No hay cielo, ni infierno tales como los comprenden las religiones positivas.— Hay Dios y conciencia.

Dios, ser increado y eterno, sin curia ni sepulcro; ser cuyo pensamiento es una realización, cuya idea es una forma, cuyo amor es una luz, desde el alcázar de su grandeza, que es el espacio infinito, dejó caer los abismos del caos, en el sagrado día de la creación, una ley resplandeciente y hermosa como el sol del firmamento; esta ley mansa, descendiendo como un globo de oro, al encontrarse suspendida entre la doble profundidad de Dios y el caos, hizo explosión en un inmenso y espléndido diluvio de leyes secundarias, que derramándose en el vacío y girando en torbellinos colosales, dieron origen al compás del arpa divina, a la diversa muchedumbre de mundos que constituyen el universo.

Una de estas leyes, una de estas chispas, uno de estos astros, uno de estos querubines, vino a aparecer más tarde en el corazón del hombre, en el misterioso centro de ese ser augusto, de ese mundo majestuoso.

Era procedente de la justicia de Dios, y venía a levantar el tribunal de la justicia del hombre; procediendo del ser justo por excelencia, debía de aportar el reflejo de su origen; debía de obrar con arreglo a su naturaleza.

Hay una justicia cruel que no perdona; la llamo justicia siendo cruel, porque el mundo quiere; pero los mismos átomos que de crueldad posee, son los que le faltan para ser justicia.

Siendo justicia de este modo, sería justicia infinita; la justicia, infinita está allí donde no hay ni un resquicio por donde pueda deslizarse la sombra de una falta impune y donde se premie en la misma proporción en que se trabaje, o se castigue en la proporción misma en que se falte; donde se cuenten las partículas de lo que se trabaje o se falte, y se paguen por el mismo número de partículas de bienestar o de inquietud.

Y esta es la justicia de Dios, cayendo como chispa divina en el abismo del ser humano, y levantando en este abismo su tribunal supremo.

La mano de Dios, armada del divino cetro, no tiene pues que intervenir directamente en los asuntos de ese Estado que se llama existencia humana.

Dios tiene allí su reflejo, su sombra augusta que le representa, que puede tener varios nombres, y a la que yo llamo con esta gigante palabra: La Conciencia.

¡La conciencia! Ese ojo de la inmensidad, esa pupila encendida por Dios, que atraviesa la sombra de lo desconocido para llegar hasta nosotros, está constantemente clavada sobre nuestra idea que crea pensamientos, sobre nuestro pensamiento que crea acciones, sobre nuestra acción que crea el bien y el mal; ese oído que acecha y oye en el silencio de lo misterioso el suspiro de nuestro pecho, la risa de nuestro labio, el llanto de nuestro corazón, la plegaria de nuestra alma, la duda de nuestra ceguedad, el amor de nuestra fe; que delata al inconmensurable Ser de quien procede, todos los movimientos de ese océano que se llama vida del hombre, es el que aplica, con independencia y austeridad, el premio y el castigo; premio y castigo que tienen ser real y palpable, sin necesidad de que la justicia Omnipotente, haya hecho surgir, con su varita mágica, entre los dorados vapores de la altura, una fabulosa Jerusalén de pirámides de estrellas y arcos triunfales de soles a que se dé el nombre de Gloria, ni haya abierto, con su soplo pavoroso, en el abismo sin límites, un formidable mundo geológico, lleno de cavernas y peñascos, de tinieblas y de incendios, poblados por seres condenados y verdugos eternamente desgraciados, a que se dé el espantable título al Infierno.

