«Nunca está uno más estrecho que cuando se encierra dentro de sí mismo. Por el contrario, nunca se ve uno más a sus anchas, que cuando sale de esta prisión para penetrar en la inmensidad de Dios.»
FÉNELON.


Hoy que el vértigo revolucionario ha penetrado profundamente la sociedad española y en todas las esferas cunde la perturbación y la duda; hoy que, por efecto de las defecciones políticas ha invadido el escepticismo el campo de la conciencia; hoy que el materialismo es la lógica consecuencia de la sempiterna declaración de los que han dado en llamarse libre-pensadores negando una causa cuyo efecto tocamos; hoy, en fin, que se anuncia el ateísmo con el pomposo título de ciencia natural, vamos a dedicar algunos momentos a eso que se llama pacto del alma, entre los que se tienen por algo más que los irracionales.

Muchos creen, y en esto se equivocan, que en las ideas políticas avanzadas, no cabe la idea de Dios, cuando las ciencias modernas sólo son incompatibles con el fanatismo, que es la obcecación de los sentidos, el fantasma que cohíbe la marcha del pensamiento.

No pretendemos imponer a nadie nuestra creencia bajo el criterio utilitario de religión alguna; vamos solamente a combatir ese materialismo repugnante que ha empezado a corroer el corazón de nuestra ya enferma sociedad, porque a nuestro juicio, Dios es algo más que una utopía, y nos explicamos perfectamente la existencia de ese SER SUPREMO, en todos los casos de la vida.

El hombre, tal como lo presentan las teorías ateístas, es un ser definido cuyos hechos son concretos y determinados, como los del caballo u otro animal cualquiera, que se sabe para lo que nacen y lo que han de hacer durante su vida.

Esto ni siquiera merece los honores de la refutación; sin embargo, apuntaremos algunas, aunque breves consideraciones que nos sugiere tamaño absurdo.

¿Quién es capaz de penetrar el destino del hombre, de adivinar sus tendencias ni de sondear su pensamiento? ¿Quién ve su sendero de mañana, cuando ni el mismo sabe por dónde camina hoy? Una fuerza sobrenatural, un móvil desconocido le impulsa en el sendero de la vida.

Esa fuerza; ese móvil misterioso que desconoce; el nombre dentro de su ser, es la causa hacedora, la providencia, Dios; en una palabra, que está encerrado en el corazón humano, alumbrando la imaginación con el rayo divino de su grandeza.

El hombre continúa la obra de Dios, perfeccionando el mundo, porque Dios mismo le inspira, le guía, le conduce por el desierto de la vida a los grandes hechos, a las colosales empresas; empresas y hechos que no pueden realizar los irracionales, en quienes algunos filósofos pretenden encontrar su misma esencia, su mismo destino, su misma misión sobre la tierra.

¡La conciencia! ese juez inexorable del hombre ¿será acaso un antojo de esa naturaleza de los ateos, concedido también a los brutos como castigo de sus faltas? ¿Sostienen los ateos que los animales tienen conciencia?
La conciencia es un destello de Dios, que ha penetrado en el espíritu del hombre.

El hombre es espíritu de Dios; por eso es el único ser privilegiado de la tierra.

La conciencia sólo se rebela contra el mal: jamás nos atormenta por un paso dado en el sendero del bien, y esto prueba la existencia de ese SER SUPERIOR que viene con nosotros para guiar nuestros inciertos pasos por el escabroso sendero de la vida.

Los que os envanecéis con el título de ateos, quitad al hombre la conciencia, apagad la llama de su pensamiento, extinguid el soplo de su espíritu divino, oscureced la aureola del genio que brilla en su frente y habréis conseguido vuestro ideal; el hombre será una fiera: venid luego a crear una sociedad modelo, basada en el orden y cimentada en la moralidad, con el resultado de vuestras sofísticas y repugnantes teorías.

El mar, la tierra, el cielo, ¿Qué son? ¿a qué obedecen?

Preguntas son éstas a las que contestan cándidamente los ateos: «El resultado del acaso.» ¿Él acaso también los guía?

¡Peregrina, casualidad a la que obedecen todas las causas y cosas creadas!

¡Casualidad oportuna y previsora que fecundiza los campos, alimentando nuestros cuerpos, ya con el benéfico rocío de su lluvia, ya con los esplendorosos rayos de su sol!…
¡Sorprendente máquina que no necesita de ingeniero en su acertada y complicada, marcha!

¡Casualidad! Filosofía soberbia y raquítica, ¿hasta dónde pretendes elevarte?

La vanidad del hombre cabalgando en las impalpables alas de una soñada ciencia, ha pretendido remontarse a las desconocidas regiones del espíritu, sobreponerse a ese espíritu mismo, y lo que es más, negar su existencia, clave poderosa del gran principio humano.

Parece como que las revoluciones tienen una necesidad fatídica de borrar la idea de Dios del corazón del pueblo; el deber de matar su fe y sus ilusiones endureciendo su alma, para hacerle fijar toda su atención en los negocios políticos y este es un absurdo.

Las revoluciones en sus altos y salvadores fines no pueden lógicamente cohibir la libre manifestación de la conciencia; las revoluciones no deben descender al terreno de las exageraciones, en ningún sentido, mucho menos tratándose de ideas puramente espirituales que en nada se relacionan, directamente, con la política.

Conveniente es que los revolucionarios rompan las trabas del error difundiendo la verdad; que hagan brillar la luz de su inteligencia en las oscuras regiones del fanatismo; que tracen a las religiones su camino verdadero para que estas no puedan interceptar la marcha del Estado que debe girar en una esfera distinta; pero no es lícito que estos revolucionarios pretendan invadir el templo de la conciencia, rasgando con el arpón de la duda el rosado velo de la fe.

La Revolución francesa de 1789 a 1793 negó por boca de muchos de sus tribunos la existencia de Dios. El pueblo francés, realizando por aquella propaganda la aspiración del incrédulo Voltaire, en su inmensa mayoría se hizo ateo; derribó sus altares y allanó sus templos, convirtiendo el púlpito de sacerdote en tribuna revolucionaria.

Y bien, ¿Cuál fue el resultado de estos excesos?

Que la Francia materialista, sin dar en la nota de sus necesidades morales, viniera a caer nuevamente en el fanatismo religioso; que la idea de Dios tan desvirtuada por los oradores del pueblo, se infiltrara de nuevo en el corazón de la sociedad que espantada de su obra, devoraba afanosa y anhelante El Genio del Cristianismo, poema especulativo que inmortalizó a su autor, el con este motivo célebre Chateaubriand.

Siempre que las grandes corrientes revolucionarias se han desbordado rebasando sus naturales límites, ya en el campo de la política, y en el de la religión, a las exageraciones ha sucedido una reacción poderosa; encauzándose estrechamente el revuelto raudal de la opinión pública.

Esto prueba palmariamente que el progreso tiene sus pasos contados en la vida de los pueblos, y que, al precipitar su carrera, semejante al corcel a quien su dueño aguijonea demasiado, revienta antes de llegar al punto apetecido, dejando al viajero a pie en medio del desierto; e imposibilitado de seguir su ruta, pierde todo el tiempo que había pretendido ganar.

El hombre abraza su corazón con el fuego de las teorías ateístas, mata sus ilusiones, marchita las flores de su alma y se echa, por último en brazos de la desesperación desconfiando de todo; pero este escepticismo es momentáneo, fugaz como el relámpago; el hecho más insignificante de su vida viene a disipar la niebla caliginosa de sus audaz fortaleciendo su fe; porque Dios se muestra a todas horas y en todas partes, aun a los ojos de los que por vanidad o necio orgullo no quieren verle.

En el rugido de la tempestad, como en el apacible murmullo de la brisa, se ve y se oye la sublime Causa hacedora, siempre grande, siempre superior, elevarse sobre nuestras cabezas ya aterrando nuestra alma con su furia poderosa, ya halagado nuestros sentidos con su magia arrobadora.

En el ser caritativo que no se abre sus brazos extirpando nuestras desgracias, hay una inspiración de Dios; en la ternura; del abrazo de nuestra madre hay un destello divino; en el néctar del beso de nuestra esposa hay una sublimidad que se eleva muy encima de nuestras miserias.

En todas partes a donde el hombre dirige su mirada o su pensamiento, no puede menos de inclinar la frente ante la suprema grandeza de Dios que todo lo llena.

Inútil será que los materialistas pretendan desterrar del corazón del hombre esa dulce creencia, bálsamo consolador en los trances amargos de la vida.

La idea de Dios vivirá tanto como Dios mismo.

Y no pretendemos que el pueblo siga inspirándose como hasta aquí en las teorías de curas explotadores ni de monjas milagreras; los satélites que giran en torno del tenue faro de Roma, son los primeros enemigos de la doctrina de Jesucristo.

Deseamos que las muchedumbres, apartándose por completa del fanatismo peligroso de los comerciantes de la ley de Dios, guarden pura en su corazón la doctrina del Evangelio, que es la doctrina democrática, y eleven su sentimiento de dignidad purificando sus dolores en los crisoles de la virtud.

Toda sociedad constituida necesita de una moral que presida sus costumbres.

La moral de las religiones positivas tiene algo de perniciosa, porque toda religión es fanática en mayor o en menor escala.

La moral universal basada en la libertad, en la razón y en el deber nos lleva a la idea de Humanidad, a la religión del amor, desde cuyo templo puede presentirse la existencia de un Dios más grande que todas las grandezas humanas, elevándose sobre los errores de todas las religiones positivas.

Veamos a Dios a través de nuestra conciencia, y Dios se mostrará siempre a los ojos de sus criaturas.

FRANCISCO FLORES Y GARCÍA.

Año I. Alicante 5 de Noviembre de 1872. Num.21.
REVISTA ESPIRITISTA
ÓRGANO OFICIAL DE LA SOCIEDAD ALICANTINA DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS