Amalia Domingo Soler

EL SALDO DE UNA CUENTA

Foto de un ramo de lilas
Foto de Amalia Domingo Soler

Hemos dicho muchas veces que no comprendemos que se pueda vivir sin leer, sin estar en relación con una parte de la humanidad, sin saber las glorias que alcanzan el progreso de las naciones civilizadas, sin admirar los maravillosos adelantos de los grandes sabios y al mismo tiempo sentir espanto y horror indecible ante esas tragedias que de continuo llenan de luto a diversas familias y envuelven con su crespón al pueblo o ciudad que sirve de escenario a esas tramas realistas, superiores a todo cuanto puede inventar la imaginación del hombre.

Los periódicos son las arterias del gran cuerpo social, por ellos circulan las oleadas de la vida, ellos son el libro de memorias de la humanidad, espejos que reflejan los resplandores de todos los efectos, de todas las pasiones, desde el odio implacable de los encarnizados enemigos hasta el sacrificio del amor y el heroísmo de la caridad.

Ellos son la fotografía de la vida, por eso nosotros no sabemos vivir sin leer, aunque casi siempre quedamos tristemente impresionados, pues más son los crímenes que las acciones meritorias; lo que aun da muy poca idea es la raza humana dominada por la ira, por la avaricia sin tasa, por la más refinada hipocresía, y por todos esos vicios que convierte al hombre en un ser más despreciable y más miserable que el bruto; más a pesar de que sufrimos, no sabemos vivir sin estudiar en la historia palpitante de los actuales moradores del planeta, sin leer la narración de los múltiples hechos que atestiguan su ignorancia y su barbarie, a pesar de haber hecho la ciencia notabilísimos descubrimientos enriqueciendo las bibliotecas con libros admirables escritos por eminentes sabios.

Pero de vez en cuando entre tantas y tan punzantes ortigas suele encontrarse una humilde violeta que embalsama el ambiente con su delicadísimo perfume y entonces…

¡Cuánto gozamos!

Leemos la descripción de alguna acción loable repetidas veces y aquellas gotas de bálsamo divino quitan de nuestros labios el sabor amarguísimo que deja la hiel del crimen.

No hace muchos días que después de estremecernos de espanto ante la relación de triples asesinatos, leímos un suelto que nos hizo verter abundantes llantos, ¡Llanto bendito!

Porque lloramos a la memoria de un ángel.

He aquí el hecho que tanto nos impresionó y que tanto nos hizo sentir.

LA NOVICIA PABLA SARRABLO

Un oficial de hojalatería llamado Francisco Navarro, vecino de Zaragoza y residente en una casa de la calle de la Verónica de aquella ciudad, se presentó hace cinco días a la superiora de la consagración de Siervas de María pidiendo la asistencia de una hermana para su esposa enferma.

La superiora manifestó que todas las hermanas estaban de servicio; pero que, si era grande la necesidad de la asistencia, le prestaría una novicia hasta que pudiera ser sustituida por una hermana.

Agradeció el favor Francisco Navarro y momentos después estaba a la cabecera de la enferma la novicia Pabla Sarrablo de quince años de edad, natural de Sesa (Huesca), e hija de un profesor de primera enseñanza.

Pabla cumplía sus deberes de enfermera con cariñosa solicitud.

Anoche, después de acostar a los niños de Navarro y de lograr que éste se retirara a descansar, se dirigió a la cocina de la habitación para calentar alimento para la enferma.

El alcohol de la vasija que contenía la sustancia inflamable con el cual se calentaba lo que iba a tomar la mujer de Navarro, derrámose sobre las ropas de la novicia enfermera e instantes después se incendiaron.

La novicia se dirigió a la escalera, sin duda para pedir auxilio a los vecinos.

No quiso llamar a nadie en la habitación para no producir alarma que pudiera impresionar a la enferma y para no despertar a los que estaban descansando.

Las llamas ya rodeaban el cuerpo de Pabla: ésta viendo que todo auxilio llegaría tarde se arrodilló, abrázose a uno de los soportes del pasamanos, y déjose consumir, sin proferir una queja por el fuego.

El resplandor de las llamas despertó a los vecinos.

Éstos solamente encontraron el cuerpo carbonizado de la pobre niña, cuya trágica muerte enaltece la prensa de Zaragoza, diciendo que aquella capital sabrá pagar con tesoros de respeto y de consideración a la congregación de siervas de María el sacrificio que le ha hecho una de sus hijas en aras de su caridad y de su amor a los enfermos pobres.

Este rasgo verdaderamente heroico, ese modo de morir que recuerda a los innumerables mártires que han legado a la historia páginas gloriosas en las cuales se aprende a ser grande, nos llamó la atención tan poderosamente que no se apartaba de nuestra memoria la imagen de la joven novicia haciéndonos la reflexiones siguientes:

¿Qué motivo habrá tenido este Espíritu para consumar semejante sacrificio?

Muerte tan dolorosa no se sufre sin una causa poderosísima; porque la destrucción del cuerpo por medio del fuego se comprende que debe producir dolores violentísimos, y para condenarse a tan horrible sufrimiento debe pagarse con él una deuda terrible o haber llegado a un grado tal de elevación que por amor a la humanidad se ofrezca un ser como víctima expiatoria en aras de un sagrado deber.

¿Sería tal vez el fanatismo religioso el que le dio aliento para morir sin exhalar una queja?

Y dando vueltas a nuestra mente al trágico suceso procuramos hablar con el guía de nuestros trabajos diciéndole el deseo que teníamos de saber el móvil que impulsó a la joven religiosa a sacrificarse en aras de un deber poco menos que desconocido para la humanidad terrena.

Aquí hay algo muy grande le decíamos a nuestro amigo invisible, tan horrorosa muerte no acontece por casualidad, si te es posible, dadnos algunos pormenores para escribir algo que sea útil y provechoso a los que estudian el porqué de las cosas.

II

No te has equivocado (contestó el Espíritu) al creer que esa muerte ha obedecido a una causa superior, pagando con ella una de esas deudas terribles que abruman por su enorme peso, y por lo mismo que son tan grandes el Espíritu suele no apresurarse a pagarlas hasta que adquiere fuerzas para salir bien en su empresa.

La joven novicia es actualmente un Espíritu elevadísimo, sólo le quedaba pagar la deuda que con tanto valor ha pagado; y ha hecho el saldo de su larga cuenta y sonríe dichosa entre ondas luminosas, pero no siempre ha sido bueno, no siempre ha revestido la humilde y frágil envoltura de la mujer:

y en los siglos que la iglesia católica, apostólica y romana era la señora del mundo civilizado, la novicia de hoy (digámoslo así) era el inquisidor poderoso, era el príncipe cuyas órdenes eran leyes que difundían el luto y el espanto por doquier.

Es un Espíritu que desde que comenzó a sentir y a pensar ha pertenecido siempre a la religión católica, apostólica y romana, y en nombre de su Dios ha sido un inquisidor de los más fanáticos y de los más crueles; pero no por gozarse en el mal sino porque creía que aquellas víctimas aplacaban con su sacrificio la ira de Dios, y en una de sus encarnaciones (que fue un inquisidor muy renombrado) tuvo por madre a una mujer de humilde cuna que era una médium asombrosa que poseía diversas mediumnidades, especialmente la adivinación, ésta de un modo tan prodigioso que muchos hombres eminentes le consultaban y le pedían consejo; oía también las voces de ultratumba, tan claramente que contaba historias maravillosas.

Mientras su hijo Álvaro no llegó a ocupar un alto puesto en la iglesia no se fijó en las extraordinarias facultades mediúmnicas que poseía su madre, y mucho más que desde muy joven vivió separado de ella sirviendo de secretario a un príncipe eclesiástico y sólo de vez en cuando la visitaba, no sintiendo por ella en realidad gran afecto a pesar que le debía cuanto era, pues su padre murió en la guerra, y la pobre mujer cuando dio a luz ya estaba sin la sombra de su marido, y a fuerza de privaciones le rodeó en su infancia de cierto bienestar y procuró sin perdonar medio alguno educarle dentro de la más sana moral.

Para ella no existía mas Dios que su Álvaro, no quiso contraer nuevos lazos para que su amado hijo no tuviera que sufrir la tiranía de nadie, y se creyó dichosa el día que le colocó al lado de un obispo y le vio con hábitos sacerdotales, soñando en su delirio maternal con verle algún día coronado con la triple corona que usan los mal llamados sucesores de San Pedro.

Sí, la buena Elvira la madre amorosísima dio gracias a Dios cuando volvió a su hogar y se encontró completamente sola, ¿Qué le importaba a ella la soledad, el padecimiento, la miseria y toda suerte de horribles privaciones?

Si su hijo iba muy bien vestido, tenía cubiertas todas las necesidades de la vida, habitaba en un palacio magnífico y le sonreía un porvenir brillantísimo porque su hijo tenía mucho talento, hablaba como un libro, era hermoso, reunía en fin las cualidades necesarias para ser papa.

¡Pobre madre!

Cuantas veces se situaba a la puerta del palacio arzobispal para ver salir a su hijo sin que éste se fijase en ella, ni se dignase dirigirle una mirada aunque la hubiese visto desde lejos y ella en tanto le bendecía desde el fondo de su corazón.

¡Misterios de la vida!

Elvira que veía lo que reservaba el porvenir a muchos seres, cuando quería mirar el más allá de su hijo, sólo veía un negro crespón y escuchaba una voz fatídica que le decía ¡Huye!…

Las maravillosas facultades de la madre de Álvaro fueron conocidas de muchos y nobles magnates, iban a su casa de noche a preguntarle sobre los negocios de estado, y Elvira inspirada daba consejos y a veces órdenes que se cumplían fielmente, recibiendo en pago crecidas sumas.

Álvaro entretanto iba subiendo a la cumbre del poder y le mortificaba extraordinariamente que su madre estuviera cerca de él, primero por su humilde origen y segundo por sus dotes especiales, pues en aquella época eran muy perseguidas las mal llamadas brujas, que no eran otra cosa que médiums más o menos desarrollados, y la fama de Elvira iba creciendo a pesar que la pobre mujer por temor a su hijo no hacía más que las consultas indispensables para ganarse su sustento y hacer algún bien a los enfermos pobres.

Una noche cuando menos lo esperaba llegó su hijo, y sin sentarse siquiera le dijo con la mayor sequedad:

¡Es necesario que salgáis de la ciudad inmediatamente, comienza a murmurarse que sois bruja y yo no puedo tolerar que donde yo aliente, la herejía levante su cabeza de serpiente!

La infeliz se le quedó mirando sin querer comprender lo que había dicho Álvaro, pero éste se lo repitió con voz más imperativa añadiendo:

¡Iros si no queréis que yo mismo encienda la hoguera para quemar vuestro cuerpo miserable que no os sirve más que para perder vuestra alma!

Y sin esperar contestación salió de la estancia dejando a su madre petrificada; siendo tan inmenso su amor maternal que ella no sentía la infamia y la ingratitud de su hijo, lo que le atormentaba era la idea de no poder verle si abandonaba la población.

Horas terribles fueron para Elvira las de aquella noche que no sabía qué resolver.

Oía una voz bien clara que le decía:

¡Huye! ¡Huye!… no pierdas tiempo, cada segundo que pierdes es un segundo de vida; pero como el Espíritu tiene su libre albedrío ella decía:

¿Y como podré yo vivir sin ver a mi hijo?

Mi hijo que indudablemente está muy enfermo, mi hijo que no sabe lo que se dice, mi hijo que es mi único amor en la Tierra ¿Cómo podré yo dejarle?

Él podrá vivir sin verme porque no puede sentir lo que yo siento, pero yo… ¡Yo es imposible!… lo que haré será cambiar de casa, no admitiré más que las consultas indispensables para no morirme de hambre, abandonaré a los pobres, pero a mi hijo no le puedo abandonar; yo necesito verle aunque sea desde lejos.

Y Elvira al día siguiente puso su plan en obra, cambió de domicilio, rehuyó cuanto le fue posible ejercer su oficio de adivina y cubierta con un lenguo manto permanecía horas enteras sentada en el templo esperando ver pasar a su hijo.

