
HERENCIA POSTUMA
La Despeche, de Toulouse, relata el caso singular de un jugador que se ha suicidado por haber perdido toda su fortuna, cuando se le iba a notificar una herencia de 400.000 francos, procedente de una señora fallecida en Barcelona.
He aquí el extraño suceso:
Al anochecer del día 22, los últimos paseantes en el bosque de Vincennes oyeron tres disparos que salían de una tupida espesura.
Afluyó allí la gente y se encontró con un joven tendido en el césped, en medio de un charco de sangre, destrozado el cráneo por tres balazos de revólver.
El infeliz había expirado ya.
La elegancia del traje no denunciaba en manera alguna un suicidio por miseria.
Sin embargo, una breve carta, encontrada en uno de los bolsillos, explicaba que el suicida era rico hace pocos meses, pero que acababa de perder hasta el último maravedí en el juego.
La carta estaba firmada con el nombre de Emilio P… y señalaba el domicilio de la desdichada víctima de la adversa fortuna.
Comprobase, en efecto, que Emilio P… habitaba desde hace poco tiempo un modesto gabinete en una casa de la calle de Fontenay, en París, cuyo alquiler no había pagado en estos últimos tiempos.
Pero al propio tiempo se encontró en la portería una carta enlutada que acababa de entregar el cartero, notificando a Emilio P… el fallecimiento de una de sus tías, ocurrido en Barcelona, sin dejar herederos directos.
Las diligencias practicadas han dado a conocer que la difunta poseía, tanto en fincas como en valores, un capital de 400.000 francos, que debía ser heredado íntegramente por Emilio P… ¡El desgraciado lo perdió todo, hasta la vida, por no haber sabido esperar unas cuantas horas!»
I
¡Qué relato tan triste!
¡Qué epílogo tan doloroso de una historia apenas comenzada!, porque el suicida era joven y en esta existencia poco pudo haber pecado; más para morir de un modo tan desgraciado, para estar tan cerca de una posición ventajosa, y por cuestión de breves horas, llegar antes de tiempo a la playa de la muerte, y retardarse algunos momentos el pliego conductor de la salvación del jugador arruinado; para operarse este adelanto y este retraso, causa muy poderosa debe existir, y yo que digo como dijo Pérez Galdós, que la realidad rica es la consumada doctora que tiene por cátedra el mundo y por libros sus infinitos fenómenos; como para mí, la realidad rica es la serie de encarnaciones que tiene el espíritu, en las cuales va escribiendo su interminable historia, mi pensamiento vuela y se pierde en la noche del pasado, y al no encontrar lo que desea, no titubeo en preguntar al guía de mis trabajos qué hizo ayer el joven suicida, y el espíritu me contesta lo siguiente:
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¿Qué hizo?
Tuvo sed de oro, sed insaciable; sed nunca satisfecha, porque los espíritus desequilibrados, los que no saben armonizar sus ambiciones con sus obligaciones sociales, los que sólo quieren poseer para tiranizar, los que no se interesan más que por su placer personal, estos, en todos sus actos, en todas sus empresas, descienden por la rápida pendiente de horribles desaciertos, y llegan a caer sin sentir remordimientos; sólo piensan en llegar al punto deseado, al fondo de las minas de oro, que ven en lontananza sus imaginaciones calenturientas, y llegan y contemplan con avidez las tierras queridas, y buscan afanosos los lingotes del precioso metal, y cansados y sudorosos, sin pensar que sus fuerzas están agostadas por sus desórdenes, por sus desenfrenos, por sus incalificables abusos, se apoderan con febril ansiedad de todo el mineral que pueden arrebatar a las entrañas de la tierra, y huyen, huyen temerosos de que les arrebaten su codiciado tesoro, sin pensar ¡infelices! que, a lo mejor, pierden totalmente las fuerzas, sus brazos se abren, y su carga preciosa rueda por el suelo y ellos caen con ella, víctimas de su imprevisión y de su locura.
¡Ah! los buscadores de oro tienen la mayor parte de ellos horribles historias tan horribles, que no relatarse, pero tú te empeñas en saber qué hizo ese joven suicida y como comprendo que tus preguntas no son dictadas por la pueril curiosidad, sino que deseas demostrar con hechos lo malo que es ser malo, y lo bueno que es ser bueno, por eso no titubeo en complacerte y en decirte que ese joven suicida, no ha tenido más ideal en sus muchas y accidentadas encarnaciones, que ser rico, muy rico, buscando los medios de enriquecerse, no en el trabajo honroso, no en la virtud de la economía, no en la previsión del ahorro, sino muy al contrario, matando cobardemente, a traición, a los dueños de fabulosas riquezas, asaltando, con otros compañeros, suntuosas moradas, intimando la rendición a las caravanas de ricos mercaderes; talando, destruyendo, incendiando pueblos enteros, para buscar en sus escombros humeantes las alhajas preciosas.
En el camino del crimen ha ido muy lejos.
Después, fue un rico banquero judío, y entonces arruinó a numerosas familias por medio de la usura más odiosa, calumniando descaradamente a los que le tenían entregados la mayor parte de sus bienes, para que murieran desesperados en horribles prisiones, acusados por el avariento judío de crímenes políticos y desacatos a la religión.
Llegó a ser el rey del oro, el prestamista más afortunado, porque desde el Sumo Pontífice al último hidalgo, prestó a mil por uno, sin que compadeciera jamás al desvalido; y después de haber malgastado tantos siglos en amontonar crímenes y barras de oro, ¿qué quieres que encuentre ese espíritu? ¿Merece la dulce paz del hogar, el que no ha sentido por la familia la menor inquietud?
Si ha empleado la violencia para satisfacer sus menores caprichos, tiene que ser arrebatado violentamente por el huracán de sus locuras.
La sed de oro no se ha saciado; ya no hace daño a nadie, pero irremisiblemente se lo tiene que hacer a sí mismo, y va a los garitos y en ellos agota su juventud, y cuando rendido, quiere descansar, su cuerpo lo destroza el rayo, o el terremoto, o el naufragio, o el incendio; o él decide acelerar la hora de su muerte y se deshace el cráneo como ha hecho últimamente, renunciando a toda esperanza, porque no puede esperar misericordia quien no ha sido misericordioso.
He aquí, a grandes rasgos, la historia del joven suicida.
Ahora, ese espíritu, ha de correr en pos de la tranquilidad, y cuando crea llegar a la meta de sus deseos, se encontrará con su cuerpo triturado, y vuelta a empezar, que, a fuerza de dolores, se ha de extinguir en él su afición al oro.
Ese espíritu llegará a soñar con deleite en la pobreza, y será feliz, cuando cavando la tierra, gane penosamente su pan de cada día, cuando pacíficamente vea transcurrir los años, sin ver más monumento que la torre de su aldea; pero para los espíritus enfermos también hay Sanatorios en la Tierra.
Ese joven suicida es un espíritu muy enfermo; la fiebre no se le quita ni encarnado ni desencarnado; su delirio es continuo, su sed de oro no se ha saciado todavía; para él, la Creación no tiene maravillas; nunca mira al Cielo, sino a las profundidades de la tierra; lo bello, lo grande, lo espiritual, no tienen para él el menor atractivo; en cambio, el azar, la lucha, los cálculos mezquinos para obtener ganancias en los templos del vicio, le atraen poderosamente y emplea su inteligencia en buscar los medios infalibles para enriquecerse
¡Ah!
¡El oro, el oro es su Dios!
Compadeced a los sedientos de metales preciosos; viven en la turbación, mueren turbados, ¡y no se dan cuenta en el espacio ni de su vida ni de su muerte!
¡Cuántas historias! y todas ellas, ¡cuán tristes! ¡Adiós!
III
No me engañaba al considerar que el joven suicida era uno de los mártires de sus vicios.
¡Qué desconocimiento tan completo de la vida!
¡Qué falta de elevación en las ideas!
¡Qué ceguedad tan absoluta!
¡No ver a Dios, no esperar en su justicia, ¡no admirar su obra!
¡No comprendo cómo hay hombres que se matan cuando la naturaleza es tan hermosa!
Donde quiera que se mire, se encuentra a Dios.
¡Dichosos los que saben leer en el gran libro de la Creación!
Amalia Domingo Soler