
El tiempo es, en cierto modo, el único tesoro del hombre.
Todas las riquezas están expuestas a perderse.
Los honores, el vaivén de la fortuna los arrebata en brevísimos segundos; la libertad, el menor atropello puede destruirla; la salud, un cambio atmosférico la quebranta y aniquila; si somos amados, la volubilidad o la ingratitud pueden desheredarnos y dejarnos solos sin una ilusión que sonría en nuestra mente; si grandes conocimientos científicos nos enorgullecen, un descubrimiento nuevo nos prueba que no sabíamos nada.
Todo lo podemos perder en la vida; la riqueza, el renombre, la libertad, la virtud, nuestro mísero cuerpo, todo, menos el tiempo taquígrafo del infinito, que nunca se cansa de tomar notas en el libro eterno de la existencia universal.
Él nos recibe cuando llegamos a la vida, y nos despide cuando la dejamos, para recibirnos otra vez a nuestra llegada a la región ignota de las almas.
Es nuestra sombra; porque donde quiera que vamos nos sigue, es nuestra luz, es nuestro progreso, es nuestra esperanza y es nuestra felicidad.
¿Qué sería del hombre sin el tiempo ilimitado?
El tiempo es el símbolo de Dios.
Él aclara todos los misterios.
Desvanece todas las dudas.
Disipa todos los temores.
Da a cada uno según sus obras.
Es el mundo de los siglos, con una elocuencia superior a la de todos los oradores de los mundos.
Es el depositario de todas las verdades.
Es el pacificador de todos los pueblos.
Es el que cicatriza las profundas heridas del corazón humano.
¡Oh tiempo, tiempo! ¡Cuan mal te han comprendido las ingratas humanidades al simbolizarte en Saturno devorando a sus hijos!
Tú no aniquilas a los seres inteligentes ni a las cosas animadas, muy al contrario, eres la eterna renovación.
Despojas al hombre de su vieja envoltura para dotarle de otra nueva.
No derribas los árboles centenarios sino cuando sus raíces retoñan.
No marchitas las flores sino para convertirlas en sabrosísimos frutos.
Agotas nuestras juveniles ilusiones, dándonos en cambio la profunda reflexión de la edad madura.
Eres el escultor de Dios.
Tú modelas esas grandes figuras que dan nombre a los siglos.
Eres la vida porque eres la luz.
¡Oh tiempo! Nosotros te rendimos culto; te adoramos en tu inmensa obra.
Si pudiéramos expresar todo lo que nos inspiras, nuestro himno sería la admiración del mundo.
Indudablemente eres el hálito de Dios que, convertido en fuerzas sirves de motor a los mundos y a las humanidades que los pueblan.
Tú haces olvidar los agravios.
Extingues los odios.
Creas nuevas afecciones.
Eres el matemático eterno que traza las figuras y encuentra sus proporciones exactas.
Haces la luz en medio de las sombras.
Eres la verdad y te manifiestas en todos los lugares.
La mayor parte de las veces no reconocemos tus útiles enseñanzas, pero tú, emanación de Dios, como Dios eres paciente, porque como Él eres Eterno.
Tú sonríes al ver nuestras debilidades, nuestras miserias, nuestras pequeñeces y dices:
¡Ellos vendrán a mí! Los hijos pródigos volverán todos a la casa del padre universal; todos tomarán parte en el banquete de los siglos; todos progresarán porque su destino es progresar.
La escuela espiritualista racionalista le deberá al tiempo un triunfo definitivo, pues merced a él, la humanidad habrá aprendido que los muertos viven y que el mundo de las almas no es sino uno de los eslabones de la cadena de nuestra existencia eterna.
Aquí es la incredulidad o el terror el que rechaza la verdad; allí la superstición y el fanatismo que, apoderándose de la revelación, ley de la naturaleza, la han hecho servir para la creación de un mundo contranatural, fantástico, repulsivo, absurdo, con cuyo auxilio la iniquidad ha reinado sobre la ignorancia.
Hoy, gracias al tiempo, se han abierto las puertas de los santuarios, los libros sagrados se han multiplicado y los hombres han conocido todo el valor de las leyendas religiosas, místicas fábulas, tradiciones basadas en la ignorancia y la malicia.
Este descubrimiento ha señalado nuevo derrotero a las escuelas filosóficas, y la aurora de un espléndido porvenir alborea en los horizontes de la razón.
¡Tiempo! ¡Tiempo! ¡Redentor de los mundos! ¡Profeta infalible! ¡Cuanto te deben las humanidades!
Nosotros te adoramos, viendo en ti la personificación del progreso.
¡Tú eres el testamento de Dios!
Eres fuerte, porque realizas los grandes hechos.
Eres el sabio de los sabios, porque resuelves todos los problemas.
Eres el juez que fallas sin apelación todas las causas.
Y tu fallo es admirable, porque siempre es justo.
Eres el vengador de los mártires.
Eres la vida, porque eres la eternidad.
¡Dios, la naturaleza y el tiempo: trinidad augusta del misterio de la Creación!
Amalia Domingo Soler