Ojeando un periódico leímos este suelto:
“Una de estas últimas noches, al revisar los coches de tercera del tren correo de Tarragona, los empleados de la misma, encontraron debajo de un banco un niño de siete años, que furtivamente se había metido en el tren.

El muchacho, a pesar de sus pocos años, explicó con la mayor desenvoltura que venía de Valencia, que su madre pedía limosna en dicha ciudad, que el autor de sus días, sufría condena en aquel penal, y que sólo el deseo de ver a su padre le había inducido a esconderse en el tren; pero que tenía diez reales que le había dado un pasajero, que con esta cantidad pagaría el billete, se compraría unas alpargatas, y lo restante lo entregaría a su padre.

Los empleados de la estación no pudieron menos de extrañarse de la verbosidad y desenvoltura intelectual del niño, el que con las mayores consideraciones, fue puesto a disposición del gobernador de dicha provincia para que lo entregase a su familia.”

¡Pobre niño! ¡Tan pequeñito, y ya comienza a sufrir y a pensar!

¡Qué afán de progreso tienen esos espíritus, cuando desde la infancia revelan tanto sentimiento y fuerza de voluntad!

Este episodio, nos recuerda la conversación que tuvimos hace algún tiempo con un amigo nuestro, juez de profesión, hombre de bellísimos sentimientos, pero profundamente incrédulo, que se ríe de todas las creencias, siendo el Espiritismo una de las que más excitaban su epigramática sonrisa.
Una noche fuimos a su casa a ver a su esposa, que estaba enferma, y al llegar allí nos salió al encuentro nuestro amigo, diciéndonos cariñosamente:

Vendrá usted a ver a Magdalena. Ciertamente.

Pues bien, por ahora, conténtese usted con hablar conmigo, pues mi esposa duerme, después de haber pasado un día fatal; y crea usted que yo, no sé si de verla sufrir, también estoy enfermo, y más que todo preocupado, muy preocupado.

¿Tan mala está Magdalena? ¿Qué dice el médico?

No es precisamente por la gravedad del mal, es que me sucede una cosa muy particular, y me alegro que haya usted venido para hacerle varias preguntas, o mejor, para contarle lo que me pasa.

Entremos a mi despacho y hablaremos.
Seguímosle a la habitación indicada, nos sentamos el uno frente al otro, al lado de su mesa, y dijo tratando de sonreírse:

Ya sabe usted que yo me río de todas las religiones, con sus aparecidos y sus fábulas, y que muchas veces he dicho era una lástima que usted se dedicase a escribir ese cuento de niños llamado Espiritismo, pues bien, amiga mía; ahora le toca a usted reírse a mandíbula batiente, porque creo que los muertos se aparecen.

¡Al fin!Exclamé

No lo diga usted muy alto, porque no sé aún si me volveré atrás de lo que digo, pero en fin, lo que es hoy, aseguro que lo creo.
Al decir esto, le vimos palidecer y levantarse azorado.

¿Qué tiene usted, amigo mío? Le preguntamos con ansiedad dejando también nuestro asiento.

Nada, nada (replicó volviéndose a sentar), es que he visto otra vez a Celso.
¿Quién es Celso?

Un muerto, un Espíritu, como usted dice, un alma en pena, como dicen los católicos, pero lo cierto es que yo lo veo. Ahora se sienta donde él acostumbraba sentarse.

¿Pero qué es esto? No lo sé: yo le contaré y usted juzgará.

Hace siete años mataron y robaron a una pobre mujer en una villa cercana, y enseguida se logró capturar a los presuntos agresores, que eran tres hombres.

Uno de ellos de buena familia, viudo, con un niño de nueve años, según él mismo me manifestó.

A los pocos días de estar los tres criminales en la cárcel, una tarde, al salir yo de la Audiencia, se me acercó un niño de porte decente, de mirada triste y de amarga sonrisa, el cual me dijo con voz resuelta:

¿Es usted don Justo Escobar? Yo soy, ¿Qué quieres?

¡Señor…! Tengo que hablar con usted.

¡Tú…!Le dije sonriéndome, ¿Y qué tienes que decirme?

Muchas cosas, señor, pero no aquí, quiero hablar con usted en su casa.
No sé porqué, aquel niño me llamó la atención, me impuso respeto su tono imperativo, y al mismo tiempo, con la dulzura de sus ojos, imploraba algo inexplicable para mí.

Así fue que le dije: Bien, hombre, iremos a mi casa y me contarás todo lo que quieras.

Seguimos juntos hasta mi casa, mas al entrar en este mismo aposento, el niño palideció y cayó sin sentido.
Le presté los auxilios necesarios y un amargo presentimiento me hizo pensar si aquel infeliz estaría desfallecido por hambre.

Al volver en sí, le pregunté si hacía mucho tiempo que no había comido, y me contestó con voz balbuciente, que dos días. ¡Pobrecito!

Sí, ya lo puede usted decir; hice que le dieran caldo con malvasía, y pronto recobró aliento, diciéndome al fin: Yo soy hijo de Don Celso Rodríguez, acusado injustamente de homicidio, y me llamo como mi padre, el cual es inocente del crimen que le imputan.

Crea usted, señor, que mi padre no ha matado en este mundo ni una mosca, porque mi padre es muy bueno.

¿Y cómo se encontraba entonces con los asesinos, en el momento crítico de cometerse el crimen?

Lo ignoro (replicó el niño); mi padre me tenía puesto en el colegio, donde estaba todo el día a media pensión, por la noche venía a buscarme, y cenábamos juntos en la fonda, y luego me llevaba a casa de unos amigos suyos, donde cuidaban de nosotros.

Él y yo dormíamos en un mismo cuarto. Mi padre es de carácter bondadoso, nunca me ha pegado ni reñido, y los días de fiesta, si tenía dinero, comíamos en el campo o me llevaba al teatro, lo dejaba a mi elección.

El día que le prendieron no pudo venir por mí, pero como otras veces había sucedido lo mismo, no me asusté.

Viendo que no venía, fui a buscarlo a la fonda, y después a casa. Al fin supe que estaba preso.

Quise verle al día siguiente, pero no me dejaron.

Estuve yendo con los amigos de mi padre todos los días sin conseguir mi objeto, hasta que supimos que lo habían traído aquí.

Entonces, sin decir nada en casa, me vine a pie. Cuando llegué, entré en un mesón, y con los cuartos que me quedaban pedí de comer.

Pregunté dónde estaba la cárcel, y buscándola me sorprendió la noche, viéndome en la necesidad de pasarla escondido entre unos carros.

Últimamente di con la cárcel, mas tampoco he logrado ver a mi buen padre.

Por fortuna una mujer que había allí me escuchó con mucha atención, y me dijo: “Yo te acompañaré a la Audiencia, donde van muchos jueces, y entre ellos uno que se llama D. Justo Escobar, que es muy bueno, pregunta por él y te escuchará.”

Me acompañó, preguntamos por usted al portero, y éste nos dijo a la hora que usted salía.

La buena mujer se fue, y yo me quedé esperándole a usted para decirle que me lleve a ver a mi padre, que tendrá mucha pena de estar separado de mí.

No puede usted figurarse lo que me impresionó la relación de aquel niño, aquella fuerza de voluntad, aquel amor inmenso que tenía a su padre, aquella fe profunda con que él exclamaba: ¡Mi padre es inocente!

Aquella confianza me llegaba al alma, porque precisamente aquel mismo día había tomado declaración al padre de Celso, y me había confesado que él no dio el primer golpe, pero que había ayudado a terminar el asesinato.

¡Pobre niño! Decidí no desampararle y hacer cuanto pudiera por él y por su padre.

Enteré a Magdalena, y usted que ya sabe lo que ella es, acarició a Celso, le dio alimento, y decidió quedarse con el niño hasta ver en qué paraba la causa de su padre.

Todo el afán de Celso era preguntarme si le llevaría a ver a su padre, y no estuvo tranquilo hasta que le prometí que al día siguiente le llevaría conmigo.

Cumplí lo ofrecido, y cuando el pobre Rodríguez vio a su hijo, se quedó tan turbado, se puso tan conmovido, que no pudo pronunciar ni una sola palabra.

El niño rayó en lo sublime, preguntándole a su padre con voz vibrante: ¿Verdad que eres inocente, padre mío? ¿Verdad que tú no puedes haber matado a nadie, siendo tan bueno? Yo me quiero quedar contigo, yo te defenderé.

En fin, Amalia, esto sería muy largo de contar, pero puedo asegurarle que Celso era la admiración de cuantos le escuchaban y que me tenía dominado por el inmenso amor que a su padre profesaba.

Todos los días le dejaba ir a verle, y él, para mostrarme su agradecimiento, no puede usted figurarse lo cariñoso que era con Magdalena y conmigo.

Tenía una inteligencia tan clara aquella criatura, un discernimiento tan admirable, que me encantaba, y estábamos decididos a encargarnos de su educación, porque sabíamos que su padre, si bien no era un hombre avezado al crimen, había sido criminal.

De los tres autores del delito, uno fue condenado a muerte, y Rodríguez y su compañero a veinte años de condena.

Cuando Celso se enteró de que su padre debía ir al presidio de Tarragona a cumplir su condena, quedó como petrificado.

La víspera de marchar Rodríguez ,dejé a Celso con su padre más de dos horas por complacer al niño.

Por la tarde salió Celso sin apercibirse Magdalena, y al volver yo y notar su falta, mandé buscarlo, aunque inútilmente.

Yo mismo corrí en distintas direcciones, pero en vano, y ya de noche y fatigado me retiraba a mi casa, cuando me dieron aviso de un conato de evasión de varios sentenciados a presidio, entre ellos Rodríguez, el cual con otro había logrado escapar saltando por una ventana, pero con tan mala suerte que se fracturó ambas piernas.

Su hijo le esperaba al pie de la ventana.

Los centinelas hicieron fuego e hirieron gravemente al compañero de Rodríguez y mataron a Celso, que hacía desesperados esfuerzos por llevarse a su lastimado padre.

El pobre niño murió víctima de su amor filial.

Cuando vi el cadáver de aquel hijo modelo, lloré como un niño y no sabía separarme de él.

Lo acompañé hasta el cementerio, y crea usted que el cariño que me inspiró aquella criatura no lo he sentido por nadie.

Estuve mucho tiempo preocupado con aquel tristísimo suceso, se puede decir que no lo olvidé, hasta que recibí un gran disgusto con la muerte de un hermano mío.

En aquellas horas de angustia me pareció ver a Celso que me miraba sonriendo.

Traté de desechar aquella alucinación, pero a pesar mío, vi a Celso durante muchos días constantemente al lado mío.

Un año después murió mi hija, y volví a ver al hijo de Rodríguez, y hoy, cuando el médico me indicaba sus temores respecto al estado de mi esposa, le he visto otra vez, primero aquí, y luego en el cuarto de la enferma, sentado junto a su cama mirándola tiernamente.

¿Y va vestido como, cuando usted le conocía?

Las otras veces, sí, hoy no, hoy lo he visto con una túnica blanca de una tela transparente y luminosa, parece como si lo envolviera una nube, pero su cara es la misma, con sus ojos tristes.

Parecía como si magnetizara a Magdalena, porque ésta se ha quedado dormida dulcemente.

Si es que los muertos viven, ¿Por qué no vienen mi hermano y mi hija y los veo como a Celso?

Porque no sabemos en qué estado se hallarán esos dos espíritus.

Celso, sin duda, siente por usted una inmensa simpatía y gratitud sin límites, pues usted, como hombre, no pudo ser mejor para él, y es de presumir que cuando le ve padecer, él viene a prestarle consuelo y a alentarle.

Amó mucho en la Tierra, y continúa amando en el espacio.

¡Y tanto que supo amar! Por su padre era adoración lo que sentía.

Él nunca pudo creer que su padre fuese criminal. ¡Con cuánto entusiasmo me contaba los menores detalles de la vida del autor de sus días!

Y en verdad que no comprendo cómo aquel hombre, que era bueno en el fondo de su corazón, se convirtió en asesino. ¿Y vive aún?

Sí, en Tarragona está el desgraciado.
Algún tiempo después de esta conversación, Escobar asistió a varias sesiones espiritistas con la idea de ver si se comunicaría Celso, obteniéndose, por último, esta concisa comunicación:

“El niño que murió por salvar a su padre es un Espíritu cuyo activo trabajo le aparta de los lugares que en su vida terrena frecuentó, y sólo vuelve a ellos cuando dos seres queridos que dejó entre nosotros sucumben al peso de su prueba, su padre, que ignora en absoluto dónde está su hijo, al que siempre recuerda, y tú, que más feliz que el pobre presidiario, has podido verle cuando él viene a tu lado para tranquilizarte y decirte: el que amparo presta, protección recibe.

El niño de ayer, al que viste desfallecer de hambre, es el Espíritu fuerte de hoy.

No lo dudes; los muertos viven.

Celso está contigo siempre que necesitas de él, te ama, y será de los primeros que te darán la bienvenida en los mundos de la luz.”

Esta comunicación dejó satisfecho a nuestro amigo, que leyó las obras de Kardec, las estudió profundamente, y hoy es un buen espiritista, siendo su mejor consejero en los lances más arduos de su vida, el Espíritu de Celso.

¡Quién diría al juez de la Tierra, cuando recogió en su casa a aquel pobre niño, que llegaría un día en que aquel ser desvalido, a quien vio caer a sus pies vencido por el hambre, sería más tarde su guía, su Espíritu protector, para pagarle una deuda sagrada, deuda contraída por la más profunda gratitud!

Amalia Domingo Soler
La Luz de la verdad