Para revestir de autoridad sus leyes, debió atribuirles su origen divino, como lo hicieron todos los legisladores de los pueblos primitivos; la autoridad del hombre debía apoyarse en la autoridad de Dios, pues sólo la idea de un Dios terrible podía impresionar a hombres ignorantes, en quienes el sentido moral y el sentimiento de una exquisita justicia estaban aun poco desarrollados.
Es evidente que el que había establecido en sus mandamientos: No matarás, no harás mal a tu prójimo, etc., no podía contradecirse elevando a deber el exterminio.
Las leyes mosáicas propiamente dichas, tenían, pues, un carácter esencialmente transitorio.
CRISTO
Jesús no vino a destruir la ley; es decir, la ley de Dios; vino a darla cumplimiento, esto es, a desarrollarla, a darla su verdadero sentido, y a apropiarla al grado de adelantamiento de los hombres; por esto se encuentra en esa ley el principio de los deberes para con Dios y el prójimo, que son la base de la doctrina.
En cuanto a las leyes de Moisés propiamente dichas, por el contrario, las modificó profundamente, ya en el fondo, ya en la forma; combatió constantemente los abusos de las prácticas exteriores y las falsas interpretaciones y no pudo hacerlas sufrir una reforma más radical que reduciendolas a estas palabras: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo», añadiendo: «Esta es toda la ley y los Profetas».
Con esas palabras: «El cielo y la tierra no pasarán sin que todo sea cumplido hasta un tilde», Jesús quiso decir, que era menester que la ley de Dios recibiese su cumplimiento: es decir, que fuese practicada por la tierra en toda su pureza, con todo su desarrollo y todas sus consecuencias; pues ¿de qué serviría haber establecido esta ley, si quedase subsistente el privilegio de algunos hombres o de un solo pueblo?
Siendo todos los hombres hijos de Dios, son, sin distinción, objeto de una misma solicitud.
Pero la misión de Jesús no fué simplemente la de un legislador moralista sin más autoridad que su palabra; vino a cumplir las profecías que anunciaron su venida; recibía su autoridad de la naturaleza excepcional de su espíritu y de su visión divina, vino a enseñar a los hombres que la verdadera vida po está en la tierra, sino en el reino de los cielos; a enseñarles el camino que conduce a ella, los medios para reconciliarse con Dios, y hacer presentir la marcha de las cosas futuras, para el cumplimiento de los destinos humanos.
Sin embargo, no lo dijo todo, y sobre muchos puntos se limitó a dejar el germen de verdades que Él mismo declara que no podían ser comprendidas; habló de todo, pero en términos más o menos explícitos, porque para entender el sentido oculto de aquellas palabras, era preciso que ideas nuevas y Conocimientos nuevos vinieran a dar la clave, y estas ideas no podían venir antes de cierto grado de madurez del espíritu humano.
La ciencia debía contribuir poderosamente al nacimiento y al desarrollo de estas ideas; luego era preciso dar a la ciencia el tiempo para progresar.
EL ESPIRITISMO.
El Espiritismo es la nueva ciencia que viene a revelar a los hombres, con pruebas irrecusables, la existencia y la naturaleza del mundo espiritual y sus relaciones con el mundo corporal; nos lo presenta, no como una cosa sobrenatural, sino, al contrario, como una de las fuerzas vivas y que incesantemente obran en la naturaleza, como el origen de una multitud de fenómenos incomprensibles hasta ahora y relegados, por esta razón, al dominio de lo fantástico y de lo maravilloso.
A estas relaciones es a las que Cristo hace alusión en diferentes circunstancias; y por esto muchas de las cosas que dijo han sido ininteligibles o falsamente interpretadas.
El Espiritismo es la clave con que todo se explica fácilmente.