Allan Kardec

FELICIDAD DE LA ORACIÓN

manos orando
Foto de Allan Kardec

Venid los que queréis creer: los Espíritus celestes corren y vienen a deciros grandes cosas; Dios, hijos míos, abre su ancho pecho para daros sus bienes.

¡Hombres incrédulos, si supieseis de qué modo la fe hace bien al corazón y conduce el alma al arrepentimiento, a la oración!

La oración, ¡ah! cuán tiernas son las palabras que salen de la boca en el momento de orar!

La oración es el rocío divino que destruye el excesivo calor de las pasiones; hija primogénita de la fe, nos lleva al sendero que conduce a Dios.

En el recogimiento y la soledad, estáis con Dios, para vosotros no hay ya misterio; él se os descubre.

Apóstoles del pensamiento, para vosotros es la vida, vuestra alma se desprende de la materia y recorre esos mundos infinitos y etéreos que los pobres humanos desconocen.

Marchad, marchad por el sendero de la oración y oiréis las voces de los ángeles.

¡Qué armonía! Estas no son el murmullo confuso de los acentos chillones de la tierra; son las liras de los arcángeles: son las voces dulces y suaves de los serafines, más ligeras que las brisas de la mañana, cuando juguetean en el follaje de vuestros grandes bosques.

¡Entre cuantas delicias marchareis!

Vuestra lengua no podrá definir esta felicidad; ¡Cuánto más entre por todos los poros, tanto más vivo y refrescante es el manantial en donde se bebe!

¡Dulces voces, embriagadores perfumes que el alma siente y saborea, cuando se lanza a esas esferas desconocidas y habitadas por la oración!

Sin mezcla de carnales deseos, todas las aspiraciones son divinas.

También vosotros orad, como Cristo llevando su cruz desde el Gólgota al Calvario; llevad vuestra cruz, y sentiréis las dulces emociones que pasaban por su alma, aunque cargado con un leño infamante; iba a morir; pero para vivir en la vida celeste en la morada de su padre.

(S. AGUSTÍN, París, 1861.)

Evangelio según el Espiritismo

Allan Kardec


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