
El primer deber de toda criatura humana, el primer acto que debe señalar para ella la vuelta a la vida activa de cada día, es la oración.
Casi todos vosotros rezáis, pero cuan pocos saben orar.
Nada importan al Señor las frases que juntáis maquinalmente, porque tenéis esa costumbre, que es un deber que llenáis y que como todo deber os moleta.
La oración del cristiano, del espiritista de cualquier culto que sea, debe ser hecha desde que el Espíritu ha vuelto a tomar el yugo de la carne; debe elevarse a los pies de la Majestad divina, con humildad; debe ser profunda, alentada por el conocimiento de todos los bienes recibidos hasta el día; por la noche que se ha pasado, durante la cual os ha sido permitido, aunque sin saberlo vosotros el volver al lado de vuestros amigos, de vuestros guías, para que en su contacto os den más fuerza y perseverancia.
Debe elevarse humilde a los pies del Señor, para recomendarle vuestra debilidad, pedirle su apoyo, su indulgencia y su misericordia.
Debe ser profunda, porque vuestra alma es la que debe elevarse hacia el Creador, la que debe transfigurarse como Jesús en el monte Tabor, y volverse blanca y radiante de esperanza y de amor.
Vuestra oración debe encerrar la súplica de las gracias que os sean necesarias, pero de una necesidad real.
Es pues inútil pedir al Señor el que abrevie vuestras pruebas, el que os dé los goces y las riquezas; pedidle que os conceda los bienes más preciosos de la paciencia, de la resignación y de la fe.
No digáis lo que muchos de entre vosotros: «No vale la pena de orar porque Dios no me escucha.»
La mayor parte del tiempo ¿Qué es lo que pedís a Dios?
¿Habéis pensado muchas veces en pedirle vuestro mejoramiento moral?
¡Oh no!, muy pocas; más bien pensáis en pedirle el buen éxito de vuestras empresas terrestres, y habéis exclamado.
«Dios no se ocupa de nosotros; si se ocupara no habría tantas injusticias.»
¡Insensatos! ¡Ingratos! si descendieseis al fondo de vuestra conciencia, casi siempre encontraríais en vosotros mismos el origen de los males de que os quejáis; pedid, pues, ante todo, vuestro mejoramiento y veréis que torrente de gracias y consuelos se esparcirá entre vosotros.
(Capítulo V, núm. 4.)Debéis rogar sin cesar, sin que por esto os retiréis a vuestro oratorio o que os pongáis de rodillas en las plazas públicas.
La oración del día es el cumplimiento de vuestros deberes, de vuestros deberes sin excepción, cualquiera que sea su naturaleza.
¿No es un acto de amor hacia el Señor, el que asistáis a vuestros hermanos en cualquiera necesidad moral o física?
¿No es hacer un acto de reconocimiento, elevar vuestra alma hacia él, cuando sois felices, cuando se evita un percance, cuando una contrariedad pasa rozando con vosotros, si decís con el pensamiento: «¡Bendecido seáis, Padre mío!»
¿No es un acto de contrición el humillaros ante el Juez supremo cuando sentís que habéis faltado, aunque solo sea de pensamiento, y decirle: ¡Perdonadme, DIOS mío, porque he pecado, (¡por orgullo, por egoísmo, o por falta de caridad;) dadme fuerza para que no falte más y el valor necesario para reparar la falta!
Esto es independiente de las oraciones regulares de la mañana y de la noche, y de los días consagrados; pero como veis la oración puede hacerse siempre sin interrumpir en lo más mínimo vuestros trabajos; decid, por el contrario, que los santifica.
Y creed bien, que uno solo de estos pensamientos, saliendo del corazón, es más escuchado de vuestro Padre
Pedid y se os dará celestial, que largas oraciones dichas por costumbre, a menudo sin causa determinada y a las cuales os conduce maquinalmente la hora convenida.
(V. Monod. Burdeos, 1862.)
Allan Kardec