Dice el Señor:

«vosotros sois la sal del mundo; si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salado?»

Que es como si dijera:

«vosotros sois la luz del mundo; si la luz pierde su claridad, ¿con qué se iluminará?»

 

Todo espiritista que haya hecho profesión pública de sus creencias no debe olvidar nunca por dónde pasa, a dónde va, y allí donde frecuenta; se nos observa y se nos estudia, para ver cómo obramos los espiritistas, ya que saben que nuestra manera de pensar es muy distinta de la de los que no profesan nuestras ideas.

De modo que debemos tener muy presente aquellas palabras de un gran espíritu: prudencia en el pensar, prudencia en el hablar, prudencia en el obrar, porque si olvidamos las reglas que el Espiritismo nos prescribe y que algunas de ellas están anotadas en los artículos anteriores, podemos caer en ridículo, por no estar nuestros actos ajustados a la moral que el mundo espera de nosotros, cuya moral, cuando es bien practicada, es el mejor medio de propagar y ensalzar nuestros principios.

De manera, que una actitud correcta y llena de dulzura, es de una atracción poderosa y podemos atraer con ella las simpatías de muchos y hacernos agradables por nuestro trato. Nuestras maneras y costumbres es lo primero que todo espiritista debe emplear en su propaganda; primero obrar, después hablar, a no ser que la necesidad de las circunstancias nos obliguen a hablar primero que obrar. Cuando así deba hacerse, debemos ser muy prudentes y humildes, y debemos dar pruebas de una excelente educación.

Pero, si es posible, obrar primero; vale más que nos conozcan primero por las obras que por las palabras; así cuando venga la hora de hablar, nos escucharán con más respeto y seremos mejor atendidos, procurando no entrar en propagar nuestras ideas, sino en ocasión oportuna, empezando siempre por demostrar lo que es la moral del Espiritismo, sus tendencias y sus fines, que son el hacer mejores a los hombres, traer la paz a la humanidad y demostrar un porvenir más feliz que el que poseemos en la Tierra, y sólo debe entrarse en la explicación de fenómenos espiritistas, cuando ya las personas a quienes se habla han aceptado la moral y en algo comprenden su sublimidad, y en casos que se puedan exponer hechos, deben exponerse aquellos que puedan ser mejor comprendidos y estén al alcance de las personas con quien hablamos.

A veces, hemos oído hablar a espiritistas entre personas profanas al Espiritismo y hemos tenido que escuchar la explicación de fenómenos que han estado muy fuera del alcance de las personas que escuchaban al espiritista, y esto casi siempre ha dado por resultado o la burla, o la mayor incredulidad, porque han considerado fanático al citado espiritista, perdiendo así toda influencia moral sobre aquellas personas. Por eso, la propaganda moral, casi siempre, es bien recibida y mayormente si el espiritista que la propaga es persona que sabe portarse de una manera distinguida; cosa muy fácil para todo espiritista estudioso y que esté bien enterado de lo que el Espiritismo le prescribe. Y no debe olvidarse que uno de los primeros mandamientos de la ley es:

«Amarás al prójimo como a ti mismo»;

y si bien es muy difícil practicar este mandamiento al pie de la letra, no es menos verdad que nosotros estamos obligados a practicar la caridad entre nuestros semejantes. Así es que si entre nosotros debemos ser indulgentes, benévolos y debemos dispensar, disimular y hasta perdonar, no hemos de ser menos entre la humanidad. Los que no son espiritistas sostienen a veces cuestiones, altercados, disputas, riñen y a veces se maltratan; nosotros debemos huir en absoluto de todo esto, si con buenas formas podemos llevar las cosas a su lugar, podemos y debemos hacerlo, pero si para esto nos hemos de separar de las reglas prescritas, debemos callar o buscar la mejor manera de salir de tal situación, y si de cualquier asunto, a pesar de nuestra prudencia y amor, no podemos salir bien librados, debemos sufrir con paciencia las iras de la ignorancia y de la mala fe; debemos perdonar sin reservas dentro de nuestra alma y debemos devolver bien por mal si es posible. Por eso, no debemos olvidar la práctica del Maestro y Señor.

