He aquí la manera de dar buen ejemplo a la humanidad, que tan llena de males y egoísmos está; he aquí la manera de hacer más llevadera la cruz que por ley hemos de llevar en este mundo, porque el amor es la savia divina y el bien y la paz; he aquí la manera de atraer las miradas de la humanidad y demostrarle que la palabra «hermanos» no es una pura fórmula, sino la expresión del amor que nos sentimos.
He aquí la manera de constituir una familia, que nos quitaría muchas amarguras que hoy nos agobian y nos daría muchos días de paz y de alegría y reinaría en nuestras reuniones tanta cordialidad y tanto amor, que en ellas se regenerarían nuestros espíritus.
No quiero decir con esto que no haya paz entre nosotros, pero habría más; no diré que no haya amor y protección, pero esta sería más decidida y otros horizontes se despejarían en nuestras reuniones, en nuestros Centros, en nuestras sesiones.
Hay amor y protección mutua entre nosotros, pero esta ha de ser más decidida; hay amor entre nosotros, pero éste ha de ser más entusiasta; hay caridad, pero ésta ha de ser más amplia y extensiva.
Si en la Tierra no es posible, fuera de la familia, hallar moradas de paz, debe serlo entre nosotros: por eso hay que tratarnos con indulgencia, amor y caridad.
Sólo así cumpliremos lo que nos hemos propuesto al venir a la Tierra, porque no somos espiritistas porque sí, sino que lo somos porque vinimos ya preparados, y no hay duda de que, desde el mundo espiritual, hicimos propósitos de hacer mucho bien y sólo la turbación puede hacernos olvidar tan buenos propósitos: por eso es necesario hacer grandes esfuerzos para que la protección espiritual pueda despertar propósitos olvidados.
Y no siempre el amor en germen, la caridad y la humildad domina en los Centros y reuniones espiritistas.
Causa lástima el ver, como yo he visto algunas veces, luchas en los Centros para llegar a ser los primeros; causa lástima el ver a veces luchas, discusiones, desavenencias, por si será éste o aquél que ejercerá el cargo de presidente.
Esto ha pasado algunas veces, demostrando hasta dónde se llega cuando se pierde el buen sentido espiritista.
Esto llega a suceder cuando en un Centro se pierde el verdadero amor al Padre y el agradecimiento al Señor y Maestro.
Los que más influyen en un Centro espiritista son los que han de vivir más alerta y son los que más han de guardar las reglas prescritas en los artículos anteriores, porque son los encargados de vigilar y conducir a los que tienen menos alcances y menos comprensión.
Si a todos los espiritistas incumbe el ser prácticos en la caridad, en la adoración al Padre en espíritu y verdad, a la admiración de su gran obra, de su gran providencia y de su gran amor; a la admiración y estima del Sublime Mártir, Señor de los señores; al conocimiento y práctica de su ley; a la práctica de la humildad, de la indulgencia, de la templanza y del amor al prójimo.
¡Cuánto más incumbe a los que por alguno o varios conceptos llegan a tener influencia y a dirigir algunos de sus hermanos!
La misión de éstos es sumamente delicada, porque, según su manera de obrar, pueden llevar a algunos o a muchos al buen camino o les pueden hacer encallar en los peligros de la vida.
Los que por su entender comprenden más y se convierten en guías de sus hermanos, no se pertenecen a sí mismos, son como ejemplo de sus hermanos y no pueden hacer bancarrota a la verdad, sino ser fieles a la ley divina y procurar siempre vivir alerta, para no interpretar mal la ley; deben ser modelos en todo, nunca pueden dejarse dominar por el amor propio, que siempre es muy mal consejero, que debe rechazar todo espiritista y mayormente el que ha venido con una inteligencia superior a la generalidad.
Los que destacan por su comprensión sobre la mayoría, pueden sacar un gran bien de su misión y elevarse a gran altura espiritual, si su existencia la emplean en el bien para sus hermanos, siendo modelos en las virtudes y prácticas consignadas; pero pueden contraer una gran responsabilidad, si la inteligencia y superioridad que tienen sobre sus hermanos la emplean para satisfacer miras u opiniones personales, o bien andando con poco cuidado, saben sacar poco fruto de sus facultades.
Yo, a pesar de ser persona insignificante, tiemblo sólo al pensar que pudiera cometer alguna falta, que por desidia mía o por amor propio, o por falta de amor al Padre, de agradecimiento al Señor o por falto de indulgencia, amor o caridad, pudiera ser causa de que alguno de mis hermanos se desviara.
No podemos ser infalibles; pero cuando en algo no hemos sido correctos en la práctica de la ley divina, si esta incorrección nos perjudica sólo a nosotros mismos, debemos corregirla; pero si ésta trasciende y puede perjudicar a nuestros hermanos en la práctica del Espiritismo, debemos ser prontos en dar toda clase de satisfacciones, acudiendo a todas aquellas virtudes que el caso requiera, hasta dejar borradas las huellas de la incorrección cometida.
A veces, sucede que son dos las personas que ejercen una influencia decidida entre los hermanos de un mismo Centro; éstos han de procurar siempre que no se formen bandos, sino mantenerlos siempre en la mayor unidad posible; y si la influencia de cada uno de los dos no bastara para mantenerlos unidos en el amor y la unidad de miras, bajo el punto de vista que debe reinar siempre en los Centros espiritistas, los que tal influencia ejercen deben ponerse el último de todos, sellando su boca y sólo hablar para aconsejarles lo que el Señor manda en su ley.
Hace poco tiempo vinieron algunos espiritistas ante mí para dirimir sus cuestiones, a fin de que yo diera la razón al que según mi parecer la tuviera. Porque no me dijeran que no había escuchado sus razones les atendí. La ofensa consistía en algunas palabras poco respetuosas que unos dirigieron a los otros; al preguntarme mi parecer fue mi contestación la siguiente: