Os dije últimamente, mis queridos hijos, que la caridad sin la fe, no bastaría para mantener entre los hombres un orden social capaz de hacerles felices.

Debería haber dicho que la caridad es imposible sin la fe.

Podréis muy bien encontrar, en verdad, rasgos generosos aún en la persona que no tiene religión, pero esa caridad austera que solo se ejerce por abnegación, por el sacrificio constante de todo interés egoísta, solo la fe puede inspirarla, porque solo ella puede hacernos llevar con ánimo y perseverancia la cruz de esta vida.

Sí, hijos míos, en vano el hombre ávido de goces quisiera engañarse sobre su destino en la tierra, sosteniendo que le es permitido el ocuparse solo de su felicidad.

Ciertamente, Dios nos creó para ser felices en la eternidad; sin embargo, la vida terrestre, debe únicamente servir para nuestro perfeccionamiento moral, el que se adquiere más fácilmente con la ayuda de los órganos y del mundo material.

Sin contar las vicisitudes ordinarias de la vida, la diversidad de vuestros gustos, de vuestras inclinaciones, de vuestras necesidades, es también un medio de perfeccionaros, ejercitándoos a la caridad.

Porque solo a costa de concesiones y de sacrificios mutuos, podréis mantener la armonía entre elementos tan diversos.

Sin embargo, tendríais razón, afirmando que la felicidad está destinada al hombre en la tierra, si la buscaseis, no en goces materiales, sino en el bien.

La historia de la cristiandad habla de los mártires que iban al suplicio con alegría; hoy en vuestra sociedad, no hay necesidad para ser cristiano, ni del holocausto del martirio, ni del sacrificio de la vida, sino única y sencillamente del sacrificio de vuestro egoísmo, de vuestro orgullo y de vuestra vanidad.

Triunfareis, si la caridad os inspira y si la fe os sostiene.

(ESPÍRITU PROTECTOR. Cracovia, 1861.)

Allan Kardec

El Evangelio según el Espiritismo