Éste no ignoraba cuanto hacía su pobre madre, pero no agradecía su cariño porque le estorbaba aquella mujer humilde y por apéndice herética; dominado por la ambición y por el fanatismo religioso quería quedarse solo, sin la sombra de la que veló su sueño y le consagró todas las horas de su vida; quería estar solo para subir, subir muy alto y castigar con mano firme la herejía.

No ambicionaba el poder por los goces mundanos, sino por la persecución que podía desplegar sobre los libres pensadores de su tiempo.

Elvira entre tanto asediada por los muchos magnates que deseaban saber lo que les aguardaba el porvenir, trabajaba consultando a sus compañeros invisibles y una noche cuando estaba más abstraída en sus meditaciones invadieron su humilde casa los familiares del santo oficio, la encerraron en una litera y la coloraron frente a su pobre albergue al que prendieron fuego diciéndole a su dueña:

¡Bruja maldita!

¡Como arden tus trabajos arderá tu cuerpo en la hoguera y tu alma en el infierno!

Elvira no sentía morir, lo que le horrorizaba era comprender que su hijo había dictado la orden de su prisión.

El proceso fue breve.

Elvira fue acusada de bruja, de adivina, de evocar a los muertos y con su ayuda hacer obras de encantamiento y hechicería, y Álvaro el ministro de la iglesia, el inquisidor fanático fue el que acusó a su madre con más crueldad, y el que pidió para ella la última pena para escarmiento de brujas y hechiceras; y no contento con firmar la sentencia de su madre, él ayudó a llevar la leña a la hoguera que consumió el cuerpo de la infeliz Elvira víctima de la ambición desenfrenada de un hijo desnaturalizado y de un fanático sin corazón.

Álvaro llegó a la cumbre del poder, hizo proezas con los herejes y vivió contento de sí mismo consagrado a destruir la dicha de muchos seres que habían cometido el grave delito de pensar.

III

Dejó la Tierra creyendo buenamente que iba a sentarse a la diestra de Dios padre y se encontró no en un verdadero infierno porque él no había hecho el mal por el placer de hacerlo, sino por su ideal religioso, mas se vio rodeado de sus innumerables víctimas figurando en primera línea su pobre madre que afanosa le tendía las manos y los brazos para estrecharle en ellos porque el Espíritu de Álvaro no merecía aquel puerto de salvación y la veía siempre delante de él y escuchaba su voz que murmuraba con inmensa ternura:

¡Pobre hijo mío! Álvaro se conmovía, andaba un poco y la sombra retrocedía brotando entre los dos un río de fuego sin que las llamas llegasen al inquisidor.

¡Cuánto tiempo estuvo Álvaro viendo a su madre!

¡Y cuantos desengaños recibió aquel Espíritu al ver que la religión que él practicaba era la más horrible tiranía!

Pero amaba de tan buena fe su credo que se consagró a ser humilde siervo en la misma religión que tantas veces le había convertido en verdugo, y quiso llegar al heroísmo para demostrar que la religión católica, apostólica y romana podía dar al mundo mártires de la misma manera que le había dado tiranos.

Álvaro comprendió que la idea del Crucificado había sido grandiosa y sublime, y que el oscurantismo era el que había convertido la luz en tinieblas; y él se impuso el inmenso sacrificio de hacer surgir de un mundo de sombras un mar de inextinguible luz…

Como fue tenaz para perseguir a los herejes lo ha sido después para consolar al desgraciado, y ha sido en la Tierra monje consagrado al salvamento de náufragos, haciendo verdaderos milagros, muriendo unas veces entre las olas para salvar a un niño o a una débil mujer del naufragio.

Espíritu profundamente fanático, para él no han existido jamás las medias tintas; por su credo lo ha sacrificado todo, llegó al límite de la crueldad firmando la sentencia de muerte de su madre, creyendo que con este acto de barbarie era grato a Dios, y en su última existencia pidió a Dios el suplicio de morir entre las llamas en el cumplimiento del más sagrado deber, velando el sueño de una mujer pobre y enferma que él mandó quemar cuando era su hijo.

¡Sí! El Espíritu de Elvira, de aquella mártir del oscurantismo es el que anima el cuerpo de la débil enferma a la cual fue a cuidar la joven novicia, modelo en esta existencia de mansedumbre y de evangélica caridad.

