Amalia Domingo Soler

¿HASTA CUANDO?

Un lecho de flores

Conocí en mi juventud a una muchacha, por nombre Magdalena, tan simpática como desgraciada.

No sabía aún pronunciar el dulce nombre de  madre, cuando la muerte le arrebató la suya, y su padre hubo de contraer segundas nupcias a los pocos meses, obligado por la necesidad de dar a sus hijos, todos chiquitines, una persona que substituye a la madre y velase por ellos el tiempo que él pasaba en la oficina.

Su nueva esposa fue para los pequeños una segunda madre; así es que Magdalena no sufrió en su infancia grandes penalidades.

Pero esta plácida existencia duró poco, pues no había llegado la niña a los quince años, cuando tuvo que constituirse en enfermera de su madrastra, que víctima de una parálisis, quedó postrada en un sillón hasta la muerte.

Con tal motivo, Magdalena se convirtió en hermana de la caridad, no disfrutando ni de bailes, ni de paseos, ni de teatros, ni siquiera de visitas, porque como en su casa no se ofrecía la menor distracción,  al contrario, no se oían más que lamentos y desgarradores gemidos, las pocas amistades que la familia cultivaba se fueron entibiando, huyendo de presenciar aquel infortunio permanente; dos o tres familias no menos infortunadas que Magdalena, eran las únicas que no habían renunciado a  acompañarla en aquellos días tristes y en aquellas veladas aún más tristes y  negras.

Magdalena sufría sin murmurar, su adversa suerte; como era joven, conservaba la esperanza de hallar un ser que, por el amor, hiciera brillar un rayo de luz en el horizonte de su tenebrosa existencia, y sólo cuando se cansaba de sufrir, hastiada de soledad, la desesperación se apoderaba momentáneamente de su ánimo, y entonces solía preguntarse con amarga ironía: “¿Hasta cuándo durará mi martirio?…”

Me ausenté de Sevilla, y como quería a Magdalena, le escribía para enterarme de su suerte.

Así supe la muerte de su madrastra, la de su padre y la traslación de mi amiga a Cuba, donde tenía un hermano casado.

Desde entonces, Magdalena fue para mí gota de agua sepultada en el mar.

Pasó el tiempo y siempre recordaba a mi amiga, pero nadie me daba noticias de ella.

Una mañana me levanté pensando en Magdalena, y en la tarde de aquel día vi entrar en mi aposento a una señora, con el cabello blanco como la nieve.

Me abrazó al mismo tiempo que exclamaba:

-¡No me conocerás… he cambiado tanto!

-Sí que te conozco: ¡Eres Magdalena! –exclamé con inmensa alegría.

–He presentido tu llegada: hoy mismo, todo el día he pensado en ti.

Hice que se sentara, y mirándola con atención, vi que de la amiga de mi juventud sólo quedaba el eco armonioso de su voz.

Había desaparecido la belleza de su rostro, la esbeltez de su talle el brillo magnífico de sus ojos.

Su mirada era triste, muy triste.

Vestía pobremente y sin el menor indicio de su antigua elegancia.

Su traje de luto revelaba la mayor miseria.

Leyó en mis ojos cuán poco me satisfacía el examen de su persona y atavío, y me dijo sonriendo tristemente:

-Mi suerte no ha cambiado todavía.

Huyó mi juventud sin dejarme aspirar el aroma de sus flores, y llegó la edad madura sin que haya conocido en mi hogar esos goces tranquilos que hacen sonreír a la mujer y son el alimento de las almas.

No me he casado; no he podido crearme una familia.

Estoy a las puertas de la vejez y no tengo un ser amigo que endulce con su cariño las amarguras de mi azarosa existencia.

Mis hermanos, cada uno se fue por su lado; el mayor, con quien yo vivía, murió; su viuda se volvió a casar, y aquí me tienes rodando a la ventura, sin saber qué hacer de mi persona.

