Jon Aizpúrua

CAMBIA TÚ SI QUIERES QUE EL MUNDO CAMBIE: DIALÉCTICA DE LO MORAL Y LO SOCIAL

En sus reflexiones acerca de las bases espirituales sobre las cuales se ha de sustentar una sociedad más justa, libre y fraterna, decía Léon Denis que “la cuestión social es en última instancia una cuestión moral”.

No podía ser más preciso el ilustre escritor francés a quien tanto preocupaba la necesidad de presentar al espiritismo como una filosofía transformadora de la conciencia humana y en consecuencia de la sociedad en que los seres humanos viven y conviven.

Siendo así que la crisis mayor del mundo es la crisis moral, reiteraba que no es posible concretar la edificación de una sociedad mejor si tal proceso no comienza por la transformación interior de las personas que la forman en cuanto a sus principios, valores y comportamientos.

En esta idea nuclear se resume la concepción espírita en torno de la intrínseca e indisoluble relación dialéctica que conecta la moral con lo social.

Desde sus inicios y afirmado en una concepción inmortalista y reencarnacionista, el espiritismo marcó distancia por igual de nociones teológicas como de doctrinas materialistas, a las que considera visiones parciales, insuficientes o erróneas de la complejidad humana, por no abarcar en su conjunto la participación e interacción de los diversos factores de naturaleza espiritual, biológica, psicológica, cultural, sociológica, ética y moral que intervienen en la constitución humana.

A diferencia de las religiones que reservan la felicidad personal para la condición postmortem del alma y dejando todo a cargo de Dios tienden a desentenderse de las injustas y degradantes condiciones que gravitan sobre la vida de la mayoría de la humanidad, o de las doctrinas materialistas que por rechazar toda idea relativa a la trascendencia espiritual reducen los procesos sociales a los conflictos por intereses económicos y políticos o a las determinaciones de la producción y el consumo, el espiritismo promueve y respalda todos los avances que se traduzcan en el mejoramiento de la vida de las personas, teniendo como horizonte la construcción de sociedades libres, justas, equitativas, prósperas, fraternas, felices, y en un todo, apegadas al cumplimiento de los derechos humanos.

Por este motivo puede apreciarse que el espiritismo representa una valiosa fuente de enseñanzas no solo en lo que respecta al más allá sino en todo cuanto se relaciona con los asuntos de la vida corpórea, haciendo énfasis en que la mejor organización social es la que se inspira en la ley del amor, de la cual se deriva la genuina justicia, solidaridad y fraternidad.

En virtud del carácter racionalista y práctico que Kardec imprimió a la filosofía espírita, ella no quedó reducida a un ámbito exclusivamente especulativo como si se tratara de una abstracción metafísica, sino que adoptó un sentido normativo al establecer pautas concretas para la vida del ser humano en la sociedad.

El espiritismo lleva consigo, esencialmente, una dinámica humanista y esto se pone de relieve en muy diversos textos como sucede con  las denominadas “Leyes Morales” contenidas en la tercera parte de El Libro de los Espíritus.

En un esquema didáctico quiso Kardec resumir en diez leyes fundamentales una orientación general para interpretar los fenómenos sociales en su indispensable relación con las condiciones morales de sus protagonistas: Ley de adoración, ley del trabajo, ley de reproducción, ley de conservación, ley de destrucción, ley de sociedad, ley de progreso, ley de igualdad, ley de libertad, ley de justicia, amor y caridad.

Con esta comprensión amplia que vincula íntimamente la moral con el hecho social, el espiritismo señala un camino concreto para ir al encuentro de soluciones honestas y eficaces para los problemas humanos, conciliando los factores sociales, económicos y políticos con la dimensión espiritual, otorgándole sentido a la continuidad de la vida después de la muerte y el interminable proceso evolutivo que se desenvuelve a través de sucesivas existencias.

Del reconocimiento de la indisoluble relación e interacción entre lo moral y lo social se desprende que quienes mejor pueden impulsar esas transformaciones sociales positivas son aquellos que están animados por una conciencia moral elevada, sin obviar, por supuesto, una suficiente preparación intelectual.

Es axiomático que nadie puede dar lo que no tiene.

Y esto cobra mayor relevancia cuando se hace referencia a los líderes a quienes corresponde dirigir agrupaciones sociales, empresas privadas, partidos políticos, la administración de los asuntos de cada comunidad o el gobierno de las naciones.

