I
Carnaval continuo es la vida, pues por regla general, todos decimos lo que no sentimos, así es, que el antifaz moral nos acompaña siempre, pero hay una época en el año que nos ponemos doble careta sobre la que encubre nuestras intenciones nos colocamos un pedazo de trapo sobre el rostro y el disfraz es completo; se ahueca la voz, se ríe estrepitosamente, se manoteas imitando a los epilépticos, se dan saltos y se ejecutan cabriolas con arrojo; los beodos, y el hombre más formal pierde por completo su modo de ser durante algunas horas; pero, en medio de tanto júbilo y de tanto aturdimiento, ¡cuántos dramas se desenvuelven! ¡cuántos problemas se solucionan! ¡cuántas historias llegan a su trágico desenlace!…
II
Dímelo a mí, (me dice un espíritu) que en una noche de Carnaval perdí cuanto poseía: honra, tranquilidad, creencias religiosas, esperanza en la vida futura, todo, todo cuanto puede constituir la dicha de un espíritu.
Yo vivía en el seno de una familia profundamente religiosa; en mi casa no se veían más que frailes y monjas; mis hermanos, todos habían abrazado el estado religioso, tanto ellas como ellos; yo era la única que me había quedado libre, por mi delicado estado de salud, y más que totalmente a que yo entrara en el Claustro.
Yo le estaba muy agradecida, porque no tenía la menor vocación para renunciar a los goces mundanos.
Cumplí veinte años, pero no los representaba; parecía una niña de doce abriles; el confesor de mi madre presentó a ésta un joven guapísimo, distinguido, elegante, y dispuso que cuanto antes, me uniera con su protegido con el lazo del matrimonio.
Yo acepté muy contenta su proposición; aunque veía que mis miradas eran compasivas que amorosas; pero como yo no había tenido amores, no podía notar la diferencia que hay entre la compasión y el amor.
Llena de júbilo, preparé mis galas de desposada.
En la capilla de mi palacio recibí la bendición nupcial, y en los salones de mi señorial morada se dio aquella noche, (domingo de Carnaval) un baile de máscaras, todo dispuesto por el confesor de mi madre; que preparó aquella fiesta con un objeto benéfico, para fundar un Asilo de niñas huérfanas.
Las señoras, después de lucir sus joyas, tenían que desprenderse de ellas y entregarlas a tres señores encargados de recogerlas y venderlas para aumentar los fondos destinados al Asilo.
En la primera parte del baile se permitió la careta.
Yo, con mi traje de novia, bailé con mi esposo que estaba contrariadísimo; me miraba, estrechaba mis manos, entreabría los labios como si quisiera hablar y enmudecía; de pronto, se acercó un hombre a nosotros disfrazado con un ancho dominó de raso negro, cubierto el rostro con un antifaz negro también; mi esposo, al verle, palideció, y haciendo un esfuerzo, se separó de mí y el enmascarado me estrechó contra su pecho violentamente y me dijo: ¡Al fin! Yo me quedé muy sorprendida y contrariada, pero seguí bailando sin saber lo que hacía, sintiendo que mi cabeza se desvanecía; cerré los ojos porque no podía resistir los torrentes de luz que había por todas partes, y me dejé llevar a mi cámara nupcial donde recobré el sentido y me encontré en los brazos del confesor de mi madre, que me declaró su loca pasión y me dijo: «Si te callas, vivirás en el mundo; si te atreves a contar nuestro secreto, te encerraré debajo de la tierra; tu marido me debe la vida; estaba sentenciado a muerte, y yo le he hecho hombre; él callará; calla tú también y todos seremos felices».
¿Qué pasó por mí?
No lo sé; quedé completamente aterrada, pero ante la horrible perspectiva de vivir debajo de tierra, prometí cuanto quiso aquel monstruo que prometiera, y me quedé en mi lecho más muerta que viva.
Mi esposo no compareció y me alegré, porque al saber que era un asesino, me inspiró el más profundo desprecio.
¿Cómo viví después? En el infierno, porque odiaba al confesor de mi madre cuando me estrechaba entre sus brazos.
Sólo pensaba en estrangularle; mi esposo se fue a viajar y yo me quedé en el potro del tormento.
Conocí que iba a ser madre y se aumentó mi odio hacia el padre de mi hijo, y a tal extremo llegó mi desesperación, que una noche, con mano certera, le clavé un puñal en el corazón, y entonces conté a mi familia y a la justicia todas las infamias de aquel miserable.
Como en ese mundo, con dinero todo se consiguió, me hice pasar por loca, y quedé encerrada en mi casa donde di a luz un niño deforme, sin brazos y ciego.
Tanto infortunio despertó mi sentimiento maternal, y abracé a mi hijo pidiéndole perdón por haberle odiado.
Yo le amamanté, yo le cubrí de besos, y lloré amargamente cuando, dos años después, murió en mis brazos.
No tardé en seguirle, porque busqué en el suicidio el término de mis penas.
Creía firmemente que con la muerte todo terminaba; mi expiación, por eso, no ha sido tan terrible, porque otros fueron los que me arrebataron mis creencias religiosas, mis esperanzas, en otra vida.
Me encuentro mal, y te suplico que me perdones por haberme acercado a ti y haberte producido molestias; pero siempre que en la tierra celebráis el Carnaval, se aumenta mi sufrimiento de un modo extraordinario.
Veo mi ayer envuelto en sombra.
¡Cuántos crímenes! ¡Cuántos horrores!
Sufro mucho; perdóname; te escogí para exhalar una queja, y tu débil organismo recibe mal mi fluido; pero me has hecho un gran bien; y los enfermos son los que necesitan consuelo.
Adiós».
III
Efectivamente, el fluido de este espíritu me ha hecho sentir angustia y contrariedad, pero no siempre se ha de aspirar el perfume de las flores; también es preciso que nos hieran sus espinas y como este breve relato se presta a profundas y amargas consideraciones, contenta estoy de haber recibido la inspiración de una víctima de la hipocresía religiosa. ¡Pobre espíritu! ¡Cuánto ha sufrido y cuánto aún le quedará que sufrir!
Amalia Domingo Soler.
Nº4