Amalia Domingo Soler

LA PENA DE MUERTE

Foto de Amalia Domingo Soler

                                                  

Hace muchísimos años que escribí una serie de artículos sobre la pena de muerte, que se publicaron en El Diario de Tarragona, si mal no recuerdo.

Aún no conocía yo el Espiritismo, y ya encontraba antihumana, anticristiana y antisocial la pena de muerte, colocándose al mismo nivel el asesino sin corazón y el juez inhumano que no le deja tiempo al delincuente para trabajar en su arrepentimiento.

Todos los detalles de la estancia del reo en la capilla, el aturdimiento que debían producirle los ministros de la religión con sus amonestaciones, con sus misas, con sus plegarias, con sus crucifijos, obligando al reo a que besase la figura de Cristo, me producían un horror y un espanto indescriptibles; y cada vez que leía uno de esos relatos espeluznantes, en los que se contaba hasta las pulsaciones que tenía el reo en las sienes, si comía con apetito, o si estaba desalentado y decaído, todo aquel conjunto de miserias y dolores, de aberraciones y de farsas religiosas, me causaban tal repugnancia, que yo decía con verdadera angustia: ¡Dios mío! el momento de la muerte que tanto debe respetarse y estudiarse, porque decide verdaderamente del porvenir del hombre, ¡qué poco respeto causa a los jueces de la tierra, y a los que se creen inspirados por el Espíritu Santo!

Los criminales pasan sus últimas horas en un cuartucho oscuro, con un altar portátil, y en él una imagen del crucificado iluminada por algunas velas, un camastro donde se reclina el reo, rodeado de unos cuantos sacerdotes, que le repiten palabras vulgares y recitan oraciones que nada dicen al espíritu, ¿qué cambio favorable puede operarse en el alma del delincuente? Cambio ninguno, lo único que se acentuará en él es el fastidio, el cansancio, el más profundo aburrimiento, y para verse libres de tanto importuno dirán muchas veces: Sí, creo en Dios y en su misericordia infinita; ahora dejadme dormir.

¿Y esta es la preparación para comparecer el culpable ante el tribunal de Dios? ¿Qué ejemplos se le han presentado? ¡Un Dios crucificado por los hombres! que de nada provechoso sirvió su martirio, cuando después de tantos siglos la misma sociedad que condenó a Cristo inocente, condena de igual manera al asesino, y le arroja al abismo de la desesperación sin un consuelo, sin una esperanza, porque las preces de los sacerdotes son palabras aprendidas de memoria, son romances de ciego que no convencen, que no tranquilizan, que no despiertan el sentimiento, que no elevan el alma, que no le abren ningún camino al culpable, y el culpable es un enfermo gravísimo, al que hay obligación de devolverle la salud, y la muerte en el cadalso no se la devuelve; el verdugo destruye un cuerpo, pero queda viva un alma, un alma que la justicia humana en vez de procurar su mejoramiento y su salvación, si es posible, la condena a seguir matando, a seguir odiando, a seguir maldiciendo la hora en que empezó a sentir y a querer.

La pena de muerte es la antítesis de la civilización, por eso las naciones más adelantadas ya no tienen tal pena en sus Códigos judiciales; cuanto se diga sobre su crueldad y su ineficacia es completamente incoloro.

Después. de efectuarse las ejecuciones de grandes criminales, se registran al día siguiente nuevos crímenes, hasta los niños juegan a cadalsos, como sucedió últimamente. algunas horas después de haber ejecutado a unos asesinos: dos niños asistieron a la ejecución, y tanto se entusiasmaron contemplando aquella horrible escena, que la quisieron imitar, haciéndolo tan a lo vivo, que uno de ellos murió víctima de aquel horrible ensayo.

Urge verdaderamente la propagación del Espiritismo, es preciso que se sepa en todas las esferas sociales, que el alma no muere, que no va ni al limbo, ni al cielo, ni al infierno, porque esos son tres lugares completamente imaginarios; pero sí que encarna nuevamente en la tierra o en otros mundos según su adelanto moral e intelectual, y continúa su interrumpida historia odiando si murió odiando, matando si murió matando, hiriendo con su lengua viperina si calumnió a sus más allegados; esto es, conservando todas sus facultades morales e intelectuales, haciendo de ellas el mismo uso que hizo en sus existencias anteriores, y si la conservación de los vicios y de todas las pasiones es un hecho innegable en la eterna vida del espíritu, la muerte violenta que tanto debe exasperar al hombre, que tanta desesperación debe producirle, que tantos enconos y tantos rencores debe despertar en su atribulada inteligencia, no se necesita pensar mucho para hacerse cargo de que el espíritu de un ajusticiado es una bomba cargada de dinamita de una forma tan especial, que no explota una sola vez, explota centenares de veces en sucesivas existencias, y si permanece en el espacio es un auxiliar poderosísimo para los criminales de oficio, vengándose de sus verdugos despiadadamente, levantando el brazo de los criminales que matan a veces sin saber por qué matan.

El antiguo refrán: muerto el perro se acaba la rabia, no reza con el hombre; el hombre muere, pero quedan vivos sus vicios, y hace tanto daño en el espacio, se venga tan cruelmente de los que no le compadecieron y le mataron como se mata a un perro rabioso, que es espantoso el odio de los invisibles, porque hieren en la sombra, no se les ve, pero se siente su maléfica influencia, y hay que evitar esos grandes males estudiando el Espiritismo y convenciéndose los jurisconsultos de que tienen que destruir los cadalsos y levantar en cambio casas de salud, no penitenciarias donde acaban de envilecerse los penados, sino establecimientos donde se les obligue a trabajar, a estudiar, a instruirse según la condición y aptitudes del delincuente, y más tarde enviarlos a colonizar terrenos infecundos; la misión de los jueces es convertir a los criminales en hombres útiles a la sociedad y no aumentar el número de los que gozan destruyendo como los anarquistas de acción. 

Bastantes enemigos del bien social tenemos en la tierra, no tenemos necesidad de aumentarlos con los condenados a muerte, los espíritus de los ajusticiados son bombas cargadas de dinamita, son Hércules que emplean sus fuerzas en levantar los brazos de los asesinos; hora es ya de que se trabaje para arrancar de raíz las semillas del odio y de la venganza, y mientras se levanten los cadalsos, las semillas del odio, y de la venganza retoñarán y se extenderán por la tierra.

¡Espiritistas! trabajemos todos para demostrar que las almas viven eternamente, y que es necesario trabajar en su mejoramiento, en su regeneración, en su adelanto moral e intelectual.

¡Abajo los cadalsos! ¡Levantemos los templos de la ciencia, los observatorios astronómicos!

No miremos abajo, miremos arriba, arriba están los mundos que al girar en sus órbitas escriben con letras luminosas este nombre divino… ¡¡¡Dios!!!

                                                                                                              Amalia Domingo Soler.

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