Él es el modelo, la verdad y la vida.

¿Qué dijo Él cuando le insultaban, le apostrofaban, le maltrataban y le escupían? Nada, bajaba los ojos y perdonaba en su interior. Pues si el que tanto es y tanto podía lo hizo tal como dejo escrito, ¿haremos nosotros al revés? Desgraciado del espiritista que tiene ocasión de devolver bien por mal y no lo hace.

Desgraciado del espiritista que puede perdonar y no perdona, pues vendrán días que exclamará: ¿de qué me sirvió saber lo que sabía y haberme llamado espiritista?; más me hubiera valido no haberlo sabido, que no hubiera contraído tanta responsabilidad.

Hay espiritistas que, guiados por su ardiente caridad, se dedican a curar enfermos por medio del magnetismo, ya con agua magnetizada o con pases magnéticos; cuando entre estas prácticas no se mezcla nada de pretensiones de ninguna clase, sino un ardiente amor al enfermo y el deseo único de hacer bien, con una fe ardiente al Padre, pueden alcanzarse buenos resultados, pero se ha de tener en cuenta, que si el espiritista ha de tener prudencia en todos los casos, mucho más debe tenerla el que quiere dar salud a los enfermos; éste debe llevar una vida muy pura exenta de faltas y defectos que puedan retirarle la buena protección, porque si no, en lugar de hacer un bien a los enfermos, les hará un mal, les perjudicará. El que quiera aliviar o curar a la humanidad doliente, aunque sea nada más que dentro de sus relaciones particulares, debe llevar vida de santidad, llamémosla así para dar una distinción al que tal haga, mayormente si el espiritista que cura no es hombre que posee la ciencia médica, u otra ciencia que le acredite como a tal. Pero los que sólo lo hacen por amor a la humanidad deben despojarse de todo lo que pueda empañar la brillantez de su espíritu para que su periespíritu y su cuerpo puedan transmitir buenos fluidos. De manera que deben aplicarse, siempre, las siguientes máximas:

Si quieres curar a los demás, precisa que tú primero estés curado de tu cuerpo y de tu alma, de lo contrario mal podrás curar a los otros si tú estás enfermo.

Claro está que si debe tener por práctica las maneras y costumbres que dejamos consignadas, se abstendrá de hacer promesas a las personas que trate que no puede cumplir, porque el que se dedica a prácticas tan levantadas nunca debe confiar en sus propias fuerzas, sino contar con su buen deseo, su voluntad y sobre todo con la ayuda de Dios y de los buenos espíritus, procurando tener fe en el que curó a los ciegos, tullidos y resucitó muertos. Obrando así, mucho podrá esperar del que Todo lo Puede y su misión será paño de lágrimas, para los que lloran y los que sufren(1).

En resumen:

la humanidad gime, llora, se desespera por lo mucho que sufre; el egoísmo todo lo devora; las víctimas de la maldad se suceden las unas a las otras, las religiones se han desviado del camino; son escasos los hombres de bien, los cuales son siempre intermediarios entre la humanidad y la Providencia.

Los espiritistas somos los encargados de traer la luz ya que nosotros sabemos por qué la humanidad sufre, por qué llora, por qué se desespera; sacrifiquémonos, pues, para poder explicar la causa de sus sufrimientos, de sus lágrimas, de su desesperación; obremos de manera para que sepa que el dolor depura, eleva, purifica, ensalza y así cumpliremos nuestra misión.

El espiritista que mucho quiere hacer por sus semejantes no debe perder de vista al Señor cuando le azotaban atado al pilar, cuando le coronaban de espinas, cuando llevaba la cruz, cuando consumaba el sacrificio, para saber imitarle en sus actos de amor a la humanidad, de abnegación y de sacrificio.

 

«Vosotros sois la sal del mundo; si la sal pierde su sabor, ¿con qué será salado?»

 

 

(1) Pero no debe olvidar que debe dar de gracia lo que de gracia recibe, porque es muy perjudicial y antiespiritista el hacer una profesión lucrativa de la protección que viene de arriba. Bueno es hacer la caridad; pero es muy malo explotar.

 

 

Miguel Vives y Vives

Guía Practica del Espiritista