Un lecho de flores

Durante algunos años ha estado vagando por las aldeas y campos del mediodía de Francia una cuadrilla de gitanos, demostrando a las gentes un fenómeno muy raro.
Metido en un cajón, y a través de un cristal, mostraban un muchacho salvaje, diciendo que carecía en absoluto de extremidades inferiores y que hablaba una lengua extraña y bárbara.
Pero el muchacho no era ni monstruo ni salvaje, y la lengua que hablaba no era ni más ni menos que la que se usa en los campos de Galicia.
El pobre muchacho, en efecto, no era ni más ni menos que una víctima de la explotación de los gitanos.
Éstos habían atado fuertemente las piernas del niño en una disposición violentísima y cruel, quedando ocultas por doble fondo del cajón, por lo que parecía carecer de ellas.
¿Cómo este muchacho español había caído en poder de los gitanos?
Muy sencillo. Viajando la nómada partida por los campos de Galicia, vieron al chiquillo, y embaucaron a sus padres, consiguiendo que éstos se lo cedieran bajo la promesa de devolución al cabo de un año, estipulando que los gitanos abonarían por ello, a la familia gallega, trece duros al devolverles el muchacho.

Contaba éste a la sazón seis años, y la partida errante se lo llevó consigo en sus correrías por Galicia, León, Burgos, Logroño y Navarra, hasta que penetraron en Francia.

Al principio iba el muchacho tratado a cuerpo de rey (relativamente), pero haciendo jornadas muy largas y terribles, montado a horcajadas sobre un mulo de gran lazada, cuyo lomo apenas podía abarcar las tiernas piernecillas del niño.

El resultado fue que al cabo de algún tiempo de este trajín, cuando por la noche apeaban al muchacho, tenía sus extremidades doloridas y no podía andar.

De aquí, sin duda, se les ocurrió a los gitanos inutilizar por completo las piernas del muchacho, atándoles, como queda dicho, y aprisionándolo en el cajón de doble fondo.

Diez años duró el suplicio del galleguito, con incidentes muy variados y siempre tristísimos, pero como no sabía ni una palabra de francés, le era imposible hacer entender a nadie la explotación de que era víctima, y menos podía, por la disposición en que se hallaba, escapar de sus verdugos.
Por fin, al cabo de diez años, llegó a hacerse entender algo en francés, y aprovechando una ocasión favorable pudo denunciar a las autoridades su explotación y su martirio.

Recobró así su libertad, pero la inmovilidad y posición forzada de las piernas durante tan largo tiempo había producido en el muchacho una forma singular de paraplejía.

Fue pues, necesario conducirlo al hospital de Burdeos, donde fue asistido por los doctores Duverjié y Arnozan.
Por mediación del cónsul español ha sido trasladado a España e ingresado en el hospital general de Madrid, donde se halla bajo los cuidados del doctor don Jaime Vera, que confía en la lenta curación del muchacho, mediante un tratamiento eléctrico apropiado.

Con profundo sentimiento leí el anterior relato, pues me hice cargo de que el protagonista de tan horrible historia era un ser que indudablemente había pecado mucho, y nada más triste que ser malo, puesto que el que peca se degrada con el mal pensamiento que antecede a la realización de la mala obra, se envilece llevándola a cabo y atrae más tarde espíritus perversos que gozan y se complacen en atormentarle.

¡Qué malo es ser malo!…

Porque no sólo cae en el abismo el criminal, sino que con él caen otros muchos.

Deseando proseguir mis estudios, leyendo en la humanidad, pregunté al guía de mis trabajos sobre el pasado de este infeliz que ha vivido sin vivir tantos años, y obtuve la comunicación siguiente:

“Por el fruto conoceréis el árbol, dijo Jesús. De igual manera por la existencia de cada ser conoceréis una parte de su historia, al menos la más culminante, la que ha formado época en la vida de este o de aquel individuo.

El hombre que hoy ha sido víctima de la codicia de unos mal aventurados explotadores de la humanidad, ha sido durante muchos siglos un sabio sin corazón.

Así como vuestros naturalistas y vuestros médicos más famosos ensayan en diversos animales el efecto de sus invenciones, inoculándoles el virus de varias dolencias que diezman a la humanidad, muriendo muchos de estos animales sometidos a ensayos científicos, sirviendo su muerte de útil enseñanza para evitar más tarde la tortura a los hombres atacados de análoga enfermedad, de igual manera el hoy martirizado (al que llamaremos Ascaño), en sucesivas existencias hizo el estudio siguiente:

“Ver si la inteligencia tendía mejor su vuelo disponiendo de un cuerpo sano y robusto o sufriendo la parálisis de sus miembros inferiores, condenando, así, a los hombres, a una quietud forzosa.

Ascaño fue durante tiempo poseedor de bienes de fortuna, tenía gran número de esclavos y en los hijos de sus siervos, en aquellos que presentaban una cabeza hermosa, bien equilibrada, fijaba su atención y comenzaba sus crueles estudios.

A unos les amputaba las piernas, a otros se las oprimía entre moldes de hierro, a otros les producía llagas incurables, y a todos ellos les enseñaba a leer, a escribir, a pintar, a moldear barro, a cantar.

A cada uno le dedicaba a lo que mostraba más inclinación y al mismo tiempo educaba de igual manera a otros niños sanos y robustos, y así notaba la diferencia que existía entre unos y otros”.

“Trataba a los infelices que sometía a sus extraviados estudios lo mismo o peor que vuestros médicos a sus animalejos.

No gozaba viéndoles sufrir, eso no; pero le importaban muy poco sus gemidos de angustia, lo que él quería era observar si la inteligencia necesitaba del uso completo de todo su cuerpo para funcionar y elevarse o si le bastaba impresionarse ante la belleza de la Naturaleza con todas sus armonías”.

“Ascaño buscaba, sin él saberlo, la vida independiente del Espíritu.

En aquel tiempo no se conocía todavía el aforismo de “Cuerpo sano, mente sana”, ni hubiera servido tampoco para los estudios de Ascaño.

Él buscaba algo que presentía, que adivinaba, pero no encontraba en torno suyo.

Él buscaba inteligencias que funcionasen independientemente del cuerpo.

Por eso, a éste lo trituraba, lo reducía, tratando al mismo tiempo de aplicar el remedio al mal causado para ver el giro que tomaba la inteligencia si ésta batía sus alas hacia la Tierra, o si se elevaba como las águilas buscando las inmensidades del infinito”.
“Así como en vuestros días hay hombres que les sacan los ojos a determinados pájaros, porque dicen que estando ciegos cantan mucho mejor, de igual manera Ascaño mutilaba a sus pobres esclavos para ver si careciendo de piernas corría más su pensamiento”.

“Ya dijo Aristóteles que los esclavos eran una propiedad animada.

Ascaño lo creía así y martirizó a muchos niños, porque era un sabio sin corazón”.

“No gozó en el mal causado, pero como al fin causó muchos dolores, justo es que su mismo cuerpo sufra más de una vez los tormentos que hizo sufrir.

Mas no creáis que porque él venga obligado a sufrir lo que hizo sufrir a otros, sean menos culpables sus verdugos, porque ya os he dicho muchas veces que el papel de verdugo no es necesario nunca representarlo.

Cada uno es verdugo de sí mismo, cuando su expiación debe cumplirse”.
“No tenéis más que mirar y veréis cuán cierto es lo que os digo”.

“Muchos hombres tienen lo suficiente para ser relativamente felices, pero si no merecen serlo no lo son.
Les domina el vacío que más les puede perjudicar o están unidos a una familia que sin ser mala les mortifica, les contraría, les exaspera.

Cuántos hay que dicen: ¡Quién fuera un hijo huérfano!”

“Tener familia es una verdadera calamidad. Cada cual lleva en sí mismo todos los apuntes judiciales que se necesitan para pagar una causa, es el fiscal que acusa y el abogado que defiende, el juez que dicta la sentencia y el verdugo que la ejecuta. Todo lo lleva el hombre consigo”.

“Dios, en su justicia infinita, no podía crear seres para que éstos fueran odiosos y repulsivos. Sus leyes son inmutables y eternas, y así como los niños juegan con sus juguetes, así los hombres juegan con sus leyes, que duran y subsisten hasta que un soplo de eso que llamáis muerte os deshace”.

“¡Cuántos jueces (verdaderamente criminales) cuando más contentos y más satisfechos están de sus crueldades, lanzan un grito de angustia, se ven rodeados de sus víctimas y caen como heridos por el rayo, y todo poder, toda su autoridad, va a esconderse en un sepulcro que será quizá de mármoles y jaspes, pero sepulcro al fin, depósito de gusanos que devoran aquel cuerpo que sólo se movió para producir exterminio!”
“Os lo repetiré cien y cien veces: no dejéis de compadecer a los verdugos y a las víctimas, los primeros porque se preparan para ser sacrificados mañana, y los segundos porque han sido los sembradores de la mala semilla, cuya cosecha están recogiendo regada por sus lágrimas.

Amad y compadeced, porque amor y compasión necesitan las víctimas y los verdugos. Adios”.

¡Qué hermosa enseñanza!

¡Cuánto se puede aprender con estas instrucciones verdaderamente racionalistas, despojadas de todo misticismo!…

¡Cuán en armonía están con mi modo de pensar!

Siempre he creído que Dios está a mucha más altura que nuestras miserias y nuestras torpezas.

Cuando dicen: Dios castiga a sus hijos rebeldes y premia a los justos, me parece que profanan la grandeza de Dios.
Yo considero a Dios como Alma del Universo irradiando en los mundos, no convertido en maestro de escuela vigilando las acciones de sus discípulos.

Yo adoro a Dios en la Naturaleza, pero no tiemblo ante su cólera, ni confío en su clemencia.

Dios es Justo, es Inmutable, es Eterno, es Superior a todas las piedades y a todas las compasiones.

No necesita ser clemente porque es justo, porque su ley de amor tiene que cumplirse, y cuando se cumpla la ley de Dios, no tendrá ocaso el día de la felicidad universal.

“La Luz del Futuro” –  Amalia Domingo Soler