
El agua menuda,
Es la agua que hace barro,
Que el agua recia no deja señales,
Por donde ha pasado.
Las penas pequeñas
Son las que hacen daño,
Porque las grandes, o matan al pronto,
O pasan de largo.
Augusto Ferrán.
¡Cuán bien dice el poeta!
Las penas pequeñas son las que hacen daño; de consiguiente son las más grandes porque son las que más mortifican, las que van consumiendo la vida largamente.
Hemos conocido a muchas personas que han perdido en breve plazo a todos los individuos de su familia, y algún tiempo después han sonreído, y en su risueño semblante ha brillado un destello de felicidad.
Recordamos a una joven que en quince días perdió a su marido y a su único hijo, quedando en la mayor miseria, y algunos meses después no había en su rostro ni un leve reflejo de dolor.
Otra, en tres meses perdió a su esposo y dos hijos, y hoy vive tranquila como si tal familia no hubiese tenido.
Otra, en un año vio morir al elegido de su corazón y a cinco hijos; esta última quedó al pronto como insensible, y hoy sonríe dichosa, consolada en gran parte por un nuevo afecto que le ofrece un halagüeño porvenir; y en cambio conocemos a muchas familias, a las cuales la muerte respeta, pues cuando les arrebata alguno de sus miembros, es una defunción esperada, bien por la avanzada edad del individuo o por lo crónico de su enfermedad; así es que su desaparición no ocasiona ese dolor terrible que nos llega a enloquecer.
Tiene también todo lo necesario para vivir, no conocen los horrores del hambre ni la persecución de los acreedores; pueden satisfacer en algunas ocasiones hasta sus caprichos, y, sin embargo, a pesar de estas condiciones tan favorables, tienen pequeñas contrariedades que contadas hacen reír y sufridas hacen llorar.
Le oímos contar a una niña un cuento que encierra una profunda enseñanza; decía así la hermosa pequeñita:
“Había un pobre, tan pobre, que no tenía ni cama donde dormir; dormía sobre un pedazo de estera y, justamente enfrente de su chiribitil, vivía una familia muy bien acomodada, que todos los días sacaba a los balcones los colchones de todas sus camas, y el infeliz mendigo los miraba con una envidia que le devoraba el corazón.
Tanto llegó a sufrir que se fue a confesar acusándose tristemente que la envidia envenenaba todas las horas de su vida, y que aquellos malditos colchones eran su pesadilla».
“El buen cura, compadecido de su infortunio, le dijo:
Ven a mi casa, yo te daré una cama que ni los ángeles la tendrán mejor, con una condición, de que no te moverás de la habitación; tendrás vistas a un jardín, comerás opíparamente, dejarás de sufrir el hambre, el frío, el calor y el desaliento, y a los quince días entraré a verte y me dirás cómo te encuentras».
“ ¡Ah! Te advierto que no dejes tu desván ni tires el pedazo de estera por lo que pueda suceder».
“El mendigo, ebrio de alegría, se fue tras el buen cura a su nueva habitación y su gozo no tuvo límites cuando se acostó en una cama de tres colchones que, por lo blandos, parecían almohadones, y además unas sábanas que disputaban su blancura a la nieve y almohadas de pluma».
“La primera noche el mendigo durmió con todo placer, y al día siguiente se despertó con muy buen apetito; comió cuanto quiso y después se asomó a la ventana y estuvo mirando el jardín largo rato; se volvió a acostar por disfrutar despierto de su cama, y así estuvo cinco días comiendo, durmiendo y mirando por la ventana los jardineros que trabajaban en el jardín
y al hortelano que arreglaba el huerto».
“Al sexto día, con harta extrañeza suya, se levantó pensando en su chiribitil y en su pedazo de estera.
Recordó con delicia sus largos paseos por la ciudad y el campo y la completa libertad que disfrutaba cuando dormía en el desván.
Cierto que ayunaba muchos días, pero contaba sus penas a otros compañeros y se consolaba.
Estuvo luchando con sus recuerdos tres días, hasta que pidió ver al buen cura.