dios era para apostrofarle, para increparle por haberle dado la vida, y cientos de veces había dicho a sus padres:
¿Para qué me habéis puesto en el mundo? ¿Qué daño os hice para que os complacierais en formarme de barro tan quebradizo y deleznable?¿Qué maldición pesa sobre vosotros que para legitimar vuestros amores, dais la vida a un ser raquítico que no puede vivir y gozar como los demás hombres? ¿Qué lujo de crueldad habéis desplegado que llamasteis a un alma inteligente y soñadora, amante de lo bello y de lo grande, para ofrecerle un cuerpo enclenque y enfermizo, que no puede sostenerse y que en vez de ser el auxiliar de su Espíritu, es su verdugo que le atormenta incesantemente con su impotencia y su debilidad?
Dicen que la misión de los padres es una misión divina: no la habéis tenido para mí, ¡No! ¿Por qué me habéis despertado si yo dormía en el Cosmos universal? Si mi inteligencia no se había individualizado
¿Por qué pedisteis a la naturaleza que fraccionara algunos de sus átomos para que dieran forma al primer fruto de vuestros malhadados amores? ¿Por qué os conocisteis? ¿Por qué os amasteis? ¿Por qué quisisteis veros reproducidos? ¿No os bastáis el uno al otro?
¿Por qué perjudicar a un tercero, que sin vosotros no hubiera soñado con un cielo para después precipitarse en un abismo insondable?
Yo de niño esperaba, yo creía que el oro era un amuleto misterioso con el cual se conseguía todo en la Tierra y me decía; mis padres son ricos, ellos pueden llamar y pagar espléndidamente a sabios doctores que vigorizarán mi organismo, y esperaba en la ciencia, en la riqueza y en mi juventud; pero los médicos me miran, me dan remedios ineficaces, los años pasan, el niño de ayer es el hombre de hoy y mis piernas flaquean, mi cuerpo oscila como arbolillo sin raíces en poder de chiquillos traviesos; y la burla de los unos y la compasión de los otros me irrita y me humilla a la vez; quiero querer y los malos me cierran el paso, quiero amar y no encuentro quien me ame, quiero recorrer el Universo y apenas si puedo salir de mi hogar.
Decidme, ¿Qué os hice yo?.. responded; si todo efecto reconoce una causa, yo quiero saber porqué me habéis hecho tan inmensamente desgraciado.
Sus padres, se comprende fácilmente, sufrían con su hijo todos sus dolores, todas sus angustias y cuando le veían tan desesperado, su pobre madre lloraba amargamente y su padre se enfurecía ahogando su furor con las filosóficas reflexiones que sólo conseguían, las más de las veces, aumentar la exasperación de César.
Como no hay desheredados en la Tierra, como todo dolor encuentra su lenitivo, César cuando menos lo esperaba, ha visto ante sus ojos, nuevos y dilatados horizontes.
Entre sus amigos de la infancia hubo una niña dulce y cariñosa llamada Ángela, que se asoció a sus juegos con la docilidad que caracteriza al sexo débil en su niñez.
César no supo apreciar el cariño de su inocente compañera, y más veces repelía sus caricias infantiles de las que las aceptaba.
En una de las temporadas que estaban enojados, murió Ángela, y entonces César lloró la ausencia de la bella adolescente que al hacer la entrada en el gran mundo se llevó las manos al corazón, lanzó un gemido y huyó de la Tierra porque sentía la nostalgia del infinito.
Entre los numerosos amigos que cuenta la familia de César, hay uno o dos que son espiritistas y después de acaloradas discusiones, de burlas de una parte, de serias reflexiones por la otra, de magnetismo y de todo lo que se necesita para llevar el convencimiento a espíritus refractarios a las innovaciones, que cada uno de por sí creía que su creencia era la mejor, añadiendo a esto una gran desconfianza que rechazaba casi en absoluto la autenticidad de los fenómenos espíritas, después de luchar con tantas y tan diversas contrariedades, una íntima amiga de la madre de César, una mujer entregada por completo a las prácticas religiosas, una buena cristiana en toda la extensión de la palabra, incapaz de mentir, temiéndole a los espíritus y experimentando en las sesiones espiritistas, dudas, contrariedad, temor y todo lo que se necesita para rechazar las influencias de los seres invisibles, dominada por un buen magnetizador durmió con el sueño sonambúlico, y ante César y su familia dieron principio unas sesiones de gran importancia, pues por medio de la sonámbula se obtuvieron comunicaciones de varios parientes de los padres de César, a los cuales la médium no había conocido, descubriendo su figura con perfecto parecido.