Aunque no soy maestra de ninguno, he aprendido no sé cuantos oficios: me he dedicado a bordar, a zurcir en paño, a traducir el francés, a dar lecciones de piano, a adornar sombreros y a hacer flores, todo con el fin de ganarme la vida honradamente, pero nada me sale bien; tal es mi suerte, que si encuentro ocupación o trabajo, no me lo pagan; si en alguna tienda me protegen, quiebra la casa y me quedo… como estoy ahora, sin saber a qué santo encomendarme.

Por casualidad he sabido de ti.

No sé que me han contado: que escribes mucho; que te has emancipado de la iglesia; que proclamas una nueva religión sin sacerdotes ni templos, y una nueva filosofía, en virtud de cuyos principios afirmas que nuestra presente existencia no es más que una de las fases de nuestra vida eterna.

Deseaba verte, y heme aquí, llena de curiosidad y de afán de interrogarte.

¿Es cierto lo que me han dicho?

Y si tanto estudias y tanto escribes y tanto discurres acerca del pasado, del presente y del porvenir de la criatura humana, ¿Podrás explicarme, por mi pasado, la causa de mi desdichado presente?

-Es cierto que emborrono mucho papel, y que creo en la pluralidad de las existencias del alma; pero de esto a poder contestar categóricamente a tu pregunta, hay una distancia inmensa.

¿Estás bien convencida de que no es ésta nuestra primera y última existencia?

-La misma vida me convence; tú me enseñaste a preguntar al infortunio:

¿Hasta cuándo viviré en la esclavitud?

Y la historia de la humanidad me ha contestado que durará mi esclavitud hasta que mi progreso me haga libre.

-¿Y no te parece a ti, toda falsa modestia aparte, que yo no merecía ser tan desgraciada?

Abundan las mujeres de condiciones físicas y morales inferiores a las mías, que son profundamente amadas y viven en la opulencia, mientras que yo no he encontrado un corazón que vibre respondiendo a las vibraciones del mío, ni he podido crearme un hogar, y estoy en la extrema miseria.

Creo haber cumplido los deberes de buena hija.

He sido por espacio de diez años la enfermera de mi madrastra, sufriendo lo indecible y sin proferir una queja.

Hice, después, de madre de mis sobrinos, que me han pagado con ingratitudes y desprecios; y a la postre,  ya con los pies en el umbral de la vejez, por premio de una vida consagrada a la práctica del bien y al sacrificio por los demás, me encuentro abandonada de todos y sumida en la soledad y en la pobreza.

¿Hasta cuándo durará mi vía crucis?

-¡Ay, amiga mía!

En tu pregunta se revela tanta ironía como amargura.

Yo también me pregunto muchas veces lo mismo, y aleccionada por los desencantos y los dolores, éstos me han enseñado que cada uno es hijo de sus obras; que todos tenemos nuestras historias.

Esta existencia es la cosecha de un pasado, bueno o malo, infame o virtuoso.

¿Quieres ser dichosa en otra vida futura? ¿Quieres que los demás te amen y se hallen dispuestos a hacer por ti los mayores sacrificios?

Vive en esta existencia para los demás y derrama el bien a manos llenas.

Créeme, amiga mía, nuestras propias manos son las que labran el porvenir que nos espera, somos hijos de nuestras obras.

-Así, los sectarios de Mahoma ¿Hacen bien cuando se cruzan de brazos, inclinando la cabeza y murmurando con melancolía: “Estaba escrito”? ¿Tú crees en la ley del fatalismo?

-No; estás en un error gravísimo:

yo no creo en un destino aciago, en un hado adverso, en la necesidad de un suceso cuya causa se ignora, en una desgracia misteriosa que tiene necesariamente que hacernos sentir su enorme pesadumbre; no, yo no creo más que en la fatalidad de nuestros vicios, malos instintos, envidias, rencores, odios arraigados, pereza, ignorancia y otras miserias análogas.

Si la justicia de la Tierra, tan defectuosa como es, castiga al delincuente, si persigue al ladrón, al asesino, al falsificador, al calumniador, al que infringe los artículos del código social en daño de los intereses individuales o comunes, ¿Quieres que queden impunes los delitos cometidos en menosprecio de las leyes universales?

Hemos de recoger el fruto de nuestras obras.

Fácil es conjeturar lo que fuimos, por lo que somos; no precisamente si hemos sido reyes o esclavos, aristócratas o plebeyos, ricos o pobres; el rango o la posición social es lo de menos; sino si hemos sido dulces o desalmados, virtuosos o criminales, generosos o egoístas, dignos del amor o de la animadversión de las gentes.

¿Somos realmente buenos Magdalena? No; y cuenta que no personalizo: hablo en general.

Tú que has leído mucho, y que has aprovechado tu tiempo, sabes bien que los terrenales no hemos hecho otra cosa que devorarnos unos a otros.

¡Cuántos actos de barbarie habremos cometido los que hoy somos miembros de pueblos cultos, en el seno de una civilización relativamente adelantada!

¿Podemos ser ya perfectos los que llevamos todavía en nuestra alma la marca de la iniquidad, de una iniquidad reciente? No, Magdalena; es imposible: en la persona más buena, aquella que parte su pan con el hambriento, que se quita su capa para abrigar al anciano, que se convierte en hermano de sus semejantes, hallarás, si lo tratas a fondo, si profundizas su conciencia, el limo de su pasado egoísta; cuando no otro móvil más impuro, el afán del aplauso, el amor propio excesivo, el deseo exagerado de parecer más bueno de lo que es en realidad.

-Entonces para ti nada es bueno.

-Ya te he dicho que hablaba en general, no de los hombres, sino de la humanidad.

La regla tiene muy honrosas excepciones, Hombres hay, yo así lo creo, en realidad virtuosos; pero esto no quita que tenga su historia, y que en su historia haya manchas negras como la infamia, rojas tal vez, como la sangre.

En los presidios hay criminales arrepentidos, a quienes sus jefes citan como modelos de mansedumbre y de bondad, y sin embargo, no los sueltan: es preciso que cumplan su condena, que salden su cuenta con la sociedad.

Hazte, pues, cuenta de que en la penitenciaría de la Tierra eres tú uno de los penados sinceramente arrepentidos, y puedes, con tus sacrificios y abnegaciones, saldar tus deudas de otro tiempo.

No siempre habrás sido un modelo de virtudes, tenlo por cierto.

Y ten por cierto también que en el porvenir aspiraras con deleite el delicado aroma de las buenas obras que hoy hagas.

-Pues si para allá me emplazas, largo me lo fías; y dejas al fin sin contestar lo que de nuevo te pregunto: ¿Hasta cuando he de sufrir?

-No hay en la Tierra nadie que pueda precisar la fecha del advenimiento de tu felicidad: tú sola puedes presentirla.

Si en medio de tu soledad y de tu abandono, ves a otros seres más imperfectos que tú, gozando de bienes que a ti te faltan; si te alegras de su felicidad y no sientes tristeza ni envidia por su dicha, regocíjate y exclama: “Hoy he andado jornada doble; ya estoy más cerca del puerto”.

Si en la escasez en que vives ves cerca de ti quien padece hambre, y sin esperar a que te lo pida compartes con él tu pan suplicándole que te lo acepte y experimentas dulce satisfacción, entrégate a la alegría, porque la hora de tu redención se acerca.

Penetra con el microscopio de la razón en el fondo de tu conciencia, y hallarás en ti misma tanto que estudiar y aprender, que te faltará tiempo para preguntar hasta cuándo has de sufrir.

-Tienes razón, Amalia –exclamó Magdalena precipitándose en mis brazos, viviendo para los demás, no pensaré en mí y acortaré el tiempo de mi condena.

Amalia Domingo Soler

La Luz del Espíritu