Hermanos míos: Vamos a ocuparnos hoy de los seres más desgraciados que hay en la tierra. ¿Sabéis cuáles son? Los presos.

El espíritu sólo con venir a este planeta ya viene condenado a saldar cuentas atrasadas, y si tras de su expiación y su prueba, redobla su cautiverio cometiendo nuevas faltas que atraen sobre el culpable el castigo de la ley, aquel pobre espíritu se encuentra dos veces prisionero; si pequeña creía la tierra para sus deseos, de pronto se ve privado de aire y de luz; si encontraba pesado el cuerpo material a que estaba unido, se aumenta su pesadez por las enormes cadenas que tiene que arrastrar.

Si le abruma la pobreza, aumentan su indigencia, porque su alimento es escaso y de sustancias averiadas; si existe en este mundo el máximum del dolor, indudablemente para los presos está reservado; todo cuanto yo os diga es pálido; es necesario haber estado preso para saber medir el hondo abismo en el cual se lanza el hombre, unas veces por su propia voluntad, otras impelido por la ignorancia o dominado por adversas circunstancias, hijas de diversas causas, cuyo resultado siempre es fatal.

Entre los grandes problemas sociales que hay qué resolver en la tierra, el primero de todos es la cuestión de la subsistencia; en todas las épocas ha habido ricos muy ricos, y pobres muy pobres; estos últimos, por razón natural, han odiado a los ricos, y han dicho en todos los tonos de la escala musical que la propiedad es un robo.

Del hombre que vive careciendo de todo se pueden esperar todos los crímenes, y como son muchos los que viven sin disfrutar ni el más pequeño goce de la vida, todos estos desheredados son otros tantos instrumentos que pueden emplearse en el mal.

No quiere decir esto que los grandes potentados no hayan cometido crímenes, y horribles algunos de ellos; pero hay que añadir a vuestro adagio que si la ociosidad es la madre de todos los vicios, la desesperación es la peor consejera que puede tener el hombre.

El hambre nos irrita, la sed nos enloquece, y de un loco se pueden esperar todas las locuras.

Los hurtos y los homicidios, ¿Qué otra cosa son que actos de verdadera locura?

Los criminales son dementes, infelices, enajenados cuya enfermedad nunca ha sido estudiada, y por consiguiente no ha podido ser comprendida.

Criminalidad había en la tierra en las diferentes épocas que habité en ella; crímenes se cometen hoy y se cometerán mañana, y se seguirán cometiendo mientras los ricos sean muy ricos, y los pobres sean muy pobres.

Los primeros, demasiado felices, hastiados de sus pingües riquezas, se entregan al desorden por sentir una nueva sensación, y los pobres dicen en su desencanto, sonriendo con amarga ironía: «Ya que Dios no se acuerda de nosotros, vivamos como si él no existiera; olvidemos sus leyes, ya que para nosotros no sonríe la Providencia».

¡Ay!, esta desarmonía social, este descontento íntimo en que vive el hombre, es la cuna de espinas donde se mecen los grandes desaciertos.

En la tierra se vive muy mal; los espíritus encarnados en este planeta, en su mayoría son inferiores, y por esto, sin duda, han tenido, para idear tormentos, una inventiva tan notable, que si la hubieran empleado en el bien, la tierra sería el Paraíso de la leyenda bíblica.

Si crueles han sido los homicidas, inclementes han sido los jueces que los han juzgado, no perdonando medio para martirizar al culpable de un modo inconcebible; y lo que es más triste aún, es que la religión haya sido mezclada en estos horrores.

En las cárceles religiosas la crueldad con los condenados ha sido tan excesiva, que si culpable fue el asesino, doblemente homicida fue el que le impuso el castigo.

Ahora vivís en la tierra en la más dulce armonía en comparación de cuando yo la habitaba; vuestros presidios hoy son casas de recreo comparadas con aquellas sombrías fortalezas donde gemían en las mismas mazmorras los infieles, los herejes, los rebeldes a su rey, y los malhechores de oficio; los tormentos de la inquisición, que tanto os espantan, no son nada en comparación de los que imponían los penitentes negros, asociación terrible que aún existe en la tierra, pero notablemente modificados sus estatutos.

Su primera época es casi desconocida en nuestra historia, a la que bien se puede llamar, por el modo que está escrita, una conspiración contra la verdad, como decía Herodoto, apellidado el padre de la historia.

Se puede decir que lo ignoráis todo, pero llegará un día, cuando la mediumnidad esté más extendida, que sabréis episodios tales de la historia universal que os parecerá imposible que haya habido hombres capaces de triturar el cuerpo humano, y seres que han podido sufrir años y años un tormento superior a todo cálculo.

Yo, que soy un espíritu muy viejo, que he visto y sufrido mucho, que he pasado por todas las fases de la existencia, tengo el propósito de deciros algo sobre la historia terrible de los penitentes negros, que han tenido en su mano todos los poderes.

Sus miembros se han sentado en la mal llamada silla de San Pedro, en los tronos de todos los Césares; han sido los Maquiavelos de todos los tiempos; la política y la religión han sido sus armas empleadas a la ofensiva y a la defensiva, según les ha convenido; pero han sido tan feroces y tan crueles, que han parecido los encargados de hacernos creer que Satanás no era un mito, que existía para tormento y condenación de la humanidad.

Como la moderna Compañía de Jesús, han sido odiados y temidos, dispersados y perseguidos hoy, tolerados y mimados ayer por la voluble fortuna, martirizados y santificados; de todo han sufrido y de todo han gozado, pero siempre han sido fieles a su juramento; donde ha habido dos han formado una asociación; si toda su constancia y su talento lo hubieran empleado en el bien, la tierra sería un lugar de delicias.

En mi última existencia estaban en una de sus épocas de poderío; siendo yo adolescente, los monjes que me educaron me iniciaron en algunos de sus secretos, y hasta para halagar mi vanidad juvenil, me hicieron asistir a sus sesiones ordinarias, y se propusieron, según me decían, hacer de mí un águila de la Orden, pero como yo les abandoné, les apostrofé y les dije que moriría mil y mil veces antes que secundar sus planes de iniquidad, fui su víctima, se puede decir; nunca me perdonarán al ver que luchaban con fuerzas iguales; porque mi espíritu, inclinado al bien, veíase favorecido constantemente por los sabios consejos de espíritus protectores.

Como después he tenido ocasión de ver, yo era fuerte, muy fuerte: causa que me proponía defender, la defendía con tal firmeza, empleaba en mi trabajo tanta fuerza de voluntad, me importaban tan poco los obstáculos, estaba tan plenamente convencido de que el bien atrae el bien, que muchas veces era temerario.

Arrastraba toda clase de peligros sin ser lo que se llama un valiente en el sentido vulgar de la palabra, pero me posesionaba tanto de mi papel humanitario, gozaba tanto mi espíritu cuando podía decir a una familia afligida: «Aquí tienes el consuelo», que sentía en todo mi ser una emoción tan dulce, una satisfacción tan pura, un goce tan inmenso, que en aquellos instantes dejaba de pertenecer a la tierra.

El decirle a un prisionero: «Te traigo la libertad» era para mí la felicidad suprema; la primera mirada del cautivo me demostraba una dicha tan intensa que en aquellos momentos yo gozaba lo que no comprenderéis en la tierra.

Los presos siempre han tenido en mí un decidido defensor, y hoy mi trabajo favorito es inspirar resignación y esperanza a los moradores de los presidios, que son sin duda los seres más desgraciados de ese planeta; los unos porque a veces son víctimas de la torpeza, de la ignorancia; los otros porque han influido en su destino la soledad, el abandono, el desprecio social; aquéllos porque son espíritus rebeldes inclinados al mal, de monstruos tan perversos que en torno de ellos ni la hierba crece, porque su aliento envenenado inficiona el aire.

¡Cuánta perversidad hay en algunos seres! Y éstos precisamente son los que necesitan la protección y el consejo de los espíritus.

Si Cristo vino a la tierra para salvar pecadores, los que nos preciamos de seguir sus huellas debemos imitarle.

Los justos, ellos solos saben el camino del Paraíso, y los impíos son los que necesitan que los guíe; los ciegos, si van solos, pueden tropezar y caer.

¿Y quién más ciego que un criminal? Por eso yo me constituí en lazarillo de muchos culpables, procedimiento que en algunas ocasiones me causó horribles sufrimientos, pero la rosa más tierna, la de aroma más delicado, es aquella que tiene más espinas: de todas las sensaciones agradabilísimas de que puede gozar el espíritu, ninguna es tan grande, ninguna nos proporciona goce más puro, que poder decirle a uno que llora:

«Alma triste que lloras apenada, sonríe y espera, que yo te traigo el cáliz donde hallarás el agua de la vida».

Ver unos ojos que, por poco expresivos que sean, en aquellos momentos hablan con toda la elocuencia del sentimiento; ver la animación que adquiere aquel semblante, ser uno por algunos momentos un nuevo Pigmalión que dio aliento a una estatua, y dar la esperanza al que duda de todo, asemejarse al sol difundiendo el calor y la vida, es llegar a la suprema dicha, es vivir en la perpetua luz, y no apreciaríamos lo que valen los resplandores de la aurora si no sintiéramos la melancólica influencia de las densas sombras de la noche.

He sido espíritu de combate; en la inacción, en la vida normal, era yo lo que se puede decir un ser inofensivo, de pocas necesidades y de menos ambiciones; pero en la lucha por los desgraciados, yo que hablaba poco, me volvía elocuente como Pendes y Demóstenes, emprendedor como Alejandro, audaz como un aventurero, mandaba y suplicaba al mismo tiempo, empleaba hasta el insulto si con la violencia podía arrancar la firma de un soberano; hería su dignidad a fondo, pues me importaba muy poco que me odiaran los grandes, si podía servir de amparo a los pequeños.

En una ocasión, siendo yo muy joven, pedí como cuestión de estudio a mis superiores que me dejaran visitar una fortaleza que tenía una biblioteca con documentos importantísimos, códigos curiosísimos y otros pergaminos de gran valía, pretexto que empleé para conseguir mi intento, que era visitar los subterráneos de aquel sombrío edificio, que servía de prisión preventiva a los que faltaban a las leyes políticas, religiosas y morales.

Sabía que se estaba preparando una expedición al Norte; que muchos desgraciados iban a ser abandonados en las regiones de las nieves perpetuas, y ante aquellos asesinatos se sublevaba mi alma.

Yo, quería el castigo del criminal, pero al mismo tiempo quería instruirle, moralizarse, hacerle reconocer el remordimiento, pero no triturar su cuerpo y desesperar su alma.

Se había cometido un asesinato en la persona de un magnate; diez individuos estaban complicados en la causa, y sabia que los diez penados sufrirían igual condena, y esto me desesperaba, porque decía: «Es imposible que esos diez hombres hayan pecado por una misma idea; cada uno de ellos habrá tenido distinto móvil; no hay un hombre que se parezca a otro hombre, pues cada ser es una individualidad.

¿Por qué la ley ha de ser tan ciega? ¿Por qué no ha de estudiar en esos seres que tanto se prestan al estudio?»

Conseguí mi intento y penetré en la fortaleza, donde tenía permiso para permanecer quince días.

Una parte del castillo estaba habitada por cincuenta penitentes, otra servía de clase preparatoria a cien neófitos de la Orden, y los subterráneos servían de prisión preventiva a todos los acusados de aquellos contornos, donde no era permitido visitar a los reos.

Únicamente los veían sus familiares el día antes de salir a cumplir su condena.

Fui muy bien recibido por los primeros jefes de la Orden, pues aún no me había dado a conocer, aún creían que les serviría de instrumento para sus planes satánicos, y me condujeron a la biblioteca, entregándome la lista de lo más curioso que encerraba aquel templo de la ciencia; en una celda cercana a aquel santuario del saber humano me dieron cómodo alojamiento, acompañado de un penitente que era el llavero de las prisiones.

Entonces en las cárceles había pocos empleados; los presos estaban de tal manera que se podían haber dejado solos sin miedo de que se evadieran.

Como mi idea principal era visitar a los presos, comencé por ganarme la confianza del monje llavero, pero pronto me convencí de que nada conseguiría, porque si bien sus ojos me hacían revelaciones, su boca enmudecía sellada por el miedo; me distinguía con su afecto, pero a lo mejor recogía velas y se encerraba en el más profundo silencio.

En aquellos inmensos subterráneos sólo aquel hombre penetraba, a nadie más era permitido bajar a aquella cripta donde los hombres se enterraban vivos.

Estando yo una noche entregado a la meditación, mi compañero se levantó pausadamente y se acercó a mi lecho.

Vi que tenía los ojos abiertos, pero fijos, inmóviles.

Después abrió un armario, arregló algunos papeles, se sentó, rezó varias oraciones con voz muy débil, y se volvió a su lecho, donde permaneció sentado largo rato, hasta que un fuerte golpe, dado en la puerta de la celda con un martillo, le estremeció violentamente.

Abrió los ojos, miró un reloj de arena y se vistió aceleradamente, llamándome con voz insegura:

«¿Estáis enfermo?», le pregunté.

«No; la cabeza la tengo muy pesada; he soñado que estaba en la Palestina, y no sé, tengo una gran confusión en mis ideas.»

Yo me guardé muy bien de decirle lo que había observado en él, y lo que hice durante el día fue estudiar sobre el doble sueño, o sea esa segunda vida de los aletargados, que hoy conocéis con el nombre de sonambulismo, y pronto me convencí de que el llavero durante su sueño desarrollaba fuerzas inteligentes que hacían de él un instrumento precioso para un hombre que supiera estudiar y dirigir aquellas manifestaciones misteriosas de una voluntad superior a su modo de ser.

Esperé la noche con afán, nos acostamos, y me puse en observación, y casi a la misma hora de la noche anterior, mi compañero se incorporó y balbuceó algunas palabras ininteligibles.

Entonces me levanté y le dije muy quedo, cogiendo una de sus manos:
-¿Qué tienes?
-¡Miedo!
-¿De qué?
—De los muertos vivos.
—Querrás decir de los prisioneros.
—Sí; mi cargo es horrible.
—Renuncia a él.
—No puedo, pronunciaría mi sentencia de muerte. ¡Niño, huye de aquí!

El mismo golpe de la noche anterior despertó a mi interlocutor, que al verme junto a él manifestó extrañeza, diciéndome si estaba enfermo.

Para abreviar, te diré que todas las noches, en cuanto el llavero se dormía, yo me levantaba, y mis primeros ensayos de magnetismo los hice con él.

Le dormía a mi voluntad a le hacía hablar cuanto yo quería, y para continuar mi trabajo pedí por gracia que me dejaran quince días más en la biblioteca.

Me lo concedieron, y una noche magneticé al monje llavero, y por un camino que él mismo me había indicado, me fui a visitar a los prisioneros acompañado del dormido carcelero, que me guiaba admirablemente por aquel sombrío laberinto de anchas galerías y estrechos corredores.

Llegamos por fin a un espacioso salón de cuyo pavimento manaba un agua fétida; en la pared había unas concavidades de trecho en trecho, y dentro de aquellos nichos, cerrados con fuertes barrotes de hierro, había un hombre en cada uno de ellos, que tenía que permanecer de pie sin poderse doblegar, por no tener espacio para hacer ningún movimiento, y por estar sujeto con argollas por los pies, por la cintura, y a veces por el cuello. Aquellos infelices, por una crueldad horrible, eran bien alimentados, y les daban vinos compuestos para vigorizar sus fuerzas, y excitados con tales reactivos sufrían horrorosamente en lo que eran unas tumbas, luchando desesperadamente entre la forzada inercia de su cuerpo y el fuego devorador de sus sentidos sobreexcitados.

La impresión que recibí fue muy dolorosa, en particular delante de un hombre joven y robusto, que al verme me dijo:

—Quienquiera que seas, diles a mis jueces que soy inocente, que tengo tres hijos que son la vida de mi vida, y el hombre que ama a sus hijos no puede ser criminal.

Tengo una esposa que es un ángel; ve a decirle que no se avergüence de llevar mi nombre, que soy inocente —y brotó de aquellos labios un torrente de palabras que encontraron eco en mi corazón.

Le prometí volver, y salí de aquel paraje en un estado que no me es posible, explicar.

Creía firmemente que el infierno existía y que yo había estado en él.

A la noche siguiente dormí al llavero, y me fui solo, pues ya sabía el camino, y hablé con aquellos diez desgraciados.

En honor a la verdad, sólo uno era inocente del crimen que se les imputaba; los demás todos eran más o menos culpables, pero nunca merecedores de aquel tormento, de aquella crueldad que parece inverosímil, fabulosa, y sin embargo tristemente cierta.

Habiendo visto lo que deseaba, me despedí de los penitentes, y al irme declaré al llavero lo que había sucedido, diciéndole:

«Si eres mi aliado ganarás en tranquilidad y en reposo; si me niegas tu apoyo diré al jefe de la orden que estás endemoniado, y si me pierdes… nos perderemos los dos.

Si me delatas, te advierto que yo no moriré.

Podría no haberte dicho nada y haberte dominado con la fuerza poderosísima de mi voluntad, pero no quiero valerme en todos mis actos más que de la verdad.

» Entonces el llavero me confesó que desde mi llegada a la fortaleza me había tomado un gran cariño, y había sentido una profunda aversión por el cargo que desempeñaba, pero sabiendo que pronunciaba su sentencia de muerte si renunciaba a él, sufría en silencio la tortura de horribles remordimientos; que su deseo era ir a la India en calidad de misionero.

Yo le prometí que todo se conseguiría si me era fiel; me prometió su alianza y me separé de él satisfecho de mi obra, pues veía que mi voz había encontrado eco en su corazón.

