
Sí, despertad, ¡oh hermanos! Elevad vuestras almas y oíd la Buena Nueva que baja de lo Alto:
¡Dios existe! hermanos; pero, no es vengativo y cruel que nos ha creado con destino a un infierno eterno; no es el Juez que falla, sin apelación contra las pobres criaturas salidas débiles de sus manos y, por consiguiente, expuestas por su debilidad a la caída del pecado.
¡Ah! ¡No, no; mil veces no!
Dios no es Juez; Dios es Padre, y es precisamente el Padre por Excelencia, puesto que en Él no puede haber ni hay nada deficiente, nada pequeño, pues posee en grado infinito todas las cualidades de Grandeza, de Justicia, de Sabiduría y de Amor que nuestra pobre mente humana le concede.
Apartemos de nosotros la terrible concepción que hasta hoy hemos tenido del Excelso Ser que nos ha creado. Dejemos los temores cuando pensemos en Él. Acostumbrémonos a mirarlo en adelante como el Foco Paternal amorosísimo, de parten todos los rayos de Amor y de Luz sobre la Creación. Protesten nuestros corazones, siempre que oigamos decir que a Dios hay que temerle.
¡Temer a su Padre! ¡Temer a un Padre como Él, que es todo Previsión, todo Ternura, todo Amor, todo Bien, para sus criaturas!
¡Ah! no. Digámoslo muy alto, a nuestros hermanos todos: A Dios hay que AMARLE y no temerle.
Levantemos nuestras frentes abatidas por los pesares de la vida y por la desesperación que se apodera de nosotros al considerar el Fin Injusto y Terrible que nos aguarda, según afirman las religiones positivas.
Nada de abatimiento, nada de descreimiento ni de escepticismo; no desfallezcamos.
Cuando más combatidos nos veamos; cuando más luchas y más sufrimientos caigan sobre nosotros, levantemos nuestras pobres cabezas y dejémoslas caer en el Amoroso Regazo de nuestro Padre. Descansemos allí, en sus brazos Paternales. Confesémosle nuestras debilidades y nuestras flaquezas; pidámosle fuerzas para las luchas de todos, y estemos seguros de que volverán nuestras almas de lo Alto, fortalecidas y animadas para continuar adelante en su perenne batalla.
¡Albricias, hermanos queridos! ¡Arriba los corazones!
La vida humana tiene un Fin. Ese Fin Grandioso es la Felicidad para todos los seres creados, sin excepción alguna, pues en la obra admirable del Supremo Hacedor no existe el privilegio, sino la Justicia y el Amor para todos.
¡Ánimo y valor, hermanos! Dios es nuestro Fin, como es nuestro Principio. No desmayemos en la lucha empezada.
La vida humana tiene precisamente por objeto la purificación y la elevación del alma. Es una escuela, de la que debe y puede salir el espíritu regenerado y fortalecido para el Bien.
¡Ánimo, pues y valor! Combatamos sin tregua a nuestro peor y más cruel enemigo, que es NUESTRO PROPIO SER, con sus inmundas pasiones, con sus afanes y deseos innobles, orgullosos, egoístas y groseros.
Cada victoria que consigamos sobre nuestros vicios, nos elevará y nos acercará a Dios, a ese Padre Adorable cuya Fuente es Luz y cuyo nombre es Amor.
¡Arriba los corazones! Vosotros los que sufrís, los que os creéis los desheredados de este mundo. En la Sublime Creación, no existe desheredado alguno; todos somos hijos del Padre que nos ha dado el ser. Sepamos de una vez para siempre, que su Amor Excelso no abandona a ninguna de sus criaturas.
¡Arriba las almas! Pues. Grabemos en nuestros corazones esta preciosa Verdad: la de que tenemos un Padre que es Dios, que nos ha creado a todos para un progreso constante, cuyo progreso nos ha de conducir a la felicidad
que todos ansiamos, y a la que solo podemos llegar por el camino del Amor y del Bien.
No olvidemos nunca que ese Padre vela continuamente, Amorosísimo, sobre cada uno de los seres salidos de su mano; y comprendiéndolo así, borremos de nuestros corazones el Temor a Dios, reemplazando ese odioso sentimiento por la Gratitud y por el Amor hacia el Sublime Artífice que lo ha creado todo.
¡Despierta, humanidad! ¡Sal de tu letárgico sueño! Emprende, resuelta, el Camino que conduce al fin que anhela; es decir, a la felicidad de todos. ¡No desmayes; note desanimes en la lucha!
¡Dios, el Padre de Amor y de Luz, ¡vela sobre ti!
DEUDAS DE AYER
I
Con profunda pena, leí hace algunos días, una carta fechada en Puerto Rico, de la cual copiaré algunos párrafos:
«Higinia Ramos, pobre mujer del pueblo, tenía dos hijos: una niña de cuatro años y un niño de dos años escasos; madre joven y apasionada, amaba a sus hijos con toda la potencia de su ser.
Pero, no hay felicidad completa para los habitantes de este mundo; y la pobre Higinia ha pasado por la prueba más espantosa.
El 22 de agosto, a la una de la tarde, salió Higinia de su casa, para buscar unas hierbas medicinales que cortaran las fiebres de su hijita, que estaba en la cama postrada por la calentura.
Dejó a la lumbre un puchero con agua y saltó una chispa del hornillo encendido que prendió a las viejas paredes de la cabaña, (paredes que eran de tablas carcomidas); no se sabe la causa del horrible siniestro; la verdad es, que la casucha ardió rápidamente, y cuando Higinia volvió a su casa sólo encontró un montón de humeantes cenizas y el cuerpo de la niña completamente carbonizado.
De aquella criatura tan hermosa, tan gentil, tan hechicera, sólo quedaban huesos ennegrecidos y carne achicharrada; los restos de la inocente niña fueron recogidos en hojas de higuera.
¡Qué horror!
¡Qué fin tan terrible el de la pequeña Georgina!
¿Porqué, siendo tan niña, ajeno su corazón a las bajas pasiones; ángel de amor y de inocencia en el cielo de su hogar? ¿Porqué, tras de las necesidades y sufrimientos de la vida, tuvo un fin tan espantoso y triste?
Amalia; vos que sois la intérprete más dulce y consoladora de las amarguras de este mundo; vuelva su mirada a este campo de Puerto Rico, y vea a una madre desolada que, hace pocos días abrazaba con amor a su hija y en breves momentos vio destrozado su cuerpo por el fuego devorador, sin haber tenido el consuelo de recibir su último suspiro, besando su frente y sus hermosos ojos….
Los espiritistas, que contemplamos tan desastroso cuadro, ante dolor tan inmenso, inclinamos sumisos la cabeza y decimos, con tristeza: ¡Cúmplase la ley!
Pedimos luz para el espíritu arrancado de un cuerpo por la brutal violencia de las llamas.
Amamos la verdad; queremos dar un consuelo a esa pobre madre y dar luz a los seres que creen en la injusticia de Dios o en la casualidad; y recurrimos à vos para ver si vuestro guía quiere o puede decir algo sobre este caso tan triste, tan doloroso, tan cruel; pida inspiración, Amalia, pida inspiración; pulse la lira de su mediumnidad y que la luz y el consuelo lleguen hasta una madre dolorida que llegará a la desesperación, si no recibe una palabra de esperanza y de amor».
II
Mucho me conmovió la lectura de las líneas que he copiado y pedí, con verdadero afán, al guía de mis trabajos, una comunicación para la pobre madre que en breves segundos había perdido lo que más amaba, y obtuve la contestación siguiente:
III
Muchos llegan a ti, pidiéndote consuelo, y uno de los seres más necesitados que te lo han pedido, es esa madre desolada que nunca se consolará, que jamás volverá a sonreír como sonreía, acariciando a su hija; porque lo que yo pueda decirle, es amargo, es triste, no tiene otro lado ventajoso que ser cierto, que ser verídico lo que voy a decirte y que con mi relato puede adquirir el convencimiento de que no es víctima de la fatalidad, ni de un destino adverso; recoge, únicamente, lo que sobró ayer.
Hace muchos siglos que Higinia y Georgina van juntas; son dos espíritus unidos por el amor, por un amor inmenso; se han querido tanto mutuamente, que no han dejado en su corazón el más leve latido para los demás; satisfechos sus deseos, no se han ocupado, ni poco ni mucho, de la humanidad ni de las luchas sociales.
Han pertenecido muchas veces al sexo fuerte, y en una de sus encarnaciones, Georgina era un magnate poderoso y su escudero predilecto era Higinia, que en aquella época era un hombre sometido por completo a los caprichos de su señor.
Los dos se querían entrañablemente; lo que pensaba el uno, lo sancionaba el otro, y como no pensaban nada bueno, cometían crímenes, que quedaban envueltos en el misterio, como quedan siempre las infamias cometidas por los grandes de la tierra; que el oro ha sido la venda que ha dejado sin vista a los jueces más incorruptibles en todos los tiempos; y Georgina, que era entonces un prócer, en cuyos dominios no se ponía el sol, ayudado y secundado por su fiel escudero, satisfacía todos sus caprichos, sin inquietarse por los daños que causaba.
Vivía únicamente para sí, y el escudero vivía para su señor; estando este contento, lo demás le era indiferente.
Sancho de Ulloa, que así se llamaba entonces el opulento magnate, consideraba a las mujeres como bonitos juguetes para entretener los ocios del hombre; gentil y apuesto, sus triunfos y sus victorias en el campo del amor fácil, eran innumerables; le bastaba mirar para conseguir; así es, que le sorprendió mucho y le exasperó más, la negativa de una mujer joven y bella, casada y madre de una niña hermosísima, y entre él y su escudero se propusieron conseguir lo que tanto Sancho ambicionaba, y no quisieron que sucumbiera por la fuerza, la honrada joven, sino que la gratitud la hiciera caer en los brazos de su rendido galanteador.
Con un pretexto muy bien buscado, hicieron salir de la ciudad al esposo de la virtuosa mujer que desdeñaba á sus adoradores, y prendieron fuego a la casa que aquella habitaba, y que estaba fuera de la población, rodeada de jardines.
Sancho, sacó de entre las llamas objeto de sus ansias, pero ni él ni su escudero se acordaron de inocente niña que dormía tranquilamente en su lecho; los criaos, todos se salvaron, y cuando la infeliz madre se dio cuenta de que aún vivía, gritó, llamando a su hija; corrió por los jardines de la destruida morada y llegó a encontrarla carbonizada; cayó sobre ella y lanzó una de esas carcajadas que arrebato para siempre la razón.
Sancho, se horrorizó de su obra; su escudero, también y por primera vez sintieron el dolor del remordimiento.
Sancho, arrepentido de sus muchos crímenes, hizo una confesión general y se retiró a un convento y su fiel escudero le siguió, muriendo los dos en el Cenobio.
Siguieron en el espacio tan unidos como habían estado en la tierra, y encarnaron repetidas veces, enlazados por diversos afectos.
Últimamente, volvieron a ese mundo con la envoltura femenina, y Georgina pidió pagar en esta existencia el crimen cometido con la inocente niña que por su culpa murió carbonizada; ella pago una de sus deudas, y su madre ha pagado, con su dolor inmenso, la activa parte que tomó en todos los crímenes que llevaba acabó su señor y dueño.
Ya sabe Higinia porqué ha perdido a su adorada hija; porque nadie puede ser dichoso hasta estar libre de pecado.
Que reconozca la justicia de la eterna ley y solo piense en borrar con buenas obras las manchas indelebles de su ayer.
IV
Ciertamente que es triste conocer nuestras miserias, pero, la verdad ante todo, porque sabiendo la verdad es más fácil buscar el remedio a nuestros males.
Todo crimen se borra con el sacrificio por nuestros semejantes, con el amor a la humanidad, con la abnegación sin límites.
Bendito sea el estudio y la propaganda del espiritismo, pues solo por el espiritismo, la humanidad será algún día libre y feliz.
No habiendo culpables, no habrá penitenciarías, habitadas por criminales, como lo está la Tierra.
Amalia Domingo Soler
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