El siglo XIX está llamado a realizar grandes ideas, a presenciar grandes acontecimientos.
La Democracia, ese poder que tiende a armonizar los hombres y los pueblos, confundiéndolos en una sola agrupación, la humanidad terrestre, será mañana un hecho que llenará de gozo a los hombres y al que no podrán detener los mayores obstáculos nacidos del maquiavelismo de ciertas gentes; y la fraternidad, consecuencia precisa de aquella, espantará a los egoístas y a los tiranos, raza de ingratos que pretenden absorberlo todo, será a pesar de los esfuerzos que vagan para contener el fuerte lazo que prepara la Providencia valiéndose de las ideas encarnadas hoy, para anudar a la universalidad de las gentes y entrar de lleno en el conocimiento de lo que han de ser los hombres, los pueblos, el amor universal, la justicia en toda su trasparente belleza y significación, y Dios en la absoluta plenitud de su grandeza.
La Democracia será la vida feliz de los pueblos; pero no es suficiente que el hombre en este destierro viva como en un caos sin esperanza y sin porvenir.
La felicidad política en sí, sin otro elemento que, como la democracia, le iguale en majestad y en grandeza, sería una idea muda, sin expresión, sin sentimiento y sin vida.
El universo encierra dos maravillosas cláusulas que forman la armonía del Todo.
El gran concierto de la creación, esa admirable obra que para unos es objeto de profundo estudio y constante educación, y para otros un mueble inservible que no saben en qué usarlo: el universo, repetimos, como el hombre, como la calidad de todo ser y como la naturaleza de cada átomo, está formado de dos compuestos sujetos a una ley inmutable como la previsión sublime, fija y sabia, como la misma sabiduría de Dios.
Cuerpo y alma, objeto y movimiento, inercia y voluntad.
He aquí, el gran Todo, el objeto de la creación, la expresión sublime del Omnipotente, su poderosa mano dando vida a los seres y a los mundos, su enérgica y suprema voluntad llenando el infinito de incesante movimiento, y por doquier con profusión creando y todo obedeciendo, el mundo, el hombre, el ser, el átomo, a su ley y a su destino, dentro de la gran inmensidad.
Cuerpo y alma, objeto y movimiento, inercia y voluntad, he aquí, reunido, el pensamiento que en lo sucesivo puede servirnos para penetrar en el trascurso de los siglos y para que la inteligencia pueda analizar algo divino, en ese profundo e insondable arcano.
A la humanidad toca por hoy servirse de la idea más fácil, del pensamiento más sencillo, para que no se trastorne ni le sirva de obstáculo en su pesada marcha.
La humanidad, ayer no podía concebir la idea de la democracia y hoy la concibe, la crea con tan bellas formas, que está dispuesta a dormirse venturosa y tranquila en sus amantes brazos.
La democracia será un hecho, un objeto real, un cuerpo que se amoldará a nuestra perfeccionada voluntad; pero como todo cuerpo necesita un alma para formar la armonía, ya que nada existe por sí mismo, la democracia nada sería, si sus bellas formas no encerraran un alma grande, elevada, digna, un alma llena de amor, de expresión, de sentimiento, que nos trasportara aun más allá de la vida, fuera de nuestras sensaciones mundanas y que nos llenara de inefable gozo en la contemplación de algo divino.
Busquemos en el campo de la filosofía las ideas esparramadas, los pensamientos revueltos, la inteligencia en una lucha sin tregua, el ser controvertido, guiado cada cual por el resultado de lo que piensa, de lo que medita, de lo que cree y espera; el materialismo, una secta empobrecida caminando por un sendero escabroso haya cerrado el horizonte y aspirando en un estrecho círculo el miasma deletéreo del error y de la muerte, las religiones positivas todas sin fuerza y sin prestigio, con sus ídolos aniquilados; investiguemos a la humanidad, ese gran cuadro de la vida lleno de animadas formas y de encontrados matices, el placer a la desventura, el fausto, la pobreza, la virtud, el vicio; busquemos algo en el que ríe, en el que llora, en el que nace y en el que nos deja con su cuerpo la huella de que existió, reunámoslo todo y después de formar de este laberinto un cuerpo, analicémoslo y veremos al fin si la humanidad no está llena de infinitud de gusanos que royéndola la consumen y la amenazan con una enfermedad de expiación y de muerte.
Penosamente va arrastrándose en el trascurso de muchos siglos, esta vida ha sobrellevado en premio de su carísima ignorancia; un esfuerzo de su inteligencia puede salvarla y felizmente un destello divino viene hoy en su ayuda, para que no se pierda en la horrorosa tormenta de la noche y para que no se precipite en el abismo que le deparaba el error y la torpeza, la oscuridad, y el caos.
La libertad está próxima para todos los hombres y los pueblos.
La democracia viene a nosotros, a través de los límpidos rayos del sol tomando forma, y necesita un alma para que anime en la vida que anima todo: los materialistas desdichados son, porque sin porvenir no pueden más que contar en los días de una efímera existencia, no pueden robustecer el cuerpo que ha de servir para las futuras y eternas generaciones.
Las sectas intransigentes con sus celos, sus miserias y ruindades, no prometen más que el odio y la desesperación al hombre.
Mahoma y Buda siempre serán enemigos.
Jesucristo dividido en el Pontificado y en Lutero, serán eternamente irreconciliables; la humanidad, que será mañana más perfecta, aborrecerá la lucha; y arrojando de sí tanta farsa, tanta mentira e impostura, buscará en el hombre a su hermano; el blanco, el negro, el cobrizo se reconocerán, Europa, Asia, y África se confundirán llenas de amor y abrazando a sus hermanas la América y Oceanía, renacerá en el mundo el reinado de la paz y el lema de la bandera que se alzará hasta el cielo, será ¡progreso y adelante! ¡democracia y espiritismo! ¡Dios y la perfección dentro de su doctrina revelada!
JUAN PÉREZ.
Año I. Alicante 20 de Agosto de 1872. Num.16.
REVISTA ESPIRITISTA
ÓRGANO OFICIAL DE LA SOCIEDAD ALICANTINA DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS