I

Hay días en que se desea ardientemente salir de la monotonía que ocasiona una existencia humilde y melancólica, como la que ahora me ha cabido en suerte; días en los cuales el espíritu va a la caza de aventuras e impresiones; en que el hombre necesita nuevas imágenes para llenar el objetivo de la máquina fotográfica de su cerebro; en que se hace necesario interrumpir durante algunas horas las tareas acostumbradas para respirar aire nuevo impregnado de oxígeno moral indispensable al sostenimiento del espíritu y de la resistencia vital del cuerpo; días en que se estudia sin leer en ningún libro y se aprende sin asistir a ninguna cátedra; porque no hay mejor libro que la humanidad.

Mi espíritu, que es muy aventurero, que siempre ha mirado con horror los conventos, por la monotonía que ha de abrumar al hombre cuando diga: «¡Aquí he de morir! Aquí ha colocado mi inexperiencia o mi ignorancia el non plus ultra de mis destinos terrestres; aquí se han de desvanecer todas mis ilusiones y han de sucumbir por asfixia todas las aspiraciones de mi alma».

-¡Qué horror! Empequeñecer el círculo de acción donde el espíritu tiene que pensar, sentir y querer… El amor a la libertad está tan arraigado en mí, que siempre he sentido
profunda aversión hacia todo aquello que pudiera coartarla; por eso hago uso de él cuando la prosa de la vida llena mi alma de hastío y la inflexible lógica de los números me convence de que el oro es la palanca de Arquímedes, y la pobreza una verdadera calamidad.

Bien pintó esta calamidad un poeta del siglo XVII, en estos gráficos versos:

EL MUNDO
-¿Qué papel es tu papel?

LA POBREZA
-Es mi papel la aflicción;
es la angustia, es la miseria,
la desdicha, la pasión,
el dolor, la compasión,
el suspirar, el gemir,
el padecer, el sentir,
importunar y rogar,
el nunca tener qué dar,
el siempre haber de pedir.
El desprecio, la esquivez,
el baldón, el sentimiento,
la vergüenza, el sufrimiento
el hambre, la desnudez,
el llanto, la lobreguez,
la inmundicia, la bajeza
la sed, la penalidad
y la vil necesidad:
¡que todo esto es la pobreza!


¡Magnífica descripción! El que escribió las anteriores líneas, debió beber más de una vez la hiel y el vinagre que bebemos todos aquellos que, como dijo un sabio, «debemos más de lo que pagamos».

Así, para ahuyentar las tristes reflexiones que me inspiran siempre las continuas y perentorias necesidades de la vida, salgo de vez en cuando de mi gabinete de trabajo para estudiar en los seres que determinadas circunstancias ponen en mi camino.

Hace pocos días interrumpí mis habituales tareas, necesitada de reposo y al mismo tiempo de adquirir filosofía, que tanta falta hace cuando el huracán del infortunio bate sus formidables alas y nos amenaza con el naufragio en el embravecido mar de la vida.

Fui a casa de mi amiga Anita, y allí encontré a uno de esos seres cuya existencia parece enmarañada madeja que por ninguna parte se le encuentra el cabo; como Tesco, se halla en un intrincado laberinto, mas sin hilo de Ariadna, con cuyo auxilio pueda acertar con la salida.

¡Pobre Palmira!

¡Cuánto aprendo hablando con ella! Es uno de los muchos seres que tienen, como decía Eugenio Sué, ingenio para hacerse desgraciados.

La base que sustenta su felicidad, es una invencible repugnancia al trabajo; pero le acontece lo que dice un amigo mío, hombre de muy buen criterio, el cual asegura que los criminales y los holgazanes trabajan mucho más que los hombres honrados; y tiene muchísima razón, porque el falsificador de letras y documentos comerciales, el que penetra en las alcantarillas para llegar al despacho del opulento banquero por medios hábiles de escalamientos ingeniosos, todos esos hombres dedicados al mal, trabajan mucho más que los que viven honradamente de su trabajo, porque accionara con miedo, trabajan con la zozobra del que sabe que si sus cálculos salen fallidos, les espera el presidio o la muerte.

Algo parecido les pasa a los holgazanes, que queriendo vivir sin trabajar, trabajan más que los otros.

Palmira es uno de ellos.

Mujer que en su juventud vivió entre flores, que perteneció a lo que se llama la buena sociedad, cuando la desgracia la hundió en le abismo de la pobreza, no quiso descender de su olímpica altura.

Encontró denigrante el trabajar humildemente en labores propias de su sexo, o en dirigir y gobernar la casa de otro, ya que la suya había desaparecido en el terremoto de la adversidad, y le ha sucedido que «huyendo del perejil, le nació en la frente»; desdeñó el trabajo del ama de llaves y de la costura, por creer que se humillaba y que se rebajaba su dignidad, y en cambio, su humillación es constante, acudiendo continuamente a todas las sociedades benéficas, a todos los confesores de las señoras ricas y a todos aquellos que tienen fama de generosos y caritativos.

Palmira no descansa ni sosiega, convertida en correo de gabinete, corriendo de acá para allá, escuchando vanas promesas por un lado, desdeñosas negativas por otro, acres censuras de la generalidad, pues ya se sabe que la persona pobre tiene todas las faltas, no quedándole siquiera, como decía Cervantes, el derecho de ser honrada.

El pedir continuo acaba por cerrar todas las puertas.

Nada más enojoso para el rico que el incesante clamor del pobre; ni más doloroso para el que sufre que ver sufrimientos y desventuras sin poderles prestar el menor alivio.

Por esto, cuando veo a Palmira y escucho sus amargas quejas, la miro con inmensa compasión.

¡Qué pobre es el pobre que no quiere trabajar!… ¡Qué humillado se vive! ¡Pobre Palmira! ¡Qué lástima de inteligencia empleada en el vergonzoso arte de pedir limosna!


II


Cuando se fue Palmira, respiré mejor, y dije a Anita:
-Hoy se me prepara un día feliz.
-¿Por que?
-Porque Palmira es para mí un libro en el cual aprendo a odiar la indolencia, y el día que se aprende algo, es un día de sol en la noche de la ignorancia.

-Pues mira, tienes razón en creer que hoy es para ti un día feliz, porque deseo me acompañes a ver una sonámbula que según dicen es de una lucidez maravillosa; con decirte que lee en el pasado, en el presente y en el porvenir del que la interroga, está dicho todo.

-Mucho leer es, por vida mía; me parece, Anita querida, que recibirás un gran desengaño.

-No lo creas; dicen que Salomé es una mujer extraordinaria.

-Pues no perdamos tiempo.

Y en busca de impresiones, nos fuimos a ver a la sonámbula, que era una joven muy simpática por cierto, con unos ojos hermosísimos y una dulcísima sonrisa.

-Si hay tanta luz en su mente como en su rostro, tienes razón, Anita, que será una cosa extraordinaria.

Mas ¡ay!… cuando cerró los párpados ocultando los ojos, todo fueron tinieblas.

¡Qué modo de divagar!… ¡qué confusión!… ¡qué torpeza!… Y para punto final, dijo la sonámbula a mi amiga:
-Mira, cuando yo tengo más lucidez es el viernes de cada semana; entonces se presenta todo claro para mí; nada hay oculto ante mi voluntad de saber.

Pero hoy me encuentro fatigada.
Cuando nos encontramos en la calle, me dijo Anita:
-Veamos, ¿Qué provecho has sacado de escuchar a Sálome?

-El íntimo convencimiento de que se necesita estudio y método si se quiere que la práctica del magnetismo sea útil y beneficiosa a la humanidad.

Esa pobre niña, en poder de un hombre inteligente, quizá podría prestar algún servicio útil a la ciencia; pero en manos de la ignorancia y del negocio, trabajando ocho horas diarias para repetir una relación poco menos que estudiada y aprendida de memoria, sólo servirá para fomentar la credulidad de los incautos y explotar a los ignorantes que crean buenamente posible leer en el porvenir.

Desengáñate, Anita, no son las sonámbulas las que te han de decir cuál será mañana tu destino; eres tú misma la que puedes leer en tu pasado y en tu porvenir.

-¿Cómo?
-De la manera más sencilla: considerando tu presente como el efecto de tu pasado, puedes profetizar cuál será tu mañana.

Si te gozas en el dolor ajeno, ten la seguridad de que otros gozarán en tus dolores; y si te sacrificas por tus semejantes, alguien se sacrificará por ti.

-¿Lo crees tú de veras así?
-Sí, porque los hechos y el estudio me han hecho creer.

El escuchar a Salomé, me ha sido útil, persuadiéndome una vez más de que para leer en mi porvenir no necesito acudir a nadie: en el libro de mi vida sólo yo sé leer de corrido, y lo mismo que me pasa a mí, les sucede a los demás; ningún sonámbulo, por lúcido que sea, leerá en tu conciencia como leerás tú misma, si es que quieres leer.

Nada, lo dicho, Anita: hoy para mí es un día feliz, porque estudio y aprendo.


III


En la noche de aquel mismo día, fui a ver a mis buenos amigos Celso y María, matrimonio tan feliz como puede serlo teniendo que luchar con la adquisición del pan cotidiano.

Dos hijos sonríen en su hogar, un niño de dos años y una niña de tres meses.

Celso es para mí un buen libro: hombre trabajador, no descansa de día ni de noche, pensando en su esposa y en sus hijos. Es lo que se llama un hombre de bien.

La noche a que me refiero, estaba yo en la sala hojeando un libro de Historia Natural, cuando vi entrar a Celso dando saltos de contento, y diciéndome:
-Mira, Amalia, mira el objeto que yo encuentro más precioso en la tierra, los zapatitos del niño, de mi hijo, ¿entiendes? Siempre que llego, a la hora de cenar, él ya duerme, y sobre la máquina suelo encontrar sus zapatitos; los tomo y me quedo mirándolos con tanta alegría… ¡con tanto placer!… que no te lo puedo explicar.

Me parece mentira que yo haya podido vivir tantos años sin él, ¡pobrecito!… Mira qué rotos los tiene… Si los niños no durmieran, estaba resuelto el problema del movimiento continuo, ya que despiertos no dejan de moverse incesantemente.

¡Son los primeros andarines de la tierra!

Y Celso, con los ojos humedecidos, animado su rostro por una de esas sonrisas humanas que iluminan, que santifican, dejó los zapatitos del niño sobre la consola con un cuidado y un mimo que parecía que estaba colocando figuritas de frágil cristal.

¡Cuánto gocé en aquellos momentos! ¡Con cuánto placer seguí escuchando a Celso!

Cuando más tarde volví a mi casa, pensé en lo que había visto y oído durante el día, y exclamé, con verdadero agradecimiento:
-No es la tierra una penitenciaría de la Creación, como la llaman los pesimistas.

¡Feliz el hombre que al entrar en su casa busca con afán los zapatitos del niño!

El día en que se estudia y aprende es indudablemente un día feliz.

Amalia Domingo Soler

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