Dos lumbreras de la inteligencia humana; dos astros esplendentes colocados en nuestro ser por Suprema mano; han pretendido conducir a la humanidad, salvándola de los escollos y reveses de esta vida de dolores y sufrimientos, de expiaciones y de pruebas, al puerto de sus aspiraciones constantes de sus eternos e innumerables destinos: la fe y la razón; destellos de la divinidad, refulgentes luces del cielo que alienan a penetrar los más apartados confines del mundo, que guían al hombre en todas las necesidades morales que atraviesa, salvándole del turbulento mar de las pasiones, cual faro que enseña al navegante en oscura noche el puerto de su salvación; eternos luminares, hijas de nuestra inteligencia que, como el águila se ciernen sobre los infinitos espacios, descubren los vastos horizontes de la creación infinita, y estudiando nuestro ser nos señalan los gigantescos mundos para nuestro perfeccionamiento y progreso: Sublime herencia de la obra perfecta del Omnipotente.

La fe es un sentimiento innato en el hombre: en algunos más desarrollados que en otros, según su mayor o menor perfeccionamiento.

Es una fuerza interna que nos mueve a descubrir y a investigar, poniendo en ejercicio nuestra razón, que es la inteligencia en una de sus más perfectas funciones.

La fe, para ser fuerte y robusta, es preciso que tenga una base sólida e indestructible, y esta base es la razón.

La que se opone a tan perfecta base, porque teme a la reflexión y estudio, y se apoya en el error, perece; pues éste se evapora al calor de la verdad que triunfa siempre de toda impostura.

Bajo el punto de vista religioso, es la que se tiene en los distintos dogmas que constituyen las diversas religiones; pero estos dogmas particulares, lejos de imponerse a la razón y escudarse tras de un santuario donde prohíben penetrar la inteligencia indagatoria, debían robustecerse bajo el amparo seguro de la razón de todos los tiempos; y sufrir las modificaciones que la ilustración reclamare(1) «pues la fe inalterable es aquella que puede mirar frente a frente a la razón en todas las edades de la humanidad.»

La fe, jamás debe imponerse a la razón, ni oponerse a la voluntad, sería esto la abdicación de las grandes y bellísimas prerrogativas que elevan al hombre sobre todos los demás seres y le hacen, cuanto más usa de ellas más perfecto, y cuanto más perfecto más digno del Creador.

Por lo demás, esa fe que teme al estudio de cuanto dice que se ha de creer, cubre con MISTERIOSO VELO cuanto afirma e impone, confiesa cuando menos, su impotencia en demostrar la verdad en que dice se apoya.

La fe, es vigorosa, robusta, grande, digna y levantada, porque es la que produce un convencimiento profundo, es la fe del Espiritismo, basada en los hechos y en la razón, y apoyada sobre una base más fuerte y poderosa, que es la justicia infinita y el poder infinito de la Divinidad.

Es la fe, que ha sabido sujetar el dolor y la muerte, y hundirlos en el no ser, como negación de la vida eterna e imperecedera del espíritu.

Es la fe que incesantemente promete progreso, amor y felicidad, como premio de acciones buenas y dignas, o procura el arrepentimiento y enmienda si son reprochables, en vez de la eternidad de la pena y del castigo, o de la dicha y recompensa.

Esta es la fe que nos guía y guiará siempre; por eso cada día mayor es nuestro número de fervorosos adeptos: nosotros decimos; creed, sí, pero sabed porqué; daos razón de vuestra creencia, y así será indestructible.

La fe de nuestra doctrina, lejos de rechazar la autoridad de la razón, la reclama a cada momento, haciendo desaparecer ese antagonismo, cuyas consecuencias funestas hemos sufrido por tanto tiempo, porque desviadas de su importante y principal objeto, retardaban el progreso de la humanidad y hacían lenta y pesada su marcha.

La nueva ciencia establece la armonía entre la fe y la razón.

Por la primera, principio de la virtud, de esa sublime emanación del cielo, conjunto de todas las grandes y levantadas aspiraciones del hombre: seguimos el camino ameno que nos llevan nuestro perfeccionamiento, donde nuestros espíritus rodeados de fúlgida aureola presentirán la suprema vida, la suprema felicidad en la eterna e imperecedera gloria de Dios; por la segunda, la duda que nos hundió en el vacío donde no era posible resistir por más tiempo la vida, cede su paso al convencimiento de una idea que nos fortalece y reanima; y el indiferentismo que nos hizo olvidar de nosotros mismos suicidándonos moralmente, sigue a la primera en su camino a sepultarse en el no ser; y la refulgente luz de la verdad alumbra hoy todas las inteligencias, alienta todos los corazones y vivifica todas las conciencias.

La fe, es el vehículo que lleva nuestras plegarias a las regiones donde la justicia eterna mora, donde se anida el bien imperecedero a que aspira la humanidad.

Sin la fe no hay amor, ni esperanza, ni caridad posible.

Con ella todo existe, todo cuanto el hombre ha menester en su perfeccionamiento para cumplir su elevada misión.

¡Qué ella nos aliente siempre! Qué ella nos guie, que fortalecida por la razón de todos los tiempos será nuestra única vanagloria; y cuando contemplemos el pasado, sin conocimiento de nuestro ser ni de cuanto nos rodeaba; sumergidos en el VACIO, faltos de luz, animación y vida: podamos volviendo a ti los ojos, doctrina Espiritista, exclamar llenos de profunda veneración.

¡Bendita mil veces seas, luz de la verdad que al mundo alumbras y regeneras.

Compendio sublime de la aspiración humana!
T. G. A.

Año I. Alicante 5 de Febrero de 1872. Num.3.
REVISTA ESPIRITISTA ALICANTINA
SECCIÓN DOCTRINAL

1 Allan Kardec.