César observaba atentamente y como no podía desconfiar ni de la sonámbula ni del magnetizador porque ambos son personas respetabilísimas, incapaces de faltar a la verdad, su escepticismo comenzó a tambalear, y más aún cuando él mismo vió en los puntos que señalaba la sonámbula, una especie de nube de humo blanquecino aspirando a la vez el olor de aromáticas flores que la médium iba describiendo con bastante lucidez, aumentando su interés cuando la sonámbula dijo alborozada:
¡Ay! ¡Qué aparición tan preciosa! ¡Qué joven tan hechicera! Es verdaderamente encantadora, quiero conocerla, pero va envuelta en un largo velo de nívea gasa ¡Que digo! No es gasa, es otra tela más impalpable, su vestido es de tisú de plata, pero transparente.
Se acerca a César, levanta una punta de su velo, le envuelve con él, se inclina y su cabeza casi toca su frente, debe mirarlo con inmensa ternura, le pido que se descubra bien y aparte los pliegos de su velo.
¡Dios mío!… ¡Si es Ángela! Pero mucho más hermosa que cuando estaba en la Tierra.
¿No sientes su fluido César?
Estás envuelto con su flotante velo, te mira como las madres miran a sus hijos enfermos y te habla César confesó que sentía una emoción dulcísima que nunca había sentido, y desde aquel día memorable su existencia no ha sido tan amarga.
Ángela por medio de la sonámbula, le ha dicho a César que existía en el espacio, y que se acercaba a la Tierra para consolarle y hacerle comprender la eternidad de la vida; en una serie de dulcísimas comunicaciones le ha hecho conocer el error en que vivía negando la inmortalidad del alma y el progreso indefinido del Espíritu; y el ateo, el enfermo desesperado, el genio aprisionado en un organismo inservible, hoy se ríe dulcemente y habla de los espíritus con la mayor sencillez y naturalidad, mostrando empeño en leer las comunicaciones y en contar todos los detalles de las sesiones, sin olvidar lo más insignificante.
¡Qué cambio debe haberse verificado en la mente de César! Cuánta habrá sido su sorpresa al volver a encontrar en su camino a la compañera de su niñez convertida en madre amorosísima, aconsejándole que se consagre por completo al divino arte de Apeles por el cual César tiene decidida predilección, impulsándole al estudio de la filosofía espirita para conocer el porqué de lo que le parece anómalo, para convencerse por sí mismo de que las existencias como la suya tienen por base el olvido total de los deberes y el completo abuso de los derechos.
César no puede ser feliz en la Tierra, pero sí puede ser mucho menos desgraciado estudiando el Espiritismo racionalista.
II
No por curiosidad, sino por estudio, por conocer la causa que ha producido tan dolorosos efectos, hemos procurado ver las raíces del árbol que ha dado tan amargos frutos, y un Espíritu nos ha dicho lo siguiente:
Preguntáis quién fue César, con una ansiedad dolorosa sentida por todo aquel que se interesa por las desgracias de su prójimo.
Por la clase de expiación se puede deducir cual fue el delito cometido, mas ya que sólo con vuestra razón no podéis deducir con toda claridad apetecible lo que deseáis, yo os diré a grandes rasgos lo que hizo César en este mundo en su anterior existencia.
No es Espíritu en cuya historia se registren horribles crímenes, ¡No!
En su encarnación pasada eligió noble cuna, gran riqueza, hermosa figura y genio aventurero, mas no para emplearlo en empresas provechosas para él y para su patria, antes muy al contrario, sólo pensó en disfrutar lo que poseía sin cuidarse ni poco ni mucho del aumento de su hacienda; muy dado a lances amorosos, malgastó los mejores años de su vida aprovechando las efímeras ventajas que le daba su belleza física, su distinción y sus bienes para ser atendido y obsequiado donde quiera que se presentaba, y desde la mujer nacida en las gradas de un trono, hasta la infeliz que por hambre o por vicio, se entregaba al mejor comprador, él mintió amores y prodigó caricias bajo pabellones de púrpura y en el rincón nauseabundo del último lupanar de la Tierra.
Para esos malhechores, para esos forajidos que penetran en una casa honrada y sin exponerse lo más mínimo, hurtan el tesoro de más valía, aquel que una vez perdido jamás se recobra; para esos bandidos sin corazón no hay en este planeta penitenciarías y más si el ladrón de honras es inmensamente rico; su riqueza le hace inviolable; y el que hoy llamáis César, abusó tanto de su posición social, que impunemente labró la desgracia de muchas familias y más de una mujer enamorada y abandonada a su desesperación murió maldiciendo su memoria.
Y era tan hermoso, había en su mirada una atracción tan poderosa que le bastaba mirar para conseguir.
Fue un galanteador de oficio, siempre con fortuna, consideró a las mujeres como mercancía sin valor, puesto que no encontró ninguna belleza ingrata que despreciara sus halagos.
Hizo daño mucho daño sin medir sus consecuencias, sin fijarse en mirar por un segundo la suma total de sus víctimas.
Para él la mujer era una propiedad animada, como llamó uno de vuestros sabios a los esclavos, creía que habían nacido hermosas para satisfacer los caprichos de su señor, sus lágrimas le hacían reír, su furor excitaba su ira, no le concedía a la mujer más que un deber, el de engalanarse y embellecerse para ser agradable al hombre, negándole todos sus derechos, he aquí todo.
Y así como un correo de gabinete no se inquietaba por los caballos de posta que estropeaba para llegar más pronto al fin de su jornada, de igual manera al que hoy llamáis César le importaba un bledo que las mujeres murieran envenenadas por sus caricias; no merecía una mujer más consideración que la de ser mirada y acariciada en una noche de orgía.
La mujer madre no consiguió tampoco su respeto: por lo demás no fue ni ávaro, ni envidioso, ni traidor, sus servidores lo querían entrañablemente.
No tenía más que un vicio que le dominaba por completo, el apetito sensual; éste atrajo sobre su cabeza muchas maldiciones, porque fueron muchas las mujeres que le amaron y tuvieron que maldecir su desvío.
Murió solo y abandonado de todos, cuando iba más embebecido en sus lúbricos recuerdos, equivocó la senda y cayó en un precipicio donde permaneció algunas horas sufriendo agudísimos dolores hasta lanzar su postrer suspiro, sin que una mano piadosa cerrara sus grandes ojos, sin que un beso de ternura sellara sus labios.
Para sus restos no hubo sepultura, y aún existe la tradición en su país, de que su cuerpo y su alma se los llevó el diablo.
Nadie encontró sus despojos, tan hondo fue el abismo donde cayó; y como si no fuera bastante, hubo un desprendimiento de rocas que cayendo sobre su cadáver le trituraron.
Cuando aquel Espíritu llegó a ver el cuadro de su vida, su dolor fue inmenso, indescriptible.
No le faltaron seres amorosos que le prodigaron consuelo, pero él tenía inteligencia bastante para comprender que había pecado mucho, si bien en algunos de sus actos había influido poderosamente la educación viciada que recibió de preceptores, que todos fueron ministros de Dios.
Una de sus víctimas que sucumbió bajo el peso de su vergüenza y de su dolor, fue la que influyó más en su ánimo para que pidiera la expiación que hoy sufre, y César pidió una madre amorosa para que en sus brazos comenzara a amar y a respetar a la mujer, pidió riqueza y un cuerpo defectuoso y animado por una clara inteligencia y un naciente sentimiento para desear amor y no poderlo obtener, porque en la Tierra los organismos defectuosos sólo inspiran risa a los más y compasión a los menos, y el seductor irresistible de ayer, el que a su paso sembró dolores y vergonzosos remordimientos, hoy apenas puede salir de su palacio, es rico, es amado de su familia, muy amado, pero su cuerpo es su implacable verdugo, casi siempre está enfermo, rodeado de innumerables cuidados que acrecientan a veces su sentimiento, porque despiertan en él los puros deseos de crearse una familia, sueña con una esposa, con tiernos hijos pero… ¿Encontrará quién le ame? ¿Podrá resistir el horrible tormento de los celos que necesariamente tendrá que sufrir si asocia su existencia a otra existencia?
¡Ah! ¡Su expiación es terrible!
Es un alma que despierta a la vida aprisionada tras espesas rejas.
Ama las bellas artes, ama todo lo que es grande, ama todo lo que despreció en su encarnación pasada; él no creía que fueran seres racionales los que eran deformes, por eso hoy él cuando se mueve demuestra muy a pesar suyo su deformidad para convencerse por sí mismo de su error y de su injusticia.
Hacéis bien en compadecer a todos aquellos que son abrumados bajo el peso de su expiación.
¡Ay de los opresores, porque luego serán los oprimidos!
No os canséis de relatar historias en cuyas tristes páginas encuentre la humanidad útiles enseñanzas que la alejen del abismo insondable de vergonzosos vicios.
Decid, repetid en voz alta, que los tullidos de hoy son los que ayer tuvieron prisa en cometer desaciertos; decid que el brazo que hoy no se mueve, ayer se movió para manejar el arma homicida y firmar presuroso sentencias de muerte; decid que los ojos que hoy no tienen vista, ayer se complacieron en mirar impurezas, contemplando también con delicia las contricciones de los condenados cuando en el potro del tormento declaraban mentiras o verdades para dejar de padecer.
Decid que los grandes sufrimientos son el resultado de grandes crímenes, y no os inquiete que vuestras palabras no encuentren eco en la humanidad; con un solo ser que os escuche, tenéis la recompensa de vuestro trabajo, con un ciego que recobre la vista, podréis decir que habéis conquistado un mundo.
III
Creemos lo mismo que dice el Espíritu que ha tenido la amabilidad de darnos algunas explicaciones sobre el pasado de César; creemos que un ser que despierta del letargo de la ignorancia, es un mundo en el cual comienza a desarrollarse todos los gérmenes de la vida, un solo pensador basta en muchas ocasiones para dar distintos rumbos a las escuelas filosóficas y religiosas que han imperado durante siglos; un solo artista hace con su genio maravilloso una verdadera revolución en el arte; un solo poeta sirve para despertar el sentimiento de cien generaciones.
Las colectividades sirven para arraigar las innovaciones del progreso, pero la palabra mágica, ¡El hágase la luz!
Un solo hombre es el que la pronuncia cuando llega la hora de la redención de un pueblo.
Réstanos decir para concluir que cada día nos convencemos más y más de que el estudio razonado del Espiritismo es la tierra prometida de todos los desgraciados, César desde que se ha convencido de que las comunicaciones de ultratumba son una verdad innegable, busca afanoso ponerse en relación con los espíritus, consultando con ellos sus dudas y recelos sobre sus adelantos en el arte pictórico; y cuando un desengaño le hiere y hondamente le impresiona, evoca a un ser amigo, y si este viene, escucha dulces consejos y sensatas reflexiones, su rostro se ilumina con los resplandores de una inmensa satisfacción:
tiene quien le ame, quien le aconseje, quien vele por él, y estos no son individuos de la familia, ¡No!
Son otras afecciones, ya no está solo en el reducido circulo de su hogar.
Tiene amigos, amigos que no le envidian por sus adelantos en el arte, sino que muy al contrario le dicen:
¡Para el genio no existen distancias ni alturas! ¡Sube! ¡Avanza! ¡Que es tuyo el porvenir!
Nunca olvidaremos a César.
Su expiación nos hace mirarle con maternal cariño, y nunca nos ha parecido más útil la comunicación de los espíritus desde que vimos a César escuchando feliz los consejos que recibe de ultratumba.
¡Por ello sonríe un mártir de sí mismo! ¡Bendita sea la luz de la verdad!
Amalia Domingo Soler