
Hemos dicho muchas veces que todas nuestras narraciones son copias exactas del original; nada inventamos, de lo que escribimos únicamente cambiamos los nombres y el lugar de la acción, pero el asunto es fielmente el mismo.
Estampamos en el papel nuestras impresiones y nada más.
Hace algún tiempo que visitamos diariamente a una enferma que pertenece a una familia espiritista; la paciente, la pobre Luisa, que ha sufrido en esta existencia innumerables dolores físicos, ha llegado al último periodo de la actual encarnación, y con este motivo todos sus parientes y antiguos amigos le hacen, puede decirse, la visita de despedida.
Hace algunos días llegó una mujer joven aún, aunque avejentada por el sufrimiento diciendo que quería ver a su tía antes de morir.
La dejaron pasar y hubo una escena verdaderamente conmovedora; la recién llegada era hija de una hermana de la enferma y hacía muchos años que no veía a su tía por disgustos de familia y principalmente por la diferencia de opiniones religiosas, porque Luisa es espiritista y su sobrina Julia no da un paso que no lo consulte con su confesor.
Pasadas las primeras demostraciones de cariño y las confidencias recíprocas, cuando se había reavivado el afecto que ambas se profesaban, cuando esa corriente divina del amor familiar había electrizado sus corazones, cuando querían aprovechar los breves momentos que les quedaban en la Tierra para confiarse mutuamente sus penas, en la ocasión más oportuna, en los instantes más propicios dijo Julia con dulce y melancólico acento:
-¡Ay tía mía! Sólo tengo un sentimiento en este mundo, sólo tengo una idea que me perturba a todas horas hace algún tiempo, sólo un temor me hace sentir espanto y sufro lo que Ud. no puede imaginarse.
-Pues, ¿Qué tienes hija mía? Preguntó la enferma con inquietud maternal.
-¿Qué quiere Ud. que tenga?
Que como la quiero tanto (lo mismo que si fuera mi madre) como nunca la he olvidado en mis oraciones, como siempre recuerdo que ha sido Ud. mi providencia en la Tierra, ahora que su fin está próximo, ahora que comparecerá ante el tribunal de Dios, tiemblo por su alma; porque con esas ideas que Ud. tiene, la condenación es segura.
¡Ah!… ¡Qué horror!
Ud. que es tan buena… Ud. que ha hecho tanto bien a los pobres, será condenada irremisiblemente a las penas eternas si muere sin confesión.
¡Tía mía! ¿Por qué no se arrepiente de sus errores? ¿Por qué no hace una confesión general?
¡Si Ud. supiera, qué consuelo tan grande ofrece la religión!… Mi confesor (que es un santo) la escucharía con la mayor benevolencia; su palabra que es dulce y persuasiva le haría comprender que sólo dentro de la iglesia católica apostólica romana el alma siente el efluvio de Dios.
Sí tía mía; tome Ud. Los Santos Sacramentos, Dios penetrará en su cuerpo y ¡Quien sabe si todavía después de recibir la hostia consagrada podrá encontrar alivio en sus dolores!
Créame Ud. morir sin confesión es buscar la condenación eterna.
-Estás en un error hija mía, mis creencias son mucho más consoladoras que las tuyas; yo no puedo creer que Dios mismo penetre en el cuerpo humano, pero tengo la completa, la absoluta certidumbre que mi hermano Pedro, aquel que tanto me quiso, aquel que fue mi segundo padre, no me abandona un momento.
Yo he oído su voz, yo he hablado con él por medio de un médium parlante, yo me veo rodeada constantemente de espíritus amigos, y confío encontrar en el espacio a muchos individuos de mi familia.
¿Cómo quieres que yo me confiese si hace 28 años que hice mi última confesión y salí avergonzada de la iglesia, porque me dijo unas cosas el confesor que mi marido nunca se atrevió a decírmelas? ¿Cómo quieres que yo crea en una religión que todo lo hace por dinero?
En cambio los espíritus son más generosos, ellos se comunican y nos dan buenísimos consejos sin exigir la menor recompensa ni para ellos ni para los médiums.
Créeme Julia, si tú hubieras estudiado el Espiritismo te convencerías de que la confesión es una cosa inventada por los hombres, pero no exigida por Dios.
¿Si Dios todo lo ve, si Dios todo lo sabe? Qué necesidad tiene de esos intermediarios.
-¡Ay tía mía!
No sabe Ud. cuanta pena me causa oír sus palabras, porque ellas me convencen que su condenación será eterna; y Julia salió del aposento llorando amargamente.
Al día siguiente de la entrevista entre Luisa y Julia, fuimos a ver a la enferma y la encontramos rodeada de algunos espiritistas; entre ellos había un médium parlante que se concentró y dijo lo siguiente dirigiéndose a Luisa:
-Y tú, ¿cómo estás?
-Cómo quieres que esté, deseando que Dios se apiade de mí, porque ya me faltan las fuerzas para resistir tan continuo sufrimiento.
-Ciertamente que mucho sufres, pobre hermana mía, pero… felices los que como tú han pagado una parte de sus deudas religiosamente a sus acreedores de ayer.