Haber cometido una acción vituperable; haber asestado el puñal inicuo en el pecho paternal; haber vertido la sangre propia contenida en ánfora distinta; en distinto corazón; haber arrebatado el único girón que en la crudeza del invierno constituye el abrigo del huérfano; haber perseguido con el lazo y el cuchillo a esa pobre gacela que se llama viuda; haber escalado la tribuna del patricio e impelido al impresionable pueblo al abismo de una imprudencia temeraria, o elevarse sobre el augusto solio de la majestad suprema, para esclavizarle y abatirle, y dividir con él la cadena del alano, y uncir al carro de su orgullo precipitándolo en funestas guerras;…. cometer uno de estos vituperables crímenes y sustraerse a la justicia humana, y salvar las redes de las apariencias, y huir lejos de la sociedad, más allá del trato humano, y creerse ya libre de todo, y pretender reposar, y encontrarse al punto cara a cara de una sombra terrible que le ha seguido en su huida, que le amenaza seguirle en la tumba, seguirle en el espacio, seguirle en todas partes; encontrarse delante de ese ojo terrible, de ese oído profundo, de ese querubín airado que se llama la conciencia, y que le habla de la bondad de Dios y de la maldad de su crimen, y que le postra a sus plantas, y le arranca el antifaz y lo escupe en el semblante, y le ciega con su luz, y le huella con su pie, y le maldice con su acento…. ¡ah! es una cosa tan justamente terrible, tan terriblemente justa, que el miserable infierno material abortado por la fantasía de esos arcángeles, que se llaman Homero, Dante y Milton; palidece a su presencia.

Alargar la mano al desvalido: cubrir con el propio manto la desnudez ajena; deslizar, en la sombra del misterio, un pedazo de oro en la mano enflaquecida de la indigencia, o llevar a los labios hambrientos un pedazo de pan endulzado por un beso; presentar el pecho al desprendimiento de una lágrima, perla universal del infortunio; derramar el bálsamo de un consuelo en la llaga de una desgracia; prestar el alimento de una lección al hambre de la inexperiencia y la ignorancia; lanzar el áncora de la esperanza en el naufragio de un corazón desesperado; verter la luz del amor en la noche del odio; pensar en una tarde negra, en una montaña santa, en una cruz sublime, en una sangre bendita, en una hermosa palabra de perdón universal, y repetir esa palabra a cada injuria recibida en el calvario de la existencia; elevarse a la tribuna pública, y decir a un esclavo que duerme encadenado en su tugurio:

«Despierta, augusto hijo de Dios, hermano de Cristo, mártir de los siglos, pueblo desdichado: abre los ojos a la aurora de la libertad intelectual, desecha los fantasmas de la superstición y el fanatismo, celebra tu advenimiento a la vida política, a la vida religiosa, a la vida científica, a la vida artística, a la vida moral, a la vida humana; tú que fuiste cazado en los bosques, perseguido en los llanos, arrojado al combate, hundido en la esclavitud, lanzado en los circos, destrozado por las fieras, pegado al terruño del señorío, uncido al carro del feudalismo, tragado, en nombre de Dios, por las llamas del Santo Oficio, ven y toma tu asiento en el gran banquete de la vida, a que te invita tu propia naturaleza; ¡ven que el mundo se vuelve cristalino, y gira por los ámbitos bañado en la mirada de oro del Eterno!;» decir esto, y tomar esclavos, y transformarles en hombres, y hacer hombres de una cadena, de una máquina, de una superstición, de una sombra, de un espectro, de un puñado de polvo; convertirse en Jehová transfigurándose; hacer esto, y sustraerse al aplauso universal, y esconderse en su propio ser, descendiendo al abismo de su corazón, y verle inundada de luz, saturado de perfumes, rociado de dulzuras, vibrante de armonías, como las cuerdas del laúd herido, hallarse en fin, frente a frente con la conciencia trasformada en ángel, con la conciencia agradecida, con la conciencia premiadora…. ¡ah! es una felicidad tan pura, es una pureza tan feliz, que la misma gloria cantada por esos cisnes que el mundo llama vates, desde Isaías hasta Lamartine, no es más que un pálido, reflejo de aquella sublime dicha, que crece a medida de la perfección, y llega con ella a su colmo.

He ahí el cielo.

SALVADOR SELLÉS.
Alcázar de San Juan, 8 de Octubre de 1872.

Año I. Alicante 20 de Octubre de 1872. Num.20.
REVISTA ESPIRITISTA ÓRGANO OFICIAL DE LA SOCIEDAD ALICANTINA DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS