Un lecho de floresSigo recibiendo diariamente cartas, cual más conmovedora: ya es una madre que siente repetidas veces los dolores de un próximo alumbramiento y, cuantas veces cree llegado el momento dichoso de estrechar a su hijo entre los brazos, otras tantas se paraliza su cuerpo, queda inerte y el ser que se agitaba en sus entrañas muere dentro del claustro materno, sufriendo la pobre madre todas las agonías de la muerte sin llegar a morir.

Ora es una madre desolada que me dice: “Yo tenía un hijo de veintiséis años, ¡Uno solo, que era mi gloria, mi vida! Espíritu adelantadísimo, librepensador, periodista culto y discreto, que no tenía más afán ni anhelo que engrandecer su pueblo natal, queriéndome con delirio y yo a él con idolatría; de pronto, repentinamente, sin poder decirme adiós por falta de tiempo, ¡Se murió! Y yo estoy loca, desesperada, por más esfuerzos que hago no puedo resignarme con la ausencia de mi hijo, ¡Era mi vida, era mi esperanza, era mi dios en la Tierra! Usted dice que me conforme, ¡Que me resigne!

¡Ah, señora, de seguro que usted no ha tenido hijos!…”

La carta de esta infeliz me conmovió profundamente y no me quedó otra cosa que preguntar al guía de mis trabajos por el joven tan tiernamente llorado –por su madre especialmente- que me dirigía las súplicas y los ruegos más conmovedores pidiéndome noticias de su hijo, y el Espíritu me contestó lo siguiente:

“Dile a esa débil mujer que se abstenga de llorar, porque el hijo que ha perdido siempre a su lado estará”.

“Sí, siempre acompañará a su madre, pues ¡La quiere tanto!… y no es de ahora, no.

Son dos espíritus que van encarnando juntos desde hace mucho tiempo; en su última existencia los unió el lazo del matrimonio: el hijo de hoy era tierna esposa de ayer, y la madre de hoy el marido de ayer que no cumplió con su deber conyugal, puesto que su joven esposa le amaba con delirio, y él se dejaba querer únicamente, dado que, siendo aficionado a los amores fáciles, la candidez y la ternura de su compañera no le atraían lo suficiente para serle fiel.

Ella notó al fin su desvío y murió de pena, pero, le amaba tanto, que murió perdonándole y compadeciéndole por su veleidad, pecaba porque sí, sin comprender todo el mal que hacía, puesto que, careciendo de sentimiento, no podía apreciar el de los demás.

Cuando los dos Espíritus se vieron en el Espacio, el culpable se avergonzó y su víctima le dijo: “No llores de vergüenza, yo haré que llores de dolor para que te regeneres, para que estemos a igual altura, para que podamos volver a la Tierra siendo modelos de amor inmenso, de ese amor que engrandece y santifica.

Tú volverás con la envoltura de mujer, porque las mujeres siempre lloran de dolor, y yo seré tu hijo amado, yo te ofreceré todas las delicias que ofrece un buen hijo y, cuando más te mires en mis ojos, cuando yo sea tu mundo, tu esperanza, tu dios, cuando digas con orgullo a tus parientes: Como mi hijo no hay dos, entonces, en menos de un segundo, mi Espíritu dejará su envoltura, y tú, loca, desesperada, dirás en tu delirio: ¡No hay Dios!…

Y llorarás con ese llanto que quema los ojos y tritura el corazón, y comenzarás a sentir lo que nunca has sentido: un amor sin límites, y yo estaré a tu lado para sostener tus pasos, para embriagarme con tu sentimiento, para gozar con tu regeneración, porque nunca más serás indiferente para con la ternura de tus deudos.

Necesitas llorar, necesitas bautizarte en el Jordán de tu dolor inmenso.

Yo te quiero grande, yo quiero que tu alma despierte, yo quiero que los dos sirvamos de útil ejemplo a los demás”.

“Y se cumplió el nobilísimo deseo del alma que ayer murió de frío y en esta existencia, el hombre voluble de ayer, es la mujer apasionada que cifró su ventura en amar a su hijo, único hijo, y éste ha llevado a cabo lo que se propuso: regenerar a su madre por medio del dolor.

Es un Espíritu adelantadísimo, vive en la luz y en la luz quiere que viva el Espíritu que hace tiempo vive enlazado al suyo, Espíritu éste que, sin ser malo, nunca ha sido bueno, porque ha sido siempre juguete de sus ligerezas y veleidades.

De hoy en adelante serán muy distintos sus derroteros: amará, sufrirá y llegará a ser bueno.

Su hijo de hoy está muy contento de verla ya en el buen camino, en la senda del progreso, en la cual no se dan los primeros pasos sin los andadores del dolor.

Hay que llorar para sentir, hay que sentir para despertar, y cuando el Espíritu despierta es cuando contempla a la Creación y adora a Dios en la Naturaleza.

Dile a esa madre dolorida que bendiga sus lágrimas, pues por ellas encontrará la escala luminosa que la lleve al cielo. Adiós”.

Mucha grandeza tiene este Espíritu, y la comunicación que me ha dado, servirá de consuelo a una madre desolada.

No todas las comunicaciones pueden publicarse ni entregarse a los interesados, porque hay historias ¡Tan horribles!… que no se pueden relatar.

Hay crímenes que espantan, y hay que correr sobre ellos el velo del silencio y del olvido.

Por eso no contesto a muchos de los que me preguntan por su historia de ayer, y sólo les diré que no se ocupen en remover cenizas empapadas en sangre; que procuren sembrar el cariño, la compasión, la tolerancia, y así conseguirán algún día ser felices, dicha que sólo se alcanza pensando en asegurar la dicha de los demás.

Para regenerar a un mundo sólo hace falta: ¡Amor, amor y amor!…

 

“La Luz del Futuro”  – Amalia Domingo Soler