-Por dichosa puedes considerarte, hermana mía, que vas a terminar la actual existencia, habiendo cumplido como buena la expiación que te impusiste; ¡Felices los que se saben levantar!.
-Hoy el mal te abate, tu organismo debilitado por el dolor, no responde a los imperiosos mandatos de tu espíritu y éste se anonada, se humilla y dice:
¡Cuánto habré pecado; qué malo habré sido, cuando así me castiga la justicia de Dios!
¿Y acaso eres tú el solo culpable que pisa la Tierra?
¿No sabes que los santos, que los mártires, que los héroes, que los redentores, que todos los espíritus que habitan en los mundos, tienen en su historia páginas orladas de flores y hojas manchadas de sangre?
No mires a tu pasado, para qué ¿Para avergonzarte? ¿Para estacionarte haciendo vanas consideraciones?
No hermana mía, no, mira únicamente tu porvenir para que te convenzas de que vas progresando; quiero decirte que en tu encarnación anterior fueron tantos tus crímenes que dejaste la Tierra abandonado de todos, nadie cerró tus ojos, nadie recibió tu postrer suspiro; tus hijos te despreciaron alejándose de tu cadáver con horror y te concedieron sepultura porque no es costumbre dejar los cadáveres insepultos, que a no ser por eso nada les hubiera importado que las aves de rapiña te hubiesen devorado.
“Nadie te nombró después de muerto, el velo del desprecio y del olvido cubrió tu recuerdo; y hoy en cambio te ves rodeada de tu familia, de tus amigos, en tu lecho de muerte se fijan miradas angustiosas y sobre tu frente caen las lágrimas de tu hija”.
“Cuando dejes la Tierra, manos piadosas cerrarán tus ojos, fieles amigos acompañarán tu cadáver, y la ternura filial dejará en tu tumba ramos de flores. Ya ves qué diferencia… ayer el odio, el abandono, la soledad más espantosa, hoy el tierno cuidado de la familia, la cariñosa solicitud de buenos amigos, una tumba que guarde tus restos, unos ojos que lloren a tu memoria, una hija que en santa peregrinación visite tu sepultura murmurando con tristeza: pobre madre mía, ¡Cuánto sufriste!”.
“Ves como has progresado, ahora serás llorada en la Tierra y bien recibida en el espacio, en el cual formarás tus planes y pedirás consejos para tus nuevas existencias, en las cuales adquirirás renombre por tus virtudes y por tu ciencia.
El porvenir es tuyo, alienta alma afligida, tus dolores cesarán, tus amarguras tendrán un término, tu familia del espacio te espera, abre tus brazos y recibirás en ellos al guía de tu vida que te dirá:
-Bienvenido seas Espíritu fuerte, que te supiste levantar del lodazal del vicio, ven a aspirar conmigo los perfumes de las flores divinas que crecen en los vergeles del infinito.
Para ti tendrán los soles sus ríos de luz, para ti tendrá la ciencia su estudio eterno, para ti tendrá el amor la suprema felicidad.
Levántate del polvo en que yaces, no mires los crímenes de tu pasado, contempla en lontananza tus victorias del porvenir, el triunfo heroico de tus nacientes virtudes sobre tus viejos desaciertos.
Vencer las pasiones… dominar nuestras flaquezas, trabajo titánico de las humanidades; progreso indefinido de las generaciones; tú simbolizas la lucha sagrada de la vida; ¡Quien no cae para levantarse después!
Elévate pobre Espíritu sobre la podredumbre de tu cuerpo, yo quiero que tiendas tus alas para que anides en el espacio, y desde allí contemples y admires las grandezas supremas de la creación”.
Esta es la síntesis de la comunicación que dio el Espíritu; qué diferencia entre la eterna esperanza del progreso indefinido del alma y la condenación eterna del que muere sin confesión
¡Qué Dios tan pequeño y tan cruel el de las religiones, y qué consuelo tan inmenso con el progreso eterno del Espíritu!
¡Atrás, religiones con vuestros cielos donde la ingratitud tiene su asiento, donde los felices olvidan a los desventurados; atrás con vuestros infiernos, con vuestras penas inverosímiles, con vuestros terribles tormentos creados por la crueldad humana; atrás… que el progreso os arrollará si os encuentra en su camino.
La vida corre sus múltiples manifestaciones; viene a tranquilizar nuestras conciencias, viene a iluminar la oscurecida razón del hombre, los Espíritus, vienen a prestar sus últimos auxilios a los moribundos; y qué tranquilos los dejan, cómo sonríen esperando su rendición; cómo recobran fuerzas espirituales y se despiden de sus deudos diciendo: hasta luego, otros, hijos, otros padres, otros amigos me esperan en la eternidad.
¿Qué es más beneficioso para el alma?
Confesar sus pecados a un hombre falible y lleno de defectos que perdone por pura formula, o escuchar la comunicación de un Espíritu que demuestre el progreso que hemos alcanzado en una existencia y haga comparaciones entre morir solo y abandonado, o exhalar el último suspiro rodeado de una familia afligida.
Dichosos los que conocen el consuelo inefable del Espiritismo; bienvenidos los espíritus que miden la inmensa distancia que existe entre la condenación religiosa y el progreso indefinido de la humanidad.
Amalia Domingo Soler