Oración
  • 1.—Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas que aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para ser vistos por los hombres: en verdad os digo recibieron su galardón.—Mas tú cuando orares, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre en secreto y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará.—Y cuando orareis no habléis mucho, como los gentiles, pues piensan que por mucho hablar serán oídos.—Pues no queráis asemejaros a ellos, poro que vuestro Padre sabe lo que habéis menester, antes que se lo pidáis. (S. Mateo, cap. VI. vers. 5 a 8.)
  • 2.―Y cuando estuviereis para orar si tenéis alguna cosa contra alguno, perdonadla: para que vuestro Padre que está en los cielos, os perdone también, vuestros pecados. (S. Marcos, Cap. XI, vers. 25 y 26.)

La oración es el bálsamo que cura las heridas mortales de la vida moral del hombre; es el lazo que une la gran familia inteligente; es el punto de contacto que posee el ser con el infinito, desde dónde presiente a Dios.

La plegaria, es una evocación ferviente, que nos atrae los benéficos y tranquilizadores fluidos de nuestros hermanos; es el ofrecimiento que, de nuestro pobre valer, hacemos a la Gran Causa para recibir como buenas y justas todas las pruebas y expiaciones; expiaciones, pruebas que debíamos por nuestras innumerables faltas anteriores y que con sin igual sabiduría se nos permite reparar por el arrepentimiento y la virtud proclamada, viniendo a templarla en el terreno de la práctica, del trabajo, de la acción y del combate, en el que fenecen muchísimas aspiraciones.

La oración es, ha sido y será el lenguaje universal, la corriente simpática que une a los mundos y estas humanidades que necesariamente piden, han pedido y pedirán, centuplican las fluídicas corrientes elevándolas a Dios.

Es la oración el consuelo de las almas afligidas, con ella mitigan su quebranto, fortalecen su espíritu abatido, acrecen el caudal de su esperanza, se hacen más propensas en la divina caridad y su fe se fortalece inmensamente.

«Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá.» Así nos promete Jesús que serán oídas nuestras fervientes oraciones, pero no olvidando que seremos medidos con la vara que midiéramos: es decir, que para pedir es necesario comenzar por dar, que para pedir al Supremo Hacedor el perdón de nuestros desvaríos, hay necesidad de principiar por perdonar «setenta veces siete» a nuestro hermano.

Mas no recéis como los fanáticos, que creen que por hablar mucho serán oídos y recompensados, ni oréis en público como los hipócritas, que ya Jesucristo les prometió el galardón.

El Maestro encarga se le adore en «espíritu» y «verdad» y siendo ésta la consagración del culto interno y la mayor sentencia anulatoria del externo; la forma quedó anulada y el fondo enaltecido, por lo que se debe rogar de espíritu a espíritu, con verdadera fe, apartado de todo lo material.

El fondo es todo, la forma es nada.

En este axioma se encierra el todo de la oración; fe, sentimiento, esperanza de realizar el bien y caridad antes, en ella y aún después de la plegaria; hará fácil y tranquila la vida del hombre, y justa y hacedera la recompensa que pidiese al Todopoderoso.

¿Quién no ha orado por un ser querido…. ¿Quién no ha encontrado dulces recuerdos, quién no ha sentido benéficas emociones en esa hora de silencioso recogimiento?

Orad afligidos y seréis consolados; orad náufragos de esta oceánica vida y seréis salvos; orad amantes del bien y seréis inundados de bienaventuranza; que orar, es elevar nuestro espíritu a las regiones del bien; es salirnos de la materia que aprisiona nuestra inteligencia para elevarnos a las celestes mansiones donde se respira «amor» y «caridad» es pedir a Dios fuerza espiritual para salir triunfantes de las pruebas que nos impusimos; es, en fin, un santo e ineludible deber que tributamos a nuestro excelso Padre, comunicándonos con Él como buenos hijos, pidiendo a su Soberana bondad, la inteligencia y fortaleza que necesitamos, revestidos de tan tupido velo y arrastrándonos pesadamente por este mundo de expiación y prueba.

A. Del E.

LA REVELACIÓN

Año I. Alicante 20 de Enero de 1872. Num.2.
REVISTA ESPIRITISTA ALICANTINA