Inmediatamente fui a ver a la familia del acusado inocente, y al hablarle del desgraciado Lauro, su esposa se abrazó a mis rodillas, diciéndome: «Señor, es inocente; mi esposo es incapaz de cometer un crimen, pues adora a sus hijos, y el que sabe amar como mi Lauro ama, no es criminal.

Si él declarara que se había convertido en asesino, diría que se ha vuelto loco, que miente».

La noble convicción de aquella mujer me dio más aliento; me presentó tres niños que parecían tres ángeles, blancos, rubios, sonrosados, con grandes ojos azules que parecían que guardaban el resplandor de los cielos.

Las inocentes criaturas me miraron sonriendo, y el mayor, que tendría ocho años, me dijo con voz dulcísima: «Mi padre es muy bueno.

Tu también tienes cara de bueno. ¿Verdad que salvarás a mi padre? ¡Pobrecito! Dile que todas las noches sueño con él.

La voz de aquel niño me conmovió de tal modo que le dije:

«¡Pobre ángel desamparado! Yo te prometo salvar a tu padre».

Y acto continuo fui a ver al primer jefe de los penitentes y le dije:
—A los últimos diez acusados que han ingresado en vuestras cárceles es necesario que los entreguéis a los tribunales civiles; me consta que uno de ellos es inocente, tiene esposa y tres hijos; con la deportación de ese hombre vais a cometer cinco asesinatos, y esto es horrible; los otros nueve deben ser juzgados separadamente, porque es distinta su culpabilidad.

La historia de esta asociación religiosa está escrita con sangre; y si yo he de pertenecer a ella tiene que tomar otro rumbo; quiero justicia y verdad; del modo que obráis sois los piratas de la tierra: condenáis sin apelación para confiscar los bienes de los condenados; queréis que yo sea el águila de la Orden, y lo seré si verdaderamente queréis ser los ministros de Dios en la tierra, practicando su ley de amor.

—Águila queríamos hacerte; pero veo que habremos de cortarte las alas; ya conozco lo que tú serás en el mundo: serás el manto de los criminales sólo por ir en contra de las leyes, porque en ti está encarnado el espíritu de la rebelión; eres niño y audaz, pero a los audaces les sabemos poner freno a su audacia.

Por esta vez te dejo libre, pues, en medio de todo, a mí me gustan los hombres como tú, y creo que al fin nos entenderemos, pero desiste de tu plan: la Orden de los penitentes, con las revueltas políticas, carece de fondos, y éstos le son necesarios, indispensables, ya que sin ellos no se podría sostener: el fin justifica los medios; el fin de la Orden es grande porque es imponer la religión en todo el Orbe.

Asociación tan poderosa necesita medios; ¿Qué es la vida de diez hombres ante la salvación de millones de criaturas? Este proceso, fallado por nosotros, nos conquistará la simpatía y la protección de la familia del asesinado, y, además, los bienes de los culpables quedan a nuestro favor, y… la elección no es dudosa.

Déjate de generosidades juveniles.

Cuando tengas mis años te convencerás de que la humanidad es una raza de víboras, y todas las que se aplastan es en provecho de la masa común.

Nada contesté, porque comprendí que todo sería inútil, y no quise provocar su cólera porque me tenía en su poder, y si me retenía, no podría ser útil a mis protegidos.

En cuanto me despedí, salí al campo, me postré de hinojos sobre un ribazo, y mirando al cielo, exclamé: «¡Señor, inspírame; pon en mis labios tu divina palabra! Diez familias están expuestas a perecer de hambre; un hombre inocente va a ser inmolado en aras de una asociación que es el vampiro del universo; dame la magia de la persuasión para conmover a un monarca de la tierra Señor, a tu sombra la raza de Caín sigue difundiendo el espanto y la muerte; deja que comience mi vida de sacerdote con un acto digno y justo.

Yo tengo sed de justicia y hambre de verdad; yo te amo, Señor, sobre todas las cosas de la tierra, y en tu nombre quiero difundir la luz.

¡Que el fuego de la inspiración inflame mi mente!»

Sin perder un momento, me puse en camino, y al día siguiente hablaba con el rey, al que logré convencer para que reclamara los diez acusados, que en justa ley los tribunales civiles debían condenar y no los eclesiásticos, puesto que el muerto nada tenía que ver con la casta sacerdotal.

