Amalia Domingo Soler

LAS PENAS MÁS GRANDES

Flor del pensamiento
Foto de Amalia Domingo Soler

El agua menuda,
Es la agua que hace barro,
Que el agua recia no deja señales,
Por donde ha pasado.
Las penas pequeñas
Son las que hacen daño,
Porque las grandes, o matan al pronto,
O pasan de largo.


Augusto Ferrán.


¡Cuán bien dice el poeta!

Las penas pequeñas son las que hacen daño; de consiguiente son las más grandes porque son las que más mortifican, las que van consumiendo la vida largamente.

Hemos conocido a muchas personas que han perdido en breve plazo a todos los individuos de su familia, y algún tiempo después han sonreído, y en su risueño semblante ha brillado un destello de felicidad.

Recordamos a una joven que en quince días perdió a su marido y a su único hijo, quedando en la mayor miseria, y algunos meses después no había en su rostro ni un leve reflejo de dolor.

Otra, en tres meses perdió a su esposo y dos hijos, y hoy vive tranquila como si tal familia no hubiese tenido.

Otra, en un año vio morir al elegido de su corazón y a cinco hijos; esta última quedó al pronto como insensible, y hoy sonríe dichosa, consolada en gran parte por un nuevo afecto que le ofrece un halagüeño porvenir; y en cambio conocemos a muchas familias, a las cuales la muerte respeta, pues cuando les arrebata alguno de sus miembros, es una defunción esperada, bien por la avanzada edad del individuo o por lo crónico de su enfermedad; así es que su desaparición no ocasiona ese dolor terrible que nos llega a enloquecer.

Tiene también todo lo necesario para vivir, no conocen los horrores del hambre ni la persecución de los acreedores; pueden satisfacer en algunas ocasiones hasta sus caprichos, y, sin embargo, a pesar de estas condiciones tan favorables, tienen pequeñas contrariedades que contadas hacen reír y sufridas hacen llorar.

Le oímos contar a una niña un cuento que encierra una profunda enseñanza; decía así la hermosa pequeñita:

“Había un pobre, tan pobre, que no tenía ni cama donde dormir; dormía sobre un pedazo de estera y, justamente enfrente de su chiribitil, vivía una familia muy bien acomodada, que todos los días sacaba a los balcones los colchones de todas sus camas, y el infeliz mendigo los miraba con una envidia que le devoraba el corazón.

Tanto llegó a sufrir que se fue a confesar acusándose tristemente que la envidia envenenaba todas las horas de su vida, y que aquellos malditos colchones eran su pesadilla».

“El buen cura, compadecido de su infortunio, le dijo:
Ven a mi casa, yo te daré una cama que ni los ángeles la tendrán mejor, con una condición, de que no te moverás de la habitación; tendrás vistas a un jardín, comerás opíparamente, dejarás de sufrir el hambre, el frío, el calor y el desaliento, y a los quince días entraré a verte y me dirás cómo te encuentras».

“ ¡Ah! Te advierto que no dejes tu desván ni tires el pedazo de estera por lo que pueda suceder».

“El mendigo, ebrio de alegría, se fue tras el buen cura a su nueva habitación y su gozo no tuvo límites cuando se acostó en una cama de tres colchones que, por lo blandos, parecían almohadones, y además unas sábanas que disputaban su blancura a la nieve y almohadas de pluma».

“La primera noche el mendigo durmió con todo placer, y al día siguiente se despertó con muy buen apetito; comió cuanto quiso y después se asomó a la ventana y estuvo mirando el jardín largo rato; se volvió a acostar por disfrutar despierto de su cama, y así estuvo cinco días comiendo, durmiendo y mirando por la ventana los jardineros que trabajaban en el jardín
y al hortelano que arreglaba el huerto».

“Al sexto día, con harta extrañeza suya, se levantó pensando en su chiribitil y en su pedazo de estera.

Recordó con delicia sus largos paseos por la ciudad y el campo y la completa libertad que disfrutaba cuando dormía en el desván.

Cierto que ayunaba muchos días, pero contaba sus penas a otros compañeros y se consolaba.

Estuvo luchando con sus recuerdos tres días, hasta que pidió ver al buen cura.

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