Es difícil concebir una dirección responsable, honesta, recta y justa de las actividades públicas o privadas por parte de ciudadanos cuya conciencia no está en armonía con los principios básicos de la honradez, la decencia, la lealtad, la vocación de servicio, la solidaridad, la generosidad, la coherencia entre lo que se predica y lo que se practica.

Conviene advertir que el cambio moral de que habla el espiritismo como base del cambio social, no ha de interpretarse en un sentido quietista como si se tratara de un proceso mecánico o automático.

No basta el “buenismo” de las personas para que de manera cuasi mágica el mundo se torne mejor.

No es siguiendo dócilmente un recetario de autoayuda como ese objetivo podrá alcanzarse.

De lo que se trata es que los seres humanos, renovados en sus valores, agitados por una conciencia crítica, vibrando en la compasión y el sentimiento de dolor de los otros, se sacudan el egoísmo y la apatía, venzan el conformismo y la indiferencia, y movilicen con entusiasmo y energía su voluntad y su esfuerzo cotidiano al servicio de la transformación de la sociedad.

Siendo cierto que cada individuo decide de acuerdo con lo que dicta su conciencia espiritual, síntesis de su evolución reencarnatoria, no es menos cierto que dicho dictado cobra pleno sentido en el marco de los valores y normas de la sociedad que le acoge en cada una de sus existencias.

Es por esto que la conducta moral orienta o indica el tipo de organización a la que se aspira.

Una sociedad mejor, en términos generales, demanda un mínimo moral irrenunciable que más allá de credulidades o descreimientos señale por lo que vale la pena vivir y luchar.  

Como enfoques prácticos de lo anterior, cabe aludir en primer lugar a la familia, espacio privilegiado para conseguir cotas progresivamente mayores de humanización de sus integrantes.

Los padres tienen la importantísima obligación de educar a sus hijos y la sociedad debe considerarlos como los primeros y principales educadores de los mismos.

El cumplimiento de este deber es de tanta relevancia que, cuando falta, difícilmente puede suplirse.

En un ambiente hogareño sano, física y psíquicamente, es donde mejor se imparten y se modelan las cualidades esenciales de los niños y de los jóvenes para fortalecer una personalidad afincada en los más elevados y nobles principios: amor al prójimo, cultivo honesto de los sentimientos, integridad del comportamiento, sinceridad en las palabras, lealtad con el compromiso adquirido, rectitud en la vida ciudadana, disposición para el trabajo, y en general, todo lo que entraña la práctica de las virtudes.  

En segundo lugar, un factor fundamental de la transmisión de las enseñanzas morales a las nuevas generaciones es el sistema educativo que canaliza las responsabilidades e iniciativas de la sociedad.

El Estado debe garantizar la formación humana integral y la diversidad de saberes a través de la institución escolar, la cual ha de ser laica por definición, a fin de garantizar una educación libre de dogmas, así como el derecho a la libertad de pensamiento, la tolerancia entre los educandos, y el debido respeto, tanto a los docentes como a las particulares creencias religiosas, filosóficas o éticas, que han de ser impartidas en los hogares conforme a las preferencias de las familias.

Y para completar el rol que desempeñan la familia y la escuela, hay que recalcar que la acción política comporta en grado sumo un conjunto de exigencias morales.

Sin una conciencia limpia y sin una voluntad ética, la actividad política degenera, tarde o temprano, en un poder destructor.

Por todas partes del mundo se encuentran lamentables ejemplos del empleo degenerado, despótico y corrupto del poder.

Las exigencias éticas se extienden tanto a la gestión pública en sí misma como a las personas que la dirigen o ejercen.

Son, por lo tanto, el ánimo de auténtico servicio y la prosecución decidida del bien común, los que justifican y pueden reivindicar a quienes se dedican a la actividad política, tal cual justamente los pueblos demandan y necesitan.

Insistiendo en el cambio personal como requisito y sustrato del cambio social, y admitiendo a la vez que la propia sociedad, con sus determinaciones económicas, políticas y jurídicas, con sus valores culturales, religiosos o morales, con sus creencias, tradiciones o costumbres dominantes, sometida sin cesar a procesos dinámicos de transformaciones, ejerce una poderosa influencia sobre cada ser humano, en el marco de un proceso de interacción dialéctica, el espiritismo, auténticamente kardecista, laico, librepensador, humanista, progresivo y progresista, ha de colocarse siempre en una perspectiva que le permita interpretar adecuadamente los signos de los tiempos y responder con firmeza a los desafíos del mundo moderno a partir justamente de su relación con la trascendencia espiritual del ser humano.        

Jon  Aizpúrua

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