Tres horas le estuve hablando para convencerle, porque ningún soberano quería malquistarse con los penitentes negros, pues sabían muy bien lo que les aguardaba, que era su muerte más o menos tarde; pero al fin conseguí que firmase la orden pidiendo la entrega de los diez acusados, yendo yo con el capitán que mandaba la fuerza a sacarlos de su sombrío calabozo.

Los guardias del rey y hasta el capitán temblaban al entrar en los subterráneos y ver a aquellos hombres enjaulados como fieras, que al salir de su encierro no sabían dar un paso; hubo soldado que lloró como un niño al ver tanta impiedad; el capitán, ante aquellas torturas, rugía de rabia y decía: «Dios no existe, ¡mentira! Si existiera, no habría tanta iniquidad.»

Yo, dominado por una fuerza extraña, cogí al llavero y le dije: «Quiero verlo todo, quiero decirles a estos desgraciados una palabra de consuelo; guíame, y yo te prometo sacarte de aquí».

Y mientras el capitán y los soldados conducían a los presos fuera de la fortaleza, yo seguí aquel laberinto de galerías y corredores donde resonaban en todas direcciones desgarradores gemidos de las víctimas que agonizaban en aquellos sepulcros.

Es imposible pintar todos los tormentos a que estaban sujetos algunos de los desventurados que ya estaban juzgados y condenados, a concluir sus días en aquellas cuevas, rodeados de reptiles y de todo cuanto puede atormentar al hombre.

Tal horror sentí, tal vértigo se apoderó de mi ser, que le dije a mi compañero: «Sácame de aquí.

Mi sangre se convierte en plomo derretido que me quema las entrañas.

Yo no pensaba que el infierno existiera, pero existe.

Yo me vuelvo loco, tengo miedo de quedarme aquí, ¡sácame, por compasión…!»

Mi compañero me cargó en hombros y me sacó por una poterna; al sentir en mi frente las ráfagas del aire, al verme en el campo, me dejé caer de rodillas, miré al cielo, lancé un grito agudísimo y caí desvanecido.

Cuando volví en mí, me encontré en un aposento de la Cárcel Real. El» capitán y el llavero estaban a mi lado. Parecía que había perdido la memoria, pero de pronto me di cuenta de lo que me había sucedido y pregunté por los presos.

El capitán me dijo que estaban en la enfermería.

El llavero aprovechó mi indisposición para acompañarme sin inspirar sospechas.

Por otra parte, los penitentes, ante la fuerza armada, eran humildes y no oponían la menor resistencia a las órdenes del soberano.

Ellos decían que todo lo hacían en bien de los pecadores, porque el castigo predispone a la enmienda.

Tenían en su mano el gobierno de todos los Estados, y aparecían en todas partes como obedientes y humildísimos súbditos, dispuestos siempre a cumplir la voluntad del soberano.

En vez de reclamar cuando la justicia ordinaria se apoderaba de uno de sus miembros, aparecían como mansísimos corderos, siempre dispuestos a transigir con todo; pero luego, cautelosamente, se vengaban de una manera horrible.

El llavero suplicó al capitán que le detuviera como prisionero, alegando que el mal trato que daba a los presos merecía un severo correctivo.

El infeliz hizo revelaciones que no quiero recordar, aseguraba que prefería morir devorado por los salvajes a volver bajo las órdenes de los penitentes.

Por mi mediación todo se arregló, y más tarde se embarcó para la India, donde sufrió el martirio y murió como él deseaba: devorado por los salvajes.

El proceso de los diez acusados me costó muchas horas de insomnio, persecuciones sin cuento, amenazas terribles, pero al fin Lauro quedó en libertad, y cuando salió de la sala del Tribunal, y su esposa y sus hijos le rodearon con sus amantes brazos, caí de rodillas, diciendo: «¡Bendito seas, Señor! ¡Ya no me importa morir! ¡A semejanza tuya he resucitado a los muertos! ¡Gloria a ti, alma del universo, por los siglos de los siglos!»

Lauro y su familia me colmaron de bendiciones, y su hijo mayor me decía:
«¡Quédate con nosotros, y te querremos tanto como a nuestro padre!»

Los nueve condenados restantes sufrieron el castigo proporcionado a su enorme falta; quedaron reducidos a la esclavitud, trabajando en las obras públicas.

Eran esclavos del Estado, como lo son ahora vuestros presidiarios, y sus bienes quedaron en poder de sus familias.

En relación con la condena del tribunal eclesiástico que les esperaba, aquellos desgraciados se creían felices, y para lo que aquellas almas rudas podían expresar, se mostraban agradecidos a mis afanes.