El Espíritu del fanático inquisidor se ha regenerado por medio del sacrificio, es fiel a su credo, él no sabe orar sino es entre las sombras del templo, las nubes del incienso le embriagan, ama a Dios y a los misterios religiosos sobre todas las cosas de la Tierra, tanto ha amado a su religión que ha dado por ella repetidas veces su vida, y tanto ha amado a la humanidad que ha hecho y hace suyas sus penalidades, y por evitarle una lágrima él ha dado su cuerpo gozoso al más cruel de los tormentos; más a pesar de su abnegación, el suplicio del fuego le atemorizaba, cuando estaba en el espacio veía a su madre subiendo a la hoguera y se decía:

¡Yo debo subir también!

¡Yo cerca de mi madre debo expiar mi atroz delito!

Pero temblaba, se estremecía y pedía tiempo para purificarse.

Su ruego fue escuchado, el inquisidor se convirtió en ángel de la caridad, y en su última existencia cuando la joven novicia se vio envuelta entre las llamas, su Espíritu adquirió completa lucidez, comprendió que la enferma que ella había cuidado era su madre de otro tiempo, y mientras el fuego carbonizaba la carne, ella repetía:

¡Dios mío!, ¡Salva a mi madre!.

Una legión de espíritus felices salió al encuentro de la novicia diciéndole:

¡Bienvenida el alma que sabe amar a sus semejantes! ¡Consuma el fuego tu carne para saldar tu última cuenta! ¡Cesaron tus sacrificios! ¡Ya eres libre!… ¡Ya tienes derecho a ser dichosa! ¡Ya puedes crearte una familia! ¡Ya puedes ser sacerdote de la verdadera religión que es el amor universal! ¡Harto tiempo has vivido en tinieblas! ¡Ven a los mundos de luz!

Y el Espíritu de la novicia sin experimentar turbación alguna, contemplando el infinito que le rodea ha sonreído con una sonrisa divina de la cual no tenéis en ese mundo la menor idea.

Ha luchado y ha vencido, quebrantó las leyes naturales y se ha sacrificado después por la humanidad, hoy es libre, su conciencia es un libro cuyas páginas están orleadas de flores, ha llegado al límite del amor por un credo religioso; ese Espíritu tiene ante sí el infinito del progreso: mañana será sabio entre los sabios y los ideales religiosos le producirán melancólica compasión.

¡Ha sufrido tanto por ellos! ¡Ha estado tantos siglos encerrado en el claustro sin gozar de las dulzuras de la vida!… ha llegado al colmo del amor místico y éste no es más que una manifestación del Espíritu alucinado; el amor que engrandece y alboroza al Espíritu es el amor libre de trabas religiosas, es el amor que crea la familia, el amor que extingue los odios, el amor que hace de dos enemigos irreconciliables madre e hijo, amantes esposos, hermanos solícitos, ese amor que une las razas en una sola familia es la gran ley de la naturaleza falseada por el delirio de las religiones.

El Espíritu que dejó su cuerpo entre las llamas ya ha penetrado en el infinito del progreso, ha roto sus cadenas, ¡Venturosos aquellos que recobran su libertad!…

IV

Enmudeció el médium y nunca hemos sentido tanto que enmudeciera, ¡Nos es tan grato penetrar en el mundo de los espíritus! ¡Hay tantos arcanos que descubrir! ¡Hay tantos misterios que descifrar!

Se conoce tan poco la vida de ultratumba que sólo sentimos no poseer estas mediumnidades maravillosas para ver claramente a los espíritus que tanto nos ayudan en nuestros estudios e investigaciones; pero la voluntad puede mucho y nosotros tenemos muy buenos deseos de propagar la verdad, por esto la inspiración presta a nuestras ideas alguna lucidez, y por eso los médiums que nos merecen completa confianza se prestan dócilmente a ser magnetizados por los espíritus para revelarnos algo de ese más allá que presiente la razón, para poder aceptar sin murmurar un presente de expiación que responde a un pasado de crímenes.

¡Comunicación ultraterrena! ¡Bendita seas! ¡Tú eres la luz! ¡Tú eres la vida porque eres la verdad!

Amalia Domingo Soler

La Luz del Porvenir

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