Amalia Domingo Soler

LO INVEROSÍMIL

Corazón

¿Creéis, amigos míos, que un hombre no puede resistir a la tentación de la carne, que no puede luchar con sus propios defectos, venciéndolos en la batalla?

Escasos conocimientos tenéis de la vida cuando negáis hechos naturales que se desenvuelven dentro de la sana lógica y en el terreno firme de la razón.

¿No sabéis que cada espíritu se enamora de una virtud, mejor dicho, de una buena cualidad, porque la virtud se puede decir que es el conjunto de los buenos sentimientos del hombre?

Todo ser, tenedlo entendido, le rinde culto a una ideal, llega a engrandecerse en el sentido a que su aspiración, su deseo dominante, le conduce.

¿Creéis que no puede ser cierto que un alma encarnada en la tierra tenga valor y poder para luchar con todas las seducciones que nos ofrece la vanidad? ¿Y qué diréis entonces de los hombres que sacrifican su vida en aras de un ideal político o religioso?

Recordad que son muchos los mártires que ha tenido la humanidad.

Antes de Cristo, en la época prehistórica, cuando vuestros historiadores no habían recopilado aún las memorias de las generaciones, un sinnúmero de hombres inmolaron su vida en bien de su patria.

En épocas posteriores, antes de la Era Cristiana, filósofos y guerreros murieron creyendo firmemente que con su sacrificio creaban una nueva civilización.

Cristo —bien sabida es su historia— murió con el profundo convencimiento de que con su muerte haría una verdadera revolución en el orden moral y religioso de la sociedad; y después de tantas heroicidades como han hecho los pueblos del pasado, ¿por qué ponéis en duda la firme voluntad de un hombre empleado en su progreso y en el de los demás?

¿Sabéis por qué dudáis de la verdad de mis hechos?

Porque os han sido referidos sencillamente, porque no he mezclado en ninguno de mis actos ni el milagro ni el privilegio, como se ha supuesto en la historia de los reformadores de la humanidad, a quienes en su mayor parte el vulgo ha convertido en enviados de Dios, en profetas inspirados por el Espíritu Santo, llegando a tanto la aberración humana, que deificó a Cristo, cuando la vida de éste estuvo dentro de todas las leyes naturales, muchas de ellas desconocidas entonces, combatidas ahora, aunque no por esto la ignorancia de ayer, ni la incredulidad y petulancia de hoy, le quitan ni un ápice a la eterna verdad de la naturaleza, que, invariablemente armónica, desenvuelve la vida de los espíritus dentro de los límites prescriptos por su adelanto moral e intelectual.

Leed la historia de todos los reformadores, y al leerla, descartad de ella todo lo fabuloso, milagroso y maravilloso que como apéndice necesario le agregó la tradición y la leyenda, y despojados de los accesorios que les ha dado la ignorancia de los pueblos, los profetas, los mesías, los redentores de todas las épocas, resultarán simples revolucionarios, hombres más o menos perfectos, más o menos fuertes, pero siempre hombres no perfectos, sí perfectibles.

Partís de un principio falso, muy falso; habéis divinizado a un reducido número de hombres, y habéis infamado al resto de la humanidad, negándole virtudes que quizá la mayoría posee; que están en germen y esperan el momento propicio para dejar la estrecha célula en que viven, y las larvas informes convertirse en pintadas mariposas.

Entre los grandes perjuicios que han causado las religiones —sin negarles por esto los beneficios que han reportado a las civilizaciones—, el mayor, sin duda, ha sido darle un tinte milagroso a los efectos naturales de las causas motoras de la vida.

El subsistir los dioses del paganismo con los santos del catolicismo ha sido la perdición de la humanidad, porque lo justo y razonable ha perdido su veracidad, y lo absurdo, lo erróneo, lo que está desprovisto de sentido común, ha tomado carta de naturaleza en una sociedad que se cree inferior a su divino origen.

Ya os he dicho muchas veces, y os lo repetiré siempre que tenga ocasión, que cuando la mediumnidad esté más extendida, caerán todos los castillos de naipes que han levantado la superstición y el fanatismo, y se verán los santos tal cual son.

Por santo fui yo aclamado en mi última encarnación; hay aún altares en la tierra con mi estatua, la fuente de la Salud mana aún entre ruinas y sencillos pastores que al conducir su ganado se sientan en las peñas que, según la tradición, me sirvieron de asiento, y al sentarse hacen la señal de la cruz invocando mi ayuda para que su rebaño, bebiendo el agua milagrosa, se salve de toda enfermedad.

Yo, en tanto, aprovechando la combinación de múltiples circunstancias, he podido señalaros el error que vive la grey romana creyendo en mi santidad; y lo mismo que yo he conseguido conseguirán mañana otros espíritus, y el cielo católico, con sus seráficas legiones, quedará reducido a la nada, y muchos de sus santos os inspirarán profunda compasión, porque los veréis desposeídos no sólo de sus celestes vestiduras, sino errantes, frenéticos, sin brújula, sin estrella polar que los guíe al puerto de la vida; y, en cambio, muchos seres que han pasado inadvertidos en el mundo, viviendo en la mayor miseria, muriendo en un completo abandono, vendrán a daros lecciones de moral, de resignación, de esperanza, de fe cristiana; serán vuestros mentores, vuestros amigos, vuestros guías, o espíritus protectores, que, con sus paternales consejos, os ayudarán a sostener el peso de vuestra cruz, como hoy felizmente me sucede con respecto de vosotros.

No fui santo, estuve muy lejos de la santidad, pero tuve afán de progresar, y la moral que veis en mis acciones no es inventada por mí; es la moral universal, es la ley del progreso.

¿Por qué encontráis inverosimilitud en mis actos, cuando entre vosotros hay espíritus capaces de hacer mucho más de lo que hice?

Y no por virtud precisamente, sino por propio egoísmo en gran parte lo hice yo; pero egoísmo noble, no el egoísmo mezquino de la tierra de atesorar riquezas o alcanzar honores, no; egoísmo de mayor progreso, de mejor progreso, de mejor vida en mundos regenerados.

Vivir, amar, sentir, comprender, penetrar en los santuarios de la ciencia… Todo esto y mucho más ambiciona el espíritu cuando se propone dar comienzo a su regeneración.

En tales circunstancias me encontraba yo.

Había vivido muchos siglos rodando por las bibliotecas, había pasado muchas noches en los observatorios astronómicos pidiéndole a los astros noticias de Dios, había preguntado a las capas geológicas cómo se hizo habitable este planeta, había pedido a los fósiles el árbol genealógico de mis mayores; llegue a ser sabio, como se dice en la tierra, y mientras más sabía más ignorante me encontraba, y llegué a comprender que debía emplear mi sabiduría, no en enriquecer museos ni hacer prosélitos para esta o aquella escuela filosófica, pronunciando elocuentes discursos en academias científicas, sino que debía empezar por educarme, por moralizarme, por refrenar mis pasiones, por saber cuáles eran mis deberes y mis derechos, pues de muy antiguo me creía con derecho para juzgar sin importarme el deber de juzgarme a mí mismo.

He aquí todo el secreto de mi última existencia.

¿Qué hace el hombre cuando, después de larga jornada, rendido de fatiga, con una sed devoradora, llega a un manantial cristalino? Bebe, bebe sin medida; le parece mentira que haya encontrado agua.

Pues de igual manera el espíritu, cuando tiene sed de progreso, la primera existencia que consagra a su rehabilitación no perdona medio alguno para engrandecerse: la cuestión es rescatar siglos perdidos para penetrar en los mundos de luz.

En esa situación me encontré yo, y como victoria sin lucha no es victoria, por esto me vi aislado, sin familia, sin amigos, sin nadie que me quisiera en el mundo; a los cinco años contemplé el océano que gemía a mis plantas, y, al verme solo, me sentí satisfecho, ya que estaba en el terreno que necesitaba.

Sin amparo de nadie, y sólo mi voluntad para hacer el bien, me creé una familia en los afligidos y un nombre ante el mundo, perdurando mi recuerdo en la posteridad.

Desengañaos: lo que el hombre necesita es amar el bien, no amarse a sí mismo; interesarse en el progreso universal, he ahí todo.

Amar, pero amar sin egoísmo, respetar todas las leyes, medir la profundidad del abismo de la culpa, considerar todas las consecuencias que resultan de nuestros extravíos, y sumar las cantidades de beneficios que podemos reportar con nuestras virtudes; no precisamente a nosotros mismos, sino a la masa social.

Ahí tenéis perfectamente explicado mi modo de vivir.

Cuando el hombre no piensa más que en sí mismo, y se hace la cuenta de que un día de vida es vida, como dice uno de vuestros adagios, goza algunos momentos, es innegable; pero como las dichas terrenales son flores de un día, pronto se ve rodeado de flores secas el que sólo piensa en satisfacer sus apetitos; en cambio, el que se ocupa del mañana, el que quiere cimentar su felicidad sobre sólida base, sin faltar a ninguno de sus deberes, sin permitir que falten a los suyos los que le piden consejo, el que sabe esperar, no lo dudéis, es el que obtiene mejor cosecha.

Yo supe esperar, ésa fue toda mi ciencia; por impremeditación, por mi orfandad, por diversas circunstancias, me consagré a la Iglesia, y aún no había concluido de pronunciar mis votos cuando comprendí claramente que mi vida iba a ser un infierno, pero dije:

«Ministro del Señor has querido ser, y ministro en regla serás.

No esperes por ahora ser feliz, otra vez lo serás».

Y no creáis que fuese ascético en mis costumbres, no; fui un hombre amantísimo de la familia y de la buena vida; siempre miré con horror los cilicios y las austeridades de algunas órdenes religiosas; fui parco en mis alimentos por cuestión de higiene y de pobreza a la vez; amante de la limpieza y del buen gusto, de pequeño siempre traté de rodearme de objetos agradables; tuve un miedo inexplicable a la muerte violenta; sólo una vez, en uso de mi sagrado ministerio, asistí a un reo de muerte hasta acompañarle al patíbulo, y cuando le vi morir, sentí en todo mi ser un dolor tan agudo, latieron mis sienes con tal violencia, que huyendo de mí mismo, me lancé en una carrera vertiginosa y corrí más de dos horas, hasta caer desfallecido, creyendo cuantos me rodeaban que me había vuelto loco.

Yo amaba la vida y amaba la muerte, pero quería morir tranquilo en mi lecho, rodeado de seres amigos, después de haber consagrado largos años al progreso de mi espíritu; si con mi muerte voluntaria tenía yo que haber conseguido mi salvación o el engrandecimiento o creación de una escuela filosófica o religiosa, no sé cuántos siglos hubiera necesitado para convencerme de que me era beneficioso y hasta necesario entregar mi cuerpo a la justicia humana; la decisión de Sócrates y la abnegación de Cristo y la de tantos millones de mártires que han fecundado con su sangre la superficie de la tierra, siempre las he admirado, las he respetado, pero nunca he sentido el más leve deseo de seguir sus gloriosas huellas; jamás, ni en mi última encarnación, ni en mis anteriores existencias, y os confieso esta gran flaqueza de mi espíritu para que veáis que no es inverosímil mi modo de ser, que si tuve fortaleza de ánimo para luchar con los reveses de la fortuna, en cambio me faltó energía y decisión para otros actos que tan necesarios son en ciertas clases sociales. A veces, un hombre que sabe morir salva a un mundo.

En el altar del sacrificio es donde se levantan los dioses de las civilizaciones; los grandes reformadores, si no murieran violenta mente, no lograrían impresionar a las humanidades.

