Amalia Domingo Soler

REMINISCENCIAS DE AYER

Foto de Amalia Domingo Soler

Hace algún tiempo visitamos una ciudad, que nos es muy querida, porque en ella habíamos descansado una larga temporada de nuestras habituales tareas, y contraído algunas relaciones cuyo buen recuerdo nos ha seguido constantemente en nuestra penosa peregrinación.

Al llegar allí últimamente, tratamos, como es natural, de ver si alguno de nuestros antiguos amigos se acordaba de nosotros; y con profunda satisfacción vimos que nos recordaban multitud de seres, sin que el tiempo ni la distancia hubiesen borrado nuestra imagen de su memoria.

En el número de estas almas generosas que no han podido olvidarnos, se encuentra un hombre, cuya esposa era para nosotros un modelo de virtudes que inútilmente queríamos imitar.

¡Cuántas veces hemos recordado a aquella buenísima familia!

Se componía del matrimonio y cuatro hijos, si bien habían sido cinco los frutos de aquella unión venturosa.

Cuando conocimos a Marta y a su esposo Andrés, lloraban aún la muerte del mayor de sus hijos, acaecida cinco años atrás, pero que para ellos siempre estaba reciente; pues era muy profundo el sentimiento que experimentaban.

Marta, como madre muy amorosa, había guardado religiosamente toda la ropa de su hijo, todos sus libros, y su único juguete, que consistía en un enorme caballo de madera, ingeniosamente construido, que, por un sencillo y perfeccionado mecanismo, corría por sí solo, deslizándose sus ruedas con gran velocidad sin detenerse en una larga distancia.

Este curioso objeto era muy codiciado por los demás niños; pero nunca les fue permitido jugar con él, temiendo que lo estropearan y se perdiera o mutilara aquel recuerdo preciado del hijo ausente, único juguete que el niño había pedido a su madre con gran insistencia.

Como la costumbre forma ley, toda la familia se había acostumbrado a mirar con cierto respeto al caballo de madera; para ellos era no un juguete, sino un objeto con mérito artístico, que, colocado en el despacho particular de nuestro amigo Andrés, nadie se atrevía a tocar.

Cuando llegamos la segunda y última vez al punto de residencia de Marta, fuimos enseguida a verla; pero ¡Ay!

En el tiempo transcurrido ¡Cuán tristes cambios se habían operado en el seno de aquella familia, tan feliz en otros días!

Marta, la fiel compañera de Andrés, la que durante treinta años había tenido siempre para su esposo una sonrisa y una mirada de amor, había abandonado la Tierra, dejando a su marido postrado en ese dolor sin nombre, en esa profunda melancolía en la cual el hombre vive sin llorar y sin reír.

¡Qué impresión tan dolorosa recibimos!

Marta era una de esas mujeres nacidas para el gran mundo, y sabía recibir y hacer los honores de su casa de una manera tan afectuosa, tan cordial, tan delicada, que muchísimas eran las personas que deseaban su trato, y siempre estaba rodeada de numerosos amigos.

Su palacete era el centro más animado de la población, y su marido, amante de la sociedad como ella, trataba con tanto cariño a cuantos le visitaban, que la morada de nuestros buenos amigos, más parecía un casino que una casa particular y nada más risueño y alegre que aquellas reuniones.

Dos niñas y dos niños eran el encanto de Marta y Andrés, y todos los chicuelos de la vecindad eran admitidos para jugar con ellos.

Parece que aún vemos a Andrés, sentado junto al piano, y a su hija Leonor tocando bonitos valses, que bailaban los niños y los jóvenes, mientras que Marta, rodeada de sus amigos y admiradores, organizaba visitas a los enfermos pobres, tratando de hacer todo el bien posible, porque era un alma verdaderamente buena y generosa.

Cuando últimamente entramos en casa de Andrés, éste salió a nuestro encuentro, se sonrió con dulzura y nos dijo con voz apagada:

-¡Qué cambio, Amalia! ¡Qué cambio!

Ayer… porque los años son un soplo, y aunque han pasado muchos, no dejan de ser menos que segundos en la eternidad.

Ayer… ¿Se acuerda usted?

Esta casa reía; hoy… si estos muros pudieran llorar, llorarían sin consuelo.

Hace dos años que perdí a Marta, y esta casa parece una sepultura; venga usted, venga usted; yo estoy siempre en el cuarto donde ella murió.