
I
De Cidra, (Puerto Rico) me escribe un espiritista, contándome el asesinato que se cometió en dicha localidad el 25 de septiembre de 1905, en la persona de un joven comerciante que reunía todas las virtudes; honrado, trabajador, amante de su familia que se componía de doce o trece individuos; no se había casado, por no crearse nuevas obligaciones y todo su deseo era ser útil a sus padres y hermanos.
Considerado por su honradez, era querido y admirado de cuantos le conocían; por eso sorprendió tan dolorosamente su desgraciada muerte (1).
El espiritista termina diciéndome:
Pues bien, querida hermana; como no hay efecto sin causa; el efecto, está de más decirle que ha sido el crimen o el fin trágico de tan honrado joven.
Y su familia, fundándose en las leyes divinas, me ha encomendado que le escriba a usted, suplicándole de mi parte, hermana Amalia, para si no tiene inconveniente en buscar la causa de tan tremendo suceso, consultando con el guía de sus trabajos literarios y provechosos, pues ansiosos esperamos saber el ayer de nuestro querido y desgraciado hermano, inolvidable por sus virtudes».
Como el objetivo de mis últimos días en la tierra, no es otro que complacer a los que me piden un rayo de luz espiritual, he preguntado al guía de mis trabajos, obteniendo la comunicación siguiente:
II
Es justa la extrañeza que ha causado la muerte violenta de un hombre de bien, que en su última existencia poseyó todas las virtudes que adornan a un hombre honrado.
No ha sido nunca un criminal de profesión, pero sí tuvo en su penúltima existencia un carácter dominante y orgulloso, pues creía que cuantos le rodeaban tenían que ser esclavos de su voluntad y de sus más ocultos pensamientos; hombre adinerado, compraba los placeres a buen precio; vio a una joven, sencilla y honrada, de buena familia, y la hizo suya, pareciéndole muy natural su inicuo proceder, porque la infeliz seducida, perdió el cariño de su familia y el aprecio general y se resignó a vivir bajo el mismo techo de su seductor, que pronto se cansó de sus hechizos y la trató con el mayor desprecio; tanto, que la pobre joven, herida en su dignidad y en su amor, porque ella le amaba, le propuso la separación, por no poder resistir tantas humillaciones, puesto que él tenía en su casa un verdadero harén.
Él la dejó marchar, dándole una pequeña cantidad para hacer frente a sus primeras necesidades y la joven se dedicó a bordar en oro, que era su labor favorita, viviendo retirada del mundo; saliendo únicamente a la calle para entregar su trabajo.
Pecó por amor, no por vicio; su seductor supo cómo vivía, y deseó que volviera a su lado haciéndoselo saber indirectamente, queriendo que ella le suplicase vivir en su compañía, pero la joven, herida en lo más vivo, rehusó el humillante ofrecimiento, diciendo que prefería la miseria al ultraje de vivir al lado de un hombre que la trataba con el mayor desprecio.
El seductor, acostumbrado a satisfacer sus menores caprichos, se encolerizó ante tan digna negativa y se dio palabra a sí mismo de castigar a la esclava rebelde y una noche penetró en la casita donde vivía la infeliz mujer que él había deshonrado y le clavó un puñal en el corazón, sin ser visto ni oído de nadie, quedando su crimen oculto en el mayor misterio.
Nadie le acusó ni nadie sospechó de él y el asesino vivió tranquilamente sin que la justicia humana le molestara en lo más mínimo.
Murió años después y en el espacio le salió al encuentro su inocente víctima que le perdonó y le sirvió de guía porque le amaba.
Él comprendió sus yerros, lamentó su desenfreno y pidió volver a la tierra para morir asesinado como él asesinó, queriendo sufrir igual tormento que él hizo padecer a la víctima de sus vicios y de su violento carácter.
Este es el ayer del joven cuya muerte hoy lamentan sus deudos, el cual volverá a la tierra en unión de su ángel tutelar para formar una familia modelo.
Adiós.
III
Todo tiene su historia indudablemente; bien dicen los espíritus que el presente es la fotografía del pasado.
Seamos buenos, para ser felices mañana, para no tener que pagar los desaciertos de AYER.
Amalia Domingo Soler
(1)Lo encontraron cadáver en un charco de sangre, junto a la caja de caudales de su establecimiento, en el cual, la noche del crimen, se quedó solo a dormir por ausencia forzosa de su dependiente; siendo lo más extraño, que no se encontró ninguna puerta fracturada ni señales de violencia en ningún mueble de la tienda. Los criminales, que eran tres, fueron capturados y están pendientes de la sentencia que debe castigar su horrendo crimen.