Hay ciertas figuras históricas que si viven, mueren, y si mueren, viven. Con el bautismo de sangre es como se moralizan los pueblos; y como Dios no tiene elegidos, por eso cada uno de los espíritus va haciendo su trabajo por distinto sendero.

Hay espíritu que se desprende de su envoltura cien y cien veces en la hoguera, en toda clase de patíbulos y de tormentos, en los campos de batalla, con un heroísmo digno de aplauso; y este mismo que también sabe morir, quizá no sabría vivir veinte años luchando con la miseria, con la soledad, con la calumnia y el encono y fiereza de los hombres.

Yo, en cambio, nunca he sabido morir por una idea, pero he sabido vivir
consagrado al bien universal.

Yo he amado a todo cuanto me ha rodeado, desde la humilde florecilla silvestre hasta el astro esplendoroso que con su calor me presta vida; desde el infeliz criminal hasta el niño inocente; desde la desdichada meretriz hasta la mujer noble y pura que lleva en su frente algo inexplicable que nos hace exclamar: ¡Dios existe! Para todos he tenido amor, graduado, naturalmente, según sus merecimientos y las simpatías que inspira cada uno.

He soñado siempre con la armonía universal, y he amado a una mujer con verdadera adoración; pero mi amor respetó los lazos que pesaban sobre mí, y los que más tarde contrajo ella; y al verla morir, la amé con entera libertad, y para hacerme grato a sus ojos (que yo siempre he creído en la supervivencia del espíritu) , para hacerme digno de ella, hice todo el bien que pude a la humanidad, y ella, en cambio, me protegió y atrajo sobre mi la atención de elevados espíritus; por esto, aunque en la tierra viví solo, pobre y perseguido, con mi buen proceder y mi afán de progreso me atraje la inspiración de sabios consejeros.

Pude luchar con la adversidad y dominar a mis enemigos porque no contaba con mis solas fuerzas, eran muchos los que luchaban a mi favor.

El hombre que sabe amar, no podéis imaginaros el bien que tiene.

Es más rico y más poderoso que todos vuestros Cresos y vuestros Césares.

Yo, en mi última encarnación, supe amar y esperar —en esto consistió toda mi sabiduría y mi virtud—, y practiqué la moral universal, la ley de Dios que un día comprenderán todos los hombres.

Cuando veáis un espíritu fuerte, o los seres de ultratumba os cuenten historias de almas buenas, no digáis: «Tanta bondad es inverosímil».

¡Insensatos, ciegos de entendimiento, desgraciados escépticos! ¿No sabéis que los hombres han sido creados para el progreso indefinido? ¿Por qué encontráis inverosímil el adelanto de un espíritu?

¿Sabéis lo que sí parece inverosímil? La crueldad de algunos hombres, el estacionamiento y la rebeldía de algunos espíritus, que pasan siglos y siglos encenagados en los vicios: esto sí que os debe inspirar asombro, porque parece imposible que donde todo es tan grande, puedan existir seres tan pequeños.

Creed firmemente que para el bien hemos sido creados, y cuando un espíritu se pone en buenas condiciones no hace más que cumplir la ley primordial de la Creación.

Yo comencé a cumplirla y os recomiendo que comencéis vosotros, pues nunca es el hombre más feliz que cuando cumple con todos sus deberes.

Amor, sonrisa de la Providencia… Amor, complemento de la vida… Amor, llama eterna de la naturaleza, quien siente sus efluvios cree en Dios…

Y aún hay intrusos que creen inverosímil la fuerza moral de mi espíritu… ¿No sabéis que amaba? ¿No sabéis que antes de conocer a la niña de los rizos negros yo la veía en mi imaginación y esperaba su llegada?

Desde que sentí, la amé; desde que pensé, la esperé, y cuando se fue esperé en la eternidad.

¿Qué son cuarenta ni cincuenta años para una vida sin término?

Adiós, hijos míos; la moral universal será la ley de los mundos. Tratad de aplicarla a todos vuestros actos y seréis felices.

Amalia Domingo Soler

Memorias del Padre German

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