
PSICOLOGÍA DEL ESPÍRITU
La vida es el bien primario y fundamental del que dispone el ser humano.
Amarla y preservarla es el mayor de los imperativos morales.
Ante la ruptura del equilibrio que tiende a producirse cada vez más entre el avance tecnológico y el respeto a la vida, debe prevalecer una concepción ética, humanista y de gran aliento espiritual, que asegure, fortalezca y garantice la protección de la vida como valor radical en el que se asientan los derechos y responsabilidades que otorgan identidad a la especie humana.
Desde su fundación y codificación por Allan Kardec a mediados del siglo XIX, la doctrina espírita estableció ese concepto como una de sus premisas esenciales, y bastaría para comprobarlo recordar que a su pregunta sobre cuál es el primero de los derechos naturales del ser humano, obtuvo de los espíritus que le asesoraban una respuesta inequívoca: “El derecho a la vida”.
Así consta en el texto fundamental del corpus kardeciano, El libro de los espíritus, ítem 880.
Conforme a la perspectiva espiritualista y humanista que ofrece el espiritismo, vivir sanamente implica vivir con alegría, y esto implica entrar en posesión de la debida serenidad para tomar conciencia plenamente de nuestra doble condición espiritual y material.
Creados por Dios como espíritus sencillos e ignorantes, transitamos por un inconmensurable sendero evolutivo, a lo largo de sucesivos procesos palingenésicos, aprendiendo, complejizándonos, adquiriendo gradualmente mayores cotas de sensibilidad, inteligencia y consciencia, hacia etapas y destinos superiores.
Saber que trascendemos a la muerte, que la vida no se acaba, que cada existencia es una nueva oportunidad para nuestro progreso, que no hay cielos ni infiernos ni penas eternas después del fallecimiento, que recogemos lo que sembramos, y que nuestro destino es la felicidad y no el sufrimiento, representa un poderoso incentivo para amar y gozar la vida, para llenarnos de entusiasmo y alejar las manifestaciones negativas del pesimismo o la depresión.
Comprender y asumir el valor primordial e insustituible que significa la vida constituye la forma más sencilla, espontánea y natural de enriquecernos con la alegría más saludable y auténtica, aquella que rezuma a raudales la vida que nos rodea.
Recomendaba Dostoievski que no pidiéramos a Dios el dinero, el triunfo o el poder, sino que pidiéramos lo único realmente importante, vale decir, la alegría.
Naturalmente, dejémoslo claro, vivir con alegría no significa soslayar o desconocer las numerosas y variopintas dificultades que aparecen de forma inevitable, pues de lo que se trata es de dotarnos de un ánimo favorable para enfrentar y salir airosos de tantas vicisitudes.
Desde su más tierna infancia, el niño ha de ser educado para la alegría, puesto en contacto directo con su entorno, facilitando que pueda sentir, percibir y amar los seres y las cosas con los que entra en contacto.
Todos esos estímulos le proporcionarán seguridad, confianza y salud física y psíquica.
Junto a los conocimientos esenciales para seguir adelante en la andadura vital que ha emprendido, el aprendizaje de la alegría debería ser una asignatura fundamental en el hogar y en la escuela.
De ser así, en el porvenir, se mostrará como un ser sociable, amable, respetuoso, guiado por buenos pensamientos y no por el derrotismo, alguien que apuesta al éxito y no al fracaso, consciente de sus errores y dispuesto a rectificarlos, animado por vibraciones nobles y constructivas que le preservan de actitudes y comportamientos deprimentes.
Inspirados en una psicología de orientación espiritualista, positiva y humanista, y de acuerdo con nuestras convicciones filosóficas y éticas, ofrecemos ahora tres recomendaciones básicas, cuya puesta en práctica en la vida cotidiana podrían contribuir al propósito de alcanzar una vida mental, social y espiritual saludable, alegre, triunfante y feliz, a salvo de los virus del pesimismo, la amargura, el abatimiento y la desesperanza:
Mantener un buen nivel de autoestima. Es imprescindible que sea estimulado y consolidado en todo ser humano, con independencia de su edad o condición, un sentimiento de aceptación, de amor hacia sí mismo, de reconocimiento de la propia valía.
Nada mejor que repetir continuamente: Yo soy y me gusta como soy; yo vivo y me identifico con lo que hago; yo valgo y tengo condiciones para triunfar; yo quiero y puedo ser feliz.
Una visión positiva de uno mismo se complementa y fortalece con una mirada provechosa de los demás y una proyección afirmativa del futuro.
La autoestima, que no debe confundirse con orgullo, vanidad, prepotencia o egolatría, es una fuerza poderosa que modela la personalidad, genera confianza y contribuye decisivamente al éxito personal y social.
La autoestima y la alegría forman un círculo virtuoso, se retroalimentan recíprocamente: cuánto más nos queremos más alegres nos sentimos, y cuánto más experimentamos la alegría más nos autovaloramos.
La autoestima se relaciona con las múltiples facetas de nuestra vida y a todos nos resulta indispensable.
En el ámbito de nuestras relaciones sociales, con familiares, amigos y conocidos, ayudar a elevar la autoestima de cualquier persona, niño o adulto, es el obsequio más valioso que le podemos entregar, ya que así contribuimos a que se sienta más a gusto consigo mismo, a que experimente sin complejos la maravillosa sensación de amar y ser amado, de vivir sin miedos o temores irracionales y a que se atreva a enfrentar todos los desafíos que se le presenten con optimismo, confianza y seguridad.
Es que, desarrollar la autoestima propia y la de los demás constituye la forma más segura de sembrar y multiplicar la felicidad a nuestro derredor.
Darle sentido a nuestra existencia. El sentido y el propósito en la vida son ingredientes indispensables del bienestar físico y espiritual.
No hay mayor alegría para una persona que tener respuestas satisfactorias a esta inquietante pregunta: ¿Para qué vivo y para qué estoy aquí?
Tener un sentido en la vida nos permite entender el porqué de la vida, es decir, por qué y para qué hacemos las cosas que hacemos.
Y también nos da un propósito, algo a lo que aspirar, una finalidad a conseguir.
Basado en sus experiencias como prisionero en los campos de Auschwitz y Dachau, el psiquiatra austríaco Viktor Frankl llegó a la conclusión de que la aspiración esencial de la existencia humana es la búsqueda de sentido.
Testigo de atrocidades cometidas por los nazis, vio la degradación a que pueden llegar algunas personas cuando son vejadas y humilladas, pero también presenció gestos de una enorme compasión y generosidad por parte de seres que no perdieron la esperanza en el género humano.
Su célebre escuela terapéutica, que llamó logoterapia, se fundamenta en tres principios: el sentido es el deseo más básico de los seres humanos; siempre hay un sentido en la vida, no importa lo difíciles que sean las circunstancias; y, somos libres de encontrar un sentido.
A raíz de estas premisas surgiría el concepto de “bienestar subjetivo”, propuesto por la moderna psicología positiva para referirse a la satisfacción con la vida como referencia central de nuestro equilibrio mental, social y espiritual, es decir, aquello que nos lleva a experimentar la alegría de vivir.
Tener ideales. Infelizmente, abundan las personas que reducen las razones de su existencia a la satisfacción de las necesidades materiales más inmediatas.
Les interesa solamente tener, acumular, producir, consumir, aparentar, satisfacer las demandas fisiológicas, sin mayores preocupaciones por los demás.
A estos objetivos esencialmente egoístas reducen sus “ideales”, escrito así con minúscula.
Al contrario, los auténticos ideales, con mayúscula, nacen y se nutren del amor al prójimo, de la generosidad, de la solidaridad, del altruismo, de la fraternidad.
Los primeros llenan el cuerpo pero mantienen vacía el alma.
El amor, en su más amplia acepción, con toda su fuerza incontenible, llevado a la práctica con autenticidad y desprendimiento, ha de estar siempre presente en toda persona que desee vivir con alegría y ser feliz.
Tener ideales significa apostar por la utopía, no resignarse a que el mundo sea siempre como es ahora, confiar en que puede y debe cambiar y que la felicidad es posible, naturalmente, creyendo en ella y sumando nuestro esfuerzo para hacerla concreta, aquí y ahora, en el “más acá” antes que en el “más allá”.
A esta meta se refirió Kardec cuando presentó la idea de que nuestra sociedad, integrada por espíritus encarnados y desencarnados, seres humanos en distintas etapas de progreso, avanza lenta pero indeteniblemente hacia una nueva fase evolutiva con predominio de los valores del bien sobre los del mal, que llamó Mundo de Regeneración.
Conquistar ese mundo mejor habrá de ser también un triunfo de la alegría.
Nada más grato para cerrar estas reflexiones que recordar al prestigioso escritor uruguayo Mario Benedetti, en su vibrante testimonio poético dirigido precisamente a la defensa de la alegría:
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y las definitivas.
Vivamos, pues, con alegría cada una de nuestras existencias, asumidas como apasionantes aventuras en las que disponemos de renovadas oportunidades para aprender, rectificar y progresar en el dinámico sendero evolutivo que nos conduce hacia la eterna superación.
Jon Aizpúrua