No tardaron mucho tiempo los penitentes en demostrarme que me harían pagar cara mi osadía; tres años estuve expatriado, sufriendo los horrores de la más espantosa miseria y el dolor de agudísima enfermedad; pero cuanto más sufría, veía en mi mente a Lauro al salir del tribunal rodeado de su familia, y me decía a mi mismo: «Aquel hombre tiene una esposa que le adora y tres ángeles que le sonríen.

Sin él hubieran muerto de frío esos cuatro seres que viven al calor de su ternura.

Si yo sucumbo, soy un árbol muerto que a nadie puede dar sombra; y, además, aquel hombre era inocente, y no debía morir.

Yo al fin me he rebelado, he negado mi alianza a los que me sirvieron de padre y me instruyeron.

¡Cúmplase la voluntad de Dios, que siempre es justa!», y estaba tan resignado a morir que cuando recibí el pliego de mi indulto, en el primer instante casi me sentía contrariado.

Ya he dicho antes que yo en la vida normal era un ser, si se quiere, apático; me asustaba la lucha incesante de la vida, y había acariciado tanto tiempo la idea de la muerte que casi la amaba.

Uno de vuestros poetas más escépticos cantó a la muerte.

Buscad su canto y agregadlo, si queréis, a estas líneas; si no todo, algunas estrofas.

Para mí, en aquella ocasión, la muerte era una Isla de reposo, como la llamaba el poeta Espronceda, diciendo:

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó.

Allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arruga el padecer;
y duerme al hombre y sus sienes
con fresco jugo rocía,
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores
sin espinas ni dolor.

Y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía:
no doy placer ni alegría,
mas es eterno mi amor.

En mí la ciencia enmudece,
en mí concluye la duda,
y árida, clara y desnuda
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blando sueño
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.

Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.

Había sufrido tanto, había vivido tan solo… que me horro rizaba la idea de la ancianidad: me despedí con sentimiento de aquellas montañas envueltas en el blanco sudario de las nieves perpetuas, y volví a mi patria casi moribundo. 

Mi primer pensamiento fue visitar a Andrés, y al verle, al recibir sus inocentes caricias, sentí que resucitaban en mi alma los deseos de la vida.

Me avergoncé de mi debilidad y de mi egoísmo, y comprendí que había sido injusto, porque nunca debemos desear la muerte cuando en la tierra hay tantos huérfanos a quienes servir de padre.

Poco tiempo después me retiré a mi aldea, donde residí más de cuarenta años.

Ya en los últimos meses de mi vida, estando una tarde sentado a la puerta del cementerio, vi llegar a un anciano cubierto de harapos, que me pidió una limosna para los niños cuyos padres estuviesen presos.

Sus palabras me llamaron la atención, y no pude menos de preguntarle por qué pedía para los hijos de los presos.

—Señor —me dijo—, es una penitencia que yo me he impuesto.

En mi juventud estuve en poder de los penitentes negros, acusado de un crimen que yo no había cometido; un hombre, que era un santo, se interesó por mis hijos y me devolvió al cariño de mi familia, atrayendo sobre él la persecución de los penitentes, que consiguieron su destierro y tal vez su muerte; el recuerdo de aquel hombre nunca se ha borrado de mi memoria, si bien me acuso de que cuando le deportaron nada hice en su favor, pues tuve miedo de caer nuevamente en las garras de aquellos tigres; y no sólo enmudecí, sino que cambié de residencia, me expatrié.

Los años fueron pasando y mi remordimiento fue creciendo, hasta el punto que hace más de diez años que yo mismo me impuse la penitencia de pedir limosna para los hijos de los presos en memoria de aquel hombre que se sacrificó por mí.

Todos los años, el 1° de enero, reparto todo lo que he recogido durante un año, entre veinte niños huérfanos por la muerte o por el cautiverio de sus padres, y al repartirlo les digo; «Rogad por el alma del padre Germán.»

El relato de Lauro me conmovió profundamente, y le dije dominando mi emoción:

—Pues habéis rogado por el alma de un hombre que aún está en la tierra.
— ¿Vive el padre Germán…? —gritó el mendigo, animando su rostro de un destello de júbilo—. Decidme dónde está si lo sabéis, que Dios ha tenido misericordia de mí; porque siempre he dicho, cuando me he creído próximo a la muerte: «Señor, en mi última hora permite que se me presente el padre Germán, y me creeré perdonado de mi ingratitud».

No sé de qué modo miré a Lauro, que el anciano se acercó «más a mí, me miró fijamente y se arrojó en mis brazos, diciendo:

— ¡Qué bueno es Dios conmigo!

