Ayer, dando torcidas y falsas interpretaciones a las doctrinas de Jesús, se condenaba y perseguía la ciencia, y se santificaba la ignorancia, pretendiendo sepultar en sus antros tenebrosos las mejores conquistas del entendimiento humano.
«No necesitamos de ciencia alguna después de Cristo, escribía Tertuliano, ni de ninguna prueba después del evangelio: el que cree no necesita nada más; la ignorancia es buena en general a fin de que no se aprenda a conocerlo que es inconveniente.» (Flammarión, pág. 23.)
Hoy sobre la base indestructible de la moral cristiana, aparece robusta una idea que iluminando al mundo y encendiendo en el corazón del hombre el fuego santo del amor a la sabiduría, le guía por los inconmensurables horizontes del infinito, para que estudie a Dios en sus propias obras, y llegue a comprender un día las relaciones de sentimientos y de pensamientos que le unen a él.
Ayer, aprisionado el entendimiento por el horror que, hasta a los espíritus más fuertes, inspiraban las hogueras y demás tormentos de lo que, por sarcasmo, se llamó Santo oficio, nadie osaba lanzar al aire una idea fértil y provechosa que pudiese encaminar a la humanidad por el sendero de su perfeccionamiento: hoy libre la emisión del pensamiento, rotas las cadenas que le aprisionaban, en cumplimiento de la ley ineludible del progreso humano, el saber en sus múltiples manifestaciones se extiende por donde quiera; y la verdad, antes patrimonio exclusivo de algunas clases privilegiadas, nutre el entendimiento y fortifica el corazón de la sociedad, para llevar a feliz término la unión de los hombres en una sola familia de hermanos.
Ayer se temía a un Dios cruel y vengativo, hoy se ama, con amor, profundo, al Dios de justicia y de bondad.
Ayer no se comprendía que fuese compatible la justicia con la misericordia de Dios: hoy admiramos la perfecta y completa armonía que existe entre esos dos atributos esenciales.
Ayer hasta al justo horrorizaba la idea de la muerte: hoy sino se la desea, porque sería violar la ley divina, se la ve llegar sin miedo y con la esperanza de alcanzar mejor dicha.
¿Pero qué idea es esa que así viene a llevar a cabo una trasformación tan grande entre el pasado y el presente, entre el ayer y el hoy?
¡Oh santa y sublime creencia espiritista, desde el fondo de nuestra alma te saludamos y bendecimos!
Tu eres esa idea, tú eres ese faro luminoso que dejas envueltos, entre los carcomidos pliegues de las pasadas edades, los errores de nuestros mayores, y pones a flote sobre tranquilas aguas todas las verdades que yacen sepultadas en el cieno de aquella corrupción, para levantar con ellas y las modernas adquisiciones de la humana inteligencia, el mundo nuevo.
Tú eres la estrella luminosa que atrae a su foco central todos los pensamientos ansiosos de verdad y sedientos de ciencia, y con tus fúlgidos resplandores disipas las sombras de la duda que engendraron el escepticismo, reduciendo a la nada el materialismo y el ateísmo.
Tú eres, si, la doctrina filosófica que libre ya de las mantillas de la infancia, ha vestido el traje del adulto, y viene con lozana robustez, con formidable energía a arrancar del abismo de la ignorancia de tantos seres desgraciados que yacen en el embrutecimiento, porque así plugo al egoísmo de una clase para sostener, con tan inicuos medios, los más absurdos errores.
¡Y todavía por sostener su bienestar, y nada más que por eso te aborrecen, te persiguen y te combaten, sin parar mientes en que Dios en sus inescrutables designios, permite estas luchas que son el crisol donde ha de depurarse la idea para que brille con luz más viva!
Que si es falsa caerá y morirá por sí misma; pero si entraña la certidumbre de sus principios, y fuerte con ellos, viene a regenerar el mundo, vanos e inútiles serán todos los esfuerzos de sus adversarios.