Yo te saludo, doctrina espiritista; yo te saludo con toda la efusión de mí alma, de la que hiciste brotar raudales de alegría, de satisfacción y de felicidad: le distes consuelo llenándola de esperanzas; la vivificaste reanimándola con la verdad de un más allá.
Yo te saludo, divina luz que esparces tus luminosos rayos difundiendo la claridad desde el uno al otro polo de nuestro mundo de expiación y de pruebas ahuyentaste las tinieblas con tus enseñanzas, y si la humanidad a pesar de sus convulsiones, estremecimientos y horrores, siguió impávida el camino del progreso, hoy con tu ayuda desaparecen las sombras; tus sublimes máximas armonizadas con la razón, la empujan serena y altiva con la fe profunda arraigada en su conciencia ante el «Consumatum est» del Gólgota, por la senda trazada desde el monte de la Calavera.
Yo le saludo, faro luminoso que colocado en el puerto del embravecido oleaje humano, nos guías, sosteniéndonos en la lucha de la inteligencia, haciéndonos apartar la vista de tanta sangre, sangre de nuestros hermanos; haciéndonos mirar con dolor tantas lágrimas, lágrimas de hijos de un mismo padre: tú nos conducirás con rumbo fijo, con derrotero seguro, salvando escollos hacia la tierra de promisión.
Yo te saludo, doctrina espiritista; emanación divina, que desde la muerte del Justo en la cruz, nos hiciste entrever en lontananza el punto de nuestras aspiraciones.
Conducido el hombre desde la niñez, en completa inocencia, por el Fanatismo, guiado por la preocupación y sumido en la más profunda ignorancia, marchó siempre al acaso entre sombras, rodeado de insondables misterios, y haciendo alto alguna vez su inteligencia, y levantando los ojos a esos infinitos espacios y concentrándose en el fondo de su espíritu, se estremecía ante el vacío que vislumbraba, y se le helaba la sangre en sus venas; y su cabeza se aturdía, y su frente ardía, bajándola exánime abatido, confuso y anonadado ante su impotencia y su debilidad, y con el corazón destrozado por un día y otro día, por un momento y otro momento de reflexión y de raciocinio, se desesperaba ante el torbellino de incandescentes ideas que le abrasaban, que le corroían, presentándose la desesperación ante los aterradores fantasmas de fuego y lava que le enseñaron y le anunciaron ya como final de su meta.
El corazón dudó, y en la imposibilidad de analizar siquiera un infinito átomo de la creación, se acostumbró a no divagar; de aquí la indiferencia, un paso más, la incredulidad con todas sus fatales y desoladoras consecuencias.
Tú, doctrina espiritista, con tus bellezas fortaleces al género humano, y le haces erguir al hombre su cabeza para que admire los innumerables puntos luminosos que se ciernen sobre nosotros, infinitos mundos que nos rodean y que contemplamos embebidos en la convicción profunda de que no puede entrar en el reino de Dios el que no nace de nuevo;(1) y en ellos, puesto que el sentimiento, la voluntad y la inteligencia son el Espíritu, y en ellos, repito, vagarán sin duda los espíritus de nuestros hermanos que queriendo ser perfectos como el Padre, buscan aquella para llegar a entrever la divina belleza, la omnipotencia y sabiduría supremas: tú nos animas con el ejemplo vivo de nuestro hermano Jesucristo, siempre humilde, siempre resignado, siempre misericordioso, lleno de amor, de fe y de esperanza, y de cuyos labios brotaron aquellas sublimes palabras: «Perdonarás a tu hermano setenta veces siete.»(2)
Tú nos prestarás valor en este piélago inmenso de ambición y de orgullo, de vanidad y de hipocresía, para recordar sin cesar que el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado: tú nos consuelas con la esperanza de la progresión constante por los infinitos millones de mundos y espacios, regenerándonos para alcanzar aquella perfección, purificándonos para ascender en un día no lejano, porque en la eternidad todo está cerca, todo es próximo, no existen años, no hay siglos; para ascender, repito, a las regiones donde nuestra inteligencia ya más clara, más elevada y despojada de toda materia, más espiritual, vislumbre la bienaventuranza eterna, los esplendores divinos.
Tú nos consuelas del pasado, nos halagas el presente y nos embelleces el porvenir.
Sí, Espiritistas, nuestra doctrina realiza el progreso humano, y estudiando con avidez las leyes del espíritu, hará al hombre más inteligente y moral.
Sí, espiritistas; si todas estas enseñanzas están arraigadas ennuestras conciencias, la verdadera fe, debe impulsarnos a marchar por ese camino, ameno y florido, y si de las mesas golpeadoras y cestitas que escribían nació toda una ciencia, ¿qué no nacerá del afán y constancia en su propagación, si todas las cosas que pidiereis orando, creed que las recibiréis y os vendrán?(1)
Emprendamos la propaganda con la ayuda de la oración; publicando al efecto sin temor y sin vacilación nuestra REVISTA para enseñanza de nuestros hermanos.
No desmayemos por las dificultades, por los inconvenientes, porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy en medio de ellos.(2)
Adelante, Espiritistas; sin orgullo, sin ostentación, propaguemos la idea reformada con sangre, y escudriñemos los horizontes de esta ciencia donde la humanidad tan grandes leyes puede conocer.
Adelante, pues, y Dios sea con nosotros, y hágasela luz, y desaparezcan para siempre las tinieblas.
F. C. y B
REVISTA ESPIRITISTA ALICANTINA
Año I. Alicante 20 de Enero de 1872. Num.2.
1 San Juan. Cap. III vers. 52 San Mateo. Cap. XVIII, vers. 22.
1 San Mateo. Cap. XVIII, vers. 20.2
San Marcos. Cap. XI, vers. 24.