¡Qué compensaciones tan hermosas tienen las buenas acciones! ¡Cuánto gocé hablando con Lauro!

Todos sus hijos se habían casado y vivían en la mayor abundancia.

Su esposa había muerto bendiciendo mi nombre, y él practicaba la caridad en memoria mía.

De los nueve condenados, cuatro murieron en la esclavitud, y los otros cinco alcanzaron la parada de un indulto general que dio el rey por haber tenido grandes victorias en la Tierra Santa; volvieron al seno de su familia, y pudieron sonreír contemplando a sus nietos.

Al día siguiente Lauro se despidió de mí, diciéndome:
—Ahora no temo a la muerte; que venga cuando quiera, pues he realizado mis deseos, que eran veros antes de morir.

—Y como si la muerte hubiera estado esperando nuestra entrevista para terminar los días de Lauro, al salir de la aldea, el anciano mendigo dio un paso en falso y cayó a un despeñadero, muriendo en el acto por la violencia del golpe.

Costó bastante trabajo la extracción del cadáver, pero conseguí sacarle, y fue enterrado cerca de la niña de los rizos negros.

No tardé mucho en seguirle, y en el espacio encontré a varios presos de la tierra que me mostraron su gratitud.

Amad, amad mucho a los presos, procurad su instrucción, moralizadlos, educadlos, castradlos, porque es muy justo que sea castigado el delincuente; pero al mismo tiempo que imponéis la pena, abridles el camino de su redención.

Si flageláis el cuerpo del cautivo, desesperáis su alma, no esperéis acciones generosas de espíritus desesperados.

No soñéis con días de libertad, no digáis que trabajáis para la unión de los pueblos ni que sois los iniciadores de la fraternidad universal, si antes que todo no mejoráis la triste suerte de los criminales; mientras tengáis esos presidios, semilleros de crímenes, focos de corrupción, habitados por hombres a quienes no les dejáis tener ni el derecho de pensar, ¡infelices de vosotros!

Todos vuestros planes de reformas sociales serán trabajo perdido.

No podéis imaginar todo el daño que os causa vuestro sistema penitenciario: un hombre desesperado atrae fatales influencias, y en vuestros presidios hay tal aglomeración de espíritus inferiores que su perniciosa influencia os envuelve, os aprisiona de tal modo,» que a veces me inspiráis lástima; porque los presos, sin saberlo vosotros, se vengan de vuestro abandono enviándoos con su fluido toda la hiel que guarda su corazón.

Os lo repito, y nunca me cansaré de repetirlo: los criminales son dementes, ni más ni menos.

¿Qué hacéis con vuestros enajenados? Los sometéis a un plan curativo.

Pues someted a un plan moral a los que infringen las leyes: no empleéis la violencia, pues nada conseguiréis, porque empleáis armas que en realidad no os pertenecen y no las sabéis manejar.

Si tenéis la inteligencia, si tenéis el don de la palabra, si sois de la raza de los redentores, ¿por qué no seguís sus huellas?

¡Ah, pobre humanidad, cómo te hundes en el Iodo, cómo manchas tu hermosa vestidura, cómo inficionas la atmósfera que te envuelve, cómo huyes de la luz, cómo ensanchas el vasto territorio de las sombras!

¡Me inspiras compasión!

Vuelve en ti, comienza tu trabajo de regeneración universal, y no te envanezcas abriendo ateneos y universidades si antes no has dado principio a instruir a los criminales, cuya ignorancia te condena a perpetua servidumbre.

Yo quise mucho a los presos en mi última encarnación, y a mis afanes por ellos he debido la hermosa libertad que hoy disfruto.

¡Hombre, hombres! Si comprendierais vuestros verdaderos intereses, no sería la tierra una penitenciaría de la Creación, sino uno de los mundos regeneradores, una de las moradas donde el alma pudiera sonreír.

No olvidéis mis consejos, hijos míos; yo quiero mucho a los terrenales, porque entre vosotros conocí a la niña pálida, la de los rizos negros.

Adiós, mis compañeros de infortunio; trabajemos todos en el bien universal, redoblemos nuestros esfuerzos, acerquémonos a los presos, y ellos nos darán la libertad.

No olvidéis que los justos saben el camino del progreso, y los culpables no son sino ciegos perdidos en las sombras de la ignorancia. Guiemos, hijos míos, a los pobres ciegos; ¡son tan dignos de compasión…!

Amalia Domingo Soler

Memorias del Padre German